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WEYES BLOOD, Un enigma de otro mundo

De otro mundo.
Foto: Kathryn Vetter Miller

 
 

ENTREVISTA (2019)

WEYES BLOOD Un enigma de otro mundo

Natalie Mering vuelve a valerse de sus dos grandes temores existenciales, el cambio climático y la implacable adaptación al nuevo contexto digital, para ofrecer un disco extrañamente optimista. Es la luz al final del túnel, el último resquicio de esperanza, el retorno de la superheroína para salvar el mundo en tiempo de descuento. Pero, sobre todo, “Titanic Rising” es una de las cimas de 2019.

Siempre anclada en un fascinante anacronismo, el arco que la norteamericana Natalie Mering, alias Weyes Blood, ha trazado en sus cuatro discos es un enigma de otro mundo. De unos inicios marcados por el folk experimental, casi noise, ha pasado, en cuestión de un par de años, a una épica expansiva rock en clave años setenta. O de un 4:3 granulado a un inmaculado cinemascope. Ha sido Nico, Enya, Anne Briggs y Joan Baez. También dama celta, futurista nostálgica, viajera errante, efímera herbolaria y curandera de espíritu. Su cuarto disco, “Titanic Rising” (Sub Pop-Popstock!, 2019), es puro The Kinks y puro Bob Seger, un trabajo que se nutre del surrealismo místico de Alejandro Jodorowsky y de su particular cosmovisión. Pero es también su ajuste de cuentas con el cine, un arte al que la une una relación amor-odio, y con una raza humana que deja que sus polos árticos se deshielen y que sus selvas amazónicas se quemen.

“He crecido con las canciones de los años setenta y estándares clásicos de los cuarenta. También creo que siempre he sentido la voluntad de innovar y estirar los límites de la música hacia el siglo XXI, así que a veces pienso que se puede situar en una época específica, la de la era ‘millennial”

En 2016, minutos antes de que explotase el fenómeno Weyes Blood tras una actuación sencillamente subyugante y reveladora en la sala Sidecar de Barcelona (30 de noviembre), Mering ya me avanzaba que sus directos iban a tomar a partir de entonces un cauce más extravagante y desmesurado. “Titanic Rising” es exactamente eso, over-the-top, pero ella piensa que lo que realmente es excesivo y estremecedor es “la amenaza existencialista del calentamiento global y el retorno de algunas personas a los ideales nazis y fascistas con los que estamos lidiando”. Prosigue: “Sobre todo, habiendo nacido y crecido en una época en la que parecíamos haber sofocado todas esas ideologías. Creo que este disco refleja los tiempos que corren”.

A los periodistas nos gusta mucho el adjetivo “atemporal”, pero el caso de Mering es paradigmático. Su música está en mitad de la nada: suena a civilizaciones de un futuro lejano y de siglos de antigüedad. Ella comulga con la idea. “He crecido con las canciones de los años setenta y estándares clásicos de los cuarenta. También creo que siempre he sentido la voluntad de innovar y estirar los límites de la música hacia el siglo XXI, así que a veces pienso que se puede situar en una época específica, la de la era ‘millennial’. Unos tiempos de una extraña mezcla entre la nostalgia y la fascinación/el miedo hacia la tecnología”. ¿Se siente desapegada de sus coetáneos? “Un poco. A veces me veo más de la generación X. Tengo muchos amigos que son mayores que yo y están más influenciados por esa generación. Me siento en medio de ellos y de los jóvenes ‘millennials’ y la generación Z. Vengo de una era diferente, tengo un alma antigua”, concluye entre risas.

Para crear un disco como “Titanic Rising”, contó con la ayuda de dos contemporáneos, ambos grandes amantes de los sonidos clásicos de los años setenta: Jonathan Rado, de Foxygen, en tareas de producción junto con ella, y Brian D’Addario, mitad de The Lemon Twigs, como colaborador ocasional. “Jonathan es un gran amigo mío y un magnífico productor. Con él me tomé el tiempo para crear sonidos ambientales que enlazaran las canciones de una manera natural y funcionasen mejor con las cuerdas y los sintetizadores. Le dimos un enfoque más sinfónico. Queríamos que sonase mayúsculo y personal a la vez”. Mering confiesa que esto es un punto de no retorno, que no hay vuelta atrás a su ambición orquestal. “Me lo pasé muy bien creando música ambient y experimental, pero creo que eso fue una parte inevitable de mi proceso para llevarme adonde estoy ahora, que es lo que siempre he querido hacer. Solo se necesita un poco de tiempo y dinero”.

Vídeo de "“Movies”, dirigido por Natalie Mering aka Weyes Blood.

“Titanic Rising” funciona también como dos polos magnéticos que se atraen. Ya no solo en su choque entre clasicismo y contemporaneidad, sino también entre fantasía y realidad, entre sueño y pesadilla, entre idealismo y realismo. No hay ninguna letra desalentadora sin su hermoso ornamento, como tampoco un sonido lúgubre sin la voz de Mering irradiando esperanza. “La polaridad vive en todos nosotros. Una parte importante de la existencia es la lucha de estos desconocidos, de estos polos opuestos. Definitivamente, creo que tengo muchas de estas polaridades incrustadas en mi composición y efectos de sonido. Tienes que prestarle atención a todo”. ¿Qué le atrae del escapismo? “Todos lo practicamos de alguna forma a diario, se ha convertido en una parte importante de nuestras vidas. En lugar de escapar dentro de un libro o dentro de nuestra imaginación, ahora lo hacemos en el flujo eterno del contenido proporcionado por internet, Netflix y cosas así. El escapismo como industria ha explotado desproporcionadamente y se ha convertido en una especie de parásito en nuestras mentes. Creo que deberíamos tener un poco menos de escapismo, pero a la vez pienso que, a estas alturas, ya no podemos vivir sin él. La gente está psicológicamente diseñada para incorporarlo a su vida diaria. Es parte de la supervivencia”.

“No soy una santa. Soy la típica usuaria loca de ‘smartphone’. A la vez, soy consciente de lo que le hace a mi mente y de cómo rompe mi concentración. Tengo perfectamente claro lo adicta que soy, y cómo me pongo mala si no puedo usarlo

Mering parece haber cambiado de discurso en los últimos dos años en lo que se refiere a su relación con la tecnología y, en especial, con el uso de los teléfonos inteligentes. Si antes los veía como una constante distracción que bloquea la creatividad y se reconfortaba ante el hecho de huir de esa adicción, ahora ha aprendido a vivir con ella. “Estoy totalmente inmersa en la pantalla. Navego, hago ‘scroll’, estoy en redes sociales... No soy una santa. Soy la típica usuaria loca de ‘smartphone’. A la vez, soy consciente de lo que le hace a mi mente y de cómo rompe mi concentración. Tengo perfectamente claro lo adicta que soy, y cómo me pongo mala si no puedo usarlo. Hago prácticas conscientes de mi adicción, pero eso no me convierte en menos dependiente”.

En “Titanic Rising”, Mering se permite, entre otras cosas, escribir a su yo pretérito en la apertura, “A Lot’s Gonna Change”. La canción arranca con esos sintetizadores góticos a los que aludía, pero pronto explota en una balada pop épica al más puro estilo The Carpenters. “La tuve que escribir para disculparme a mí misma como niña por el shock de la edad adulta y el cambio paradigmático de mi vida. De una generación sin móviles y poco internet he pasado a una completamente basada en esta tecnología. Y si el ecologismo antes era una manera de limpiar el planeta, ahora es algo casi inútil ante la posibilidad de que ya esté todo más allá de nuestro control. Creo que los noventa tuvieron esa apariencia de progresismo y liberalismo, pero una vez creces te das cuenta de la ilusión que generó esa cultura. La misoginia, el racismo y todas esas cosas aún siguen siendo bastante rampantes. La veintena ha sido para mí un período de aprendizaje, así que el hecho de escribir a mi versión de niña es mi manera de avisarla de que el futuro va a ser duro, pero que todo irá bien”.

“Titanic Rising” se refiere tanto a la película de James Cameron de 1997 como a la proeza de construir tan imponente barco y la tragedia que siguió. Una de las canciones más mayúsculas del disco se titula “Movies”, y el videoclip de “Everyday” es su particular carta de amor a los slashers. “Las películas te permiten amar lo imaginario. De algún modo, se han convertido en los mitos de nuestros tiempos. La mitología es como un mapa psicológico de los humanos para sentir partes de sí mismos que no entienden. Así que es una pena que el arte de hacer películas haya sido pervertido por el capitalismo y por muchas personas que no estrenan buen material, aunque aún se sostiene para muchos como la única manera de llegar a historias. Es similar a la música, porque es una forma de tratar de crear algo universal”.

Para terminar, una última reflexión. Si no nos entendemos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a entender las catástrofes naturales que nos rodean? “Mucha gente está instalada en un estado de miedo. Básicamente se sustentan en un par de ideas, piensan que eso es lo más importante y que así es la vida, sin investigar más profundamente su conexión con el resto del universo, que es benevolente y está lleno de empatía. Si realmente estuviesen en contacto consigo mismos, tendrían conciencia de la masiva extinción de especies en el planeta. Vivir en ese estado de miedo te impide ser empático”.

 

ESA PORTADA

Las última portada de Weyes Blood está cargada de un enorme simbolismo. “Titanic Rising” es ya una de las favoritas del año en esta categoría, un sugerente set en el que Natalie parece estar buceando en medio del que fue su cuarto de adolescente. Podría leerse como si la habitación fuese un espacio seguro o todo lo contrario. Lo hizo con la ayuda de un fotógrafo californiano especializado en publicidad bajo el agua, Brett Stanley, tras un intenso rodaje en una piscina de Long Beach.

“Ese dormitorio se ha convertido en un extraño y raro reemplazo para la iniciación en la edad adulta. En la cultura occidental, es donde cuelgas tus pósteres y te formulas ideas sobre el mundo. A la postre, termina convirtiéndose en una suerte de iniciación de cara al mundo real. Es un sitio precioso y sagrado, pero también lo veo como un lugar en el que una vez se abandona se pierde la esperanza y la inocencia que le aporta ser un espacio seguro de incubación. Mucha gente joven escoge venerar a músicos y estrellas de cine como su manera de crear ideas sobre la vida. Al final, la portada es como un enigma para toda mi generación”.

Hay otro detalle importante en la ilustración: la protagonista no se ahoga, está viva. Y es que no solo representa el incremento de los niveles del agua en los océanos, sino también “el regreso a ese lugar del subconsciente en el que el dormitorio aún existe”.

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