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UPROOT ANDY, Sabor para el mundo

“Mi madre era una judía de Europa del Este, mi padre un irlandés católico. Además, siempre he vivido en ciudades de emigrantes: primero Toronto y luego Nueva York. Eso condiciona tu radar musical, te acercas con mayor naturalidad a sonidos que otros sienten como ajenos”, asegura este embajador de la bass music tropical. Foto: Andy Winchester

 
 

ENTREVISTA (2012)

UPROOT ANDY Sabor para el mundo

Uproot Andy es uno de los líderes de la bass music tropical. En 2008 ideó en Nueva York las sesiones latinas Qué Bajo?!, junto a Geko Jones, que se convirtieron en punto de encuentro imprescindible de la nueva escena de baile: neo cumbia, sí, pero también todo tipo de músicas de América Latina, el Caribe, África, Europa y los Estados Unidos. Víctor Lenore lo entrevistó para la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato.

“Mi nombre artístico es Uproot Andy, pero me llamo Andy Gillis. Nací en 1980. Mis padres eran bastante hippies. Él fue guitarra en un grupo folk y acabó escribiendo sintonías para la televisión. Ella tocaba el piano clásico. A los 10 años me atrapó el hip hop. Cuando entré en el instituto, recuerdo quedarme despierto hasta tarde para escuchar programas donde pinchaban jungle. Me encantaba cuando los temas incluían toasters jamaicanos. Más allá de mis gustos, creo que soy producto de la ausencia de un marco cultural fuerte. Mi madre era una judía de Europa del Este, mi padre un irlandés católico. Además, siempre he vivido en ciudades de emigrantes: primero Toronto y luego Nueva York. Eso condiciona tu radar musical, te acercas con mayor naturalidad a sonidos que otros sienten como ajenos”.

“Estudié música clásica en la Universidad de Nueva York. Me parecía la mejor manera de asegurarme los conocimientos que me permitieran convertirme en profesional. Con las clases de Teoría Musical aprendí sobre todo a escuchar. Me impactaron los compositores modernos, gente como Kevin Volans, Steve Reich y Philip Glass. Los minimalistas desmontaron todas las estructuras que había hasta entonces,

esparcieron las piezas y decidieron qué necesitaban utilizar realmente en cada caso. También nos enseñaron que no hay tanta diferencia entre un cuarteto de cuerda y un éxito de la bachata. Todo se basa en diferentes combinaciones de estructura, armonía, tonalidad, ritmo, etcétera. Si las vemos tan lejanas es únicamente por cuestiones de percepción cultural”.

“Descubrí bastante tarde la música latina. Empezó a interesarme en 2002, después de unas vacaciones en Nicaragua. Primero conecté con Manu Chao, que era muy popular entonces, sonaba en todas las radios del país. Cuando volví a Nueva York estalló la fiebre del reggaetón. Me enganché brutalmente y no paraba de escuchar una emisora latina que se llama 105.9 La Calle. Mis amigos no daban crédito a que me gustara aquello. Decían que todas las canciones sonaban igual. Yo contestaba que no, que eran todas buenísimas. El reggaetón es el típico sonido que todos los no latinos odiaron al instante. Para mí fue como abrir la puerta de otra dimensión musical. Después descubrí la cumbia, el merengue y el extraordinario catálogo de Fania. Me tiré de cabeza”.

 
 
UPROOT ANDY, Sabor para el mundo

“Lo más importante que he aprendido con Qué Bajo?! es que para hacer una buena fiesta tienes que crear comunidad. La mayoría de los clubes del mundo basan su filosofía en pinchar las canciones que están de moda cada temporada”.

 

Dentro del movimiento conocido como global bass, tus sesiones y mixtapes destacan por prestar atención a música de raíces. ¿Qué tienen esos artistas que les falte a los modernos? La música actual me gusta mucho también, pero no me hace falta ir a buscarla porque la puedo hacer yo. Cuando escucho discos de raíces, que suelen estar hechos por músicos mayores, tengo la impresión de que las melodías tienen mucha más sustancia. La electrónica moderna vive obsesionada con las texturas y los pequeños detalles de producción. Ahora parece que lo único importante sean las frecuencias. El folclore, en cambio, se centra en el gancho rítmico y melódico, no depende del estudio de grabación. Cuando me enamoro de una canción antigua, al principio solo quiero ponerle un ritmo más fuerte para poder pincharla sin que palidezca frente al material moderno de la sesión. Luego empiezo a trabajar, me va entusiasmando y acabo por dedicar días enteros a meter detallitos hasta que obtengo una remezcla de verdad.

¿Me puedes poner un ejemplo concreto de cómo la electrónica actual vive obsesionada por los detalles técnicos? El caso de los subbajos es muy claro. Se trata de una frecuencia que antes no se usaba. Tengo la sensación de que se utiliza solamente porque es la novedad. Todo lo que hagas tirando de ese recurso va a sonar supermoderno por la sencilla razón de que ha llegado hace pocos años. Eso es hacer trampa. Los soundsystems de los mejores clubes reproducen subbajos, que son frecuencias que te afectan mucho físicamente, lo cual no significa necesariamente que la música sea mejor. No tengo nada contra las experiencias puramente físicas, pero hay canciones que solo buscan un crescendo para llegar a los subbajos y dejarte con la boca abierta. No podemos obsesionarnos con las texturas. La música es mucho más que eso.

También te has hecho conocido en todo el mundo por las sesiones latinas Qué Bajo?!, que montas en Brooklyn junto a Geko Jones. ¿En qué punto está el proyecto después de cuatro años funcionando? Lo más importante que he aprendido con Qué Bajo?! es que para hacer una buena fiesta tienes que crear comunidad. La mayoría de los clubes del mundo basan su filosofía en pinchar las canciones que están de moda cada temporada. Eso es como imponer las cosas desde arriba, sin dejar que quien asiste haga su aportación. En Qué Bajo?! estamos muy atentos a la respuesta de la gente. Tenemos canciones que vuelven loco a nuestro club y que dejarían indiferente al garito de al lado. Un buen ejemplo es el “remix” de “El botellón”, una canción del Grupo Naidy, que es un ritmo festivo con marimbas, tambores y cantantes de la costa del Pacífico de Colombia. En plena sesión he llegado a bajar el volumen y encontrar que todo el club está gritando la letra. Otro de los efectos de estas sesiones es que hemos reconectado al público con cumbias y vallenatos con los que mantenían distancia, porque los consideraban la música de sus padres. Hablo de canciones que ni siquiera son tan populares en Colombia. Es muy chulo poner a bailar una pista entera con una canción de una señora de Barranquilla que tiene más de 60 años.

La parte espinosa del fénomeno global bass es lo mal repartido que está el reconocimiento. Me refiero a que si un artista cool y hipster como Bomba Estéreo graba un ritmo de champeta va a ganar más dinero que cualquier músico de Cartagena de Indias que lleve años trabajando ese estilo. ¿Sueles pensar este tipo de cosas? Todo el tiempo. Está claro que partimos de cierta posición de privilegio. Nosotros tenemos tiempo, dinero, ordenadores y pasaportes, que es algo de lo que no pueden disfrutar muchos artistas latinos o africanos. La primera manera de devolver algo es cuidar mucho el reconocimiento en los créditos. Por supuesto, esto no es suficiente, así que mi manera de devolver parte de lo que recibo es llevar a artistas que me gustan a tocar en las fiestas Qué Bajo?! de Nueva York. Son operaciones logísticas complicadas, empezando por los visados. Mi esperanza es que empecemos a tener más éxito y podamos ir trayendo más grupos. En cualquier caso, no hay que perder perspectiva: el global bass ha contribuido a que un oyente despierto pueda acceder al funk de las favelas o incluso a estilos más antiguos como el bullerengue o el currulao, entre muchos otros. 

Cuando escucho tu “Daft Cumbia”, tengo la impresión de que intentas explicar al público hipster que si les gusta Daft Punk también pueden disfrutar de estilos modernos como la cumbia digital. ¿Crees que lo has conseguido? Lo pregunto porque en ‘Pitchfork’ y similares no te hacen mucho caso. Supongo que ven lo que hago como algo latino y, por tanto, ajeno a ellos. Quizá debería tuitear menos en castellano (risas). “Daft Cumbia” no fue tan deliberado como lo presentas, pero sí usé un truco parecido en “Brooklyn Cumbia”. Sabía que meter un “sample” de Ol’ Dirty Bastard iba a atraer mucho la atención. Además, la línea de piano de “Shimmy Shimmy Ya” pegaba perfectamente con un ritmo cumbiero. Me pareció que en cualquier fiesta de Nueva York donde sonase la gente estaría más dispuesta a bailar con esto, por muy poco familiarizados que estuvieran con la música latina. No suelo ser maquiavélico, más bien actúo por impulso eufórico, como cuando vienen amigos a casa y empiezas a ponerles canciones como un loco a ver si se contagian tanto como tú. 

¿Quién fue el primer DJ que te gustó de verdad? Me costó mucho entrar en esta cultura. Cuando iba al instituto tenía una novia que me arrastraba a fiestas house y techno. Mi posición era bastante escéptica. No veía el mérito que había en pinchar discos de los demás. Estuve en sesiones de Richie Hawtin, Frankie Knuckles, Derrick Carter, “Little” Louie Vega y clásicos así. Descubrí que casi todos componían, aunque mezclaran sus temas con los de otros colegas. Aparte son productores con un conocimiento profundo de cuestiones de sonido. Los disc-jockeys son los portavoces de la comunidad electrónica, una red de artistas que mantienen un diálogo constante con la música que hacen sus contemporáneos. Es una especie de creación compartida. Ahí cambié el chip.

¿Quién ha sido el último DJ que te hizo sudar? Hace dos días fui a una fiesta techno en Berlín. No bailaba esa música desde el instituto. Hay algo especial en volver a exponerte a un sonido que te enganchó de joven y que tenías apartado en la memoria.

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