Thurston, convertido en estrella (voluntaria, diría yo) de la película, despliega sus gracias como predicador fanático, revela ser un entrevistador frustrado (impagable su intento, inútil, por sonsacar los gustos musicales a dos tiernas niñas que se limitan a sonreír y pasar de todo) o se interesa, vivamente, por los diferentes tipos de salchichas alemanas. Un discurrir, casi siempre innecesario, por la tópica filosofía idiota del rock en ruta. Lo único interesante que despunta de las elucubraciones de Moore es su total convencimiento en la validez de los grupos convocados como única alternativa (musical, social) a la esclerosis múltiple del rock’n’roll actual.
Musicalmente, y aunque el sonido tampoco sea nada del otro mundo, “El año que el punk estalló” sí que funciona como documento excepcional sobre la ascensión de las masas a la ideología del ruido. Y ahí es donde Sonic Youth se convierten, con autoridad, en dueños absolutos de la función, con ocho cortes abrasadores (impresionantes las demoliciones de “I Love Her All The Time” y “Expressway To Yr Skull”); les siguen Nirvana con cinco (“Smells Like Teen Spirit” y “Polly”, entre ellos), y los invitados ocasionales (Dinosaur Jr., Gumball –apenas vistos/oídos–, Babes In Toyland y los Ramones –un recuerdo para los abuelos–) aportan uno cada uno, con la excepción de Mascis, luciendo apatía entre bastidores y quemando con “Freak Scene” y “The Wagon”.
Markey filma y monta los cien minutos de actuaciones, entrevistas, divagaciones y fugaces paseantes –Bob Mould, Courtney Love– con un estilo nervioso y pobre, a veces algo mareante, muy acorde con las prerrogativas radicales de los implicados, y con una inteligente interrelación del blanco y negro con el color.
La película está dedicada a la memoria de Joe Cole, parte importante en la realización del proyecto, asesinado poco después en un tiroteo entre pandillas cerca de la casa de Henry Rollins. 