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Cuevas del Salnitre (Collbató).
Fotos: Jordi Vidal

 
 

ARTÍCULO (2010)

WILL JOHNSON + ANÍMIC Un texano en Montserrat

Este es el testimonio del encuentro entre el cantautor norteamericano Will Johnson y el grupo catalán de folk Anímic. Nando Cruz vivió de cerca esta reunión y escribió este artículo a propósito de una fructífera relación de amistad musical. O, más en concreto, de cómo la música es un lenguaje internacional que une emociones y sentimientos. Las fotos son de Jordi Vidal. El festival popArb propuso al líder de Centro-matic instalarse quince días en un pueblo a las afueras de Barcelona y trabajar con Anímic como banda de apoyo. La conexión fue instantánea. Los repertorios y estilos de ambos fueron buscándose y rozándose día tras día. La magia no brotó en la noche del estreno, pero en el concierto final de la gira todos circulaban ya en la misma órbita y palparon esa trascendencia que va mucho más allá de la suma de los elementos. No era parte del plan, pero ya son grandes amigos.

“Hola, me llamo Guillermo”, anuncia en la oscuridad un tipo de barba feliz. Estamos en las Cuevas del Salnitre a muchos metros de profundidad en el esternón de Montserrat. Guillermo es Will Johnson, que lleva cinco días instalado en Collbató, un pueblo al pie de la montaña. Del fondo de la cueva van saliendo uno tras otro Ferran Palau (guitarra y voz), Miquel Plana “Zuma” (bajo) y Núria Monés (guitarra), tres de los siete miembros del grupo de folk casero Anímic. En la entrada les espera Louise Sansom (cantante) con su bebé, Mia. La niña luce una camiseta blanca en la que Ferran, su padre, ha escrito con rotulador negro: “I love Will Johnson”.

Anímic van de excursión, como en la portada de su disco “Himalaya” (Les Petites Coses/Error! Lo-fi, 2009), y se han llevado al amigo texano. La cueva es toda para ellos y, tras recorrer sus laberínticas entrañas, filmarán para un documental dos de las canciones que están preparando para la gira que les lleva al festival popArb (Arbúcies, Girona), Valencia, Madrid y Barcelona. Es algo parecido a un día libre tras cinco jornadas ensayando en la casa donde vive todo el grupo.

“Debería grabar algún día un disco en una cueva. Una vez canté en una cueva, pero estaba con un grupo de turistas. Esto ha sido muy distinto”
(Will Johnson)

De vuelta al espacio central de la cueva, Will se cuelga la guitarra, abre su ordenador portátil, conecta unos auriculares y empieza a moverse como un cazador de psicofonías. Se supone que busca el mejor ángulo para proyectar su voz, aprovechando el eco de la cavidad. Cuando lo encuentra, se nota. “Estamos impresionados con su voz. Es muy potente, pero nada chillona”, me adelanta Ferran. “Lo primero que hicimos en el local fue bajar el volumen de su micrófono y subir los nuestros”, confiesa. Lo mismo destacan Louise, “Zuma” y Núria. Hablan de Will como si tuviesen un tesoro azteca escondido en el sótano y les costase horrores guardar el secreto.

Tras varias pruebas, Will, Ferran y Louise cantan “Vultures Await”. Johnson les ha indicado hacia dónde deben lanzar sus voces en las estrofas y adonde apuntar en el momento de más intensidad. Se hace el silencio, empiezan y la canción se expande por la cueva central de más de treinta metros de altura, tomando el espacio con acongojante majestuosidad y nitidez, colándose por sus grietas, llenando oquedades, estremeciendo salientes. Desde un punto concreto escucho la voz de Will lanzándose al vacío, veo a Ferran hinchar sus pulmoncitos para estar a la altura y oigo a Mia (ahora en brazos de Núria) llorando en la entrada de la cueva y algunas gotas cayendo del techo aquí y allá. Chip... chap... chap... Cuando acaban la canción, el goteo es muy continuo. Como si el sonido hubiese cosquilleado esas impasibles paredes, enterneciéndolas. La cueva aplaude. ¡¡¡Chap, chap, chap, chap...!!!

Luego prueban “Les fulles fan d’ocells”, una de las composiciones más recogidas de Anímic. A lo lejos, “Zuma” crea un dron dulce y tenebroso con un armonio indio. Enfundada en tan insólita formación geológica, que, dicen, inspiró a Gaudí, queda especialmente etérea y cautivadora. Habría que ir a comer, pero mientras el grupo sale de la cueva en busca de luz y aire fresco, Will se queda un rato más y canta otra. Los tres espectadores que lo hemos espiado aplaudimos al final y él despierta: “¡Hay CDs a la venta en la mesa de ‘merchandising’! ¡Y un DVD en concierto!”.

De bajada por las escaleras que llevan al aparcamiento, el texano saborea la escena. “Debería grabar algún día un disco en una cueva. Una vez canté en una cueva, pero estaba con un grupo de turistas. Esto ha sido muy distinto”. Y remarca el “muy” con la mirada perdida en el paisaje.

 

Barbacoa y comida.
Fotos: Jordi Vidal

 

En cinco minutos estamos en Cal Anímic. Hoy hay barbacoa. “Zuma” ha ido a por la carne. Will insiste en pagarla. Ferran enciende el fuego. Estudiando en un banco del jardín está Roger Palacín “Rontxa” (batería). No ha ido a la cueva porque mañana tiene un examen de sonido. Tema: la cinta analógica. En Anímic todos saben hacer algo. Por eso ya han editado diez discos sin salir de casa y sin apenas ayuda externa. “¿Te ves preparado?”, le pregunta Will. “No”, responde “Rontxa” con gran seguridad. Y ríe con nervios y ganas.

Es sorprendente lo rápido que se ha adaptado el texano. Se lleva bien hasta con el gato, que se espatarra ante él para que le acaricie la panza. Will duerme en un hotel de Collbató, pero hace vida con el grupo desde que almuerza y hasta la madrugada. No parece un huésped incómodo. Es sociable y discreto. Ayuda siempre que puede sin requerir más atención de la cuenta. Mientras él y Ferran alimentan el fuego con periódicos, aparece una hoja con un artículo de Bigott. “Es muy bueno”, le resalta Ferran. “Yo consumo mucha prensa musical cuando hago barbacoas. Me fijo en algo, leo una crítica de disco... y al fuego”, suelta Will. Y carbonizan a Bigott.

“Esta debe ser la situación más extrema a la que me he enfrentado, ir a un país extranjero para tocar con gente que no conozco de nada. Pero toda colaboración exige un acto de fe”
(Will Johnson)

La comida ya está en la mesa cuando sale del sótano Genís Rigol. Es el séptimo Anímic, responsable del apartado visual de los conciertos, y está preparando imágenes para las canciones de Will Johnson. Que nadie espere a un genio del Flash; más bien es un cruce de McGyver y Louis Lumière. Esta mañana ha comprado un cucurucho, ha montado un soporte para mantenerlo de pie sobre el tocadiscos y lo ha filmado a cámara lenta girando mientras derretía el helado con un secador de pelo. Entre costillas, hamburguesas y butifarras, muestra el resultado al grupo. “A cámara lenta todo queda bien”, suelta, restando importancia al apaño.

Ya con los cafés, Will recuerda cómo descubrió su voz. “Empecé de niño en el coro de la iglesia, pero nunca me dieron un papel de solista. En esa época solo me obsesionaba tocar la batería y lo dejé pronto. No volví a cantar hasta que compuse mi primera canción. Entonces ya tenía 25 años. A partir de ahí aprendí a convivir con esta voz quebradiza que tengo”, explica. Quizá en el coro aprendió a proyectar la voz hacia las alturas de esa forma tan conmovedora con que sobrevuela todo lo que se le ponga delante. Ferran le escucha atento y se reconoce en ese proceso de conocimiento de su voz. “Empiezo a sentirme más cómodo cantando más bajo”, reflexiona.

El ágape ha sido copioso. Hay una fulminante desbandada hacia las habitaciones. Siesta. Will se acomoda en el sofá del comedor y me explica que el sábado se apuntó a la boda de unos amigos de Anímic. “Intenté pasar desapercibido, pero no sé cómo acabé en el escenario tocando ‘Rockin’ In The Free World’, de Neil Young, con la banda que amenizaba la fiesta”. Eran The Papa’s And The Popo’s, un grupo de versiones de “Rontxa”. Esa ni siquiera es la anécdota de la semana. El domingo ensayaron hasta tarde, pero en vez de volver al hotel en el coche de “Zuma” prefirió ir solo andando. Al cabo de un rato, volvió a la casa con los ojos como platos. Se le habían aparecido quince jabalíes en el camino que amenazaban con atacarle si intentaba pasar. Esa noche quedó bautizada la gira: The Wild Pigs Tour.

“Esta debe ser la situación más extrema a la que me he enfrentado”, reconoce. No se refiere a los jabalíes, sino a “ir a un país extranjero para tocar con gente que no conozco de nada. Pero toda colaboración exige un acto de fe”, asume. Igual que para el disco que grabó con Jason Molina o las giras con la Undertow Orchestra (con Vic Chesnutt, Mark Eitzel y Dave Bazan) y Monsters Of Folk (con Conor Oberst, Mike Mogis, M. Ward y Jim James). Esta vez ha elegido los títulos que tocará con Anímic (solo de discos a su nombre) aprovechando que tiene seis músicos a su disposición. “Para mí es un lujo. Algunas nunca las he tocado con banda”, reconoce.

 

Tras la siesta, el ensayo.

Fotos: Jordi Vidal

 

Johnson ya les pasó meses atrás los títulos por e-mail y Anímic las han trabajado antes de su llegada. Pero cuando se juntaron por primera vez en la habitación la sorpresa fue mayúscula. “Pensábamos que haríamos un repertorio acústico, pero estamos metiendo mucho ruido”, aplauden Ferran y “Zuma”. Johnson se ha traído esa guitarra eléctrica que conecta a la misma central hidráulica que Neil Young. Y el primer día “Rontxa” casi se desmaya. Superado por el volumen de los amplificadores y la presión de su examen, le dio una subida de azúcar, una bajada de tensión... o todo a la vez.

Pasadas las cinco de la tarde es hora de subir a la habitación de los ensayos. Se les ve sorprendentemente rodados. Ya están en el proceso de repaso, mientras llega de trabajar Juanjo Montañés (teclados y ruiditos). Alternan canciones de Anímic y Johnson con naturalidad. Cuando acaban “Kent Forest”, de los catalanes, Louise le dice a Will: “Cuando la tocamos contigo da más miedo”. Y sí, con la guitarra y voz del texano, el bosque de Kent es más frondoso y oscuro. Seguirán ahí arriba unas cuantas horas más, aprendiendo a generar y dominar un volumen eléctrico inusual en esta casa. El caudal sale con fuerza de la habitación, rebota en las paredes, baja por el hueco de la escalera y se expande por todas las estancias de la planta baja. Apenas es un rumor cuando llega al jardín y en la calle ya no se oye nada. Los vecinos pueden seguir durmiendo tranquilos. Esto no es Villa Nellcôte.

“Cada cual tendrá su opción, pero yo renuncio a la posibilidad de crecer como músico encerrado en una habitación. He tomado la opción de intentar trabajar con el máximo de gente posible. Viendo a otros músicos aprendes otros trucos, otras formas de trabajar y, sobre todo, te entiendes más a ti mismo”
(Will Johnson)

La idea de juntar a Anímic con Will Johnson fue de Marc Lloret, codirector del festival popArb. El texano recibió la propuesta en Navidad y, antes de que le mandasen música del grupo, buscó actuaciones de los catalanes en internet. “Unos amigos de Texas me preguntaban: ‘¿Estás seguro?’. Y yo, con lo que había oído, les decía: ‘Sí’. Vi pronto que podíamos entendernos. Aprecio su forma de cantar y respetar el aire, de saber cuándo tocar y cuándo no. Y su estilo para los arreglos, muy exquisito y sutil”. Anímic es un grupo sigiloso y el fuerte de Johnson es su dominio de la electricidad, pero tienen algo en común: esa conciencia del silencio como algo que solo hay que romper si es realmente necesario. Ese es un campo donde trabajar cómodamente sin que nadie tenga que renunciar a su carácter.

Pero la música es un animal muy caprichoso y, tras una semana de ensayos, anécdotas y comilonas, había que consumar el enlace. Y aunque el popArb es un festival tan familiar que los grupos salen del backstage y vuelven a él tras el concierto como quien ha salido a poner dos euros en el coche aparcado en zona azul, un estreno siempre es un estreno.

El público se llevó una doble sorpresa nada más empezar. Johnson cantaba “Les fulles fan d’ocells” en catalán (leyendo de un atril), pero un zumbido atronador arruinó la escena. Los músicos no dejaron de mirar al técnico y darle órdenes durante el concierto, cuando debían estar mirándose entre ellos. Cada cual tocaba lo suyo, pero no había modo de que la música se despegase de los instrumentos y emprendiera el vuelo. Estaban todos ahí arriba, hasta el cucurucho giratorio de Genís, pero faltaba algo más. Will les había dicho que no se obsesionasen por tocar perfecto, que disfrutaran. Pero ni una cosa ni la otra. Ni siquiera las voces de Will, Ferran y Louise encajaron en “Vultures Await” como aquel día en la cueva. Ojo, todo el material de Johnson sonó más vivo y rugoso que en su disco; había caudal, pero era como si los seis Anímic aún estuviesen buscando su lugar en las canciones. Y “Closing Down My House” fue el fin de fiesta... de una fiesta que nunca existió. Planeó sobre el escenario y también entre el público una inesperada sensación de empate a cero.

“Cada cual tendrá su opción, pero yo renuncio a la posibilidad de crecer como músico encerrado en una habitación. He tomado la opción de intentar trabajar con el máximo de gente posible. Viendo a otros músicos aprendes otros trucos, otras formas de trabajar y, sobre todo, te entiendes más a ti mismo. Incluso en el caso de que no salga nada interesante de una colaboración, del proceso mismo de compartir una experiencia con otra gente sacas cosas positivas y útiles. A esto es a lo que yo llamo progreso”, me había dicho Will el martes en el sofá. Quizá hablaba de esta posibilidad.

 

Por fin, el estreno en el popArb.
Fotos: Juanchi Pegoraro

 

El domingo por la mañana partieron en furgoneta rumbo hacia Valencia.

Es jueves y la caravana catalano-texana está de vuelta en Barcelona. Hay alegría acumulada tras los conciertos de Valencia y Madrid y nostalgia avanzada porque hoy es el último día. También hay cansancio. Acaban de llegar en coche de Madrid, donde actuaron anoche. Casi mueren arrollados en la autopista por otro vehículo, escenifica “Zuma”, con las manos aún al volante. “Rontxa” ha sacado un 8’5 en el examen.

Mientras se turnan para probar instrumentos y empiezan a discutir el orden del repertorio, baja Will del camerino con la lista escrita a mano. La estudian y no solo no le ven pegas, sino que cada cambio es celebrado con unanimidad. Will les ha cogido el pulso. “Estos días ya se está refiriendo a nosotros como ‘mi banda’”, destaca Louise, con orgullo. “Nos vamos a quedar muy tristes cuando se vaya”, me confesará Ferran un rato después. Cuando tocan todos ante la sala vacía, ya suenan con una envergadura abrumadora. “Yo ya sabía que tocábamos flojo, pero no he sido plenamente consciente de lo flojo que sonábamos hasta que ha llegado él”, me había dicho Ferran en la barbacoa. Pero han crecido tanto como banda que esta noche estarán simplemente irreconocibles.

“Yo ya sabía que tocábamos flojo, pero no he sido plenamente consciente de lo flojo que sonábamos hasta que ha llegado él”
(Ferran Palau)

Empieza el concierto con “Les fulles fan d’ocells”. Suena limpia y ya no hay atril para Will. En “Just To Know What You’ve Been Dreaming”, Juanjo empieza a cobrar un protagonismo que ya no abandonará en toda la noche. Sus pianos y ruidos ya no entran a ciegas, sino que dan profundidad a cada canción. Will está relajado, confía plenamente en la banda. Cantan a dúo con Louise “Winedrops” (de Anímic). Ferran se encarga de cerrar “Almost Let You In” (una de Will) pasando de puntillas sobre las teclas. Hoy ya no mirará al técnico de sonido sino al techo, buscando esa grieta por la que lanzar las canciones aún más arriba.

Si en el popArb los catalanes iban a remolque del texano, agarrotados quizá por tanta responsabilidad y orgullo, hoy ya refuerzan sus canciones con autoridad exultante. Son ellos los que le están haciendo un inmenso favor a él. Hasta la iluminación juega a favor de un repertorio donde uno y otros se reconocen mutuamente. Tal vez haya algo más que los acerca; cierta espiritualidad que Johnson persigue con determinación desde hace años y a la que Anímic también aspira, aunque de forma más intuitiva. Esta vez, sí, “Closing Down My House” cierra una fiesta que nadie querría acabar. Will se dirige al público: “Este es nuestro último concierto juntos... por ahora”.

Hay bises, por supuesto. Johnson sale al escenario con un sombrero. “En Texas es muy habitual, pero yo nunca he tocado con un sombrero. Lo hago hoy por primera vez con este que compré en Arbúcies por dos euros”, anuncia. Y al acabar la canción lo lanza al aire en un cinematográfico gesto de despedida. Adiós popArb. Adiós Apolo. Adiós España. Adiós Anímic.

Escucho “Vultures Await” en casa y la grabación del disco me decepciona. Me estorba esa segunda voz, ese piano, ese ritmo de batería seco... Aún saboreo en mi cabeza la toma de la cueva. Quiero creer que si volviera allí, aún oiría las voces de Will, Ferran y Louise cantando eso de “the silence in this house won’t fail to drown us out... us out... out...”. Resonando una y otra vez en bóvedas y pozos, rebotando sin prisa de pared en pared, colándose por grietas inexploradas. Viviendo allí los siglos que haga falta.

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