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THE BEATLES, 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

Vestidos para el éxito.

 
 

ARTÍCULO (2007)

THE BEATLES 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

La publicación del álbum “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” conmocionó a los contemporáneos de The Beatles. Grupos como The Zombies, The Small Faces y The Who encontraron en él una puerta abierta a posibilidades artísticas casi infinitas, y en pocos meses culminaron obras que contribuyeron a cambiar la historia del pop y también a precipitar el fin de la década prodigiosa. Fue una música bajo influencia, la de aquellos visionarios Beatles de 1967. De todo ello trata esta segunda parte del artículo de John Harris, publicado en Rockdelux en 2007 para conmemorar el cuarenta aniversario del disco más ambicioso en la carrera de los Beatles. Y en el Rockdelux actual, la reedición comentada del álbum por su cincuentenario.

(Se puede leer la primera parte aquí)

El día de la publicación del single con los temas “Penny Lane” y “Strawberry Fields Forever” en Estados Unidos, el lunes 13 de febrero de 1967, The Beatles empezaron a trabajar en Londres en el lastimero canto fúnebre “Only A Northern Song” de George Harrison. Tres días después, pusieron letra y sobregrabaciones de bajo a “Good Morning Good Morning”. Y el viernes comenzaron a trabajar en “Being For The Benefit Of Mr. Kite!”. Y al regresar al estudio tras el descanso del fin de semana, se encontraron con George Martin (mánager de The Beatles), Geoff Emerick y Richard Lush (ambos ingenieros de sonido de los estudios Abbey Road) editando las cintas necesarias para su “confusión general” de sonidos de feria. Estaban metidos de lleno en la realización de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” (Parlophone, 1967).


“Sabían con total certeza que estaban haciendo algo grande. Estaban convencidos de que estaban avanzando, creando arte. Las conversaciones que solíamos tener versaban sobre cómo casi todos los tipos de arte habían empezado como una forma popular, ya fuera ópera, fotografía o cine, y luego, llegado cierto punto, era llevada más allá usando ese medio para crear algo más”
(Barry Miles, escritor)

“El ambiente en el estudio era muy diferente al de la grabación del disco anterior –“Revolver” (Parlophone, 1966)–, comenta Barry Miles, amigo íntimo de Paul McCartney y figura central en el ambiente londinense que abrió las puertas de las mentes de The Beatles a la entrada agolpada de todo tipo de ideas. “Sabían con total certeza que estaban haciendo algo grande. En todo momento eran conscientes de que cada pista era espléndida. Estaban convencidos de que estaban avanzando, creando arte. Las conversaciones que solíamos tener versaban sobre cómo casi todos los tipos de arte habían empezado como una forma popular, ya fuera ópera, fotografía o cine, y luego, llegado cierto punto, era llevada más allá usando ese medio para crear algo más. Por lo que respecta a ellos, estaban encauzando el rock en ese camino. No lo expresaban en unos términos tan claros, pero esa era la idea subyacente: ya no se trataba tan solo de pop; era otra cosa totalmente distinta”.

Para un grupo selecto de sus contemporáneos, la prueba temprana del logro de The Beatles fue evidente el viernes 10 de febrero de 1967, cuando asistieron como invitados a una sesión con fiesta incluida en la que una orquesta de cuarenta instrumentos, con pistas cuádruples, contribuyó a la grabación de “A Day In The Life”. Todos quedaron boquiabiertos. Llegado este punto, se hablaba de crear películas que tuvieran que ver con cada una de las canciones del álbum. “Se empezó diciendo: ‘Podríamos hacer que Antonioni filme una canción y que Jean-Luc Godard haga otra’. Pero no había presupuesto”, comenta el realizador Tony Bramwell, así que se animó a los presentes a que usaran una docena de cámaras de 16 mm. El resultado fue un corto montado cortando y pegando que no se visionó en el momento, pero que mucho más tarde fue incluido en la caja videográfica “Anthology” (EMI, 1996), editada en DVD en 2003. “Marianne Faithfull grabó algunas partes, Mike Nesmith otras y Donovan otras más”, dice Bramwell. Con la cinematografía amateur puesta en marcha, la historia también cuenta que Ron Richards, por aquel entonces productor de The Hollies, respondió a lo que oía llevándose las manos a la cabeza y anunciando oficialmente que se retiraba.

Doce días después, la noche en que la canción estuvo terminada con su acorde de piano mortal como cierre, hubo otro visitante en Abbey Road. David Crosby, viendo que sus días como miembro de The Byrds llegaban a su final, se encontraba en Londres en una gira profesional con motivo de una convención de fans en el Roundhouse de Candem Town. “Younger Than Yesterday”, el álbum donde The Byrds exponían su versión Costa Oeste de la estética “Revolver” (si necesitan pruebas, escuchen “Mind Gardens” de Crosby o los pasajes instrumentales de “Thoughts And Words” de Chris Hillman), ya estaba enlatado, aunque aquella noche obtuvo la prueba definitiva de que The Beatles habían evolucionado hasta convertirse en algo muy diferente.

 
THE BEATLES, 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

John Lennon: primavera del 67.

 

“Al entrar me di cuenta de que se comportaban de una manera tonta y extraña, de que se lo estaban pasando bien, porque estaban encantados con lo que habían hecho –dice Crosby–. Sabían qué era lo que habían creado. Riéndose, me sentaron en un taburete en medio de una habitación, arrastraron dos de esos altavoces enormes, gigantes, con forma de ataúd, me los colocaron uno a cada lado y luego interpretaron para mí ‘A Day In The Life’. Cuando llegaron al acorde final del piano, tío, estaba hecho un trapo, apabullado”. Crosby hace una pausa; aún parece atónito con lo que oyó: “Me costó varios minutos recuperar el habla”.






“Me sentaron en un taburete en medio de una habitación, arrastraron dos de esos altavoces gigantes, me los colocaron uno a cada lado y luego interpretaron para mí ‘A Day In The Life’. Cuando llegaron al acorde final del piano, tío, estaba hecho un trapo, apabullado... Me costó varios minutos recuperar el habla”
(David Crosby)

El trabajo en “Sgt. Pepper” concluyó cuando marzo entró en abril. The Beatles posaron para las fotos de la portada entre los accesorios y recortes de Peter Blake el jueves 30 de marzo de 1967, y luego se trasladaron a Abbey Road para finalizar “With A Little Help From My Friends”. El reprise de la canción que da título al disco se grabó rápidamente el sábado antes de que Paul McCartney partiera hacia América; el lunes se añadieron ocho violines y tres chelos a “Within You Without You”, y eso fue todo. Tan solo faltaba un instante de tontería inspirada con los cuatro Beatles reunidos ante el micrófono de Abbey Road el 21 de abril para grabar las majaderías que se editarían, junto con un pitido solo audible por los perros, en la pista de cierre de la segunda cara. La leyenda dice que, reproducido marcha atrás, prometía “follarte como un superman”, aunque la única frase coherente que contiene la cinta de esa noche provenía de labios de un Ringo Starr colocado. “Creo que me voy a caer”, anunció, para ser recogido por los brazos de su amigo Mal Evans.

“Sgt. Pepper” salió en el Reino Unido el jueves 1 de junio de 1967. El ‘New Musical Express’ aclamaba el álbum así: “No se puede negar que una vez más The Beatles nos proporcionan una dosis de entretenimiento musical que agradará al oído y ¡pondrá nuestro cerebro en marcha!”. Otras publicaciones de rango mayor reconocieron que se encontraban frente a algo que transcendía el pop, quizá concediendo que The Beatles demostraban tener un concepto temático que se les había pasado por alto hasta a ellos mismos. ‘The New Stateman’ lo definió como “un ciclo de canciones ideado ingeniosamente por The Beatles para transformar la camaradería a la antigua usanza en una nueva soledad”. El ‘New York Review Of Books’ opinaba que “eran heraldos de una nueva era dorada de la canción”. ‘Newsweek’ los comparó con T. S. Eliot. Y el crítico teatral británico Kenneth Tynan estaba tan cautivado que calificó el álbum como nada menos que “un momento decisivo en la historia de la civilización occidental”.

En otros sitios se hicieron oír sorprendentes signos de desasosiego. En agosto de 1967, ‘The Beatles Book’, la revista del club de fans oficial, publicó un artículo titulado “¿Es ‘Sgt. Pepper’ demasiado avanzado para el fan medio de la música pop?”, suscitado por la avalancha de correspondencia recibida tras la publicación del álbum. A pesar de que gran parte de los remitentes se mostraban abiertamente positivos, para otros suponía todo un reto. “Yo fui una de las primeras seguidoras de The Beatles de mi vecindario en comprar el nuevo LP”, explica Joanne Tremlett, residente en Welling, Kent. “Ni te imaginas la decepción que me llevé al terminar de escucharlo. De todas las canciones, sólo ‘When I’m Sixty-Four’ y la propia ‘Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band’ alcanzaban la media. El resto estaba más allá de nuestro alcance y pensé que The Beatles deberían dejar de ir de listos y darnos canciones que todos pudiéramos disfrutar”. Sin embargo, en círculos más hip el hechizo del álbum empezaba a surtir efecto. “Fue la banda sonora de aquel verano, incluso de aquel invierno –dice el escritor Barry Miles–. Era imposible librarse de él. Sonaba por doquier. Si caminabas por King’s Road, las canciones se oían en todas las tiendas, en cualquier sitio donde sonara música. Y lo mismo ocurría en Nueva York”.

 
THE BEATLES, 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

“Disraeli Gears” (Cream), “Butterfly” (The Hollies), “Days Of Future Passed” (The Moody Blues), “Their Satanic Majesties Request” (The Rolling Stones)...

 

... “The Who Sell Out” (The Who), “Odessey And Oracle” (The Zombies) y “Ogdens’ Nut Gone Flake” (The Small Faces): discos bajo la influencia directa de “Sgt. Pepper”.

 

Jimi Hendrix reconoció el mérito de The Beatles encabezando la actuación en el Saville Theatre de Brian Epstein el domingo que siguió a la publicación de “Sgt. Pepper” y ejecutó, ante el asombro del espectador Paul McCartney, una versión más bruta del tema que da título al disco. Según relata Joe Boyd en su libro de memorias “Blancas bicicletas. Creando música en los 60”, la joven Sandy Denny escuchó el preestreno de “Sgt. Pepper” emitido por Radio Luxembourg en la casa de su familia en Wimbledon, y fue eso lo que la acabó de convencer de que el encanto de cantar folk en solitario había empezado a palidecer; un mes más tarde se unió a Fairport Convention. Poco después de que se publicara “Sgt. Pepper”, The Zombies aterrizaron en Abbey Road y se toparon con los ingenieros de la casa separando los aparatos de casete que The Beatles habían atado y rezando por “volver a grabar de una manera normal”. El buen sentido prevaleció. Basta escuchar “Odessey And Oracle” (este álbum, publicado en 1968 tras la separación de The Zombies, hoy está considerado por derecho una obra de arte a lo “Sgt. Pepper”) para que quede claro que sus ambiciones creativas eran cercanas tanto a la música de “Sgt. Pepper” como al tipo de proezas técnicas que The Beatles habían exigido.

“Estaba en el coche con Dennis Wilson. Íbamos muy colocados... Al escucharlo, inmediatamente supe en qué había acertado y en qué había fracasado con The Rolling Stones, dentro de los límites de las grabaciones a cuatro u ocho pistas. Así que fue bastante extraordinario. Recuerdo que había consumido bastante droga, y hacía falta muy poco para hacer zozobrar el barco. Solo puedo describirlo diciendo que me sentí abrumado... Pero tenía clara una cosa: era un trabajazo como la copa de un pino y un logro increíble”
(Andrew Loog Oldham, mánager-productor de The Rolling Stones)

David Crosby había regresado a Estados Unidos en febrero de 1967 con una copia, celosamente guardada bobina a bonina, de “A Day In The Life” que había recibido de manos de George Harrison, y cuando el álbum vio la luz se convirtió en un evangelista de “Sgt. Pepper”. “Nada se podía hacer para evitar que cambiara todo tu mundo” –dice Crosby–. Piensa de dónde veníamos... Lo que se podía esperar de los grupos de antes eran cosas tipo… ya sabes… Paul Revere And The Raiders. Una tontería. Y aquí había toda una panoplia gloriosa, una explosión de color y sonido; era fantástico. Nadie había hecho un álbum donde todo estuviera interconectado de ese modo, nadie había hecho un álbum donde todas las canciones encajaran tan perfectamente. Iban muy por delante de nosotros. Cuando era más joven, igual estábamos en un local cualquiera de hamburguesas y alguien ponía una canción como ‘Day Tripper’, y yo me ponía muy competitivo. En aquel momento, pensaba: ‘Vaya, ya casi les pillamos. Casi podríamos hacer algo así’. Me sentía como si les estuviéramos pisando los talones. Pero cuando llegaron a ‘Sgt. Pepper’, tío, iban tan por delante de todos… No solo habían subido el listón, lo habían tirado. Pero fue fuente de una gran inspiración. Todo lo que deseaba era acercarme a mi música con esa misma libertad”.

En 1967, Andrew Loog Oldham concluía su último mes como mánager-productor de The Rolling Stones, supervisaba los lanzamientos al mercado británico de The Beach Boys y dedicaba la mayoría del tiempo a su propia discográfica, Immediate, hogar de The Small Faces. También acostumbraba a conducir durante horas su Rolls-Royce Phantom V negro, equipado con dos sistemas de sonido, uno, citando sus memorias “2stoned” (2001), “de tecnología punta y de calidad, y el otro ‘espacial’, o como lo llamábamos nosotros, ‘sonido en canutorama’”.

“Lo de menos es el efecto que ‘Sgt. Pepper’ tuvo en mí –comenta Andrew Loog Oldham–. No podía presentarme ante The Rolling Stones y decir: ‘Acabo de escuchar a Dios’. ¿Tal fue el efecto que tuvo sobre mí? Una vez sí, sin duda. Estaba en el coche con Dennis Wilson. Obviamente, íbamos muy colocados. Tendría que ser médico para explicar lo que me sobrevino. Al escucharlo, inmediatamente supe en qué había acertado y en qué había fracasado con The Rolling Stones, dentro de los límites de las grabaciones a cuatro u ocho pistas. Así que fue bastante extraordinario. Recuerdo que había consumido bastante droga, y hacía falta muy poco para hacer zozobrar el barco. Solo puedo describirlo diciendo que me sentí abrumado; y cuando estás abrumado, no reparas en los matices. Pero tenía clara una cosa: era un trabajazo como la copa de un pino y un logro increíble”.

No tardarían en apreciarse concienzudos cambios en la música bajo la influencia de “Sgt. Pepper”. Inmediatamente después, también en 1967, aparecieron discos apuntando un nuevo nivel de ambición: “Disraeli Gears” de Cream en octubre, “Butterfly” de The Hollies (el productor Ron Richards parecía haberse recuperado un poco) en noviembre, el sinfónico “Days Of Future Passed” de The Moody Blues en diciembre y, quizás el mejor de todos, “The Who Sell Out” de The Who también en diciembre, un álbum cuya idea central no partía de un intento en serio de inflar el pop hasta convertirlo en arte, sino más bien de una celebración conceptual de los detalles primarios que daban sentido a la forma.

 
THE BEATLES, 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

Peter Blake preparando la escena para las fotos de promoción bajo la mirada de John Lennon.

 

Tampoco hay que generalizar diciendo que todo lo que inspiró “Sgt. Pepper” fue satisfactorio. The Rolling Stones, proscritos a lo largo de 1967 por las hostiles atenciones de las autoridades británicas, y en la época en que su relación con The Beatles fue más íntima, se congregaron en los estudios Olympic Sound para conjurar su obra psicodélica “Their Satanic Majesties Request”, publicada en diciembre de 1967. Pero allí donde el aturdimiento químico del cerebro y la experimentación en el estudio habían funcionado tan bien para los Fab Four, para ellos fue un veneno creativo. “En aquel disco de los Stones no había nada –comenta Andrew Loog Oldham–. Para empezar, no había ni canciones. No sé en qué siglo se imaginaban que vivíamos. ¿Quizás en el XVIII? Era como una de esas películas horrorosas sobre Byron y Shelley”. La indulgencia ensombreció la creatividad, hasta que Oldham se lavó las manos al respecto: “Mi razón para dejarlo fue muy simple. Me pidieron que aprobara 18.000 libras para la portada antes de que grabaran el álbum. De hecho, más que aprobar, pagar”.


“En los estudios de entonces había un piano de cola, campanas tubulares, tímpanos, un clavicémbalo, una celesta... Puede que hubiera un theremin, un melotrón… Teníamos el tiempo y las canciones, y ya no había necesidad de ser un grupo con la estructura guitarra-bajo-teclado-batería. Ya no se trataba de ‘tenemos un single de éxito y cinco minutos para grabarlo’. Nos dejaban espacio”
(Ian McLagan, The Small Faces)

Si bien la brillantez de “Sgt. Pepper” cegaba a algunos, para otros iluminaba su camino. Ian McLagan de The Small Faces recuerda pasarse horas sentado en su piso de Regents Park a finales de 1967 escuchando sin parar “The Who Sell Out” y “Sgt. Pepper”: “Con ‘A Day In The Life’, yo era de los que escuchaba el último acorde una y otra vez (ríe McLagan). El acorde de acordes”. Sus surcos le confirmaban que había llegado el momento de acabar de definir sus ambiciones musicales: “Era otra razón para sacar lo mejor de ti mismo”. Finalmente publicado en junio de 1968, parte del álbum “Ogdens’ Nut Gone Flake” de The Small Faces se grabó durante un caprichoso viaje de una semana de tres hombres en tres barcos, con sus novias y perros, navegando por el Támesis hasta Maidenhead. Cuando la banda regresó a Olympic Sound, se impuso la misma sensación de libertad. Según McLagan, “en los estudios de entonces había un piano de cola, campanas tubulares, tímpanos, un clavicémbalo, una celesta... Puede que hubiera un theremin, un melotrón… Teníamos el tiempo y las canciones, y ya no había necesidad de ser un grupo con la estructura guitarra-bajo-teclado-batería. Ya no se trataba de ‘tenemos un single de éxito y cinco minutos para grabarlo’. Nos dejaban espacio”. En palabras de Andrew Oldham: “Les pude decir a The Small Faces: ‘De acuerdo, pedíais que se os diera una jodida oportunidad. Pedíais el equipo de grabación, al productor Glyn Johns y suficiente cáñamo para calzar a toda la India… Aquí lo tenéis. Será mejor que saquéis algo genial de todo esto’. Y así fue”.

Sin embargo, para The Beatles, la era “Sgt. Pepper” tocaba a su fin. Su último éxito de verdad tuvo lugar el domingo 25 de junio de 1967, cuando la primera retransmisión por satélite a nivel mundial les concedió otro momento decisivo más en la historia de la civilización occidental antes de que empezaran a formarse los nubarrones. Se cuenta que unos cuatrocientos millones de personas les vieron repetir la velada de febrero en que grabaron la orquesta de “A Day In The Life”. La noche antes, en una ruta de clubs por el West End londinense, Mal Evans y Tony Bramwell convocaron a una multitud de amigos y músicos entre los que se contaban Keith Moon, Eric Clapton, Graham Nash y Keith Richards, junto con sus esposas o novias. “Acudieron todos a quienes se lo pedimos –dice Bramwell–. Nadie se negó”. La deferencia de los músicos para con los líderes de la escena quedó demostrada por el hecho de que incluso Mick Jagger parecía contento de postrarse a los pies de The Beatles.

A quienes no les hizo efecto las maravillas de “Sgt. Pepper”, la letra de “All You Need Is Love” debía de parecerles risible y banal. Para los ya convertidos, no era más que otra prueba del talento único de The Beatles para expresar lo profundo con jovial simplicidad. “Se tenía la sensación de que de verdad creían en todo eso –dice Barry Miles–, y de que habían escrito deliberadamente un himno que pudiera ser entendido en todo el mundo. Fue la primera vez que la televisión llegaba a tantos países, y obviamente muchos de los oyentes no eran angloparlantes. Compusieron algo muy muy básico, y aun así consiguieron comunicar su mensaje contracultural”.

 
THE BEATLES, 40 años de “Sgt. Pepper” (y 2ª parte)

Paul McCartney, George Martin, John Lennon y George Harrison ante el gran momento.

 

A partir de aquí, la versión oficial más aceptada de la historia de The Beatles los pinta flaqueando bajo la larga sombra de “Sgt. Pepper” y sucumbiendo a una imprecisión borrosa resultado del consumo de drogas. En su libro “The Beatles. Revolución en la mente” (1994), el crítico Ian MacDonald afirmaba que el apetito de los Fab Four por las sustancias ilícitas había empezado a “aflojarles el entendimiento”, desembocando en una “negligencia en su trabajo poco habitual en ellos”. Y aun así, esa recién adquirida indolencia dio como fruto alguna que otra pieza magnífica como la fantasía deshilachada de Harrison “It’s All Too Much”, incluida en “Yellow Submarine” (Apple, 1969). Tampoco se observó mucha “indolencia” el 11 de mayo de 1967, cuando The Beatles conjuraron, prácticamente de la nada, “Baby You’re A Rich Man”, la cara B de “All You Need Is Love”, en una sola sesión de seis horas en Olympic Sound. El recuerdo que guarda Eddie Kramer, ingeniero de la casa y amigo de Jimi Hendrix, es el de “una intensidad y una energía tales, desde el principio de la sesión hasta el final, que ibas pasando de un subidón de creatividad portentosa a otro. Era como contemplar un engranaje bien engrasado. Simplemente, increíble”.


“Una intensidad y una energía tales, desde el principio de la sesión hasta el final, que ibas pasando de un subidón de creatividad portentosa a otro. Era como contemplar un engranaje bien engrasado. Simplemente, increíble”
(Eddie Kramer, ingeniero de sonido)

No obstante, en retrospectiva, basta con echarle un ojo al doble EP con la banda sonora de “Magical Mystery Tour”, publicada en noviembre de 1967, para darse cuenta de que los Beatles psicodélicos estaban perdiendo fuelle. Concebido como un débil intento de repetir “Sgt. Pepper”, reincidía en el tímido concepto vodevilesco (“Roll up! roll up!”, arrancaba el disco) e incluso en la línea de difusión de “When I’m Sixty-Four” recreada en “Your Mother Should Know”. El fracaso de la película retumba como el límpido sonido de la trompeta de la muerte para el espíritu de “Sgt. Pepper”, y la última aparición de los disfraces en el filme promocional de “Hello, Goodbye” (nº 1 en las listas a finales de noviembre de 1967, con “I Am The Walrus” acechando ominosa en la cara B) parece indicar claramente su último estertor.

The Beatles dejaron atrás “Sgt. Pepper” –el paso de su atmósfera crepuscular a la portada blanca convierte “The White Album” (Apple-Parlophone, 1968) en su claro alter ego–, pero nunca de forma definitiva, ya que su espíritu vuelve a revivir en la segunda cara de “Abbey Road” (Apple, 1969): en los fragmentos y encadenamientos de canciones, en la luz solar psicodélica que brilla implícita y en “The End”, una reafirmación definitiva de la creencia inamovible de The Beatles en las verdades del amor, importantes por encima de todo, banales aunque profundas.

Incluso al debatir hoy en día los relativos méritos de “Sgt. Pepper”, “Revolver”, el “Pet Sounds” de The Beach Boys y el “Forward On To Zion” de The Abyssinians, la música popular queda a la sombra de “Sgt. Pepper”. Su fantasma persigue los juegos de identidad de Gnarls Barkley y también “American Idiot”, el ambicioso y concienzudo barrido del ciclo de canciones superventas de Green Day. Su ejemplo inspira la admiración proyectada en la música de los espíritus más aventureros, de Wayne Coyne a Damon Albarn; o, por el contrario, la decepción cuando los guías de ayer se revelan como los caminantes de hoy. Dicho todo esto, gracias a la herencia de “Sgt. Pepper” seguimos confiando en que las carreras musicales que valen la pena “progresen”, que asciendan hasta un punto clave donde influencia, experiencia y ambición se cohesionen en un todo que nos deje aturdidos, como un “London Calling” (The Clash) o un “OK Computer” (Radiohead).

Para algunos la esperanza es vana. Pero mientras exista la ambición de trascender las fronteras del pop, habrá músicos que confesarán orgullosos a los periodistas que han hecho “su propio ‘Sgt. Pepper’”. De un modo u otro, todos somos pos-“Sgt. Pepper”. Así es y así será.

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