La historia de la música negra está plagada de biografías calamitosas, de vidas truncadas y paseos por el lado salvaje. No parecía, en todo caso, que ese fuera a ser el destino de Whitney Houston, nacida el 9 de agosto de 1963 en Newark (New Jersey) en una familia de gran raigambre musical. Hija de Cissy Houston, prima de Dionne Warwick y ahijada de Aretha Franklin, tenía el pedigrí perfecto para poder ofrecer un espumoso cóctel de gospel, pop y soul y servirlo a través de una voz bendecida por los dioses. Nada hacía pensar que quien estaba destinada a rivalizar con Madonna por el trono de reina del pop (llegó a tener su propia muñeca Barbie) iba a seguir finalmente los pasos errabundos de alguien como Billie Holiday. Su adicción a las drogas y su larga serie de equivocaciones (en su vida y en su carrera) hicieron que pasara de ser un bellísimo cisne negro a convertirse en un juguete roto.
Desde niña mostró su pasión por la música cantando gospel en el coro de la iglesia, como tantas otras cantantes de color. No tardaría en poner su voz en discos de Michael Zager Band, Chaka Khan y Jermaine Jackson. Pero lo que quizás pocos saben es que en sus inicios cantó una emocionante versión de “Memories” de Robert Wyatt en “One Down” (1982), un disco del proyecto de avant-funk Material, liderado por Bill Laswell. Fue el preludio a una trayectoria que se inició con un primer álbum, “Whitney Houston” (1985), al que seguiría dos años después “Whitney”, que incluyó su primer gran hit internacional, “I Wanna Dance With Somebody (Who Loves Me)”, un burbujeante tema en la onda de Exposé, Cover Girls y otras artistas del por entonces exitoso latin freestyle.























