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TRACEY THORN, Popstar a su pesar

Recordando y contando: Tracey Thorn abandonó el pop para dedicarse a la maternidad.

Foto: Edward Bishop

 
 

ENTREVISTA (2013)

TRACEY THORN Popstar a su pesar

Por Kiko Amat

Está todo en sus memorias: el ansia de aceptación y el espíritu misántropo, la ambición pop y el anclaje punk, el romance público y la intimidad, el sentido del humor y el hacer ver que no lo tenías, la “extrañamente infantilizante experiencia” que es el día a día de una estrella musical, los momentos Spinal Tap, el terror a cantar en directo, Paul Weller y Vic Godard, Stan Getz y The Smiths, los problemas de “sonar como Astrud Gilberto pero hablar como Gang Of Four” y su abandono del pop. En el libro “Bedsit Disco Queen” cuenta su vida con una mezcla de resignación y humorismo. Kiko Amat disfrutó con esta entrevista.

Lo leerán allí: Tracey Thorn fue una punk “bocazas” más en 1977. Fundó uno de los grupos clave del post-punk femenino inglés, Marine Girls (celebrity fans: Nirvana). Grabó un sensacional disco en solitario, fue a la universidad y conoció a un beatnik medio gitano llamado Ben Watt. 1+1= Everything But The Girl. Se cansaron del indie “y todas aquellas canciones con títulos como ‘El día que ella me robó mi chapa de los Pastels’” (¡jua!). Empezaron con jazz-pop melancólico; Paul Weller les ayudó con una versión de Cole Porter, pero antes les afeó el ropero (“¿Vais a subir al escenario así?”); aparecieron en el “Café Bleu” (1984) de The Style Council; rechazaron ir al ‘Top Of The Pops’ porque tenían exámenes (leyenda urbana #1); formaron parte a regañadientes del nuevo jazz inglés (ellos eran el sector lastimero y carpanta, no el enjoyado de Matt Bianco), grabaron álbumes extraños y hermosos y buscaron un hit. Lo encontraron en 1988 con “I Don’t Want To Talk About It”, un cover del tema de Danny Whitten (Crazy Horse) popularizado por Rod Stewart en 1975, pero fue “Driving” el que en 1990 los llevó a la radiofórmula norteamericana de Kenny G y Enya. Aceptaron la fama y luego la devolvieron, porque no chutaba. Se convirtieron en “el enemigo” para los indies 90s. Ben Watt enfermó a lo bestia y Everything But The Girl renacieron en forma de remix house: en 1995 Todd Terry llevó su “Missing” a los Top Ten del mundo, y el dúo gozó de una segunda vida. Cuando todo era ya fenomenal, Thorn abandonó el pop para dedicarse a la maternidad. Lo poco que queda por saber tras leer su autobiografía, “Bedsit Disco Queen. How I Grew Up And Tried To Be A Popstar” (Virago, 2013), se lo preguntamos ahora mismo.

“Simplemente éramos gente concienciada y, por lo tanto, no disfrutábamos de las partes no disfrutables del trato. Cuando llegó el éxito en una forma con la que estábamos cómodos y de la que estábamos orgullosos, lo disfrutamos completamente”

Una de las preguntas que te haces en “Bedsit Disco Queen” es: ¿soy una persona incapaz de disfrutar de las cosas? La prensa británica os etiquetó como “cenizos” en los años ochenta. Bueno, en el libro me pregunto y también respondo a esa cuestión. Y creo que la conclusión a la que llego es: no. Simplemente éramos gente concienciada y, por lo tanto, no disfrutábamos de las partes no disfrutables del trato. Cuando llegó el éxito en una forma con la que estábamos cómodos y de la que estábamos orgullosos, lo disfrutamos completamente. El libro va sobre todo de ambivalencia, la verdad. Sobre querer y no querer cosas, y dar respuestas complejas en situaciones en las que la gente espera que des respuestas simples. Términos como “cenizos” son un claro intento de simplificar las cosas y las personas. Y minar la seriedad. Hice la pregunta en el libro con el fin de descartarla de una vez por todas.

Eres la encarnación de la popstar reticente. Me encanta la forma en que describes la dicotomía de desear algo parecido al éxito a la vez que anhelas que te dejen en paz. Defines la mirada pública como “kriptonita”. Sí, simplemente no tengo el componente de pavoneo que parece indispensable para lograr ser una estrella del pop. Tengo un poco de ello, pero muy poco. No lo suficiente, desde luego, para sostener de veras una carrera en ese mundo. Así que siempre existió una tensión: yo misma tirando en dos direcciones diferentes. Pero eso no es algo necesariamente negativo. Puede haber sido una de las cosas que nos hacían interesante como banda, y que me hizo ser una intérprete menos convencional.

 
TRACEY THORN, Popstar a su pesar

Tracey Thorn fue una punk “bocazas” más en 1977. Fundó uno de los grupos clave del post-punk femenino inglés, Marine Girls. Foto: Edward Bishop

 

La importancia de ser serio fue algo grande en los ochenta. Todos los ceños fruncidos y el “meat is murder” y las menciones al Ulster. Decías hace poco que alguna gente se sorprende por tus tweets bromistas, quizá esperando que te comportes aún como la Reina del Hielo Indie. Siempre fue un poco frustrante, eso de no tener salida para el lado humorístico de tu personalidad. Las entrevistas que nos hacían eran a menudo exclusivamente de tono grave, y los entrevistadores incluso editaban los chistes que hacíamos, con el fin de conservar la idea del grupo como algo serio. Pero también sucede que, cuando eres joven y tratas de establecer tu identidad pública, cada palabra parece crucial, y no quieres correr el riesgo de ser malinterpretado por una broma impertinente. Es un poco como andar por una cuerda floja, esa ambivalencia. Hoy por hoy ya no me preocupa tanto lo que la gente piensa de mí, así que es más fácil combinar lo serio con lo no-serio.

“Las entrevistas que nos hacían eran a menudo exclusivamente de tono grave, y los entrevistadores incluso editaban los chistes que hacíamos, con el fin de conservar la idea del grupo como algo serio”

Valores anti-rock: un concepto que surge a menudo en tus memorias. La negativa a seguir encasillados en los viejos clichés del rock masculino. Algo que compartes con Vic Godard, a quien citas varias veces. Sí, Vic fue obviamente una parte importante de ese momento en que el punk pasó, y empezaron a ocurrírsele algunas formas inesperadas de continuar lo que había hecho con los primeros Subway Sect, si bien por otros caminos. Sin duda, en aquella época nos identificamos completamente con él.

En el libro mencionas los discos que tiene la gente como una forma de adivinar su carácter o su potencial como futuros amigos. ¿Crees que el juzgar a la gente por su colección de discos es una cosa del pasado, o un pecado de juventud, o qué? No creo que tenga aplicación ya, si es que alguna vez la tuvo. Esto solo ocurre cuando uno es joven, y supongo que ahora que la gente no tiene colecciones de discos ya no es exactamente lo mismo. Pero todavía estableces ciertos vínculos con gente basados en un amor compartido por ciertos grupos o artistas. Eso aún sucede. A la vez, los discos solían ser un significante fiable de si alguien tenía gustos y opiniones “alternativas”. Eso es más difícil de juzgar ahora, cuando lo “underground” y alternativo han sido completamente absorbidos por el “mainstream”. Así que, en cierto modo, que te gusten Palma Violets o Savages ya no dice mucho acerca de ti, al menos de la manera profunda en que creo que solía decirlo entonces.

 
TRACEY THORN, Popstar a su pesar

Everything But The Girl renacieron en forma de remix house: en 1995 Todd Terry llevó su “Missing” a los Top Ten del mundo, y el dúo gozó de una segunda vida.

Foto: Edward Bishop

 

Con el abandono de tu carrera musical en 2001 te uniste a ese ilustre linaje de artistas que han dejado el pop: Bill Withers, Vic Godard, Alison Statton... Gente normal que no estaba hecha para la purpurina y el showbiz. Esto no es vida para un adulto, de verdad. La persecución enloquecida de la fama y el éxito es, simplemente, algo indigno una vez entras en cierta etapa de la vida. Es preferible dedicarte a algo completamente diferente; o seguir haciendo música, pero sin las trampas y exigencias de la industria.

Otro gran momento de tus memorias es cuando tienes la sensación de haberte convertido en “el enemigo” en un concierto de Galaxie 500, justo después de vuestro gran hit con “I Don’t Want To Talk About It”. Los indies os miraban mal. Muchos artistas de los sesenta debieron haber sentido lo mismo en 1976. Yo también fui una adolescente bocazas en 1976 y los años que siguieron; y ahora siento cierta vergüenza de cara al enfoque Año Cero que adoptó el punk. Se instituyó un desprecio ridículo hacia bandas y artistas que eran anteriores a aquella fecha, y muchas cosas buenas se echaron a la basura junto con las malas. Por supuesto, eso también facilitó pasar por alto un montón de discos, y esa situación a) nos ahorró un montón de tiempo y b) contribuyó a que tuviéramos opiniones radicales, cosa esencial en el punk. Desgraciadamente, y visto en perspectiva, muchas de esas opiniones eran lamentablemente erróneas. Debió ser terrible para toda aquella gente de los sesenta y setenta que estaban haciendo música intachable y que, de repente, quedaron barridos por el punk. O peor aún, que trataron de mantenerse al día, cortándose el pelo y comprando pantalones estrechos y grabando un disco “nueva ola”.

“Yo también fui una adolescente bocazas en 1976 y los años que siguieron; y ahora siento cierta vergüenza de cara al enfoque Año Cero que adoptó el punk. Se instituyó un desprecio ridículo hacia bandas y artistas que eran anteriores a aquella fecha, y muchas cosas buenas se echaron a la basura junto con las malas”

Muchas de tus canciones (“Oxford Street”, “Hands Up To The Ceiling”) están llenas de melancolía y nostalgia hacia el lugar donde creciste, los discos que escuchabas... El recuerdo más o menos romantizado forma parte esencial de tus letras de las últimas décadas. A menudo, sin embargo, los recuerdos no son realmente lo más importante de mis canciones. Por ejemplo, en “Oxford Street” detallo unos cuantos recuerdos de la infancia, pero el significado real de la canción es la visión limitada y parcial que cada uno de nosotros tiene del mundo. Todos pensamos que estamos viendo el panorama completo, pero, realmente, solo experimentamos un pequeño fragmento de realidad. Y nadie tiene acceso al cuadro completo. “No hay un mundo real” intenta decir que no hay un lugar que, de hecho, sea más real, más verdadero, que cualquier otro lugar, y la experiencia de alguien nunca será más real o verdadera que la de otra persona. “Hands Up To The Ceiling”, por otro lado, trata de la creatividad. Los recuerdos invocados y las canciones y los artistas mencionados están allí para describir un momento en que el proceso creativo fluía con facilidad, casi eufóricamente. Trata de cómo las personas mencionadas me inspiraron e influenciaron, me dieron confianza y fe en mi propia creatividad. Y escribí acerca de un período que se ha desvanecido y yo he perdido un poco. La canción habla de querer recuperar aquel espíritu.

Otro concepto que subrayas en tu autobiografía es que siempre habéis tratado temas adultos en vuestras canciones. En ese sentido sois no-pop, al igual que el Jimmy Webb de los setenta o los discos de deep soul. Música para gente mayor con turnos de noche, lumbago y AMPA. Se trata de incluir cosas como esa que la convención pop exige que dejes de lado. Siempre he ido un poco contra corriente, así que ignoré esa convención. Hablar de esos temas es un modo muy sutil de rebelión, y a menudo la gente no repara en ella.

 

Hablan dos fans

Miqui Puig: “El abrigo de paño comprado en los encantes ante la mirada llorosa de una madre de la posguerra que no entendía el porqué del gabán viejo, las sienes rasuradas y una cinta con doble cara y doble filo peligroso, ‘Eden’ (Blanco y Negro, 1984) y ‘Love Not Money’ (Blanco y Negro, 1985). Puede que no importara si casi no comprendíamos mas allá de los títulos, pero era nuestra tabla de salvación, las voces de hermanos mayores que nunca tuvimos. Necesitaba compartirlo con ella, la elegida para ese amor de instituto que tenía que dar. La cinta se perdió (el amor no, nunca lo hubo, era solo espejismo juvenil), y ahora cuando la veo jugar con sus hijos en el parque siempre pienso en esas dos caras. Siempre Tracey, siempre EBTG. Siempre cuando los he necesitado, hasta hoy”.

Joaquín Felipe Spada (Cola Jet Set, Los Fresones Rebeldes): “Imaginad 1982 en Barcelona: rollo latino, rollo layetano, rollo dinosáurico, rollo Parchís... Con todo el respeto que se pueda tener a lo detestable, la realidad musical acosaba desde las cuatro esquinas. De pronto, del lugar menos pensado (Edigsa), aparecen esos recopilatorios de Cherry Red de grupos raritos post-punk entre cuyas marcianadas brillaban con luz propia Ben Watt y Tracey Thorn juntos, separados y combinados. En un mundo anterior a internet y los vuelos ‘low cost’, sus canciones, sus imágenes evocadoras, su instrumentación sobria jazz-del-que-me-gusta, hacían la soledad deseable, eran como programas encontrados al azar en la Onda Corta que hablaban de y desde lugares lejanos con extraños acentos. Más tarde, ‘Eden’ fue banda sonora de mis fracasados amores en bares de copas, y luego la vida nos separó y nos volvió a entrelazar, encontrando su raro single soviético en un viaje a Moscú, acudiendo a una firma de discos en Barcelona con kilos de vinilos bajo el brazo... Los géneros electrónicos no son tan de mi agrado, pero la voz de Tracey es inconfundible: si topo con ella por casualidad, siempre espero hasta el final, siempre pienso que debería intentarlo otra vez”.

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