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SR. CHINARRO, Por la cara

Presidente clásico.
Foto: Inma Varandela

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 296)

SR. CHINARRO Por la cara

Documento Rockdelux. Con motivo de la publicación de su disco “Presidente” (2011), Antonio Luque tomó la palabra y echó la vista atrás para reflexionar sobre sus inicios, su evolución y el acto mismo de la creación. Sr. Chinarro, como en él es habitual, saliéndose por la tangente, desenfocando (todavía más, si cabe) su leyenda de cronista de los desaciertos propios y ajenos, y esbozándonos una sonrisa agridulce que, por supuesto, se nos acaba helando en el rostro. Este artículo de libre creación fue el motivo de portada del Rockdelux 296 (junio 2011). Disfruten con el ingenio “chinarro” en su etapa de asentamiento y “madurez”. Otra portada de Sr. Chinarro en Rockdelux, aquí.

La cría de perros de razas calificadas como “peligrosas” con fines comerciales debe de ser más lucrativa. Cuando corro a unos once kilómetros por hora por el paseo marítimo, huyo de jaurías sin bozal que intercambian ladridos con sus orgullosos propietarios. Si estos escucharan alguna canción en su prolongado tiempo de esparcimiento, usarían el móvil para algo más que la expresión gutural pura o el encargo de otras mercancías peor vistas por la ley –aunque siempre con la vista gorda, como el oído o la figura misma–. ¿Que por qué cuento esto? Por lo mismo que se cuenta todo: hay que dar conversación. La gente callada da que pensar mal y, a veces, creo ver en la afición a los ladridos, a esos bocetos de palabras que vomitan los cuadrúpedos, tan cariñosos, una solución para matar el tiempo sin necesidad de sentirlo lleno más que de malos olores y ruidos, de rechinar de dientes, de inoportunos bebés descuartizados: la creación nos importa un pimiento (y un huevo, y un puñado de chanquetes en el merendero cercano).

“Hice un grupo. ¿Con quiénes? Con los que tenía alrededor. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Poner un anuncio en busca de músicos auténticos? Eso lo hacen en Londres o por ahí lejos, donde eso de la música es una industria, algo más rentable que criar fieras o vender droga en las puertas del instituto católico de formación profesional”
(Antonio Luque)

Yo no quería crear nada. Tan solo me aburría. En 1987 me aburrían los juegos de ordenador que hoy son consolas con las que las familias disfrutan unidas. Ya lo he contado mil veces. Me repito. Tengo una edad. Entonces tenía otra. 16. Hice un grupo. ¿Con quiénes? Con los que tenía alrededor. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Poner un anuncio en busca de músicos auténticos? Eso lo hacen en Londres o por ahí lejos, donde eso de la música es una industria, algo más rentable que criar fieras o vender droga en las puertas del instituto católico de formación profesional. El mío, mi instituto, era laico y yo estaba en Ciencias. El batería tocaba la máquina de escribir, porque era el vaquero del pueblo y batería no teníamos. Las baterías abultan mucho, física y ondulatoriamente; de ahí que los bateristas sean tan raros y pidan siempre croquetas y ensaladilla. Por no tener, ni para cerveza teníamos entonces: de ahí, probablemente, el arrojo necesario. Otros, en el instituto, se quedaron a mirar: botella de un litro de Cruzcampo en mano, pantalla conectada al Amstrad o al Spectrum Plus delante. A la espera del perro y la Wii.

Yo había visto a Ilegales tocar en el solar de la Maestranza de Artillería (donde ahora está el Teatro de la Maestranza y sus fantasmas operísticos): “Todo es mejor que quedarse a mirar”, cantó Jorge Martínez. En la puerta del solar tuve una cerveza en cada mano. La diversión no podía estar tras el cristal de las pantallas.

Ya estábamos en el chalet del organista. Había un equipo de música de los de verdad. Uno que nunca llegué a tener. Ahora podría, pero ya, ¿para qué? ¿No es mejor acostumbrarse al sonido liofilizado (en sentido figurado) de Apple? Había un órgano de pared, uno de esos de monaguillo ilustrado, el de la familia Llatas (tenían la decencia de no poseer un piano, dado que la hermana rubia de rigor prefería, al parecer, la guitarra clásica, la que cogí y desafiné yo sin pedir permiso ni consejo hasta que emitió un sonido que yo juzgué apropiado para nuestra primera canción: por mi cara bonita). Y luego el cantante, Ventura, cantó. En catalán. Me pregunto si no habría sido mejor hacerlo fijo en el puesto.

 
SR. CHINARRO, Por la cara

Rockdelux 296 (Junio 2011)

Foto: Luis Díaz Díaz

Diseño: Nacho Antolín

 

Por, la, cara. Esas son las tres palabras mágicas. Para la vida entera.

Veinticuatro años después hay un guitarrista, Jordi Gil, que toca la guitarra (y el bajo, el piano y la batería; y sabe grabar, producir, componer, y poner paz y orden); un bajista, Javier Vega, que toca el bajo y la guitarra, y el clarinete, y canta, y... Y un baterista, Pablo Cabra, que es como los buenos árbitros. ¡Cómo se nota cuando no está! No afirmo solo que tener una buena banda sea difícil. ¡Ya tener un buen batería parece imposible! Insisto: ¿quién dejaría que su hijo aporrease tambores hasta que aprendiese? ¿Cuántos bateristas buenos hay en España? Menos de diez. Ya os lo digo yo. He buscado, he buscado hasta la desesperación. ¿Qué se supone que debería haber hecho? ¿Quedarme en el chalet? ¿Casarme con la rubia? ¿Acabar tocando en Siempre Así? ¿Para cuándo una versión de “Del montón” de mis paisanos, los Siempre Así, ya que, al parecer, estamos de viaje hacia lo nunca esperado?

Le dije a Ventura: “No aprendamos nunca”.

Lo juramos.

“No afirmo solo que tener una buena banda sea difícil. ¡Ya tener un buen batería parece imposible! Insisto: ¿quién dejaría que su hijo aporrease tambores hasta que aprendiese? ¿Cuántos bateristas buenos hay en España? Menos de diez. Ya os lo digo yo. He buscado, he buscado hasta la desesperación. ¿Qué se supone que debería haber hecho? ¿Quedarme en el chalet? ¿Casarme con la rubia? ¿Acabar tocando en Siempre Así?”
(Antonio Luque)

Le dije a mi madre que quería una guitarra eléctrica. Hojeaba folletos de guitarras Ibanez en clase de lengua. No me gastaba las cincuenta pesetas que me daban para la bollería industrial de un recreo que hoy es eterno para mis vecinos. Jugaba al baloncesto con las niñas. Me mantenía delgado. Gelo, un compañero de clase, gitano encantador, compartía a veces su pastel conmigo. Me pidió que le prometiera que la guitarra que comprase jamás acabaría muerta de asco en un armario. Le di mi palabra de honor. Acabando el curso rompí la hucha. Me faltaba la tercera parte del dinero. Mi madre me la dio, supongo que por llevar la contraria a mi padre. Este, al ver la Stratocaster, puso cara de: “Lo perdimos, la droga, maldito sea”, etc. Mi madre puso la misma cara que él. Las mujeres son fascinantes. Conseguido el objeto eléctrico, quise una. Una cualquiera.

Ventura compró un Precision Bass del mismo color. El vaquero y el del chalet perdieron el interés: la vida en los extremos de las clases sociales viene predeterminada por igual. Los extremos se tocan, y tal. La clase media se aburre, y sus adolescentes pueden tener tantas crisis existenciales como les vayan en gana, nihilismo mediante. Ventura y yo fuimos a una peluquería. Queríamos ser como The Cure, como los Echo And The Bunnymen. “Entonces será mejor que vengáis dentro de unos años: tenéis el pelo demasiado corto”. Primer contratiempo. Un compañero de clase nos hizo fotos junto a una estación ferroviaria abandonada. Hicimos las cosas bien. La imagen del grupo es lo primero. Hoy eso lo saben todos.

¿Y el local de ensayo? Los instrumentos nuevos nos abrieron las puertas de un sótano en el que ensayaban grupos punks de pueblo. Yo conocía al teclista del único grupo pop que había allí: Los Bastos. Eran buenos. Aprendí de ellos muchas cosas. Iba a espiar. Les prestaba mi guitarra. Las cuerdas nuevas se oxidaban.

Ventura se echó una novia más cariñosa que la mía: poco a poco dejó de ir a ensayar. ¿Qué tocábamos? El puto “Psychocandy” (1985) de The Jesus And Mary Chain. Con tres acordes se tocaban todas las canciones del disco aquel. Un punk con ínfulas de baterista nos acompañaba, el Kapote.

Si uno no quiere abandonar, ¿qué ha de hacer?, ¿pasarse veinticuatro años tocando los mismos tres acordes?

Si Ventura abandonó, ¿por qué tenía yo que mantener la promesa que le hice?

A decir verdad, soy torpe. Cada vez que alguien hace el esfuerzo de explicarme algo acerca de las tonalidades, las escalas mayores, las menores, cualquier dogma de conservatorio, mi cabeza se nubla y se va a otra parte. Esa es mi facilidad: ver la nada que hay detrás, el ladrido de las bestias, el cancerbero del infierno. Así que fumé.

Mi padre estaba en lo cierto.

 
SR. CHINARRO, Por la cara

La gran historia del pequeño circo. Foto: Inma Varandela

 

Cuando la crisis de 1993, con la carrera corta ya terminada, con dinero para una cerveza entre cuatro y para el infalible hachís que atesoraba el que se atrevía a ir a comprar, fumé tanto como para dejar con la miel en los labios a los de la única banda estable que tuve nunca –aparte de la actual y la del “Noséqué-nosécuántos” (Acuarela, 1998)–; la banda con la que pasé los años que tienen que pasar hasta que uno cree haber compuesto un lote de canciones de “larga duración”. Morato y Franco, los del “Pequeño circo” (Acuarela, 1993), se quedaron con las ganas de ir a Nueva York (que era la New Jersey de Kramer, el productor indie norteamericano por antonomasia entonces) y grabar la colección que fui capaz de componer con mis cuatro recursos musicales mal contados. El que se hacía mejor los canutos sabía tocar el bajo. El baterista del grupo rival medía mejor los tiempos que Morato. Y cambié unos por otros.

Pensar en la diferencia que hay entre Galaxie 500 y Luna me aterra.

Los de la nueva base rítmica fumaron producto estadounidense y cayeron K.O. No podían dar a las canciones el mismo valor que les habrían dado si hubiesen trabajado conmigo y con ellas desde 1990. ¿Para qué quería yo medir bien el tiempo? Los cinco días de estudio se fueron entre caladas, peleas a lo “Sensación de vivir” y rutas turísticas. Tener treinta o cuarenta días para grabar con gente preparada y seria, como tengo ahora a mi lado, es mejor. ¿Cómo lo explico?

“Esto también lo dijo mi padre: ganar dinero con la música es tan difícil como que te toque la lotería. Las cosquillas, como los orgasmos, son provocadas por los mismos movimientos una y otra vez. Eso es la música popular. Sota, caballo y rey. Y tal progresión me aburría soberanamente. No me atreví a presentar como propio el ‘Psychocandy’. Así de simple. Así de equivocado estuve”
(Antonio Luque)

El primer elepé ya no fue un elepé, porque llegó el CD: un utensilio con el que la industria musical cavó su propia tumba, al menos en el país del Lazarillo de Tormes. Hasta en eso fue mejor el mencionado “Pequeño circo”. ¡Qué gran título! Perdonen la inmodestia.

El primer CD no tiene ni nombre.

Yo lo advertí: esto del CD es una mierda. Estuve sin aparato reproductor (de cedés) hasta el año 2000. Una amiga me regaló uno medio roto.

El difícil reto del segundo elepé (CD). El difícil reto del tercer elepé (CD). El difícil reto del cuarto elepé (CD). El difícil reto del quinto elepé (CD). El difícil reto del sexto elepé (CD). El difícil reto del séptimo elepé (CD).

Se coge una guitarra. Se tocan algunos acordes. Se canturrea algo a media voz, más bien baja. ¿Cuántas melodías hacen cosquillas en el, digamos, alma? Teniendo en cuenta que se trata siempre de una escala mayor o una menor (armónica, melódica y no sé qué más –he recibido recientemente lecciones–), más alta o más baja (es lo mismo), ¿cuántas combinaciones posibles hay? ¿Y si tenemos en cuenta que el dodecafonismo y otras proezas de la música, digamos, culta solo interesan a los iniciados, y no en cualquier momento del día ni todos los días? ¿Cuántas combinaciones? ¿Cuál es la ganadora?

Esto también lo dijo mi padre: ganar dinero con la música es tan difícil como que te toque la lotería. Las cosquillas, como los orgasmos, son provocadas por los mismos movimientos una y otra vez. Eso es la música popular. Sota, caballo y rey. Y tal progresión me aburría soberanamente. No me atreví a presentar como propio el “Psychocandy”. Así de simple. Así de equivocado estuve. En el segundo disco, en el tercer disco, en el cuarto disco, en el quinto disco, en el sexto disco y en el séptimo disco.

Yo leía. Ahora leo otra vez. Hubo una época en que lo dejé. Como dejé de fumar. Yo tuve siempre cerca al barbero del Quijote. Los libros pueden ser peligrosos para mentes excitadas. Yo no quería aburrirme. Permitidme que rescate este estribillo cadavérico: “Antes muerta que sencilla”.

 
SR. CHINARRO, Por la cara

Las tribulaciones de un tipo especial. Foto: Inma Varandela

 

Yo quería que las grabaciones reprodujesen la nada mediante bucles hipnóticos y palabras que asociaba con todo el descaro del mundo. Del mundo de los sueños quizá. En unas lo conseguí más que en otras, pero los sueños nunca se hacen realidad. Desfilaron los bateristas. Creí inventar acordes nuevos. Con Sandra, Juan Carlos Marín y Belmonte exploré el vértigo del reloj en los estudios de grabación y el de las carreteras de un carril por sentido y mil kilómetros de largo. Decidíamos por gusto, y por disgusto decidía a solas dejarlo una y otra vez. Entre un disco y otro. Sin idea alguna de carrera, de plan; sin objetivo. Con las letras y sus mensajes posibles sepultados en alardes “arreglísticos”. Mientras talentos de medio pelo ganaban dinero y ocupaban portadas de revistas, Sr. Chinarro era un loco, muy artista, muy freak. Daba penita y gustaba. Un chucho más. ¿Quién no echa de menos a los pobres a la intemperie cuando está caliente en casa? ¿A un camarero que recogía vasos en Irlanda en 1997 hasta que el FIB volvió a inocularle la infección de la ristra inacabable de latas vacías de cerveza? También yo me echo de menos a veces: tenía solo 26 años. Cuando imagino a mi padre por los jardines de Murillo a la caza de extranjeras entiendo que, aunque votase a favor de la autonomía en su día, hoy eche de menos a Franco. “Cuando eras más joven todo marchaba mejor”, cantaban Los Negativos. Igual no tanto mejor. En 1998 estrellé el radiocasete contra la pared del local de ensayo. Frustración pura. Yo quería un sonido más “concreto”. Al poco, con Sandra, J. C. Marín y Belmonte ya locos por perderme de vista, tocamos en el Teatro Central de Sevilla no muy bien. Enfadados. Cuando quise darme cuenta, Sr. Chinarro era un recuerdo muy especial, como diría un cursi, tanto que era el recuerdo mismo el que seguía grabando discos –“Cobre cuanto antes” (Acuarela, 2002) y “El ventrílocuo de sí mismo” (Acuarela, 2003) debieron haber sido los dos últimos–. Ya era un trabajador de fábrica, ya podía comerme la guitarra rellena de chocolate o con patatas fritas.

“J (nuestro amigo de Los Planetas) vio venir el final de Chinarro. No sé cómo. Es un tío listo. Me dio una serie de consejos. Produjo ‘El fuego amigo’. Prescindió de mis servicios como ‘arreglista’ de mi propio disco, no sin un cruce o dos de miradas torcidas. Escorpios que somos. Asesinos de nosotros mismos: ¡nadie puede luchar contra La Nada!”
(Antonio Luque)

J (nuestro amigo de Los Planetas) vio venir el final de Chinarro. No sé cómo. Es un tío listo. Me dio una serie de consejos. Produjo “El fuego amigo” (El Ejército Rojo, 2005). Prescindió de mis servicios como “arreglista” de mi propio disco, no sin un cruce o dos de miradas torcidas. Escorpios que somos. Asesinos de nosotros mismos: ¡nadie puede luchar contra La Nada!

Quise que las letras se entendieran un poco más, eso es todo. Comunicación. Fe. ¿Qué es mejor, entretener un poco a muchos o mucho a unos pocos? Y para quien crea en la segunda opción: ¿no habría que desconfiar de los que se entretienen mucho con una sola cosa? ¿No habría que pensar antes en este caso en las características de una secta que en las del puro entertainment? Esta revista creyó que “El fuego amigo” fue el mejor disco español publicado en 2005.

Conocí a Jordi. El proyecto, ya no tan asilvestrado, bien criticado, atrajo la atención de los trabajadores de un gremio, el de los músicos, que nada tenía que ver con los órganos de los monaguillos, las guitarras de la Feria de Abril (que llega tarde, en mayo) ni las bromas privadas de los compañeros de clase o de recreo. Jordi Gil trajo a Chinarro a Javi y a Pablo. Dejé de intentar que los amigos se convirtiesen en músicos por arte de magia. Busqué la amistad de los músicos, tan sencilla cuando hay trabajo. En menos de un año “El mundo según” (2006) estaba listo. Esta revista, Rockdelux, volvió a creer que era tal el mejor disco español del año. Mushroom Pillow fue el sello que lo publicó. Los gallegos no tenían las deudas del gaditano de Acuarela (el anterior sello discográfico de Chinarro); al contrario: tenían la pasta del éxito de Deluxe (¿era tal nombre una burla a costa del nombre de esta revista?).

La banda nueva estaba en marcha. Hicimos más conciertos que nunca, y seguimos. Después, ya sabéis, el difícil reto del segundo elepé, el difícil reto del tercer elepé...

No tengo ánimos para estrellar radiocasetes, ni tengo radiocasete siquiera.

Ya casi tengo listo el cuarto. Queridos fans, ¿podréis perdonármelo? ¿Me dedico mejor a la cría de perros asesinos? Es solo una idea. Como todo.

Prefiero atacar a transeúntes a quedarme sin la banda que me acompaña. Defendeos pues.

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