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SUFJAN STEVENS, Una nueva era

La ambición desmesurada del músico de Detroit.

Foto: Marzuki Stevens

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 289)

SUFJAN STEVENS Una nueva era

Sufjan Stevens es uno de los más grandes artistas que nos ha deparado la música últimamente. Sin discusión. Pero si hay que medir a los creadores en función de su talento, está claro que Sufjan Stevens nos debe algo: cuarenta y ocho discos, para ser exactos; aunque el autor de algunas de las cumbres musicales de la última década decidió no guiarse por las expectativas ajenas y responder solo ante su propio arte. Nada podrá hacernos olvidar aquella quimera que un día afirmó emprender (un álbum para cada estado de su país), pero “The Age Of Adz” (2010) también mereció su lugar en la gloria. En esta entrevista, que fue tema de portada en el Rockdelux 289 (noviembre 2010), Ruben Pujol habló con Stevens a propósito de “The Age Of Adz”, una obra que, como se pudo comprobar meses después en el Primavera Sound 2011 en dos veladas ideales para almas sensibles y gente no cínica, deslumbró en directo: indiscutibles conciertos del año en el Rockdelux 302.

Todo lo que digas podrá ser –y será– utilizado en tu contra. No es un cliché cinematográfico, es una enseñanza vital. En algún momento de finales de 2003, y esto ha pasado a formar parte de la mitología del pop reciente, Sufjan Stevens proclamó su intención de escribir un disco sobre cada uno de los estados de la Unión. Un monumental fresco folk sobre la historia contemporánea de todo un país. Cincuenta discos para cincuenta maneras de ser norteamericano. Un esfuerzo titánico de documentación y un desafío creativo solo comparable al de los genios o los locos.

“Soy consciente de que existen ciertas expectativas, no puedo negarlo, pero generalmente intento abstraerme de lo que pensará el público... No leo la prensa ni las críticas, intento evitarlo. La opinión pública se ha convertido en una mercancía... Y yo elijo no regirme por ello, porque es una presión innecesaria”

Pero el verdadero problema no era la ambición desmesurada del músico de Detroit. El verdadero problema es que Sufjan acababa de entregar “Michigan” (Asthmatic Kitty, 2003), el primer disco de la fantástica saga, y que dos años más tarde publicaría “Illinoise” (Asthmatic Kitty, 2005), elegido por esta revista y otros muchos foros como uno de los mejores discos de lo que llevamos de siglo. Entre tanto, a Stevens aún le había sobrado tiempo para regalarnos un disco bien diferente, pero de un nivel de perfección similar, una obra intimista sobre el amor místico titulada “Seven Swans” (Sounds Familyre, 2004).

El auténtico verdadero problema es que el talento de Sufjan había demostrado estar a la altura del desafío; y, claro, muchos creímos que lo que inicialmente se antojaba como una fanfarronería podía no solo no ser una empresa imposible, sino que podía efectivamente hacerse realidad. El problema de verdad es que el arte, en última instancia, está destinado a hacernos la vida mejor, y que los ordinarios mortales desarrollamos un sentido de la posesión hacia los artistas cuya obra adquiere un significado fundamental en nosotros. Como en esa tradición apócrifa que afirma que si le salvas la vida a alguien eres responsable de esa persona para siempre, Sufjan le debe algo al mundo.

O tal vez no. “Soy consciente de que existen ciertas expectativas, no puedo negarlo, pero generalmente intento abstraerme de lo que pensará el público”, explica Stevens por teléfono desde las oficinas de Asthmatic Kitty en Nueva York. “No leo la prensa ni las críticas, intento evitarlo. La opinión pública se ha convertido en una mercancía, una manera de calcular el valor en el mercado de algo. Y yo elijo no regirme por ello, porque es una presión innecesaria”. Con el tiempo, Sufjan no ha tenido reparos en admitir que aquel megaproyecto fue tan solo un pequeño truco promocional que tal vez fue tomado demasiado en serio.

 
SUFJAN STEVENS, Una nueva era

Rockdelux 289 (Noviembre 2010)
Foto: Marzuki Stevens
Diseño: Nacho Antolín

 

En cualquier caso, “The Age Of Adz” (Asthmatic Kitty-¡Pop Stock!, 2010) es el primer disco de Sufjan Stevens desde el venerado “Illinoise”. El primero, al menos, atendiendo a los parámetros convencionales de la industria. El primero con canciones, el primero con canciones concebidas para formar parte de un álbum y, además, el primero en su carrera sin un anclaje conceptual explícito: “El proceso de composición ha sido muy diferente y en ello ha tenido mucho que ver una decisión consciente de alejarme de la tradición folk. Decidí escribir las canciones sin utilizar esos recursos narrativos. La génesis de las canciones se basa en la exploración del sonido, en la experimentación con diferentes aparatos y máquinas. Escribí las canciones mientras me encontraba inmerso en ese proceso de ensayo-error. Y eso es algo que nunca había hecho anteriormente, pues siempre trabajaba con unos parámetros más establecidos: escribía las canciones y luego hacía los arreglos que pedían. Normalmente, compongo con el banjo o la guitarra, buscando hilvanar una narrativa. Esta vez ha sido algo mucho más artificial, despojado de cualquier implicación orgánica”.

“Ya había trabajado antes con teclados, pero nunca hasta ahora los había utilizado como la base para las canciones, y ser capaz de superar ese obstáculo me ha permitido aplicar las otras metodologías que había utilizado hasta ahora, como esos grandes arreglos orquestales, los coros y elementos del folk”

Con todo, que nadie (des)espere encontrarse a un Sufjan entregando su alma al ruido blanco o la música dodecafónica. “The Age Of Adz”, a pesar del componente electrónico, conserva los rasgos distintivos que convierten a Stevens en una de las cumbres del pop contemporáneo: una personalísima sensibilidad melódica y un amor incondicional hacia el mundo, de referencias a la ciencia ficción, la astrología y la religión, y suites de veinticinco minutos con desarrollos inverosímiles, locura sinfónica, juegos vocales y exhortaciones a la gloria divina, la decadencia de la raza humana y la vida eterna. “Es cierto que este disco es en gran medida una síntesis de todo lo que he hecho en el pasado. Por primera vez, me he sentido con la suficiente confianza para trabajar con todos esos estilos simultáneamente. Ya había trabajado antes con sintetizadores y teclados, pero nunca hasta ahora los había utilizado como la base para las canciones, y ser capaz de superar ese obstáculo y cantar con confianza por encima de las bases me ha permitido aplicar las otras metodologías que había utilizado hasta ahora, como esos grandes arreglos orquestales, los coros y elementos del folk”.

¿Podemos, entonces, perdonar a Sufjan? ¿Merece que lo liberemos de una vez por todas de la carga de nuestra dicha emocional? “Mi principal responsabilidad es con mi trabajo”, explica. Le comento que el escritor Jonathan Franzen señalaba una de sus canciones, “Casimir Pulaski Day”, como fuente de inspiración para su última y celebrada novela, “Freedom”, aún inédita en España. “Yo creo que la obra tiene vida propia. Nunca me he sentido cómodo aceptando todo el mérito de mi trabajo. Creo que hacer arte es similar a tener hijos. Eres responsable de darles vida, pero, a partir de un momento dado, debes dejar que tomen su propio camino. Así que diría que es un gran cumplido para esa canción, aunque no necesariamente supone un cumplido para mí”.

Tráiler del audaz filme de Sufjan Stevens sobre la autopista que une Brooklyn con Queens, en NYC.

Una genuina modestia que no le impide ser un creador obsesivo y perfeccionista, en busca siempre de nuevas formas de expresión para su infinita curiosidad musical, como es el caso de “The BQE” (Asthmatic Kitty, 2009). Fruto de un encargo de la Brooklyn Academy Of Music, “The BQE” es una sinfonía para treinta y seis músicos inspirada en la obra de Stravinsky y Strauss, “un intento de apropiarse del concepto gesamtkunstwerk –obra de arte total– de Wagner”, que incluye una película de cuarenta minutos dirigida por el propio Stevens con coreografías de hula hoop incluidas, fotografía, cómic y hasta uno de esos aparatitos para ver discos de diapositivas en 3-D. Y todo ello sobre una autopista, la siempre congestionada autopista que une Brooklyn con Queens en la ciudad de Nueva York, con la intención de “transformar un objeto que produce ira y rencor en un objeto que transmite belleza”.

“Siempre estoy en crisis. Todas las decisiones que tomo vienen acompañadas de cierta insatisfacción. Pero creo que eso es bueno porque hace que me cuestione mi trabajo. De esas pequeñas crisis siempre salgo con la conclusión de que mi principal misión es hacer mi trabajo lo mejor posible”

Aun así, el cantante y compositor intenta siempre ir más allá: “Me resulta muy difícil sentirme completamente satisfecho y cómodo con las canciones que compongo. Como progenitor, me siento bastante incompetente. Pero eso es precisamente lo que alimenta mi ambición para seguir escribiendo y creando en busca de la canción perfecta. Aunque a veces la forma en que trabajo resulte poco saludable. En mi vida normal, soy una persona muy pragmática y social, con los pies en el suelo, pero el trabajo me produce un gran magnetismo, una especie de elevación dramática que hace que me sea realmente muy difícil reconciliar estos dos aspectos de mi existencia”.

Hasta el punto de que, coincidiendo con la publicación de “The BQE” y, de nuevo, con las interpelaciones acerca de qué ocurriría con los cuarenta y ocho estados que aguardaban el disco prometido, Stevens confesara que había atravesado una crisis creativa que le llevó a plantearse incluso el sentido de seguir haciendo música. “Siempre estoy en crisis. Todas las decisiones que tomo vienen acompañadas de cierta insatisfacción. Pero creo que eso es bueno porque hace que me cuestione mi trabajo. De esas pequeñas crisis siempre salgo con la conclusión de que mi principal misión es hacer mi trabajo lo mejor posible”.

Y esa misión se funda en una fe incondicional en el pop, en la capacidad de la música y el arte como conexión con algo de alguna manera mayor y más importante: “Creo que el arte no forma parte de la realidad. Pertenece a una dimensión espiritual. La música es un lenguaje trascendente que permite comunicar una alegría más profunda. La música es una fuerza poderosa”.

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