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THE DRUMS, Nubes de verano

Jacob Graham, Adam Kessler, Connor Hanwick y Jonathan Pierce: el encanto atemporal del cuarteto de Brooklyn.

 
 

ENTREVISTA (2010)

THE DRUMS Nubes de verano

The Drums estuvieron por primera vez en el Primavera Sound en la edición de 2010, cuando solo tenían un EP publicado y estaban a la espera del álbum de debut, que se editó a los pocos días. Triunfaron, claro. Su “Let's Go Surfing”, del que puedes ver aquí el clip de la canción, se convirtió en uno de los momentos coreables del festival. Ruben Pujol los entrevistó entonces, cuando todas las expectativas del mundo recaían sobre sus cabezas. Todavía eran un cuarteto, un cuarteto de jóvenes guapos y sensibles a la manera en que lo fueron Ian Curtis o Morrissey en los ochenta. Si con solo un EP los cuatro de Brooklyn atrajeron las miradas y suscitaron semejantes comparaciones, con su álbum de debut demostraron que se podía construir un trabajo sólido, sencillo e ineludiblemente pegadizo a base de pop retrochic de tienda de segunda mano.

Ni en sus momentos más gimnásticos –y en esto seguramente estarán de acuerdo conmigo quienes vieran el directo de The Drums en el Primavera Sound 2010–, Raphael alcanzó el nivel de histrionismo ni la cantidad de aspavientos por compás que reparte Jonathan Pierce (voces) sobre un escenario. Al igual que le sucediera a la canción melódica con el ruiseñor de Linares, el indie vive hoy entregado al encanto atemporal del cuarteto de Brooklyn y a su energía cinética. Y a su imagen.

“Nos han gustado siempre los girl groups de los sesenta, como las Shangri-Las o The Ronettes... Si coges sus canciones, da igual que sean las de Joy Division, las de New Order o las de las Shangri-Las, y las desnudas, solo queda la melodía, la receta infalible del pop”
(Jacob Graham)

Cuando The Drums aterrizaron en Barcelona, presentaban por toda credencial un solo EP, “Summertime!” (Moshi Moshi, 2009), y un considerable hype cosido a base de insistentes comparaciones con The Smiths –esa modalidad de deleite afligido por la propia belleza–, Joy Division y New Order –cierta morbidez lírica y el característico punteo de guitarras– y hasta The Cure, Orange Juice o el David Bowie –su presencia escénica– menos glam. “Son bandas que nos gustan y que hemos escuchado mucho durante nuestros años de formación –explica Jacob Graham, guitarra–. Y eso está claro que te deja una huella. Pero también nos han gustado siempre los girl groups de los sesenta, como las Shangri-Las o The Ronettes. Todas esas bandas tienen algo en común: y es que si coges sus canciones, da igual que sean las de Joy Division, las de New Order o las de las Shangri-Las, y las desnudas, solo queda la melodía, la receta infalible del pop”.

Amigos desde la infancia, Pierce y Graham encontraron en la música pop los códigos para comprender el mundo y enfrentarse a su adolescencia. Como nos ha pasado a todos, vamos. “Los dos crecimos en entornos muy religiosos y conservadores donde, en realidad, nadie nos entendía. Lo primero que nos unió fue el amor por los viejos discos de synth: John Foxx y Ultravox o Kraftwerk. Después descubrimos a The Smiths y a partir de entonces fue como si esa música nos hubiera encontrado a nosotros, en lugar de nosotros a ella”, explica Jacob. Tras un primer intento de concretar su amistad y sus intereses compartidos en la forma de un dúo de synth pop, Goat Explosion, que no llegó a publicar ningún álbum, Jonathan formó Elkland, grupo con el que obtuvo un éxito relativo con un solo largo, “Golden” (Columbia, 2005), que llegó a competir en la liga del post-punk insustancial de la época que dominaban bandas como The Rapture y The Bravery, y que incluso llegó a telonear a Erasure.

El vídeo de “Let's Go Surfing” (2009), dirigido por David Fishel: los cuatro correteando por una playa de noche; una suerte de versión “low cost”, y con ropa de segunda mano, de un anuncio de Tommy Hilfiger.

Pero Jonathan no quedó muy satisfecho con la experiencia y, tras un período de casi dos años sin acercarse a un instrumento, decidió recuperar su vieja amistad con Jacob, que por entonces vivía en Florida, y volverlo a intentar con otros medios. “Jonathan y yo coleccionamos sintetizadores analógicos, pero para The Drums decidimos que, después de hacer música electrónica durante mucho tiempo, queríamos hacer un grupo solo de guitarras. Así, cuando grabamos el EP, apenas sabíamos tocar la guitarra. De hecho, aún hoy lo único que sé tocar son canciones de The Drums. Nada más”, dice Jacob.

“Jonathan y yo coleccionamos sintetizadores analógicos, pero para The Drums decidimos que, después de hacer música electrónica durante mucho tiempo, queríamos hacer un grupo solo de guitarras. Así, cuando grabamos el EP, apenas sabíamos tocar la guitarra”
(Jacob Graham)

“Summertime!” es, en gran medida, el resultado del reencuentro de dos amigos que se aíslan durante meses en Florida, sin blanca pero con la firme decisión de llevar adelante un proyecto que comenzó a gestarse quince años antes en un campamento de verano. The Drums pasa en poco tiempo del dormitorio de Jacob en Florida al de Jonathan en Brooklyn, donde se les unen Connor Hanwick (batería) y Adam Kessler (guitarra, y conocido de Jonathan de la época de Elkland). “Más que trasladarnos allí para triunfar, simplemente queríamos actuar y conocer gente con la que compartir nuestra música –explica Jacob–. Fuimos a Nueva York porque allí es donde hay más oportunidades para tocar en directo. En tan solo dos meses conseguimos hacer unos cuarenta conciertos”.

Apenas un single, “Let’s Go Surfing”, y su correspondiente vídeo low cost –los cuatro correteando por una playa de noche; una suerte de versión extendida y con ropa de segunda mano de un anuncio de Tommy Hilfiger–, y The Drums consiguen llamar la atención por su ineludible sencillez. Su beach pop se comporta como un gusano cerebral; resulta imposible no tararearlo.

Al mismo tiempo, su imagen lánguida pero atractiva, como si hubieran escogido cuidadosamente las prendas y hasta la pose entre el atrezo de la película “American Graffiti”, despierta el interés del diseñador de moda Hedi Slimane, ex director creativo de Dior Homme, quien, ejerciendo de una suerte de Malcolm McLaren aficionado, los señala como el futuro del pop. “A pesar de la falta de recursos económicos, The Drums es la primera banda en la que realmente hemos podido tomar las riendas de todos los detalles –sostiene Jacob–. Desde el ‘artwork’ a los videoclips o nuestra imagen. Las limitaciones te obligan a ser creativo, y aunque muchas de las cosas que hacemos son técnicamente muy aburridas, Jonathan y yo siempre tuvimos una idea muy clara de lo que queríamos en la música, y por eso nunca tuvimos muchos amigos. Fue una suerte coincidir con Adam y Connor, porque en The Drums no hay discusiones en ningún aspecto. Para nosotros las cosas están muy claras, o son muy blancas o muy negras”.

 
THE DRUMS, Nubes de verano

“Fuimos a Nueva York porque allí es donde hay más oportunidades para tocar en directo. En tan solo dos meses conseguimos hacer unos cuarenta conciertos”.

 

Ya en el mes de junio de este año, su primer largo, el homónimo “The Drums” (Universal Island-Moshi Moshi-Nuevos Medios, 2010), se ha revelado como la feliz confirmación de su flaubertiana concepción de la música: un bello ejercicio estilístico sobre nada en particular elaborado con ciertas limitaciones pero con una idea muy concreta de lo que debe ser una canción pop: “Hoy en día todo el mundo trata de sonar diferente, de ser experimental y demostrar cuán listos son, y con mucha frecuencia eso les hace olvidarse de escribir buenas canciones. Nosotros preferimos las cosas más concisas, menos autocomplacientes. Eso evita que te atasques y así las cosas pueden fluir mejor. Esa es también nuestra forma de afrontar la vida”.

“Hoy en día todo el mundo trata de sonar diferente, de ser experimental y demostrar cuán listos son, y con mucha frecuencia eso les hace olvidarse de escribir buenas canciones. Nosotros preferimos las cosas más concisas, menos autocomplacientes. Eso evita que te atasques. Esa es también nuestra forma de afrontar la vida”
(Jacob Graham)

 

Jacob es consciente de que en esa búsqueda de la sencillez, The Drums no destacarán por su originalidad o innovación, pero no es algo que le preocupe como músico: “No es que quiera afirmar que hemos venido a llenar un hueco, pero creo que es algo que se había perdido en la música hacía mucho tiempo. A mucha gente le gusta The Drums porque hoy en día la música está demasiado producida, incluso entre las bandas indies. Para nosotros, las imperfecciones son interesantes. Las cosas demasiado perfectas son muy aburridas, son los fallos los que aportan carácter y personalidad”.

Por eso The Drums mantienen la firme determinación de seguir grabando ellos mismos sus trabajos, sin la ayuda ni la influencia de nadie: “No puedo imaginarme trabajando con un productor. Aunque fuera alguien a quien respetase y admirase. Solo porque tenga la oportunidad de hacerlo o los recursos, no significa que tenga sentido para nosotros. Intentamos mantenerlo todo igual porque así es como nos gusta y nos ha funcionado. Ni siquiera nos interesa progresar. Esperamos que nuestro próximo álbum suene exactamente igual que hasta ahora. Muchas bandas, cuando empiezan a recibir atención y a beneficiarse del éxito, comienzan a pensar en introducir más elementos, intentan ir un poco más allá con su sonido: ahora meto un violín aquí, ahora esto otro allá... Nosotros vamos en la dirección contraria”.

Un camino que pasa por mantener la personalidad de The Drums, una creación tan importante como la propia música: “Hoy en día existen demasiadas opciones, es todo tan experimental que al final la canción y la persona quedan eclipsadas por el concepto. Antes, las canciones sonaban como canciones, no como manifiestos artísticos. Cuando gente como Judy Garland cantaba, su personalidad emergía y la gente podía conectar con ella porque interpretaba canciones que eran únicamente eso: canciones. Hoy, incluso las grandes estrellas del pop son personalidades disfrazadas detrás de un concepto. Se supone que una estrella del pop es más que nada una personalidad, pero últimamente yo no oigo ninguna personalidad con la que me pueda identificar, solo voces sin alma”.

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