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U2, Eno-rabuena

Bono: “Creo honestamente que no somos una banda de rock’n’roll. En serio”. Foto: Jordi Fàbregas

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 87)

U2 Eno-rabuena

Por mucho que se hayan esforzado Bono y compañía a lo largo de toda su trayectoria, U2 nunca han dejado de ser U2, con todo lo que eso significa. Aunque, echando la vista atrás y volviendo al período 1991-92, sería de ilusos negar la evidencia de la saludable reconversión que se produjo con “Achtung Baby” y su gira “Zoo TV Tour”, eventos que situaron al cuarteto irlandés más allá de los tópicos evangelizadores. Gracias a Brian Eno –especialmente–, y a una predisposición contemporánea de su sonido, U2 se perfilaron como el “orgullo” de los grandes grupos, quizás el único dinosaurio que, a principios de los noventa, se atrevió a tomar partido por la actualidad. Ricard Robles vio la actuación de presentación del disco en Barcelona y explicó sus impresiones en este artículo que fue motivo de portada del Rockdelux 87 (junio 1992).

La portada de “Achtung Baby” (1991), rota en cuarenta y ocho pedazos, parece el resultado de un paseo matutino entre Berlín y Tánger tras una agitada noche de clubes. Como salidos de un afterhours, Bono y sus muchachos aparecen repescados de un delirio, sonrientes, más relajados que nunca, extasiados, diríase. El rojo de la sangre y el azul del cielo han aportado vida y luz a aquellos paisajes pretendidamente sobrecogedores, de los que solo quedan ya restos de ese tono marrón, marca de la casa durante años. Poco o nada nos devuelve a la aridez de antaño. ¿Se habrá diluido el mito entre filtros de colores?

El extraño y sugerente equilibrio que consigue Corbijn con sus fotos late también a lo largo de todo el álbum. Sin apartar ese ego tendente a la épica, ese algo insidioso, propio, finalmente, por el que nunca dejarán de ser quienes son, Bono y sus muchachos han sabido sacudirse una buena cantidad de polvo de encima; se han comprado ropas nuevas y han salido a las calles a saborear sus placeres y conocer sus peligros. Y han vuelto con la lección bien aprendida. Cuesta creerlo, pero se diría que, casi a escondidas del monstruo generado a su alrededor, U2 parecen haber abandonado el limbo de los dioses del rock para camuflarse nada discretamente en el de los príncipes del pop independiente y la dance music. ¿Habrán querido convertirse en una banda “independiente”?

En el álbum hay temas que bien pueden responder a las influencias ruidosas de My Bloody Valentine –¿por qué se atribuirá tanto últimamente la paternidad del sonido caótico a esta gente?–, al efectismo poppy de EMF –o Jesus Jones, The Farm, etc., etc.–, al new groove de bandas revivalistas como Stone Roses y a muchas de las producciones de la dance music de nuestros días, incluidas las de su propio ingeniero y mezclador, Flood, responsable del sonido de los últimos Depeche Mode y otros artefactos de pop electrónico menos comerciales.

¿Soluciones de emergencia? ¿Los mismos perros con distintos collares? Las suspicacias, y también la prepotencia, con la que muchos puedan encarar esta reconversión entran dentro de toda lógica, sobre todo tras aquellas sobredosis de “new age rock” que fueron “The Joshua Tree” (1987) y “Rattle And Hum” (1988). No obstante, “Achtung Baby” evidencia una sana purgación que rebate de manera harto convincente esos prejuicios y los reduce –como casi siempre pasa– a cuestiones de índole personal. Sin estar a años luz de sus obras anteriores, salta a la vista y al oído que esto no cuadra exactamente con lo que se espera de una de las bandas más emblemáticas del establishment. ¿O sí?

 

Bono: “La mayor ventaja de tener toneladas de dinero es la posibilidad de hacer lo que quieras…”. Fotos: Jordi Fàbregas

 

En una época, los años ochenta, de innumerables e inconexas tendencias, de revivals, de agonías y también de primeros pasos, U2 jugó el papel de superbanda catalizadora de la necesidad terrenal de disponer de dioses a los que seguir y venerar. Hoy, el credo ha cambiado, pero la fe sigue viva y las necesidades, insatisfechas. Sin abandonar a sus parroquianos de antes, U2 han jugado una buena carta de complicidad para potenciales clientes y antiguos desertores; un buen guiño que no deja de perseguir ventas, y del cual no se les puede acusar si tenemos en cuenta que no se apropian de nada ilícito en un panorama ya de por sí tan turbio como el del pop independiente y la dance music. Si la pasta ha podido más que las ideas, pero el resultado convence, ¿quién va a rasgarse las vestiduras? ¡A estas alturas!

En cualquier caso, las posibles soluciones de emergencia han resultado inteligentes. No en vano, no es la primera vez que saben rodearse de la gente adecuada en el momento preciso. En “Achtung Baby” repiten Brian Eno y Daniel Lanois, el primero acostumbrado a salvar riesgos y el segundo a fiarse de su olfato. Juntos, con el citado Flood en las mezclas, más alguna migaja para el inefable Steve Lillywhite, han resuelto el mejor y más complejo trabajo de los U2. Probablemente, uno de los discos que mejor ha sabido adaptar a un lenguaje propio la esencia de una época especialmente convulsa y desconcertante, y que solo la historia nos dirá si merece la pena o no ser recordado.

A muchos les gustaría pensar en “Achtung Baby” como un aviso del “sálvese quien pueda” que amenazará con sonar próximamente en los despachos de las grandes multinacionales del disco. No hay que pecar de ingenuos. Si bien es cierto que el avance de la dance music y las transformaciones que está generando en gran parte del pop parecen imparables, nada indica que U2 vaya a abrir una brecha de mercado que no esté abierta ya. A nadie se le ha pasado por alto eso, pero, de momento, el panorama parece lo suficientemente diversificado para que haya sitio para todos y ni Nirvana ni Guns N’Roses van a hacer techno-house para vender. En último extremo, el gran poder de repercusión de U2 puede hacer llegar un mensaje y una sonoridad nueva a los que solo atienden a los postulados del rock circense. En otro frente, “Achtung Baby” puede incluso poner en evidencia la vieja sospecha –nunca del todo aceptada– de que gran parte de las fórmulas musicales del llamado “pop independiente”, sea británico o norteamericano, no solo ya no tienen ningún misterio, sino que encima son fácilmente adaptadas y mejoradas por las bandas del circuito oficial.

Nadie sabe exactamente el momento justo en el que cambian los tiempos –y generalmente estamos más acostumbrados a que nos lo digan que a descubrirlo–, pero si estuviéramos asistiendo a uno de esos cambios, ¿podría ser este un disco sintomático? Probablemente, sí, aunque más que de síntomas se trataría ya de la confirmación de que a partir de ahora todo es posible en el mundo de show business.

 
U2, Eno-rabuena

Rockdelux 87 (Junio 1992)

Diseño: Joan M. Jubany

 

“ZOO TV TOUR” (16 mayo 1992, Palau Sant Jordi, Barcelona)

Un espacio cubierto de las dimensiones del Sant Jordi produce una extraña sensación de mundo aparte, especialmente con la luz del día colándose por cientos de ventanales. Incluso hay que hacer un pequeño esfuerzo al entrar para ajustar nuestro campo de visión a unas dimensiones que, aunque limitadas, son amplísimas. Uno nunca sabe cuál va a ser el mejor sitio para ver y oír decentemente el concierto. Hoy la cosa parece estar más clara: aparte de un escenario de proporciones parecidas a las de cualquier otro concierto, hay una larga pasarela que parte de él y desemboca en otro mucho más reducido situado prácticamente en medio de la pista. Ni que decir tiene que los alrededores de todo eso llevan rato de bote en bote. Y aún faltan casi dos horas para que aparezcan U2. Un llamativo Trabant, el coche típico de la extinta DDR, totalmente forrado de espejos diminutos y convertido en cabina de DJ, ocupa el pequeño espacio. Cinco más permanecen suspendidos sobre el escenario principal, entre ellos uno que reproduce el famoso bebé del artista neoyorquino Keith Haring, fallecido hace un par de años a causa del sida. David Wojnarowicz, también enfermo, ha dejado escrito en otro Trabant “Smell the flowers while you can” (“Huele las flores mientras puedas”). Él es también autor de la sobrecogedora foto que ilustra la portada del single “One”: unos búfalos, segundos antes de una irremediable muerte al caer por un precipicio en su huida de los cazadores. Me pregunto si habrán pensado en su amargo significado todas esas criaturas que acaban de comprarse la camiseta que reproduce frase y foto. Prefiero no saberlo. Es otra de las terribles contradicciones que han hecho que uno no se fíe nunca ni de los U2 ni de su público.

En vista de que las primeras filas tampoco presentan resquicio alguno, me dispongo a deambular por entre una masa limpita y sonriente. Miles de chicos y chicas en algodón cien por cien, miles y miles de jeans de marca y bonitos t-shirts dispuestos para una gran noche. No en vano, al menos uno de cada cuatro de ellos había perdido, semanas antes, un buen montón de horas –entre cuatro y seis, de media– en una inoperante cola que no paró de crecer durante el primer día en que las entradas fueron puestas a la venta. Un único punto de distribución y un pretencioso pero fallido sistema de orden numérico, parecidísimo al que se utiliza en los consultorios de la Seguridad Social, consiguieron reunir toneladas de fans sin más remedio que sacrificar su tiempo a cambio de una entrada para, en principio, el único concierto en Barcelona de los irlandeses. Además de las casi cuatro mil pelas a depositar, el dichoso sistema de venta no solo exigía no tener nada que hacer en todo el día, sino también estar dispuesto a ser parte desinteresada de un montaje publicitario: dos días más tarde, con el lote casi vendido y aprovechando la expectación generada, se anunciaría otro concierto calificado cínicamente como “extra”. Vamos, hombre, como si no estuviera previsto de antemano… Los tiques para el segundo día han estado disponibles en decenas de puntos diferentes y en el momento de entregar este texto, horas antes de ese segundo evento, aún quedaban algunos miles sin vender. Quizás U2 no sean capaces de llenar completamente dos veces un recinto con cabida para más de quince mil personas; quizás haya sido de agradecer el llenazo del primer día, pero lo que está claro es que resulta vergonzoso manipular a la gente –por muy masoca que esta sea– haciéndole invertir el día entero en conseguir entradas con el cuento de un único concierto. Y ya van dos veces…

Hacia las ocho y cuarto de la tarde, con el recinto aún por llenar, empiezan a pasar cosas. Entre una calurosa ovación ofrecida por la audiencia más incondicional, aparecen los también irlandeses The Fatima Mansions, retorcida e inclasificable banda, independientes entre los independientes. Vestido con una camiseta del Barça (otro listo), Cathal Coughlan y los suyos ofrecieron cuarenta y cinco minutos de su particular delirio, una deslavazada mezcla de gritos y susurros que, sin pasar totalmente desapercibida, no encandiló en ningún momento. En cualquier caso, infinitamente más tolerables que lo que se nos venía encima.

Inmediatamente después de los Mansions se anuncia a bombo y plantillo a PB Fallon (¡?). El tal Fallon resultó ser un impresentable DJ de la radio dublinensa, un viejo amigo de los U2 que durante media hora se dedicó a decir estupideces del todo innecesarias entre disco y disco. ¿El repertorio? “Magical Mystery Tour” de los Beatles, Nirvana, Sopa de Cabra y el “Sex Machine” de James Brown, llegando al momento cumbre con la versión de Guns N’Roses del dylaniano “Knockin’ At Heaven’s Door” y acabando con un tema rayado de Bob Marley. Y eso que era en compact. Demencial. Nadie se merecía aquello. ¿Por qué el público de los U2 se conforma hasta con el peor DJ?

 

Bono: “Cuando eres tan grande, puedes disfrutar de una independencia que muchas de las llamadas bandas independientes no pueden tener”.

Fotos: Jordi Fàbregas

 

En todo caso, no había nada que no pudieran compensar las estrellas de la noche. Y el gran momento llega con la excitación popular bien trabajada tras unos momentos de penumbra. Un sonido pregrabado, sucio y distorsionado inunda el espacio mientras Bono, enfundado en cuero, empieza a exhibir su silueta frente a las pantallas iluminadas de decenas de televisores. Con el resto de la banda en sus puestos y los técnicos de sonido un tanto despistados, “Zoo Station” irrumpe amenazante. Los monitores caprichosamente distribuidos por el escenario, las cuatro superpantallas situadas al fondo y la gigante que pende de lo alto escupen consignas en inglés y castellano a velocidad de vértigo: “Todo lo que sabes es mentira”, “La rebelión está prefabricada”, “Cree todo”, “Las drogas son buenas”, “Llama a tu madre”, “Mira más la tele”… Habría mucho que discutir sobre lo acertado o ingenioso de los mensajes (directamente fusilados del trabajo de la artista Jenny Holzer), pero el efecto caótico que resultó de aquella avalancha gráfica fue pieza clave para un electrificante comienzo, sostenido unos cuantos minutos más con “The Fly”.

Brian Eno había diseñado un efectivo concepto del espacio escénico de forma que las imágenes televisivas –zapping incluido– perdieran su habitual categoría de relleno para asumir un protagonismo comunicador más propio de un lightshow conceptual que de un televisor en sí. Los colores, la intensidad de la luz, los contrastes, las formas… fueron calculados a través de la interacción de las imágenes en pantalla, estáticas, en movimiento o simplemente coloreadas, y la ingeniosa utilización de los Trabant suspendidos en el aire como espectadores multifocos orientables.

Siguieron “Even Better Than The Real Thing” y “Mysterious Ways”, el momento más dance de toda la noche, con profusión de lásers discotequeros y bailarina del vientre incluida, además de una irónica alusión de Bono al gusto que desde siempre había tenido la banda por la música de baile. “One”, rematada con un fraseo acústico de The Edge, vino a marcar la primera cota emotiva de la velada. Tras la primera descarga, el tono intimista iniciaba un crescendo lírico non-stop que enlazaría “Until The End Of The World” con “Who’s Gonna Ride Your Wild Horses” y “Tryin’ To Throw Your Arms Around The World”. Y mientras, Bono, circulando por la pasarela, dejándose caer entre el público y haciendo subir cada vez más la temperatura ambiente. Entre la creciente euforia, brindaría con cava y bailaría con una incrédula joven, para culminar el clímax con “Angel Of Harlem” y toda la banda en el centro del recinto, convertido por momentos en un descomunal fuego de campamento cubierto por miles de destellos a modo de cielo estrellado. El Sant Jordi se llenó de “good vibes”. Un éxtasis total que desembocaba un tanto torpemente en una versión del “Satellite Of Love” de Lou Reed, absolutamente lejano para la mayoría de la audiencia, pero perfectamente válido para rematar la primera hora de lo más parecido a una experiencia colectiva de amable psicodelia soft. U2 habían conseguido generar en un concierto de rock el cúmulo de “sana” euforia que, desde la época hippy, solo se ha vuelto a dar puntualmente en las mejores rave parties.

La restante media hora de concierto, mucho más previsible, se encargó de repetir el proceso con el público ya totalmente en órbita, entregado sin reserva a la envolvente marea sonora de los viejos hits. Se volvió a tocar techo con la intro de “Where The Streets Have No Name” y se completó el karma con “Pride” y “I Still Haven’t Found What I’m Looking For”. Luego, unas relajantes peceras y el correspondiente bis. “With Or Without You” y “Love Is Blindness” acompañaron el descenso y apaciguaron ánimos.

Cada uno se emociona, grita, llora o se ríe dependiendo del nivel de complicidad que asuma sobre lo que se le plantea. El “Zoo TV Tour” fue capaz de involucrar al más escéptico de los asistentes. Lo acertado del repertorio, el atractivo show visual, el poderoso carisma de Bono y la total predisposición del público consiguieron llevar a buen término el viejo ritual de la catarsis colectiva. El Sant Jordi concentró los ingredientes necesarios para una poderosa y misteriosa alquimia, capaz de hacer saltar barreras de la razón y arrebatar, aunque solo fuese fugazmente, un trozo de alma. Pocas veces es posible generar en un acto semejante tal cantidad de energía positiva junta. Un trip total por algo menos de lo que cuesta una capsulita.

 
U2, Eno-rabuena

Bono: “La gran tradición rockera es algo que no va a preocuparnos nunca más”. Foto: Jordi Fàbregas

 

DECLARACIONES

No hay entrevistas. Ni las hubo durante la promoción del álbum ni las ha habido a lo largo de la gira. U2 solo ha roto su silencio en dos ocasiones durante los últimos tiempos. La primera, en unas declaraciones en la radio nacional irlandesa coincidiendo con la aparición de “Achtung Baby”: el propio Bono llamó a la emisora para dejar clara la postura de la banda con referencia a los disturbios habidos frente a los almacenes HMV de Dublín la noche en que se ponía a la venta el nuevo álbum cuando unas dos mil personas se concentraron allí a la espera de la aparición del grupo para firmar autógrafos, tal como habían hecho tres años antes con “Rattle And Hum”. “Creo que no hubiera sido seguro ir hasta allí a medianoche”, comentó Bono. “La otra razón es que estamos intentando no involucrarnos en promocionar el disco y queremos que la música hable por sí sola”. Tan solo el magazine independiente británico ‘The Face’ ha tenido acceso a U2 de una manera formal, en una rigurosa exclusiva concedida precisamente cuando esta publicación pasa por su peor momento, con el peligro incluso de desaparecer al no poder hacer frente a una millonaria demanda presentada por Jason Donovan por cuestiones que ahora no vienen al caso. Aparte de algún comentario cazado en el backstage y en el Boeing particular en el que viaja el grupo y su troupe, a los que tuvieron acceso gentes de la televisión irlandesa y del ‘NME’ durante la gira americana, no ha habido más palabras para la prensa.

Por su parte, Brian Eno –otro que pasa de las entrevistas, y así lo demostró no hace mucho en Barcelona en algún encontronazo con periodistas que “casualmente” daban con él– ha sido convencido por la revista norteamericana ‘Rolling Stone’ para comentar algunas de sus impresiones en Berlín durante la grabación de “Achtung Baby”. En un artículo escrito por él mismo, Eno habla sobre los nuevos U2, sobre el álbum y algunas de las circunstancias externas y conflictos propios que rodearon la grabación.

Hemos reunido aquí algunas declaraciones pertenecientes a estos escasos “documentos”. Escasas revelaciones, salvo la constatación somera de lo que el álbum y el concierto expresan por sí solos: estamos ante un grupo que intenta avanzar luchando por mantenerse sereno y coherente consigo y con su tiempo, que pretende pasárselo bien sin olvidar, no obstante, la responsabilidad que conlleva ser una de las empresas más poderosas de la música pop de nuestros días.

 

“La mayor ventaja de tener toneladas de dinero es la posibilidad de hacer lo que quieras… Cuando eres tan grande, puedes disfrutar de una independencia que muchas de las llamadas bandas independientes no pueden tener”.

“Creo honestamente que no somos una banda de rock’n’roll. En serio. Quiero decir que no estamos dentro del festival juvenil del rock’n’roll; nunca lo estuvimos”.

“En el pasado, estuvimos buscando un lugar al que pertenecer, queriendo ajustarnos a una gran tradición rockera, pero es algo que no va a preocuparnos nunca más”.

Bono (‘The Face’, marzo 1992)

 

“Durante los últimos cinco años, hemos perdido demasiadas veces la ansiedad por hacer algo fresco y algunas veces no sé realmente cómo hemos salido adelante”.

“Después de ‘The Joshua Tree’, pasar demasiado tiempo en Dublín fue un error artístico. Es una tendencia que hizo perder a la banda el sentido de la competición y el descubrimiento. Fuimos a Los Ángeles para hacer ‘Rattle And Hum’, y eso fue otro error. En cambio, cuando apareció la posibilidad de ir a Berlín me sentí realmente excitado”.

“Nos hemos visto envueltos en muchas energías negativas generadas por intereses políticos que intentaban convertirnos en símbolo de un Dublín libre. Nunca hemos pedido ese reconocimiento, pero muchos políticos han estado marcándose puntos a costa del nombre del grupo de una manera ridículamente desordenada y sucia”.

Larry Mullen (‘NME’, marzo 1992)

 

“Los discos de U2 tardan tanto en hacerse no porque los miembros de la banda estén escasos de ideas, sino porque nunca dejan de hablar de ellas”.

“Durante la grabación, las palabras de moda fueron ‘trashy’, oscuro, sexy e industrial (todas buenas), y serio, educado, dulce, recto, rockista y lineal (todas malas). Era buena si una canción te transportaba en un viaje o te hacía creer que el equipo hi-fi se había roto, malo si te recordaba a estudios de grabación o a U2”.

“El alcance emocional de la grabación fue prefigurado en el ámbito de sus inspiraciones: psicodelia, glam, R&B y soul. Estas primitivas eras del pop, no obstante, estuvieron representadas no por una búsqueda de la perfección, sino por lo que tradicionalmente se asocia a aquellas épocas: rocambolescos entusiasmos, pequeños presupuestos, la errática tecnología, un equipo de mala muerte y el abandono salvaje. La dicotomía entre eso y la forma en que estábamos trabajando daba lugar a un montón de preguntas. Teniendo la oportunidad, ¿cuánto debía exhibir el disco de espontaneidad y cuánto no? ¿Estábamos realmente haciendo un disco grabado en un garaje o uno que recordara el ‘feeling’ de los discos hechos en garajes?”.

Brian Eno (‘Rolling Stone’, noviembre 1991)

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