“Año santo” es la resurrección de Triángulo de Amor Bizarro. Literalmente. A los gallegos a punto estuvo de tragárselos el éxito de su primer trabajo. Fue un pelotazo. De repente, aquel comando terrorista que tocaba con capa en los museos se había convertido en un grupo pop. Consiguieron algo inaudito. Convencieron a las clases medias de que llevar navaja siempre es conveniente y nos metieron a todos el miedo en el cuerpo. “Portaos bien, hijos de puta, Jesús os mira desde las alturas”, escupían en “¿Quiénes son los curanderos?”. Una bomba. Lo malo vino después. Mucho tiempo de gira, muchas horas de carretera. El roce hace el cariño, ya se sabe. Julián Ulpiano colgó las baquetas y el futuro de la banda se partió en dos: Rodrigo Caamaño (voz, guitarra) e Isabel Cea (bajo, voz). ¿Seguimos o no?, que cantaría Standstill. “Seguimos”.
Hay dos maneras de verlo. La de Rodrigo (“un grupo es como un matrimonio: tienes que estar muy convencido; si no, se hace muy cuesta arriba”) y la de Isa (“eran demasiado peludos, tenían el lado femenino muy poco desarrollado”). Ahora en serio: los músicos no le duran nada a estos dos. Pierden un componente por disco. “No, no; más”, corrige Rodrigo, “llegamos a ser cinco”. Eso fue hace mucho. Ahora el triángulo vuelve a tener cuatro vértices. Se han sumado Óscar Vilariño (guitarra y teclados) y Rafa Mallo (batería), antes (y ahora también) Vale Tudo, parte de Volonté, exmiembros de Triquinoise. “Nos conocemos desde hace mucho, tenían que ser ellos. Si no se hubiesen venido, no estaríamos aquí”, confiesa Rodrigo. A ver cuánto les duran.
Isa y Rodrigo no muerden. Todo lo contrario: hasta te ponen un vino y algo de picar. Tampoco viven en una sacristía lúgubre, sino en una casita de Abanqueiro, en Boiro (A Coruña), muy cerca de la parroquia donde nació él (Exipto) y a unos trece kilómetros de donde procede ella (Rianxo). Ya no se interrumpen constantemente, han pactado algo o eso parece, pero puede ser que Isa se levante de repente en medio de la conversación para perseguir a su gato por el jardín gritándole como una loca. La primavera le está sentando mal al bicho: ya no distingue a su hermana de las amigas con las que alterna. Los demás se parten de risa. Es increíble que “Año santo” haya salido de un lugar como este. Hay demasiada luz.
Aquí ensayan y desde aquí supervisaron las mezclas del disco, que grabaron con Paco Loco en el Puerto de Santa María. En muy poco tiempo y en analógico. “Tenía que ser así. Queríamos grabarlo en analógico, aunque fuese la última vez que lo hacíamos. Ya casi no queda gente que trabaje de esa manera. La mayoría de los discos se hacen cortando aquí y pegando allí, son frankensteins, monstruos; alucinarías si escuchases las tomas originales. Este no podía ser igual. Grabando en analógico corres el riesgo de pasarte el resto de tu puta vida escuchando ese plato mal golpeado, pero a cambio ganas mucho”, explica Rodrigo mirando para Rafa. El batería se ríe pero asiente: “Paco interviene más de lo que parece. No te dice cómo tienes que hacer las cosas, pero te deja claro lo que piensa. Si está convencido de que hace falta un cambio, te lo va dejando caer. ‘Eso es feo’, te suelta. Muchas veces tiene razón”. Probablemente, si no se hubiese producido así, este disco no sería tan peligroso.