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TAMINO, Primeras veces

Cuestionando fronteras.
Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2018)

TAMINO Primeras veces

Pese a su juventud, Tamino parece perfectamente consciente de la fugacidad de las experiencias vitales. Las que ha acumulado durante sus 22 añitos desembocan ahora en “Amir”, un primer álbum que, por épico y grandilocuente, no parece obra de un novato. Ya convertido en todo un fenómeno en su Bélgica natal, se lanza a repetir éxito alrededor del mundo. Víctor Trapero lo entrevista.

Si te cruzas por la calle con Tamino-Amir Moharam Fouad, al instante sabes que el muchacho es “alguien”. Quizá un modelo, quizá un actor; algo así. No hay más que verlo: buena planta, melenilla incipiente, aro en la oreja, abrigo tres cuartos. Tiene un aire, de hecho, a Timothée Chalamet, el ultra cool coprotagonista de “Call Me By Your Name” (Luca Guadagnino, 2017). Ambos comparten unas facciones aniñadas que siempre harán que sea complicado acertar con su edad. Pero resulta que Tamino, 22 añitos, se dedica a la música. Su primera visita a Madrid tiene como excusa promocionar su álbum de debut, bautizado con su segundo nombre: “Amir” (Communion-Caroline-Music As Usual, 2018). “Todavía no estoy muy acostumbrado a estas cosas, pero disfruto de cada nueva experiencia. Aprendo de todo lo que veo. Soy consciente de que lo que me está pasando no volverá a ocurrirme jamás por primera vez y quiero vivirlo intensamente. Nunca más voy a ser el mismo que soy ahora”, cuenta. Pese a lo que tiene de novedosa la jornada para él, se mueve con soltura de aquí para allá. Se planta con naturalidad delante de la cámara y de la grabadora, quizá porque en su Bélgica natal ya ha hecho algo parecido a la mili.

“Una cosa muy positiva de mi generación es que vemos el mundo como una gran región llena de posibilidades. No nos ponemos fronteras”

El éxito de su primer single, “Habibi”, lo llevó rápidamente a sonar en las radios y a actuar en los principales festivales de verano de su país, donde ya le apodan “el Jeff Buckley belga” mientras acumula sold outs. De momento, la única entrada sobre su (corta) vida y obra que puede encontrarse en la Wikipedia en el momento de escribir estas líneas está redactada en neerlandés. Pronto, quizá, se reproduzca en otros idiomas. Él, que ha elegido el inglés para expresarse en sus canciones, no se pone barreras: “Una cosa muy positiva de mi generación es que vemos el mundo como una gran región llena de posibilidades. No nos ponemos fronteras. Nunca se sabe dónde vas a tener la oportunidad de hacer lo que te gusta, dónde vas a encontrar tu hueco”.

Habla con conocimiento de causa: su infancia la pasó entre Amberes y Egipto, el país de su padre; más tarde, con 17 años, ingresó en el conservatorio de Ámsterdam para estudiar piano, instrumento que su madre domina y que ha estado presente en su formación desde que tiene memoria (“me encanta Erik Satie; todavía toco composiciones suyas”). Después, volvió a Bélgica, aunque cada vez pasa menos tiempo en casa. “Mi mezcla familiar me ha convertido en la persona que soy, me ha ayudado a mantener la mente abierta. También musicalmente: mi abuelo paterno –Moharam Fouad, apodado “el sonido del Nilo” y fallecido en 2002– fue un cantante y actor muy famoso en Egipto. Siempre que he vuelto por allí, me he sentido ridículamente europeo y me he cuestionado muchos conceptos musicales que en Occidente aceptamos sin pensar. Me he dado cuenta de lo equivocados que estamos. Creemos que conocemos mucha música gracias a internet, pero, en realidad, no tenemos ni idea de todo lo que nos perdemos alrededor del mundo por egocéntricos. Nos limitamos a nosotros mismos. Yo no quiero renunciar a todos esos instrumentos, escalas y tonos que están a nuestra disposición”.

“Cigar”, el primer vídeo de Tamino, dirigido por su hermano Ramy Moharam Fouad.




“No quería el típico debut íntimo de un chaval con una guitarra. Quería algo grande, algo intenso. Las canciones nacieron pequeñas, en mi habitación, pero desde el principio era capaz de visualizarlas convertidas en algo grandioso”

Uno de los guiños de Tamino a su background familiar (su abuela paterna, además, es libanesa) es haber contado en la grabación de “Amir” con la colaboración de la orquesta Nagham Zikrayat, compuesta en su mayoría por refugiados sirios e iraquíes instalados en Bruselas. “Me contactaron porque estaban preparando un homenaje a mi abuelo. Querían que cantara alguna de sus canciones en un concierto, pero no me sentí preparado porque no hablo árabe”, confiesa. “Pese a todo, conectamos muy bien y quería que participaran en el disco. La manera tan libre y flexible que tienen de ver el ritmo me interesa mucho”. Ese acompañamiento orquestal lo emparenta rápidamente con otras propuestas épicas y grandilocuentes como las de Nick Cave, Anna Calvi o Perfume Genius. “No quería el típico debut íntimo de un chaval con una guitarra. Quería algo grande, algo intenso. Las canciones nacieron pequeñas, en mi habitación, pero desde el principio era capaz de visualizarlas convertidas en algo grandioso”.

Cuesta poco imaginar temas como “So It Goes” o “Cigar” poniendo música a una hipotética próxima entrega de la saga James Bond. No extraña, por lo tanto, que un tipo al que el mundo de las bandas sonoras le pilla tan de cerca como Colin Greenwood se arrimara con curiosidad al proyecto. El bajista de Radiohead y hermano de Jonny Greenwood –responsable de la música en las últimas películas de Paul Thomas Anderson (“El hilo invisible”, 2017) y Lynne Ramsay (“En realidad, nunca estuviste aquí”, 2017)– se acercó a Tamino tras una actuación en Amberes en la que acabó por recomendación de un amigo en común, y del encuentro surgió una colaboración: el bajo que escuchamos en “Indigo Night” es el de Greenwood. “Fue muy amable cuando se presentó después de mi concierto. Ojalá podamos volver a hacer algo juntos, aunque ya nunca volverá a ser la primera vez”.

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