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SURFIN' BICHOS, Posdata de una quimera

“Se me ha ocurrido algo para las fotos. La casa de mis padres está en venta y ya la tienen vacía. Podríamos acercarnos”, dijo Fernando Alfaro.

Foto: Alfredo Arias

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 240)

SURFIN' BICHOS Posdata de una quimera

Recuperamos el momento en que Surfin' Bichos renacieron para despedirse oficialmente. Era 2006, cuando completaron una gira exitosa que sirvió para que muchos de sus jóvenes fans los vieran por fin por primera vez. La leyenda del grupo siempre había estado (y sigue estando) al alza, quizá porque su obra tocó la fibra sensible de muchos apasionados seguidores de la música. Desde 1988 hasta 1994 demostraron que era posible hacer rock elegante y visceral en castellano. Brillaron además en años de crisis creativa, cuando los grupos de los ochenta arrastraban su decadencia y la escena indie –con sus grandezas y miserias– aún no había cuajado. Doce años después de disolverse, sus canciones seguían sonando tan intensas como siempre. 2006 fue el epílogo de su carrera, con reunión en directo y reedición de todo su catálogo. Víctor Lenore (texto) y Alfredo Arias (fotos) se encontraron con Surfin' Bichos en Albacete antes de que se pusiese en marcha la gira. Este reportaje fue el tema de portada del Rockdelux 240 (mayo 2006).

Sábado 8 de abril en Albacete. Quedamos en el bar de la estación. Fernando Alfaro aparece veinte minutos tarde. Viene en coche con sus dos hijas, a quienes tiene que dejar en algún sitio. “Bueno, siento el retraso. Vuelvo enseguida. Se me ha ocurrido algo para las fotos. La casa de mis padres está en venta y ya la tienen vacía. Podríamos acercarnos”. Se trata de un piso junto a la Plaza del Altozano, en el centro de la ciudad. Un sitio enorme, aunque lo mismo se quedaba pequeño para una familia de once hermanos. El papel pintado de la pared –muy años setenta– seduce al fotógrafo Alfredo Arias.

“Una vez mi madre me llamó a comer y me dejé a medio mecanografiar la letra de ‘El ángel inseminador’. ¿Que cómo reaccionó al verla? Ella es muy religiosa, pero también muy tolerante. Sobre todo se preocupó por mi salud mental”
(Fernando Alfaro)

Para no distraer a los que posan, salgo a la terraza con Mariano Tejera, mánager del grupo. A los pocos minutos aparece Joaquín Pascual a pedir un cigarrillo. Mira a la calle y señala: “En ese edificio está el Opus. Lo sé porque iba mi padre”. Fernando va de un lado a otro: “Esta es la habitación donde aprendí a andar. En esta otra hice muchas canciones. Usaba una máquina de escribir Olivetti y la vieja guitarra acústica comprada con el dinero que saqué trabajando en la vendimia en Francia. Una vez mi madre me llamó a comer y me dejé a medio mecanografiar la letra de ‘El ángel inseminador’. ¿Que cómo reaccionó al verla? Ella es muy religiosa, pero también muy tolerante. Sobre todo se preocupó por mi salud mental”. Al terminar las fotos, Alfaro cierra la puerta y parece asaltado por los flash-backs. Es el último vistazo a la casa donde ha pasado la mayor parte de su vida.

Por la tarde, durante la entrevista, volvemos a los comienzos del grupo. Habla Alfaro: “Me acuerdo, Joaquín, del día que te pasé mi libreta de tapas negras. Lo mismo tenía cien letras. Te quedaste blanco”. (Pascual): “Debí de pensar lo mismo que tu madre. Me creaba sensaciones contradictorias. Me gustaba mucho, me daba un rollo muy animal, pero no estaba seguro de que fuera realmente sano hacer algo con eso que habías escrito. Me pareció increíble, tanto los textos como los dibujos. Cuando empezamos a hacer maquetas, no quería que mi padre oyese cosas como ‘Malaventuranzas’. Luego le llegó a gustar”. (Alfaro): “Tenía muchas canciones. Recuerdo que en los ensayos iba muy rápido. Les decía: ‘Esta es así y entonces se acaba, así que pasamos a la siguiente’. No les dejaba repetir ni pensar un final ni nada”. Desbordante de energía, Alfaro acabó firmando casi todo el repertorio del grupo. “En realidad, siempre he escrito mis letras después de la música. Al local solía llevar las canciones acabadas: con línea de bajo, ritmo de batería, arreglos de segunda guitarra...”.

Muchos fans están eufóricos con el regreso de Surfin’ Bichos, aunque sepan que tiene fecha de caducidad y que los cinco miembros del grupo, Alfaro, Pascual, José Manuel Mora, Carlos Cuevas e Isabel León, preparan ya otros proyectos. Por ejemplo, resulta contagioso el entusiasmo que desborda la bitácora Perros Felices. Es el sitio ideal para estar al tanto: información completa y al grano sobre todas las novedades de la saga Surfin’ Bichos.

 
SURFIN' BICHOS, Posdata de una quimera

Rockdelux 240 (Mayo 2006)

Foto: Alfredo Arias

Diseño: Nacho Antolín

 

En el lado opuesto también hay seguidores escépticos ante la resurrección. Por ejemplo, Carlos Ballesteros (Hidrogenesse). Así lo explica: “Creo que la reunión de Surfin’ Bichos no va a deparar nada nuevo bueno. Está muy bien que haya reediciones, recopilatorios y DVDs. Espero que, en estas circunstancias, no sean portada de Rockdelux. Como han sido mi grupo favorito de rock español, de alguna forma me alegro por ellos, pero estoy a la espera de que esto pase y de que Fernando haga cosas nuevas”.

Preparé esta entrevista con un objetivo definido: descubrir por qué Surfin’ Bichos piensan que van a flotar donde tantos han naufragado. Porque, a ver, hablemos claro: ¿qué comeback ha estado alguna vez a la altura de una leyenda? ¿Recuerdan ellos alguno? (Alfaro): “No suelo ir a ver reuniones. No me llaman la atención. Sobre todo me interesan las de grupos a los que no pude ver en su día. Me gustaron los Buzzcocks. Siempre es mejor verlos así que no verlos. Me perdí a los Stooges en el Primavera Sound. Lo mismo estuvo bien”. (José Manuel Mora): “Yo sí los vi y no me dijeron mucho”. Isabel León recuerda que a ella le gustaron The Fall. El ejemplo no vale del todo porque nunca se han separado. Joaquín Pascual asistió a un concierto de Pixies en 2004 y lo disfrutó. “Pero es que no los pillé en su momento. Las veces que vinieron a España creo que coincidió con que estábamos de gira”. Ya que hablamos de Pixies, recuerdo que David S. Mordoh (colaborador de esta revista) salió algo cabizbajo de su concierto en el Primavera Sound 2004. Me dijo que antes Frank Black cantaba con las tripas “he bought me a soda / and he tried to molest me in the parking lot” (“Bone Machine”). Y en la reunión el fraseo parecía más bien de piloto automático. El problema con los retornos es casi siempre el mismo. A los 20 años los grupos tienen hambre: hacen las cosas de forma visceral. A los 40, el enfoque es más racional e incluso oportunista.

“Toqué esas canciones en mi casa hasta perder la conciencia porque no podía tocarlas con Chucho. No es que se hubieran negado, ya tocamos ‘Un perro feliz’ en 1999, pero tampoco les hacía mucha gracia, ya que meterlas en un directo significaba dejar fuera canciones de Chucho”
(Fernando Alfaro)

Esto no lo supe formular del todo bien en la entrevista. Por eso le mandé un correo electrónico a Alfaro días después. Su respuesta fue contundente: “La principal diferencia con otras reuniones es que esta llega después de que el HAMBRE o las ganas de tocar todas mis canciones de la época Surfin’ Bichos me empujara al precipicio de tocarlas al desnudo en solitario. Desde 2003 hice unas quince actuaciones acústicas con más de cuarenta canciones distintas, la mayoría de Surfin’ Bichos. Esos conciertos no me hubiera atrevido a hacerlos solo ni en 1987 ni en 1995. Digo precipicio porque para mí lo era. Solo he medio superado mi timidez patológica en los conciertos. Sabía que esas canciones estaban compuestas con acústica y voz, pero también que habrían sonado mejor con una formación rock. Cuando compongo, los arreglos suenan en mi cabeza desde el primer o segundo momento”. Sigue la explicación: “Toqué esas canciones en mi casa hasta perder la conciencia porque no podía tocarlas con Chucho. No es que se hubieran negado, ya tocamos ‘Un perro feliz’ en 1999, pero tampoco les hacía mucha gracia, ya que meterlas en un directo significaba dejar fuera canciones de Chucho. Así que me lancé en pelotas, sabiendo que mucha gente iba a protestar por la desnudez, a quejarse, a escribir en los foros, a reclamar que sonaran con banda (sobre todo las canciones de formato más rock). También sabía que el efecto de esos conciertos iba a ser hambre por tocarlas en grupo. No pensaba propiamente en una reunión de Surfin’ Bichos, sino más bien en una banda de amigos o alienistas. A partir de ahora pienso tocar mis canciones de cualquier época, rock de verdad con amistad, como dijo Calamaro. Si esto no es hambre, que venga Carpanta y lo vea”.

Suena serio. Quizá la mejor forma de saber qué esperar de la reunión sea que nos cuenten cómo van los ensayos. (Mora): “Hemos hecho tres. El primero no sé si cuenta: fue coger las guitarras acústicas en casa de Joaquín y recordar las canciones. El eléctrico lo pillamos con muchas ganas. Empezamos con ‘¿Qué clase de animal?’. Fue muy punk. Ahora tocamos más sueltos”. Todos coinciden en que los Surfin’ Bichos de 2006 tocan mejor. También afirman que volver ha resultado más fácil de lo que esperaban. (Alfaro): “Se nota mucho que ellos han seguido tocando juntos todo este tiempo” (en Mercromina y en Is).

 
SURFIN' BICHOS, Posdata de una quimera

Fernando Alfaro, Juan Manuel Mora, Joaquín Pascual, Isabel León y Carlos Cuevas en Albacete el 8 de abril de 2006.

Foto: Alfredo Arias

 

Como nadie es igual a los 40 años que a los 20, pregunto si hay alguna canción de Surfin’ Bichos que no tocarían ahora. “Ninguna o casi ninguna”, dice Alfaro sin precisar. (Mora): “Al revés: como va a ser un repertorio corto, de festival, me da pena dejar fuera cosas como ‘Humo azul’. Esa me encantaría tocarla. Hay enfoques que van a cambiar. En ‘Un perro feliz’ nos vamos a permitir que quede más punkarra”. (Alfaro): “Otras irán en dirección contraria: más intimista. Ahora sabemos más de matices”. (Mora): “Antes tocábamos más encorsetados, pegados al disco. Eso ha cambiado, pero aún siento la burrería innata que siempre hemos tenido”. (Alfaro): “Otra cosa estimulante es saber que nunca más vamos a tocar estas canciones juntos. Le da emoción. (Cuevas): Hablando de todo esto, me están entrando ganas de ensayar...”.

Son una piña y desbordan confianza. Es obvio que se llevan muy bien. Tres de ellos asisten a la misma academia de piano. Además, el otoño pasado tocaron juntos como Los Trollstones, un viejo proyecto paralelo. (Alfaro): “Era una especie de regalo sorpresa para la boda del cantante, Camilo Fuentes”. En ese concierto el bajista fue José María Ponce, miembro original de Surfin’ Bichos, amargamente expulsado antes de “Hermanos carnales” (Virus-RCA, 1992). (Alfaro): “Últimamente tenemos más relación. Ahora es pintor. No vive aquí. Hace poco hizo una exposición en Albacete. Curiosamente, pasé por ahí el día del cierre y le ayude a descolgar los cuadros”. (Mora): “A mí me gustan bastante algunas cosas que hace”. (Isabel León): “No es figurativo ni abstracto; es deformativo”. (Alfaro): “Algunos cuadros son edificios conocidos pasados por un espejo deformante”.

“Veo esto como una herencia. No es que nos lo merezcamos, tampoco fuimos unos héroes, pero nos lo curramos mucho y pusimos ilusión. Siempre tuvimos la impresión de ser un grupo de verdad y de estar haciendo las cosas en serio”
(Joaquin Pascual)

Confieso que no confiaba mucho en esta reunión. Unas horas con el grupo me han hecho cambiar de bando. Siempre fueron un equipo fuerte, capaz de crecer en terreno hostil, entre dos generaciones, en tierra de nadie. (Alfaro): “Cuando llegamos se estaban terminando las contrataciones de los ayuntamientos de los años ochenta, pero aún no se había consolidado un circuito alternativo”. No había internet, ni festivales ni la actual explosión de revistas musicales. Fueron un grupo distinto antes de que aquí existiera un nicho de mercado para grupos distintos. Eso sí, sus escasos defensores lo eran a muerte. Entre ellos, varios locutores de Radio 3 y la directiva de Rockdelux. En esta revista se escribió que Surfin’ Bichos “no son Nirvana, son infinitamente mejores” (Rockdelux 88, julio-agosto de 1992). Por supuesto, la radiofórmula les ignoró, excepto en el período de “Hermanos carnales”, cuando RCA “invirtió” para que sonaran. Tampoco caen en el victimismo. (Alfaro): “En RCA nos trataron bien. Siempre hay una leyenda negra con las multinacionales. Yo creo que es más cuestión de personas. Para cualquier cosa de promoción se viajaba en avión y se dormía en hoteles de cinco estrellas. Luego salías de gira y estaba la realidad: moverse en furgoneta y, excepto en cuatro grandes ciudades, tocar y dormir en agujeros”. Así es la lógica delirante de la industria del disco: tratar peor al músico cuando más apoyo necesita.

Resumiendo: al grupo le apetece volver por las circunstancias (separación simultánea de Chucho y Mercromina) y porque hay demanda. “Nos lo han puesto en bandeja”, dice José Manuel Mora. También hablan de una sensación de cuenta pendiente. (Alfaro): “El final fue un poco triste. Había un sentimiento de injusticia. No sé si nadie nos hacía caso o era una especie de alucinación que teníamos. Estábamos un poco bajos de defensas. Todo nos afectaba más”. Esta será la gira de despedida que no tuvieron en 1994. Es probable, aunque no confirmado, que hagan algunos conciertos más tras el Primavera Sound. (Pascual): “Veo esto como una herencia. No es que nos lo merezcamos, tampoco fuimos unos héroes, pero nos lo curramos mucho y pusimos ilusión. Siempre tuvimos la impresión de ser un grupo de verdad y de estar haciendo las cosas en serio”.

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