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TINARIWEN, Desierto azul eléctrico

Los reyes del desierto.

Foto: Marie Planeille

 
 

ENTREVISTA (2011)

TINARIWEN Desierto azul eléctrico

Estos antiguos guerrilleros trocaron los fusiles Kalashnikov por las guitarras eléctricas. Y no han cesado de deslumbrar al mundo con su blues putativo de la austeridad. Hijos del exilio, eternos nómadas por el desierto del Sáhara, los malíes Tinariwen regresaron con “Tassili” (2011), otra reivindicación del ancestral acervo tuareg. Son canciones de sosiego después de la guerra. Áridas crónicas de la nada cotidiana. Carlos Fuentes habló con Eyadou Ag Leche, director musical y bajista del conjunto del desierto.

Si ya es milagroso que el décimo país menos desarrollado albergue una de las minas musicales más valiosas del planeta, que de la región más pobre de Malí haya surgido media docena de artistas con alto valor añadido tiene complicada explicación a los ojos del consumidor occidental medio. En poblados arenosos, sin apenas servicio eléctrico ni agua potable, sufridores de un clima infame diez meses al año, ha macerado un sonido espiritual y profundo como pocos. Padre putativo del blues sin que sus autores sepan con exactitud qué es eso del blues y, quizá el factor clave, apenas contaminado por expresiones contemporáneas del primer mundo. En este caldo de cultivo surgió, a finales de los años setenta, el grupo Tinariwen. Portavoz orgulloso de una cultura ancestral de vida nómada, por momentos en vías de extinción. Altavoz de los anhelos del pueblo tuareg, perseguido y marginado siempre, ya fueran días de colonia o independencia.

“Nuestra música, y me atrevería a decir que toda la música tuareg, nació para defender nuestra forma de vida y nuestra cultura tradicional. Es música política, sí, porque son canciones que han nacido para defender los derechos tuaregs, el respeto a nuestras costumbres tradicionales y nuestro lenguaje”
(Eyadou Ag Leche)

“Nuestra música, y me atrevería a decir que toda la música tuareg, nació para defender nuestra forma de vida y nuestra cultura tradicional. Es música política, sí, porque son canciones que han nacido para defender los derechos tuaregs, el respeto a nuestras costumbres tradicionales y nuestro lenguaje”, explica sin ambages Eyadou Ag Leche, director musical y bajista del conjunto del desierto. Porque Tinariwen está de vuelta a Europa, ahora para presentar “Tassili” (Anti-V2-Music As Usual, 2011), quinto disco desde la aparición de “The Radio Tisdas Sessions” (Wayward, 2001) hace ahora una década. Más relajado y menos intenso que sus hermanos mayores, los más que notables “Amassakoul” (World Village, 2004) y “Aman Iman” (World Village, 2007), Eyadou Ag Leche razona sobre este giro hacia lo acústico: “Es un regreso consciente a las raíces de Tinariwen, a nuestra forma original de componer con instrumentos tradicionales, sin añadidos”, explica el músico. “Es una conexión con el espíritu del tuareg. Quizá aquí se esperaban un disco más ágil, rápido, pero estas son nuestras esencias. Son los orígenes de Tinariwen”.

¿Y qué fue de la música surgida de los días de guitarra y Kalashnikov? “Nuestras canciones siguen hablando de libertad porque no hay ningún lugar en el mundo al que no le afecte la ausencia de libertades”, asegura Eyadou Ag Leche con la memoria puesta en los años de lucha armada contra el poder central de Malí, la guerra perdida y el tiempo de exilio al amparo de Gadafi en campos de refugiados de Libia. “No conozco ningún pueblo que no desee vivir con democracia y con derechos justos para todos. Los tuaregs sabemos mucho de eso porque nuestro estilo de vida está basado en la democracia y en la solidaridad. Democracia es libertad y el pueblo tuareg luchó cinco años –entre 1990 y 1995– por la democracia, mucho antes de que los árabes se dieran cuenta. Para el tuareg, la democracia es más antigua que Jesucristo; nuestro pueblo vivía en democracia tres mil años antes de Cristo”. Democracia de raíces móviles, en busca de la lluvia y del pasto para animales, con la música en las alforjas de los camellos. “La vida nómada es sencilla, en el desierto la vida se afronta día a día. E influye sobremanera cuando trabajamos en nuestra música. La profundidad de las canciones tuaregs refleja ese valor relativo del tiempo. Medir el tiempo es secundario, y el tuareg prefiere vivir sin las prisas”, indica el bajista de Tinariwen.

 
TINARIWEN, Desierto azul eléctrico

“Un tuareg no cambia su vida en camello ni por todo el oro del mundo”. Foto: Marie Planeille

 

Música pegada a la tierra, cantada en idioma tamasheq, una lengua de origen bereber hablada por 1,2 millones de tuaregs en Níger, Malí, Argelia, Burkina Faso y Libia. Las doce nuevas canciones del grupo liderado por el carismático Ibrahim Ag Alhabib, una suerte de Keith Richards del desierto, destilan calma serena para después de la guerra. ¿Blues? “Antes de conocer ese nombre, los tuaregs pensábamos que solo nosotros hacíamos este tipo de música. Cuando escuchamos blues vimos que es similar a nuestra cultura musical, cuyo origen está en el desierto. Lo llamamos ‘ishoumar’, porque para los tuaregs la palabra blues significa dolor”, matiza Eyadou Ag. “La primera vez que vinimos a Europa escuchamos blues, pero no podemos tener influencia de lo que desconocemos. Nuestras influencias están en el campo, en el desierto, y tienen siglos de antigüedad”. ¿Y qué papel social juega esa música? “Es nuestra acompañante, compañera de todos los días, de jornadas de trabajo y momentos familiares. Entre los tuaregs, cada individuo debe aportar a la comunidad para facilitar las duras condiciones de vida en el desierto. Y cada tuareg suele dominar algún instrumento, ya sea una simple flauta, una percusión o una guitarra rudimentaria”. “Por eso, para los tuaregs, Tinariwen no es solo un grupo musical más. Es una institución, ellos son nuestros portavoces, los portadores fuera de África de nuestra cultura de tantos siglos”, añade Anara Elmoctar, presidente de un colectivo francés de emigrantes tuaregs en París e intérprete de la conversación con Eyadou Ag Leche.

“Nuestra música procede del corazón y por eso conectan con nuestra manera de contar las historias del pueblo tuareg. Quizá sea por el claro espíritu viajero que tiene. Son canciones de vida en el camino, y cuando el público europeo nos escucha es como si saliera de viaje con nosotros”
(Eyadou Ag Leche)

Alabados por Elvis Costello y Robert Plant, Thom Yorke y Brian Eno, socios de Carlos Santana en el Festival de Montreux de 2006, ¿cómo explican Tinariwen que el público occidental valore la poética de mínimos de sus canciones si aquí nadie entiende la lengua tamasheq? “Nuestras canciones se basan en todo lo real que le pasa a nuestro pueblo; son crónicas de lo que ocurre en un instante concreto a los tuaregs. Hablan de los problemas y de los retos cotidianos de la vida en el desierto. Y explican esa forma de vida al resto del mundo”, señala el bajista del grupo que comparte con Ibrahim Ag Alhabib (voz y guitarra), Alhassane Ag Touhami (guitarra y voz), Abdallah Ag Alhousseyni (guitarra acústica), Elaga Ag Hamid y Abdallah Ag Lamida (guitarras) y Said Ag Ayad y Mohammed Ag Tahada (percusión). “Cuando actuamos para el público occidental sabemos que no puede entender lo que decimos en idioma tamasheq, aunque sentimos que ellos conectan con nuestra forma de contar las cosas del pueblo tuareg. Entienden que nuestra música procede del corazón y por eso conectan con nuestra manera de contar las historias del pueblo tuareg. Quizá sea por el claro espíritu viajero que tiene nuestra música. Son canciones de vida en el camino, músicas de viaje, y cuando el público europeo nos escucha es como si saliera de viaje con nosotros. Ofrecemos un viaje mental, a través de muchas historias de un pueblo legendario que aún vive como nómadas en el desierto”.

Superado el lustro de guerra y exilio, con un millar de muertos en el camino, la música de Tinariwen refleja ahora la década de calma relativa que los tuaregs disfrutan en el triángulo desértico del sur de Argelia y el norte de Malí y Níger. Sin violencia alrededor, su sonido regresa más reposado, sin facturas de sangre que pagar. “Tenemos muchas canciones de rebeldía, piezas que nacieron para defender nuestra cultura, pero ni siquiera en los peores ratos olvidamos que el ser humano está compuesto de diferentes partes. Y ahora las canciones de amor ayudan a nuestro pueblo en un espacio con una vida difícil. Esta es nuestra riqueza”, explica Eyadou Ag Leche para hablar de los valores que no caducan: paz, solidaridad y ayuda mutua. “Porque un tuareg”, remacha Anara Elmoctar, “no cambia su vida en camello ni por todo el oro del mundo”.

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