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VIC CHESNUTT, El filósofo del porche trasero

En lo alto de la cumbre de los cantautores confesionales.

Foto: Óscar García

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 281)

VIC CHESNUTT El filósofo del porche trasero

La noticia más amarga e inesperada de las Navidades de 2009 fue el suicidio, el 25 de diciembre, del cantautor de Athens. Un músico postrado en silla de ruedas desde los 18 años que se entregó a su oficio (editó diecisiete discos en dos décadas) y por el que sus colegas de profesión sentían una profunda admiración. En septiembre de 2008, en Barcelona, ofreció a Nando Cruz esta entrevista que el peso de los acontecimientos ha convertido en todo un documento. Vic Chesnutt (1964-2009) habló en ella de lo que más le gustaba hacer: componer canciones. Fue el tema de la portada-homenaje que le dedicamos en el Rockdelux 281 (febrero 2010). Y es que se nos escapó un gigante con una obra que sigue creciendo con el paso del tiempo y al que otros artistas reverencian continuamente. El último ejemplo, el inspirado disco de Lambchop dedicado a su memoria, “Mr. M”; puedes escucharlo aquí.

Supongo que es normal. Cuando muere alguien cercano, su ausencia se hace brutalmente palpable. Un día dejas de verlo. Se acabó. En cambio, cuando fallece alguien que te ha acompañado durante años, pero al que solo has visto dos o tres veces en tu vida, su ausencia no acaba de constatarse. Esto me pasa con Vic Chesnutt. Los discos siguen ahí, como si nadie les hubiese informado de lo ocurrido. Escucho “Little” (Texas Hotel, 1990) y reconozco su voz al instante. Esa voz vieja: vieja de tanto maldecir, gritar y estirar el cuello. Tiene grietas y arrugas. Tiene, sí. Cuesta hablar de esta voz en pasado.

Vic Chesnutt actuó por primera vez en España el 9 de marzo de 1995 en la sala Maravillas de Madrid. Ya había publicado “Little”, “West Of Rome” (Labels, 1991) y “Drunk” (Texas Hotel, 1993) y en mayo editaría “Is The Actor Happy?” (Texas Hotel, 1995). Su pase en Barcelona, el 6 de mayo, me dejó clavado hora y media en el centro de una sala casi vacía. Aquel cantautor, menudo y de apariencia vulnerable, se crecía de tal modo que daba miedo alterar aquella brutal exhibición. Cantaba como si su interior estuviese en llamas, pero solo veías una columna de humo al final de cada canción.

"Si mi esposa está cerca, no puedo componer. Me da vergüenza. Toco cuando está haciendo recados. O subo arriba y cierro las puertas. A ella también le pone de los nervios oírme cantar. En cierto modo, es el enemigo. Y lo sabe. Si la oigo cruzar el salón de puntillas, canto bajito, bajito, bajito y la miro con cara de: 'largo de aquí, estoy componiendo'”

Desde entonces he medido la talla de los cantautores confesionales con ese listón. Diría que ninguno la ha superado. Desde entonces siempre que hablo de él cuento la anécdota que me explicó Mark Kitcatt, director de su discográfica en España en esos días. Tras un concierto en Madrid, se lo llevó de copas por Malasaña. En la calle de San Andrés, Mark soltó la silla para mirar la hora en el reloj. Cuando se giró había desaparecido. Oyó unos gritos cincuenta metros calle abajo. Había caído rodando y, con un giro habilidoso, había frenado... estampándose contra un coche. Estaba muerto de risa.

Volvió en 1998 al Festival de Blues de Cerdanyola. Y en 2005 actuó en el Primavera Sound. Eran días de springsteenitis aguda. El Boss paseaba “Devils & Dust” y los elogios iban del “es el mejor cantautor de todos los tiempos” al “nadie conmueve tanto en un espacio tan inmenso”. Tonterías. Vic aparcó su silla en el Auditori del Fòrum y ahí no se movió una mosca. Quien no lo viera en directo no se consolará con discos en vivo; no hay. Pero siempre queda internet. (Corren grabaciones hasta de piezas inéditas; como un “Robert Wyatt” dedicado al otro maestro en silla de ruedas).

La última vez que pasó por Barcelona fue en septiembre de 2008. Venía de gira con Elf Power. A la mañana siguiente quedé para hacerle una entrevista no promocional. No hablaríamos de su carrera, sus discos ni sus proyectos, sino sobre su oficio, sobre componer canciones en casa. Se sirvió el desayuno en la cafetería del hotel y nos pusimos a ello.

Descríbeme tu casa. ¿Mi casa?

¿Cómo es? ¿Cuántas estancias tiene? Es una casa preciosa de 1880 que compré a una yonqui. La llamo yonqui, aunque es más una alcohólica y ocasional consumidora de drogas. Quería que me la quedase y se la compré. Ahora tengo un estudio de grabación en el piso de arriba, pero compongo la mayoría de canciones en el porche trasero. O en el delantero.

¿Dos porches? ¿Dos plantas? ¿Qué más tiene? Cocina, sala de estar y... veamos... tres habitaciones. Los techos son de doce pies de altura –3’6 metros– y el suelo es de madera. Y tengo una sala central inmensa con un piano. La casa no tenía segunda planta. La construí yo. El ascensor también lo puse yo. Y, además, tiene un gran patio donde me siento a mirar los pájaros.

¿Siempre has vivido aquí? No. La compré hace nueve años. Antes viví cuatro años en la casa contigua. Y antes, tres años en otra casa de Athens.

¿Cuál es tu lugar favorito para componer? El porche trasero.

¿Mejor que el delantero? Sí, por el delantero pasa gente a todas horas. Saludan, preguntan qué haces y cuando se van has olvidado dónde estabas. ¿Sabes quién era Samuel Coleridge? Compuso un poema muy famoso titulado “Kubla Khan”. Alguien llamó a la puerta cuando lo estaba escribiendo y olvidó por dónde iba. Por eso quedó inacabado. Nunca toco la guitarra en el porche delantero. Ahí solo me siento, fumo un cigarrillo de vez en cuando y pienso. O leo poesía. O el periódico.

 
VIC CHESNUTT, El filósofo del porche trasero

Rockdelux 281 (Febrero 2010)

Foto: Misha Kominek

Diseño: Nacho Antolín

 

En los créditos de “West Of Rome” remarcabas que habías compuesto “Stupid Preocupations” “en el porche delantero de Meigs St.”. Sí, era otra casa, en Athens, pero a dos manzanas de esta. Aquel porche quedaba bastante retirado de la calle. Ahora mi casa está pegada a la calle. Si estoy en el porche delantero, la gente de la calle puede escupirme y darme en la cara si quiere. También compongo en mi habitación con el portátil. Y en la sala de la tele. La pongo muy flojita. A menudo veo cosas que me inspiran: documentales de historia, las noticias, alguna película...

¿Tienes sofás o sillones favoritos? Siempre estoy en mi silla. Solo salgo para darme un baño. En la bañera también he hecho muchas canciones.

¿Y llevas la guitarra siempre contigo? Tengo una en cada habitación. Al menos hay cinco pequeñas guitarras repartidas por la casa. Quiero una en cada estancia por si se me ocurre una idea. Tengo una en el salón, otra en la cama, otra donde la tele y muchas más en el estudio de arriba. No tengo ninguna en la cocina, pero hasta en el porche trasero hay una guitarra.

¿Una guitarra junto a la cama? ¿Te has despertado a media noche con la necesidad de tocar? No. Bueno, alguna vez. Me ha pasado con la que creo que es mi mejor canción. Es nueva. Cuando la toco la gente llora. Y se me ocurrió soñando. Entera. Me levanté, saqué los acordes y anoté los versos. Fue hace más de un año, pero esa noche estaba en un hotel.

¿Cómo se titula? “Granny”. Quiero hacer un disco de canciones sobre mi familia y la meteré allí. Bueno, más que sobre mi familia será sobre mi juventud y el lugar donde crecí. Me gustaría grabar ese disco con los Cowboy Junkies. (En 2009 aparecería cerrando el disco “At The Cut”, editado por Constellation).

"En Athens tengo reputación de ermitaño. Y es real. Me puedo pasar dos semanas seguidas sin salir de casa. Tengo mi imaginación. Soy como un filósofo. Un filósofo trabaja con su cabeza y reflexiona sobre cómo funciona el mundo y cómo se comportan los humanos. Puedo pensar sobre el mundo desde mi pequeña ubicación porque he visto mucho mundo y hablado con mucha gente"

¿Siempre que te has mudado de casa lo has hecho teniendo en cuenta si te sería cómoda para componer? Por ejemplo, ¿siempre las buscas con porche? Todas las casas de Georgia tienen porche. Hace mucho calor y, antes de que inventaran el aire acondicionado, o salías al porche o morías. Pero yo puedo componer en cualquier lugar. La casa no importa.

Aun así, ¿es la casa más inspiradora en la que has vivido? Oh, sí. Si la vieras lo entenderías. Todos los que vienen quedan impresionados. No porque sea lujosa, sino porque es preciosa. Y el estudio es espectacular: es una única sala inmensa. Suena genial gracias a los ángulos del tejado y al suelo. Le puse una madera que tiene cien años.

¿De dónde la sacaste? De una casa de Alabama que se incendió. Unos amigos me avisaron y me traje las maderas laterales que no se quemaron.

¿Tienes lugares favoritos para cantar, rincones con buena acústica? Arriba apenas hay reverberación. Pero abajo canto muy alto, toco el piano y reverbera por toda la sala. Suena precioso. En cambio, en el porche trasero canto muy bajito, muy bajito (y baja la voz como si me dijera un secreto). No quiero que los vecinos me oigan. Me da vergüenza.

¿Qué necesitas para componer? ¿Silencio? Nada. Ni eso.

¿Pero ha de estar vacía la casa? Eso sí. Si mi esposa está cerca, no puedo componer. Me da vergüenza. Toco cuando está haciendo recados. O subo arriba y cierro las puertas. A ella también le pone de los nervios oírme cantar. En cierto modo, es el enemigo. Y lo sabe. Si la oigo cruzar el salón de puntillas, canto bajito, bajito, bajito y la miro con cara de: “largo de aquí, estoy componiendo”. Entonces, pide perdón y se va rápido.

Hace tiempo le pregunté a Alex Chilton por qué componía tan poco y se excusó diciendo que durante años había vivido en casas desordenadas. Sin un mínimo orden le era imposible componer. ¿Te ha pasado? Una de las pocas ocasiones en que me fue difícil componer fue cuando compré esta casa y aún vivía en la otra. Pasé dos años restaurándola y estar cada día encima de los obreros me distraía. En esa época no compuse mucho. Pero en otras épocas en que he vivido en pleno caos, con compañeros de piso y gente entrando y saliendo, no he tenido problemas para componer.

 
VIC CHESNUTT, El filósofo del porche trasero

Durante el Primavera Sound 2005.

Foto: Misha Kominek

 

¿Te has sentido alguna vez atrapado en tu casa? ¿Has necesitado que te diera el aire para inspirarte? De joven, antes de empezar a grabar discos, mi inspiración surgía yendo por ahí con artistas, poetas y pintores de Athens. Me pasaba el día en bares, clubes y fiestas. Después de grabar mi primer disco, empecé a viajar y obtuve mucha inspiración yendo de gira, así que ahora no me siento atrapado en casa. En Athens tengo reputación de ermitaño. Y es real. Me puedo pasar dos semanas seguidas sin salir de casa. Tengo mi imaginación. Soy como un filósofo. Un filósofo trabaja con su cabeza y reflexiona sobre cómo funciona el mundo y cómo se comportan los humanos. Puedo pensar sobre el mundo desde mi pequeña ubicación porque he visto mucho mundo y hablado con mucha gente. Ahora ejerzo de matemático: intento resolver los problemas que he recogido en los viajes.

¿Te resulta fácil ser disciplinado? ¿A qué te refieres?

¿No necesitas horarios? No. Pienso en canciones todo el día. Hasta cuando no estoy componiendo. Si veo un pájaro volar de determinada manera, me digo: “Uuuuh. Déjame pensar un momento. Podría hacer una canción de esto”. Si oigo la sirena de un coche sonando de cierta manera, pienso: “Uuuh, se me está ocurriendo algo”. Y así, todo el día. Me encanta tocar la guitarra incluso cuando no hago nada. Nunca me aburro. Me levanto a mediodía, me hago una taza de café, pongo la tele solo para asegurarme de que no ha habido otro 11-S y cojo la guitarra. Sin pensar.

Como quien se enciende un cigarro. Sí, para matar el rato. Hace muchos años podía estar una semana en casa sin tocar la guitarra. Ya no me pasa.

¿Cada día has de tocarla? ¡Oh, sí! ¡Treinta veces al día! Me paro en el comedor, la cojo, toco un rato... Voy a otra sala, cojo otra, toco otro rato... Leo el periódico, cojo la guitarra, la dejo... A veces toco versiones, a veces canciones antiguas, a veces pienso nuevos arreglos para tocar en directo...

"Yo no supe nada del rock hasta los 14 años. Solo escuchaba country y gospel. Me divertía el acto de escribir. Era como un reto. Y al acabar tenía esa sensación de: 'Uh, he hecho algo'. Ahora que he vivido de esto veinte años, siento que todavía compongo para mí. Es como una afición. Una afición nerviosa. Es como cuando te pica. Tienes que rascarte"

¿Nunca has tenido miedo a quedarte seco de inspiración? Nunca me he secado. Desde los 5 años. Nunca he sentido que no podría componer otra canción. Entiendo el bloqueo del escritor (aquí eructa sin disimulo; el desayuno ha terminado), pero a mí no me ocurre.

¿Por qué? Porque no siento ninguna presión. He compuesto un centenar de canciones estupendas y tengo listas ciento cincuenta más que aún no he grabado. Algunas las tengo aquí (se señala la frente), otras están en papel y otras las tengo en cintas. Así que puedo escribir una estúpida si me apetece; solo por diversión. Tengo muchas canciones estúpidas que nunca oirás. Me es tan fácil componer como al jardinero hacer su trabajo. No me lo imagino exclamando: “Dios mío, ¿qué plantaré hoy? ¿Cómo voy a sembrar?”.

¿Se te han escapado canciones por culpa de llamadas inoportunas? Eso pasa a todas horas. No quiero descolgar el teléfono porque estoy con la guitarra, pero lo cojo y es mi hermana:  “¡Hola! ¡Has de hacer de canguro ahora mismo!”. Y le grito: “¡Maldita! ¡Me has hecho perder una canción!”.

¿Haces de canguro de tus sobrinos? Sí. Tengo dos. Cantamos juntos, nos inventamos canciones... Yo me invento canciones sobre ellos para hacerles rabiar. ¡Y se vuelven locos! Me gritan: “¡Vic, déjame en paz!”. Pero al momento dicen: “¡Hazlo otra vez!”. Y luego: “¡Para!”. Los adoro.

Transcribiendo la grabación de aquella entrevista oigo la voz de Vic aún más viva que en los discos. No suelo poner tanto signo de exclamación en los artículos, pero casi cada respuesta estaba reforzada con gritos, susurros, muecas, gestos, imitaciones de otras voces... Veo ahora mismo su orgullosa cara al hablarme de su casa en el centro de Athens y esa radiante expresión de júbilo al describir qué sentía al tener entre manos una canción buena. “Me pongo malo. Me duele la tripa. Y sudo. Sudo a mares”, decía.

¿Cuándo decidiste que querías componer canciones? Mi abuelo tocaba en una banda de country & western y componía canciones en su tiempo libre, pero creía que un día Johnny Cash grabaría una canción suya y se haría rico. Jamás le dio a Johnny Cash una cinta y las canciones no eran muy buenas. Mi abuela también escribía letras por afición y tampoco eran muy buenas. Y mi madre, también, así que yo crecí escribiendo canciones. Pensaba que de mayor sería profesor de literatura en una escuela y que compondría como hobby. Pero un día, al salir del instituto, canté en una fiesta, y todos me dijeron: “Tienes que hacerlo en un escenario”. Y eso hice. Empecé a actuar y Michael Stipe me dijo: “¡Has de grabar un disco! ¡Mañana! ¡Hagámoslo!”. Y lo hice. Y entonces tuve que salir de gira.

 
VIC CHESNUTT, El filósofo del porche trasero

En Barcelona, delante del Bagdad, el 13 de septiembre de 2008.

Foto: Óscar García

 

¿Cuántas canciones tocaste en esa fiesta? Unas diez; todas mías. Al día siguiente, las chicas que había en la fiesta me consiguieron un concierto. Yo decía “¡no, no!”, pero me arrastraron hasta el club y me hicieron actuar.

¿Recuerdas la primera canción que compusiste? Tenía 5 años. La compuse en mi habitación y la escribí en un trozo de papel pequeño. Iba sobre Dios. La titulé “God”. Era una palabra fácil. Sabía deletrearla.

Y después de tantos años, ¿ya sabes por qué eres músico? De niño hacía canciones porque quería ser como mi abuelo.

¿No querías ser una estrella del rock? Yo no supe nada del rock hasta los 14 años. Solo escuchaba country y gospel. Me divertía el acto de escribir. Era como un reto. Y al acabar tenía esa sensación de: “Uh, he hecho algo”. Ahora que he vivido de esto veinte años, siento que todavía compongo para mí. Es como una afición. Una afición nerviosa. Es como cuando te pica. Tienes que rascarte. Y lo siento desde una edad muy temprana.Yo hago música para mí y tengo suerte de que gusta a otra gente. Soy un tipo muy extraño, mi música es muy extraña y mi imagen también es rara, ¿no? En realidad, soy muy afortunado. Estoy muy agradecido y soy muy feliz, así que...

¿... por qué dejarlo? No lo dejaré. Ahora vendo muchos menos discos que antes y viene mucha menos gente a mis conciertos. Hace diez años estaba en Capitol, la multinacional de Frank Sinatra, los Beatles, Radiohead... ¡Tenía el mismo A&R que Robbie Williams! Pronto venderé cero discos. Nadie los comprará porque los pueden conseguir gratis, así que llegará un punto en que estaré haciendo esto solo para mí.

Y habrás vuelto al principio. ¡Exacto!

"Ahora vendo muchos menos discos que antes y viene mucha menos gente a mis conciertos. Hace diez años estaba en Capitol, la multinacional de Frank Sinatra, los Beatles, Radiohead... ¡Tenía el mismo A&R que Robbie Williams! Pronto venderé cero discos. Nadie los comprará porque los pueden conseguir gratis, así que llegará un punto en que estaré haciendo esto solo para mí"

Juro que aquel “¡exacto!” lo soltó con alegría, como quien resuelve una ecuación. Sin pesar o amargura. Hoy sabemos que una deuda de setenta mil dólares a un hospital local fue una de las razones que lo llevó a suicidarse. Es una opción que siempre guardó en la recámara. Vic tenía un carácter depresivo. Alternaba con vertiginosa soltura conclusiones devastadoras, evocaciones enternecedoras y humor muy negro. Pero esa mañana estaba contento. Hasta me dio un consejo para los jóvenes compositores. “Hay que buscar la inspiración donde sea. Todo vale. A veces un ratón dentro del armario puede ser más interesante que tu amante en la cama”, soltó.

Habrás oído ese tópico del cantautor que solo compone si está triste. ¿Qué opinas? Yo compongo cuando estoy contento y cuando estoy triste. No me gusta escribir canciones tristes. Con los años he aprendido que, viniendo de mí, que voy en silla de ruedas, a veces las canciones tristes son demasiado para la gente. Muchos no lo pueden soportar y huyen. Yo hago canciones tristes y lentas porque me gusta ese tipo de música, pero no me gusta que todas sean en plan: estoy hecho polvo, el mundo es una mierda...

Entonces, ya no escribes solo para ti: piensas en el público. Sí. Ese es un cambio. De joven, antes del primer disco, creo que no tenía ni una canción triste. Todas las del primer disco son felices. El siguiente ya tenía varias tristes. La gente cree que una canción lenta es una canción triste y no es así. Hay mucho humor en mis canciones. Hasta en las más tristes. La canción con la que acabé el concierto anoche era triste, pero tenía un final feliz. Suena triste y la canto con desesperación y melancolía en la voz porque explica que mi mundo se está derrumbando, pero al final digo que, aunque esté muriendo, la vida ha sido maravillosa.

Supongo que después de ocho canciones tristes, componer una novena canción triste debe ser como resolver el mismo puzle de nuevo. Exacto. Es demasiado fácil ponerse en plan: “ooh, ooh”... Es más difícil que haga: “ooh”, “ja, ja”, “ooh”... En los conciertos, me encanta que la mitad de público ría y la otra mitad se enfade con los que ríen. Hay gente que solo atiende a la parte divertida de la canción y quien solo se fija en los elementos tristes.

¿Y hay relación entre tu estado de ánimo y la canción que compones? Si estoy triste y compongo una canción triste, me pongo contento. Porque, pese a estar triste, he realizado una hazaña: he construido algo de la nada y eso me hace sentir bien. Por otro lado, si se me ocurre algo gracioso y lo meto en la canción, río a carcajadas. Y entonces las nubes se despejan.

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