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TIM HARDIN, Réquiem por un sueño

Único dentro del folk-rock norteamericano.

 
 

REVISIÓN (2010)

TIM HARDIN Réquiem por un sueño

Tim Hardin (1941-1980) creó un estilo único dentro del folk-rock norteamericano: lejos de la protesta acústica, de la electricidad histérica o de la orquestación desmesurada; mucho más cerca del equilibrio y el toque de un crooner de jazz. El amor, los sueños imposibles, la mentira, la adicción y el desamparo se mecían en la voz de un Hardin abocado a la autodestrucción. Sus canciones fueron interpretadas por numerosos artistas (Johnny Cash, Joan Baez, Nico, Small Faces y, sobre todo, Bobby Darin, quien consiguió el número uno con “If I Were A Carpenter”). Ferran Llauradó revisó en este artículo su legado.

En diciembre de 1979, un año antes de su muerte por sobredosis de heroína y morfina, Tim Hardin recibió la visita de un amigo del instituto. Se llamaba Phil Freeman y, aunque apenas era capaz de reconocer al hombre obeso que vagaba sin rumbo por un pequeño apartamento de Hollywood, seguía teniendo en la cabeza un episodio acontecido veinte años antes, cuando Hardin, en un momento especialmente feliz al piano en el transcurso de una fiesta, gritó alborozado: “¡La música está en mí, la música está en mí!”. Cuando le visitó su amigo, la música hacía como mínimo diez años que ya no estaba en él, y las pocas veces que daba conciertos lo más frecuente era que no se presentase, que se quedase dormido delante del piano o que estuviese minutos y minutos cantando sin saber si los instrumentos estaban enchufados. Freeman quería que Hardin volviese al escenario y finalmente logró picar su orgullo tocando él mismo su canción más emblemática, “If I Were A Carpenter”. “Déjame a mí”, dijo Hardin. Tras su primer y único concierto en su ciudad natal, Eugene (Oregon), un breve instante de emotiva rehabilitación, continuó con su camino de autodestrucción hasta su muerte el 29 de diciembre de 1980.

Pero el hombre que en el círculo de Andy Warhol conocían como “Tim Heroin” se había ganado su condición mítica por otros motivos. Más allá de que su repertorio clásico haya conocido mil versiones (desde Bobby Darin y Scott Walker hasta Paul Weller), Hardin había creado un estilo único dentro del folk-rock norteamericano; lejos de la protesta acústica, de la electricidad histérica o de la orquestación desmesurada, mucho más cerca del equilibrio y el toque impecable de un crooner de jazz. Pero en contrapartida, también había creado un personaje imposible de analizar sin realizar un tratado psicológico sobre el amor, los sueños imposibles, la mentira, la adicción y el desamparo. De ello tratan la mayor parte de sus canciones, y él vivía literalmente en ellas, en una especie de juego de espejos romántico llevado al extremo. Como ocurre con el trompetista Chet Baker, su figura engrandece o empequeñece dependiendo del ángulo de visión.

 
TIM HARDIN, Réquiem por un sueño

Composiciones magistrales que desmenuzan en un nuevo estilo intimista todas las fases de su aventura tóxico-amorosa.

 

En la escena folk-rock norteamericana de principios de los sesenta, donde dio sus primeros pasos tras regresar del cuerpo de marines en Vietnam, era moneda común cierto proceso de mistificación de la identidad. Bob Dylan, Ramblin’ Jack Elliott, Fred Neil y tantos otros adoptaron el modelo de vagabundo de pasado turbio y vida disipada vagamente inspirado en Woody Guthrie, los bandoleros del salvaje Oeste y los viejos bluesmen que por entonces paseaban por el festival folk de Newport. Hardin no fue menos, y su álter ego de villano marginal, “Timmy” (o “Long Tall Timmy”), empezó a aparecer en canciones primerizas de blues-rock en el estilo de Fred Neil que llamaron la atención del afamado productor de Lovin’ Spoonful (años después de Chris Isaak), Erik Jacobsen.

Pero en 1965 conoce a Susan Morss, actriz de cierta fama, con quien inicia un romance tormentoso que conllevaría un giro radical en su producción. Ocurre todo en apenas un año, mientras el cantante vive en el apartamento del cómico Lenny Bruce (a quien dedicará la inmensa “Lenny’s Tune”) y firma un contrato con Verve Forecast tras una breve e improductiva estancia en Columbia.

Empiezan a fluir composiciones magistrales, la mayor parte de las cuales aparecerán en “Tim Hardin 1” (1966) y “Tim Hardin 2” (1967), que desmenuzan en un nuevo estilo intimista todas las fases de su aventura tóxico-amorosa. De ello tratan obras maestras como “Don’t Make Promises”, “While You’re On Your Way”, “Reason To Believe”, “It’ll Never Happen Again” y “How Can We Hang On To A Dream”, entre otras muchas: infinitas vueltas de tuerca al mismo tema. En ellas, su voz adquiere nuevos matices, una combinación irresistible entre masculinidad convencida y fragilidad siempre a punto de romperse, enfatizada por su magistral paso de notas agudas a graves en un mismo verso. Si como compositor era brillante, como cantante era inimitable.

Lo que sigue es una historia triste y oscura, un progresivo descenso a los infiernos plagado de tristes contradicciones y autoengaño. Hardin se había ganado la admiración de la industria pero eran otros los que se llevaban los réditos económicos. Un grande como Bobby Darin consigue un éxito estratosférico con “If I Were A Carpenter” e incluso llega a imitar su manera de cantar en sus discos de la época.

Irritado por su falta de éxito, y cada vez más emponzoñado en sus delirios tóxicos, el cantante se encierra en una cabaña en Woodstock para grabar de manera errática “Suite For Susan Moore And Damion: We Are One, One, All In One” (1969), un álbum conceptual sobre su familia que paradójicamente termina con el enésimo abandono de la señora Moore.

Incapaz de componer y de vivir con una mínima normalidad, distintos mánagers intentan reconducir su carrera a través de álbumes repletos de versiones y repescas con músicos de sesión como “Bird On A Wire” (1971), “Painted Head” (1972) o “Nine” (1973), grabaciones comparativamente mediocres con apenas atisbos de brillantez, a años luz de su producción clásica.

“If I Were A Carpenter”, su canción más emblemática, tal como Tim Hardin la interpretó en Woodstock '69. Country-folk de atractivo universal que Bobby Darin llevó a la fama.

CRONOLOGÍA

1941. Timothy James Hardin nace el 23 de diciembre en Eugene (Oregon).

1966. Tras un contrato improductivo con Columbia, debuta en Verve Forecast con “Tim Hardin 1”. Bobby Darin se apropia de “If I Were A Carpenter” y la lleva al éxito masivo.

1967. En febrero nace su primer hijo, Damion, de su matrimonio con la actriz Susan Morss. Publica “Tim Hardin 2”, y a finales de año se edita en Atlantic “This Is Tim Hardin”, recopilación de grabaciones inéditas de su etapa anterior.

1968. Verve edita el álbum en directo “Tim Hardin 3. Live In Concert”· 

1969. Participa en el festival de Woodstock, pero su contribución no aparecerá ni en la película ni en el disco conmemorativo. Verve publica “Tim Hardin 4”, tomás inéditas de material anterior. De regreso en Columbia, edita el disco conceptual “Suite

For Susan Moore And Damion: We Are One, One, All In One”.

1971. En la misma compañía, Columbia, publicará “Bird On a Wire” (1971) y “Painted Head” (1972), de nula repercusión.

1973. Se traslada a Inglaterra para seguir un programa de metadona. Allí publica “Nine”, su último disco de estudio, en el sello GM.

1980. Tras un retiro de siete años del negocio musical, regresa a su pueblo natal para dar un concierto. Se publicará póstumamente en Kamera Records con el nombre “The Homecoming Concert” (1981). El 29 de diciembre del mismo año Hardin muere de una sobredosis de heroína y morfina.

1981. Se publica “Unforgiven”, el álbum inacabado en que Tim Hardin trabajaba antes de morir.

 

TRES DISCOS RECOMENDADOS...

TIM HARDIN, Réquiem por un sueño

“Tim Hardin 1”
(Verve Forecast 1966)

La primera de las dos obras maestras de Tim Hardin no le dejó un buen sabor de boca, puesto que Erik Jakobsen, el productor del disco, a su parecer se extralimitó. “Me trataron como a un niño –afirmó Hardin poco después–. Le habían añadido arreglos de cuerda. Mis ideas no se siguieron. Se dejó en manos de gente que no me entendía”. Aunque seguramente el autor quería algo más desnudo, los arreglos de cuerda del reputado Artie Butler, un ejemplo de mesura en el contexto de su época, constituyen uno de los principales atractivos de un debut en que conviven algunas piezas de blues-rock primerizo (en algunos casos, maquetas) con un primer arsenal de clásicos de minimalismo hipersensible. Este es el álbum de grandes canciones del calibre de “While You’re On Your Way”, “It’ll Never Happen Again”, “Reason To Believe”, “Misty Roses” y “How Can We Hang On To A Dream”, por citar solo algunas de ellas.

TIM HARDIN, Réquiem por un sueño

“Tim Hardin 2”
(Verve Forecast 1967)

De nuevo Hardin se queja amargamente de la producción; pero, más allá de que en esta ocasión no acredita a los músicos, el disco sigue siendo una maravilla de equilibrio instrumental que deja atrás su vertiente más cruda y nos regala diez miniaturas de romanticismo imposible. Hay temas de corte country-folk y atractivo universal como “If I Were A Carpenter”, “Black Sheep Boy” y “The Lady Came From Baltimore”, pero su arte llega a un máximo de intimidad incómoda en piezas de folk-jazz (con un trabajo de bajo y batería suave y a la vez magistral) como “Red Balloon” (que relata la incompatibilidad entre heroína y amor) y “Speak Like A Child” (una canción terrible sobre el desamparo). Sin embargo, Hardin se guarda “Tribute To Hank Williams” para el final, una pieza estremecedora dedicada al prematuramente desaparecido mito del country, y que podría servir perfectamente de epitafio de su propia muerte.

 
TIM HARDIN, Réquiem por un sueño

“Suite For Susan Moore And Damion: We Are One, One, All In One”
(Columbia, 1969)

La que tenía que ser su pieza definitiva, un álbum conceptual sobre los lazos del amor, terminó resultando una obra descompensada y extraña, donde Hardin mezcla recitados crípticos con piezas desnudas y casi experimentales. El cantante colocó un micrófono en cada habitación de su cabaña de Woodstock, y el productor, Gary Klein, se alojó en un hotel cercano para acudir a su llamada a cualquier hora de la noche. Ello explica el eco y la peculiar atmósfera nocturna del disco, apuntada con esbozos de guitarra o piano eléctrico. A pesar de no contener canciones clásicas (“First Love Song” tal vez), es un álbum que conmueve por la intención y la circunstancia. Y eso que incluye un pedrusco country-funk tan infumable como “One, One, The Perfect Sum”, sin ninguna duda lo peor que grabó en toda su carrera.

... Y SU MEJOR CANCIÓN:
“How Can We Hang On To A Dream” (1966)

Podría escoger casi cualquier canción de sus dos primeros álbumes y tener una buena justificación, e incluso “Reason To Believe”, una de las más bellas canciones jamás compuestas sobre el autoengaño del amor, serviría para lo que quiero subrayar sobre Hardin. Pero es “How Can We Hang On To A Dream”, una maravillosa balada de dos minutos sobre la imposibilidad de los sueños con coartada de pérdida amorosa, la que resume mejor todo lo que me emociona de Tim. Un ritmo roto de vals apuntado con el piano y los anillos de la pandereta y por encima unas cuerdas soberbias, y Hardin preguntándose sin respuesta una y otra vez “cómo podemos aferrarnos a un sueño, cómo puede ser en realidad tal y como parece”. La respuesta es que no podemos, pero que sin esta dislocación también estamos perdidos.

 
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