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SMOG / PALACE, Magia cotidiana

Según la hoja promocional de la gira, Will Oldham prefería estar con animales antes que con personas y Bill Callahan jamás había sonreído en toda su vida.

Foto: Alicia Aguilera

 
 

ENTREVISTA (1996)

SMOG / PALACE Magia cotidiana

Bill Callahan y Will Oldham, menuda pareja. Retrocedamos a 1996, cuando ambos, desde Smog y Palace, ya eran dos de los baluartes más interesantes, y al mismo tiempo sólidos, de la nueva canción folk-rock norteamericana. Jesús Llorente les organizó una gira por España y se metió en una furgoneta con ellos. Lo explicó aquí. Alicia Aguilera retrató a las dos jóvenes “promesas”. Bill Callahan y Will Oldham, dos talentos áridos, liderando sendos proyectos de alto riesgo emocional, rebozándose en el fango seco de los sentimientos incómodos y rasgando las brumas del slowcore para fotografiar momentos únicos, de los más brillantes de la música norteamericana de las dos últimas décadas. Pero nada es como parece. Su consejo: “Nunca hagas una canción basándote en una emoción determinada”.


Bill Callahan (Smog) y Will Oldham (Palace) charlan entre sí del modo más ruidoso posible en los camerinos de una sala de conciertos cualquiera, un lugar, digamos, tan poco acogedor como funcional, engullendo entre risa y carcajada un surtido de snacks. El tema de la conversación es una ridícula obra de teatro protagonizada por dos cincuentones frustrados que hablan de moscas, manos, salmones y Stravinsky, algo que no he visto ni seguramente quiero ver. Pero lo que importa, el detalle, lo crucial de este intercambio extrovertido es eso, que ni Will ni Bill tienen parálisis facial ni asistir a su lengua desatada es tan imposible como la mayoría quieren pensar. La hoja promocional de la gira afirma que Oldham prefiere estar con animales antes que con personas, y que Callahan jamás ha sonreído en toda su vida. En realidad, se trata de un mito: son reservados, sí, pero no huraños.

Se conocieron hace ya algún tiempo (“mi novia, Diane, y yo hicimos un vídeo de Palace, y Bill nos preguntó si podríamos hacer uno para Smog; y así, trabajando juntos, nos caímos bien”, dice Will) y desde entonces han seguido carreras más o menos paralelas, entre el desprecio de los amantes del sonido de alta fidelidad y las voces afinadas y el integrismo de los buscadores de almas. Está muy claro que tienen mucho en común (“nos tomamos muy en serio las letras; eso es en lo que más nos parecemos”, afirma Bill), sobre todo ese estigma de artista torturado que les da tantos seguidores como les quita. Además, se empeñan en desmitificarse continuamente. (Will): “Yo no escribo sobre lo que siento, y la cuestión es: nunca hagas una canción basándote en una emoción determinada o un momento concreto. A veces, encuentras que un tema es triste y tu público piensa que es ridículo, y esto suele pasar porque no has analizado la letra o la música posteriormente, cuando ya estabas en frío y sin dejarte llevar por el momento”. (Bill): “Cuando compones, lo haces para otras personas, no para ti mismo, porque si no, todo esto de hacer discos e ir de gira no tendría sentido. Escribes para satisfacer a otros, no a ti mismo, y eso significa que no siempre vas a querer reflejar lo que eres”. ¿Y cuál será la parte de sí mismos que dan en sus discos? Los dos lo saben: “Método. Trabajo”.

"Mi novia, Diane, y yo hicimos un vídeo de Palace, y Bill nos preguntó si podríamos hacer uno para Smog; y así, trabajando juntos, nos caímos bien"
(Will Oldham)

Tres días atrás, cuando los cuatro –incluyo aquí, y de ahora en adelante, a Víctor Lenore, coorganizador de la gira– nos encontramos por primera vez en Madrid, dispuestos a acometer un tour que les llevaría también a Cádiz y Barcelona, parecía impensable que acabásemos encerrados en un pequeño cuarto compartiendo confidencias. Bill es, seguramente, el menos hablador del dúo, y de vez en cuando hace alguna anotación en su arrugado cuaderno. Will abre muy bien los ojos y parece una persona mucho más curiosa ante lo que pasa a su alrededor. En una ocasión, mirando al cielo nos comentó que echa de menos las antenas de televisión –en los USA se ha impuesto el cable–, y que le traen recuerdos de cuando era un niño. “Voy a empezar a comportarme como cuando tenía doce años”, dice con una sonrisa. Bill va a ser menos dado a ese tipo de confidencias, y es más fácil arrancarle respuestas más convencionales: “Me fui de City Slang por aburrimiento. Las cosas empezaron a ir mal desde la gira con Sebadoh. Nos daban cincuenta dólares por actuación, y eso me parece una miseria. Además, a nivel personal creo que no había una buena comunicación entre los responsables del sello y yo”.

La actuación en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, primera del dúo en España, se desarrolló sin mayores problemas, con una aceptable asistencia de público y la particularidad de que Bill utilizó el piano en una de sus canciones después de pedir que dejasen a la vista un inmenso retrato del Rey, junto al que le hacía ilusión fotografiarse. Fue un corto set en que destacó algo más la intensidad escénica de Callahan, con unas nuevas canciones realmente estremecedoras, pertenecientes tanto a su álbum de reciente aparición “The Doctor Came At Dawn” (Domino-Running Circle, 1996) como a su EP “Kicking A Couple Around”. Will suena aún más desnudo que en el estupendo “Arise Therefore” (Domino-Running Circle, 1996), más... esquelético. Cuando les pregunto sobre la importancia de un productor en su sonido, se desata una curiosa conversación. (Will): “En el futuro, alguno de mis discos costará un millón de dolares de producción, y seguro que para entonces yo habré compuesto mejores canciones”. (Bill): “Aunque, ¿qué es un productor exactamente?”.

Steve Albini, Andy Wallace, Butch Vig... (Will): ¿Y en qué consiste su trabajo?

Vaya, trabajan con tu sonido, te ayudan a grabar en mejores condiciones, intentan ser creativos en las mezclas, ponen su nombre en la contraportada y te ayudan a vender diez mil discos más... (Will): ¿Eso es lo que hacen?

Bueno, ¿crees que es un trabajo sobrevalorado? (Will): Nunca he conocido a ningún productor.

¿Y Steve Albini? (Bill): Albini solo graba discos. Un productor es, en teoría, alguien que coge a alguien que no tiene sus ideas demasiado claras y no sabe qué hacer con su música y saca un disco de ello. (Will): Y yo sé qué hacer con mis canciones. (Bill): De todas formas, a mí me gustaría conocer a alguien con quien pudiese congeniar en un estudio, y que aportase ideas y todo eso, pero... (Will): Es imposible. La idea de producir consiste en que alguien más que tú pueda vivir de tu música, y en ese sentido yo nunca he pagado a ningún productor. (Bill): Yo no creo que nunca necesite a una persona así.

 
SMOG / PALACE, Magia cotidiana

Will Oldham, el joven cowboy.

Foto: Alicia Aguilera

 

El segundo concierto fue en Madrid. Tras el momentáneo cierre-relámpago de la Sala Maravillas y el rechazo por parte del Templo del Gato (“esos grupos arman demasiado ruido”, fue la delirante excusa oficial), todo ello en el transcurso de unas pocas horas, el lugar definitivo se llama Laser City, en el centro neurálgico del vandalismo skin de la capital. La resignación nos lleva a un bar de tapas al que nos acompaña Mitch, codirector del sello Domino, que parece asombrado y divertido a la vez por tantas y tan molestas tribulaciones. Servidos y comidos, tornamos a la accidentada entrevista. Lo primero que quiero saber –volviendo al argumento del artista torturado– es si el pasado como actor de Will le ha ayudado a mantener cierta distancia entre su música y su vida privada. “Yo era un buen actor, pero no veo la conexión entre aquello y mis canciones”.

Quiero decir si pones barreras entre tú y las canciones para protegerte, porque quizá las has escrito sobre algo muy triste que te ha sucedido; o cuando quisiste llorar o... (Will): Yo no hago esas cosas.

¿Qué? ¿No escribes sobre cosas personales, autobiográficas? (Will): No, pero ya sé a qué te refieres. Cuando actúas tienes que ser capaz de cambiar y explorar en tus sentimientos, aunque sean inventados, y eso está aún más acentuado cuando subes a un escenario.

Entonces, ¿la música es un arte más completo que el cine o el teatro? (Will): Actualmente, la libertad que te permiten grupos, prensa y compañías en el mundo de la música es mayor que la permitida en la industria del cine. En los años cincuenta, era todo lo contrario. Y no digo eso tan solo porque se puede hacer un disco por mil dólares y no una película, sino también porque en el cine dependes de un conjunto de gente y circunstancias que nunca te van a ser del todo favorables. Podría pasarme meses intentando componer una canción de éxito y con un poco de suerte lo conseguiría, pero ¿cómo te enfrentas a la necesidad de fama en el cine?; ¿cómo puedes hacerte rico y famoso por ti mismo? Además, ahora mismo a nadie le interesa el cine de verdad, ni siquiera los actores tienen audiencia...

“¿Sabes quién es Leonardo Di Caprio? Un don nadie. Es el Michael Dukakis del cine; el tipo de persona que parece que le importa a mucha gente, pero cuando esta misma gente tiene que manifestarle apoyo o admiración no lo hacen”
(Will Oldham)

¿Crees que a nadie le interesa Leonardo Di Caprio? (Will): Leonardo Di Caprio no es nadie. “The Basketball Diaries” es una de las adaptaciones de libros más irrespetuosas que he visto nunca.

Quizá no sea culpa suya, sino del entorno. (Will): Por supuesto que sí. Es culpa suya. Decir que no lo es sería como afirmar que el holocausto judío no era culpa de Goebbels. Se pasa toda la película con esa cara de idiota balbuciendo: “uh uh, lo haré, lo probaré, soy radical, soy Leonardo...”. (risas). ¿Sabes quién es Leonardo Di Caprio? Un don nadie. Es el Michael Dukakis del cine; el tipo de persona que parece que le importa a mucha gente, pero cuando esta misma gente tiene que manifestarle apoyo o admiración no lo hacen.

Finalmente, el concierto tiene lugar, y ni un técnico de sonido que pasará a los anales (lo de anales en todos los sentidos) de la historia pudo estropear la magia de unas canciones irónicas, emotivas, sentimentales, en cualquier caso cruciales. En las de Will –ahora atreviéndose también con oldies como “I Send My Love To You” o “I’m A Cinematographer”– son protagonistas los recuerdos que no se reconocen como propios: los sueños, la nostalgia, los trucos que la vida dispone para seguir arrastrándonos; y todo ello acompañado de una voz más profunda e intensa de lo previsto al oír sus discos. En el caso de Bill, temas tan nuevos como “All Your Women Things”, “You Moved In” y “Somewhere In The Night”, además de “clásicos” como “Chosen One” y “Batisphere”, me hacen pensar que estamos ante las joyas perdidas y nunca editadas por Nick Drake. Todo es tan directo, tan desasistido, tan lleno de penumbra que se me ocurre si su modo de componer podría cambiar conforme vayan alcanzando mayor repercusión o vendan más copias de sus trabajos. La eventual popularidad les va a obligar a adaptar sus canciones a un formato y a unas personas que de otro modo no les entenderían. Will se ofende: “Esa pregunta es muy despectiva hacia el público”. Y Bill se explica: “En realidad, yo solo intento hacerlo lo mejor posible, asumiendo que, si mi música se vuelve más interesante, voy a vender más discos... Bueno, en realidad, yo sí sueño con ser más popular, aunque no creo que para eso tenga que cambiar de estilo”.

 
SMOG / PALACE, Magia cotidiana

Bill Callahan, talento creciente.

Foto: Alicia Aguilera

 

Después del show, y ya envueltos en otra conversación, alguien reconoce que le gusta el death metal, y ante la pregunta de Will a Bill sobre si la música de Smog es death metal, este sonríe y declara ufano: “Bueno, no estoy seguro sobre lo de metal...”. Es un chiste, digamos que un buen chiste, y nos ayuda a situarnos en el peliagudo problema de los estilos. Palace es uno de los nombres que se mencionan junto a Mark Eitzel, Lois, Lambchop o Vic Chesnutt como los responsables de haber renovado la música tradicional norteamericana, aunque Mr. Oldham sigue dispuesto a replicarme: “¡Utilizo una guitarra, un instrumento tan electrónico como cualquier cosa que pueda aparecer en un disco de música techno! En serio, no siento ninguna afinidad con la gente que has mencionado”. Y Smog han sido metidos tanto en el saco del lo-fi como del post-rock. (Bill): “Lo del lo-fi nunca lo entendí. Era solo falta de medios, y además siempre me ha dado vergüenza ponerme delante de un ingeniero de sonido”. (Will): “¿Y qué es eso del post-rock? Decir ‘yo soy post-rock’ es como decir ‘yo soy de la generación pos Segunda Guerra Mundial’, o sea, nada relevante en absoluto. Es una etiqueta que no describe nada, porque aunque la mayoría de los grupos que engloba atesoran mucho talento, no tienen nada en común entre ellos”. Umm... bueno, tienen en común que pertenecer a esa escena no les reporta nada económico, al contrario del grunge o el britpop. (Will): “¿Nada? Yo he visto tocar a Tortoise en Chicago ante dos mil personas, y para mí eso es hacer dinero”. ¿Será verdad entonces lo que dice Will en la revista ‘Spin’: que está muy interesado en el techno? (Will): “Es verdad. Pero todo eso lo veo demasiado lejos. Mi próximo disco no va a ser techno, pero no sé lo que pasará con el siguiente. No conozco a nadie capaz de ayudarme a hacerlo. Todavía no voy a ser innovador” (risas).

Los dos han trabajado en sus discos con personas con las que les unen lazos de afectividad. Uno se pregunta cuál será la diferencia entre ir de gira o grabar canciones con músicos contratados y hacerlo con amigos, novias o hermanos. (Will): “Yo no veo la diferencia”. (Bill): “Es lo mismo. Todos intentan hacerlo lo mejor que pueden. Todos pueden gritarte o ponerte mala cara en cualquier momento”.

“Lo del lo-fi nunca lo entendí. Era solo falta de medios, y además siempre me ha dado vergüenza ponerme delante de un ingeniero de sonido”
(Bill Callahan)

Sí, pero si te despiertas destrozado en algún motel en Bélgica o Dinamarca, preferirás hacerlo junto a alguien con el/la que estás envuelto emocionalmente... (Will): Ese comentario es una trampa. Es verdad que si sales a un escenario con un hermano o un amigo, y le miras a los ojos mientras estáis tocando, sientes que os conocéis mucho y que todo va a salir bien, pero, al mismo tiempo, si has contratado a unos determinados músicos, lo has hecho porque también hay algo que te une a ellos, porque los conoces y confías en su capacidad.

Claro que entonces la cuestión es cómo resolver problemas musicales con alguien con quien seguramente convives o incluso quieres. Al final, el músico se irá a su casa, ensayará y todo resuelto, no hay tanto resentimiento... (Will): ¿Estáis insinuando que yo tengo ese tipo de problemas? Yo nunca discuto con la gente con que trabajo. Si hay una pelea, esta se basa en el respeto mutuo, en una previa disposición a que esa pelea no vaya a más, porque sería absurdo rodearse de personas con las que vives al borde de la ruptura. (Bill): Cuando un concierto acaba, siempre estás solo; no importa si la gente que te acompaña está unida sentimentalmente a ti o no.

Realmente, eso no cuadra del todo. En una entrevista de la época de “Wild Love” (Drag City-City Slang, 1995), Bill Callahan me dijo que el mini-LP “Burning Kingdom” (1994) había sido reducido a la mitad porque muchas de sus piezas eran demasiado tristes y hablaban del amor de un modo injusto para Cynthia Dall –la otra mitad de Smog–... (Bill): “¡No me acuerdo de lo que dije el año pasado! Además, preferiría no hablar de eso ahora. Por favor, no me asustes con lo que declaré en el pasado, y menos si lo hice delante de ella”.

Todo tiempo mejor puede volver a repetirse, y este artículo/entrevista intenta resumir los innumerables instantes de magia y lucidez que hemos vivido (reviviéndolos). Han sido tres días intensos con dos personas muy intensas, y al acabar el concierto en Barcelona (sala Nitsa) tenemos un cierto aire de comedida euforia que les lleva a (Will) rechazar violentamente a un fan que le ofrecía el “Spiderland” de Slint para que lo firmase (aviso para incautos: Mr. Oldham tan solo hizo la foto de la portada), a (Bill) hacer alguna que otra confidencia impublicable, y a (todos) querer, decididamente, probar la absenta antes de ir a descansar.

En el bar Marsella, cuatro vasos con su correspondiente licor prohibido adornan una conversación que versa sobre las virtudes de los Cranberries (a Will le encanta su caudal melódico), la influencia de The Cure y The Smiths en la música independiente actual (“yo me quedé en ‘Disintegration’”, afirmaba Bill), jugosas anécdotas sobre Madonna y Stevie Nicks, y los habituales tópicos de la vida, la muerte, el arte y la heterosexualidad. Ya en la calle, las aceras están mojadas, y al entrar en el hotel –nosotros dos para despedirnos de ellos dos– fuimos sometidos a la mirada atenta y divertida del recepcionista, preguntándose quizá por qué cuatro adultos se dirigían a un cuarto con tan solo dos camas a las tres de la mañana de un sábado. Para arreglarlo del todo y hacer de la sospecha una evidencia, le dijimos: “No, si solo va a ser un ratito”.

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