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SURFIN' BICHOS, El regreso de los hermanos carnales

Joaquín Pascual, Carlos Cuevas y Fernando Alfaro, 1992.

 
 

FIRMA INVITADA (2017)

SURFIN' BICHOS El regreso de los hermanos carnales

“Hermanos carnales”, tercer álbum de Surfin’ Bichos –19º mejor disco español del siglo XX según el Rockdelux 223–, ha cumplido veinticinco años en 2017, y el grupo se ha reunido para interpretarlo íntegramente en una serie de conciertos. Legacy –sello de catálogo de Sony Music– se ha sumado a la fiesta y ha reeditado toda su discografía, tanto en vinilo como en un box set de seis CDs y un DVD de vocación completista titulado “El mundo por los pies. Surfin’ Bichos 1988-1994”. Fernando Alfaro, cantante y guitarrista de la banda, nos contó en este artículo por qué se juntaron de nuevo.

Cuando Santi Carrillo, director editorial de Rockdelux, me llamó para pedirme que escribiera este artículo, me dijo: “Así explicas tú, de primera mano, por qué habéis hecho esto”. Por qué habéis hecho esto. Los hechos. Así son los hechos y así se los voy a contar.


Los hechos

De un tiempo a esta parte se lleva este tipo de conciertos para celebrar un disco en concreto. Tal o cual grupo o artista se reúne o reúne sus pedazos para interpretar íntegramente ese álbum, álbum que suele elegirse por su especial trascendencia o el impacto que tuvo en su momento. No vamos a ocultar que la propuesta suele venir de fuera del propio grupo o artista, y que en el juego intervienen también factores económicos. Pero, en algunos casos, no solo tiene sentido, todo el sentido, volver a dar vida a ese disco que marcó a mucha gente. En algunos casos se produce una especie de catarsis en el escenario y ese repertorio crece y se incendia como si solo hubiera un aquí y un ahora. La última vez que presencié algo así fue en el concierto que celebraba el 40º aniversario de “Horses” (1975) en el Primavera Sound 2015. Patti Smith sobre las tablas, Lenny Kaye, toda la tropa, elevando los no-sé-cuántos-mil pies del público un palmo por encima del suelo. Cuarenta años después. El discurso llameante, inflamable, totalmente vigente. Yo quería experimentar eso.

“Escribo esto después de los dos primeros, iniciáticos, conciertos de esta gira, en San Isidro en Madrid y en el Primavera Sound de Barcelona y, claro, después de algunos ensayos. Y el cúmulo de emociones que allí se juntan es tal que, de hecho, no sé si seré capaz de explicarlo todo, de forma articulada o no. Como un adolescente que intenta hablar y se le agolpa todo, y no puede decir nada por temor a que se le salga el corazón por la boca o por temor a vomitar, no se sabe bien”
(Fernando Alfaro)

Quizá hemos hecho algo malo, como cuando hace ya mil años empezamos un grupo y cogimos el mundo por los pies y así seguimos, siempre al revés. Porque no teníamos esa sensación de estar haciendo algo malo cuando, unos meses atrás, nos volvimos a juntar Carlos Cuevas (batería), Joaquín Pascual (guitarra y teclados), José Manuel Mora (bajo) y yo –esta vez sin Isabel León– para planear esto. No queríamos herir a nadie. Queríamos explorar nuestra propia y dulce herida. Y uno no se puede hacer daño sin herir a otra gente. Algunas nostalgias hipersensibles pueden verse afectadas. Pero si a alguien afecta remover todo esto es a nosotros. Escribo esto después de los dos primeros, iniciáticos, conciertos de esta gira, en San Isidro en Madrid y en el Primavera Sound de Barcelona y, claro, después de algunos ensayos. Y el cúmulo de emociones que allí se juntan es tal que, de hecho, no sé si seré capaz de explicarlo todo, de forma articulada o no. Como un adolescente que intenta hablar y al que se le agolpa todo, y no puede decir nada por temor a que se le salga el corazón por la boca o por temor a vomitar, no se sabe bien.


El vínculo

Siempre fuimos hermanos carnales en este grupo. Incluyo aquí a José María Ponce y a su hermano Gabriel. Cómo puedo superar el dolor de mi hermano carnal hoy. Siempre tuvimos una especie de vínculo, como el de los gemelos. Me acuerdo de cómo me sentí la primera vez que escuché el primer disco de Mercromina, el nuevo proyecto de Carlos, Joaquín y José Manuel: como si fuera parte de mí. No podía ni dormir. Me consta que a ellos les pasa también. El grupo se había roto, la hermandad de la uva había partido peras; había desgarro, sí. Luego encontré una nueva familia de acogida en Chucho con Javi Fernández y Juan Carlos Rodríguez, como un perro flaco que se ha perdido. (Juan Carlos, por cierto, firmaba como Richard Kimble en los primeros discos de Surfin Bichos). Pero aquel vínculo continuó a lo largo de los años. E hizo posible que fuera tan fácil, por ejemplo, nuestra reunión para una gira en 2006, una vez calmados los ánimos, una vez serenados mis problemas de drogas, que precipitaron la ruptura en 1994. Fue una reunión reivindicativa y temporal, cierto, pero tampoco cerramos de un portazo y para siempre. En los años posteriores a 2006 se nos persiguió para volver a reunirnos, pero no quisimos, a pesar de que el vínculo seguía ahí. Ahora que lo pienso, yo podría haber hecho como otra gente y haber continuado como Surfin’ Bichos hasta el fin de los tiempos, y decidí no hacerlo por un instinto suicida de pureza. Pero ahora puedo rescatar el nombre y al grupo cuando quiera, cuando queramos. Nadie más puede hacerlo, solo nosotros.

 
SURFIN' BICHOS, El regreso de los hermanos carnales

Surfin’ Bichos dieron comienzo a la gira de celebración del 25º aniversario de “Hermanos carnales” en el escenario de la Puerta del Ángel de Madrid, con motivo de las Fiestas de San Isidro, el 14 de mayo de 2017. Foto: Nacho Nabscab

 

Después de tantos años

¿De dónde surge la idea? En 2014 estaba grabando “Saint-Malo” (2015), mi último álbum en solitario. Mientras, iba a iniciar una gira en formato acústico en la que quería tocar canciones de ese disco que estaba por venir, mezcladas con otras de todas mis épocas, como suelo hacer. Un amigo gallego me dijo que, dado que entonces se celebraba el 25º aniversario de “La luz en tus entrañas” (La Fábrica Magnética, 1989) –primer LP de Surfin’ Bichos–, quizá era buena idea interpretarlo entero, en plan homenaje. Y así lo hice, y fue una gira en la que se alternaban temas de ambos discos, con un hiato de veinticinco años, obviando todo lo que pasó entre ellos. Funcionaba. Aquellas canciones seguían vigentes. Luego vino lo de Patti Smith y me excitaba pensando en hacer lo mismo con “Hermanos carnales” (Virus-RCA-BMG Ariola, 1992), pero ahora no yo solo con mi guitarra acústica, sino con los Surfin’ Bichos. Joder, sería brutal. Todos juntos otra vez. Hablaba antes de la vigencia de aquellas canciones; también de las de “Hermanos carnales”. Mucha gente tiene esa curiosidad de saber cómo te enfrentas a algo que escribiste tanto tiempo atrás. Y es verdad que, probablemente, no somos los mismos. Pero, con los años, la urgencia se ha vuelto certeza, y esos temas siguen teniendo todo el sentido o incluso más. Hoy veo más claramente esas canciones, y las emociones no han cambiado; las situaciones, algo, tal vez. Además, hay que pensar que cuando las escribí tenía veintitantos años, no era un niño. También, tocándolas con el grupo ahora, con todo lo que nos ha pasado, han encontrado más profundidad. Y hasta la mala leche es diferente ahora. Esa profundidad se nota sobre todo en los temas más pausados e íntimos: han encontrado una forma musical y una especie de hondura en la interpretación que en aquel tiempo no teníamos. Sencillamente. Por cierto: varias de estas piezas más pausadas son, de algún modo, inéditas en directo. Como era nuestro tercer disco y teníamos repertorio de sobra, algunas de ellas ni siquiera las habíamos tocado en concierto jamás... hasta ahora. Algunas las he interpretado yo en acústico, otras, ni eso. Y ahora suenan... Buff.


Inseparables

“Quería poner toda la carne en el asador antes de consumirme. Vacié toda mi libreta de canciones, recuperando incluso algunas de mi etapa pregrupo, toda vez que por fin habíamos encontrado la compenetración y la pericia para tocarlas y grabarlas debidamente. Es un disco extremo, ambicioso y brutal, y también lleno de amor. Es un disco que duele, pero es adictivo tocarlo. Y más tocarlo entero en directo. Con los putos Surfin’ Bichos, joder. Todos juntos otra vez. ¿Que por qué hemos hecho esto? Porque podemos”
(Fernando Alfaro)

Las paradojas han alimentado desde siempre mis canciones, y en ocasiones me han jodido la vida. Poco después de la dolorosa separación de José María Ponce, grabábamos “Hermanos carnales”. Menos de dos años después de su publicación, el grupo se disolvía. Una de las fuentes de inspiración del disco, en este caso del concepto o de la idea general, fue la película “Inseparables” (1988) de David Cronenberg. Me acuerdo de que la vi cuando estaba incubando una gripe, con fiebre, alucinando. Salí como en otro mundo y ese mundo lo incorporé a las canciones, al disco que planeaba. Algo parecido a lo que me pasó con “Fotógrafo del cielo” (Virus-RCA, 1991), después de ver una exposición de fotos de Joel-Peter Witkin en 1989. El álbum que planeaba ahora iba a ser un doble LP. Como los hermanos gemelos protagonistas de “Inseparables”, ambos ginecólogos, médicos enfermizos que terminaban diseñando extraños instrumentos quirúrgicos para operar a mujeres mutantes, que compartían amores y drogas y desastre, y acababan inundados por el caos y bañados en la locura, soñando con siameses. Elliot, el triunfador, el seductor, el que manejaba las relaciones públicas y tenía el talento para el dinero. Beverly, el retraído, el investigador y verdadero motor del prestigio profesional del dúo, un dúo que funcionaba a veces como un solo hombre. Así, dentro del doble álbum que pergeñaba, el primer LP se llamaría Elliot y contendría las canciones más directas, más tensas y claras, más pop. El otro LP sería Beverly y albergaría los temas más íntimos, retraídos y quizá dolientes. Como reza la leyenda, aquello no pudo ser por condicionantes comerciales; vivimos en el mundo real. Y al final funcionó, sí, como un solo hombre, y salió como un solo LP, mayormente con lo que iba a ser Elliot junto con algunas canciones de lo que hubiera sido Beverly.

Los discos, las canciones, dejan de ser del todo tuyos cuando los haces públicos. Adquieren vida propia. La distribución que había pensado en su día para los temas entre ambos álbumes ya no me interesa. Al final, para mí, aquel LP que salió adelante, el LP oficial, el que triunfó, era y es Elliot, con la cara de Jeremy Irons. Y Beverly fue ese gemelo oculto, absorbido por su hermano, que se quedó en su versión imperfecta y maquetera: al final solo las canciones del disco oficial fueron grabadas en estudio profesional –con la producción de David Gwynn en los ingleses Chapel Studios, en Lincolnshire, donde, por ejemplo, Robert Wyatt acababa de hacer “Dondestan” (1991)–. El resto ha seguido en su versión demo hasta nuestros días. Jamás hemos querido regrabarlas y ni siquiera remezclarlas. Nos encantan así. Así han aparecido en recopilatorios y reediciones, y así salen ahora, como Beverly. Porque sí: al fin, “Hermanos carnales” se edita hoy como el doble álbum que en su día no pudo ser.


Vaciarse y morir

La otra fuente de inspiración de “Hermanos carnales”, de su idea, era el “3rd (Sister Lovers)” (1978) de Big Star, o de Alex Chilton, o de los Sister Lovers, los amantes de las dos hermanas. Un álbum maldito y total en el que perderse. En el que vaciarse. Y así me quise vaciar yo con “Hermanos carnales”, vaciarme antes de morir. Porque entonces estaba convencido de que me iba a morir, de que había comprado tantas papeletas que seguro que tenía esa enfermedad incurable y, a la sazón, mortal. Quería poner toda la carne en el asador antes de consumirme. Vacié toda mi libreta de canciones, recuperando incluso algunas de mi etapa pregrupo, toda vez que por fin habíamos encontrado la compenetración y la pericia para tocarlas y grabarlas debidamente. Es un disco extremo, ambicioso y brutal, y también lleno de amor. Es un disco que duele, pero es adictivo tocarlo. Y más tocarlo entero en directo. Con los putos Surfin’ Bichos, joder. Todos juntos otra vez. ¿Que por qué hemos hecho esto? Porque podemos.

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