Tras tanta alegría, me sorprendió leer alguna declaración amarga suya, como esta: “En el tropicalismo hubo un poco de segregación porque yo soy nordestino y hablo como tal. Soy ‘caipira’, un campesino. Así que hablo, actúo y tengo una ética campesina. Y por eso fui segregado, no lo dudo. Existió ese problema: el tropicalismo éramos un grupo de personas y de pronto dejamos de ser un grupo. Me lo dijo en su momento el poeta Augusto de Campos: ‘Quien más tiene en la música popular, más necesita’. Así que, amigo, me enterraron. En el momento del reparto de honras y la división de méritos hicieron como que yo no existía. Tuvo que venir David Byrne para desenterrarme” (diario ‘Clarín’, septiembre de 2004).
Su trayectoria es ecléctica, viva y desconcertante. Ahora disfruta del estatus de músico de culto. Entre sus muchos fans está El Guincho, quien lo describe así: “Es una gran inspiración para toda la música que se me ocurre. Sobre todo por los arreglos. Lleva casi cuarenta años sacando canciones muy diferentes entre sí, pero todas unidas a la vez por las ganas de encontrar sonidos y de reírse de su disco anterior, de recuperar formas viejas, de hacer homenajes, de ser Tom Zé o de ser cualquier otro”.
El músico imparte este mes un taller de composición en el Centro de Arte y Creación Industrial Laboral (Gijón). Junto a él trabajarán diez músicos de aquí, entre ellos Pedro Vigil (Penelope Trip, Edwin Moses), Mar Álvarez (Undershakers, Pauline en la Playa) y Bruno Galindo (periodista, DJ y artista de spoken word). Buen motivo para entrevistarlo. Os dejo con sus cósmicas respuestas a mis preguntas. Veréis que tienden al aforismo:
“Todos los experimentos salen mal, pero degeneran en algo con el tiempo”.
“Hago periodismo cantado. Cuando la sociedad baja la guardia con la que camufla su verdadera cara, yo lo registro con rapidez para dejar constancia”.
“El diario ‘Le Monde’ escribió que en mi música no caben normas ni prohibiciones. No estoy de acuerdo: al contrario, convivo con todas, enfrentándome a ellas con respeto”.
“La desesperación y las deficiencias me colocaron del otro lado de la razón, o de la razón entre comillas. El tropicalismo pasó por allí y me ofreció techo. Al acabar me dejó frente a la esfinge diciéndome a cada paso: crea o te devoro”.