Resultó, no obstante, que en 2005 editó “El fuego amigo” (El Ejército Rojo-RCA-BMG), una inspiradísima colección de temas por la que supimos que algo muy sustancial había cambiado. Sr. Chinarro no solo sonaba mejor que nunca, sino que había enfocado y concentrado sus virtudes; había conseguido que sus letras fuesen a la vez más accesibles y más evocadoras que en ninguna ocasión anterior y su ilustración musical presentaba más matices, amplitud y depuración que en cualquiera de sus discos precedentes. Pero había aún otra cuestión primordial: la actitud. Algo que se demostró cuando, pese a una entusiasta acogida crítica, nuevas eventualidades discográficas frustraron una vez más la difusión que merecía el álbum. Luque no vaciló entonces en cambiar de sello, mantuvo la fe en la banda que le había dado una añorada estabilidad –Jordi Gil (guitarra), Pablo Cabra (batería) y Javier Vega (bajo)– y facturó una obra aún más poderosa si cabe: “El mundo según” (Mushroom Pillow, 2006), álbum nacional del año en Rockdelux. La maravillosa nueva era que el artífice de Sr. Chinarro no se había dejado doblegar por el aprendizaje de la decepción y su genio había prevalecido.
Es con este hombre resuelto con quien hablamos en Madrid de esos años de duras pruebas, de sus expectativas actuales y del misterioso oficio de hacer grandes canciones. Una conversación siempre escurridiza porque, como convenimos, cifrar en qué consiste el numen de la música, un arte donde fondo y forma son tan indisolubles, resulta tan apasionante como peliagudo. “Como decían en una película –apunta Antonio Luque–, es como bailar de matemáticas”. Pero también, como le sugiero, por su propia reluctancia a hablar de sus obras pasadas. ¿Por un sentimiento de extrañeza respecto a ellas una vez compuestas o más bien por pudor? “Supongo que se mezclan las dos cosas, porque soy bastante tímido y bastante inseguro. Pero, además, es que si no te olvidas de lo que acabas de hacer, no puedes empezar a hacer una cosa nueva. Y no puedes estar dándole vueltas a lo que, por otra parte, no tiene ya remedio, como es la grabación de un disco que ya se ha publicado”. En cualquier caso, el autor no puede estar de guardia para que se le interprete adecuadamente: “He dicho un millón de veces que me gusta ir a los estudios de grabación porque allí la idea que tienes en la cabeza toma una forma, que podría haber sido otra, pero toma una por las casualidades del momento, por la manera en que el técnico haya puesto el micrófono… No sé, todo influye… incluso la humedad del aire, la madera de los instrumentos... Y finalmente suena de una manera, y una vez que está grabada lo único que se puede hacer es pedir al técnico que la ponga muy fuerte para flipar en ese momento y… ahí se acaba. Y una vez que se acaba, lo que uno tiene que hacer es lavarse las manos y a pensar en lo siguiente”. Ese tenaz deseo que nunca le ha abandonado: “Yo pienso que me gustaría no perder el pelo, no engordar y no destruirme con ningún tipo de sustancia porque tengo muchas ganas de seguir. Pero no me planteo nada más”.