De vuelta al espacio central de la cueva, Will se cuelga la guitarra, abre su ordenador portátil, conecta unos auriculares y empieza a moverse como un cazador de psicofonías. Se supone que busca el mejor ángulo para proyectar su voz, aprovechando el eco de la cavidad. Cuando lo encuentra, se nota. “Estamos impresionados con su voz. Es muy potente, pero nada chillona”, me adelanta Ferran. “Lo primero que hicimos en el local fue bajar el volumen de su micrófono y subir los nuestros”, confiesa. Lo mismo destacan Louise, “Zuma” y Núria. Hablan de Will como si tuviesen un tesoro azteca escondido en el sótano y les costase horrores guardar el secreto.
Tras varias pruebas, Will, Ferran y Louise cantan “Vultures Await”. Johnson les ha indicado hacia dónde deben lanzar sus voces en las estrofas y adonde apuntar en el momento de más intensidad. Se hace el silencio, empiezan y la canción se expande por la cueva central de más de treinta metros de altura, tomando el espacio con acongojante majestuosidad y nitidez, colándose por sus grietas, llenando oquedades, estremeciendo salientes. Desde un punto concreto escucho la voz de Will lanzándose al vacío, veo a Ferran hinchar sus pulmoncitos para estar a la altura y oigo a Mia (ahora en brazos de Núria) llorando en la entrada de la cueva y algunas gotas cayendo del techo aquí y allá. Chip... chap... chap... Cuando acaban la canción, el goteo es muy continuo. Como si el sonido hubiese cosquilleado esas impasibles paredes, enterneciéndolas. La cueva aplaude. ¡¡¡Chap, chap, chap, chap...!!!
Luego prueban “Les fulles fan d’ocells”, una de las composiciones más recogidas de Anímic. A lo lejos, “Zuma” crea un dron dulce y tenebroso con un armonio indio. Enfundada en tan insólita formación geológica, que, dicen, inspiró a Gaudí, queda especialmente etérea y cautivadora. Habría que ir a comer, pero mientras el grupo sale de la cueva en busca de luz y aire fresco, Will se queda un rato más y canta otra. Los tres espectadores que lo hemos espiado aplaudimos al final y él despierta: “¡Hay CDs a la venta en la mesa de ‘merchandising’! ¡Y un DVD en concierto!”.
De bajada por las escaleras que llevan al aparcamiento, el texano saborea la escena. “Debería grabar algún día un disco en una cueva. Una vez canté en una cueva, pero estaba con un grupo de turistas. Esto ha sido muy distinto”. Y remarca el “muy” con la mirada perdida en el paisaje.