Theo Angelopoulos (Atenas, 1935) era un autor muy autor, con toda la amplitud de denotación y connotación del término. Entendía el cine como un medio de expresión artística que se sostenía en la dilatación del tiempo y la coreografía del espacio. Pertenecía a una estirpe de cineastas muy especial, particular y reducida, la de los Antonioni, Jancsó, Garrel, Duras o Tarkovsky. El paso sostenido de las películas de todos ellos aspiraba a producir en el espectador una revelación lírica, a alterar su estado de ánimo y percepción y a comunicar ideas de manera alegórica. Cine-poesía minoritario vs cine-prosa mayoritario.
Viendo las películas de Angelopoulos, en concreto, se tenía la sensación de que todo el peso cultural e histórico de Europa caía sobre ti. Las imágenes imborrables de filmes como “El viaje de los comediantes” (1975), “Alejandro, el grande” (León de Oro en Venecia, 1980), “Paisaje en la niebla” (1988), “La mirada de Ulises” (Gran premio del jurado en Cannes, 1995) o “La eternidad y un día” (Palma de Oro en Cannes, 1998) tenían una densidad y una belleza fuera de lo común. Se le podría acusar de críptico, de pesado, de trascendente en exceso (su cine era muy “premiable” en los círculos de la alta cultura), pero sus filmes también eran muy hermosos, muy sensoriales y, en definitiva, muy únicos.
Desde su primera película en 1970, “Reconstrucción”, hasta “The Other Sea”, la cinta sobre la actual crisis económica y social de Atenas que estaba preparando, Angelopoulos observó siempre las transformaciones, la memoria y la erosión de Europa con una mezcla de pesimismo y humanismo. Esa mirada, tan grave, tan lúcida, se cegó de repente ayer, 24 de enero, cuando el director griego sufrió un absurdo accidente de tráfico que acabó con su vida (atropellado por un policía motorizado mientras se dirigía al set de la segunda semana de rodaje). La sensación no es solo de pérdida de un gran director de cine; la sensación es que el ojo de Europa se ha cerrado. ![]()























