Ha de tener un nombre ese momento mágico que separa la introducción jocosa, seria, tímida o balbuciente de un tema en directo y la posterior ejecución de la canción. Entre ambas partes siempre hay un silencio, secundado a veces por risas o comentarios desordenados de los espectadores, que debería denominarse de alguna manera. Esa noche, en el bar Heliogàbal del barcelonés barrio de Gràcia, hay muchos de esos instantes. Ramón Rodríguez, alias The New Raemon, respalda en funciones de telonero y con un nutrido set la actuación de la hipnótica cantautora de Seattle Tiny Vipers. Cercano frontman, su material sensible, trufado de reflexiones y composiciones de amor y derrota en primera persona, descansa en concierto en unas graciosas presentaciones, donde incluso se burla cariñosamente de su teclista Marc Prats (también compañero de aventuras de Rodríguez en los estupendos Madee). Aquí llega un tipo divertido, responsable del sello Cydonia Records, enamorado de las comedias de Todd Phillips, Judd Apatow y Mike Meyers, trekkie convencido y fan de la primera trilogía de “La guerra de las galaxias”. El mismo que ha visto a un público ascendente corear el repertorio autobiográfico y personal que respira en su aplaudido debut “A propósito de Garfunkel” (BCore, 2008), en el 10 pulgadas “La invasión de los ultracuerpos” (BCore, 2008) y en el reciente “La dimensión desconocida” (BCore, 2009). Precisamente, con el recuerdo de un grueso de oyentes coreando a pleno pulmón “Tú, Garfunkel” en su recital en el Heliogàba, se descuelga una certeza compartida: “La gente tiene ganas de cantar canciones”. Todavía no sabemos cómo llamar a ese espacio elástico e intangible que hay entre la introducción de la canción en vivo y su posterior despegue. Pero la gente tiene ganas de cantar canciones. Y él tiene ganas de cantarlas y de contarlas.