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WILLIAM S. BURROUGHS, Opiáceos y rock’n’roll

El exterminador: “Si pudieses elegir, ¿qué preferirías ser, una serpiente no venenosa o una venenosa?”. Foto: John Minihan

 
 

ARTÍCULO (2013)

WILLIAM S. BURROUGHS Opiáceos y rock’n’roll

Condenado a vestir de personaje público –sus obras, de carácter experimental, aliento visionario y conciencia antisistema, no alcanzaron grandes ventas–, William S. Burroughs (1914-1997) fue la más insobornable voz de la beat generation. Sobrevivió a una crónica adicción a la heroína y a sucesivas oleadas de innovación literaria. Atrajo por ello a la inteligencia del rock, encontrando una segunda vida en sus círculos. Ignacio Julià repasó en este artículo sus conexiones con el rock.

El influjo de una voz despeja senderos que, normalmente, son denegados a la palabra impresa. No dudo de que la inmersión en “El almuerzo desnudo” (1959), “Las últimas palabras de Dutch Schultz” (1969) o “Ciudades de la noche roja” (1981) siga abismándonos en su todavía inquietante presciencia; sin embargo, escuchar a William Seward Burroughs (Saint Louis, Missouri, 1914; Lawrence, Kansas, 1997) en alguna de sus grabaciones de audio o de vídeo completa la experiencia en plenitud sensorial. Grave y ligeramente metálica, untuosa y aviesa cual sermón blasfemo, erosionada por la edad y, en consecuencia, infinitamente despreocupada por su efecto, su voz –transmisora de una actitud impertérrita ante la camuflada monstruosidad del estilo de vida norteamericano, expresada con escatológica frialdad y desposeída de toda esperanza– sigue recordándonos el engaño en que vivimos sumidos, la futilidad de existir en esos términos a no ser que estemos provistos de inagotable convicción subversiva. Su innovadora escritura y ánimo transgresor alimentarían a varias generaciones del rock, que lo agasajaron como fuente de inspiración y modelo de resistencia. Él se dejaba querer.

A finales de 1973, David Bowie ha finiquitado a Ziggy Stardust y, para evitar el mismo destino de su criatura, trama el traspaso de estrella pop desechable a perdurable icono cultural. Su encuentro con William S. Burroughs, que publica ‘Rolling Stone’ a modo de entrevista, forma parte de este interesado proceso. Bowie reconoce haber adaptado, en “The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars” (1972), ‘’los ejércitos de guerrilleros humanoides adolescentes’’ de “Los chicos salvajes: el libro de los muertos”, publicado por Burroughs en 1971. Tras dos décadas de subversiva, rompedora obra literaria, Burroughs subsiste como figura reverenciada, aún leída por minorías. Lo que el vampiro pop anhela libar del personaje es su aura transgresora y paranoica, su clarividente nihilismo.

Por su parte, el autor de “Yonqui” (1953) busca un mayor perfil mediático. Nacido en el seno de una saga de potentados, estudiante en Harvard y Viena, a finales de los cuarenta huye de Estados Unidos a México tras ser detenido por posesión de drogas. En la capital mexicana, durante una ebria chanza, mata accidentalmente a la que se hace pasar por su esposa, pues su vida hasta la fecha se ha desarrollado en la deriva clandestina a que se ven abocados los homosexuales. Pasará por Tánger y París, hasta que en 1966 se instala en Londres para someterse a un tratamiento experimental de desintoxicación.

Como suele ocurrir, el mentor se quedará en su rol de vieja gloria maldita, poco después solicitada por la facción intelectual del punk. La rockstar consagrada sacará provecho de sus enseñanzas: adoptando la técnica del cut-up, desarrollada por Burroughs junto a su colega Brion Gysin en el llamado Beat Hotel –la pensión parisina donde coincide con Gregory Corso y Allen Ginsberg– y hecha pública en la azarosa narrativa de “El almuerzo desnudo”. Bowie da con una metodología para sintetizar y apresurar conceptos vertidos en músicas y letras, con espeluznantes resultados en su siguiente álbum, “Diamond Dogs” (1974), donde la espontánea, tajante semántica de Burroughs empapa la distopía adaptada de Orwell. El zigzagueo constante y quimérico de aquella enseñanza marcará su carrera hasta finales de la década, en una serie de álbumes y consiguientes cambios de imagen y registro que impulsan a varias generaciones en su conquista del futuro.

 
WILLIAM S. BURROUGHS, Opiáceos y rock’n’roll

La de Burroughs era una mente única en su alienación.

 

Burroughs no es ajeno a la curiosidad de la generación que, a mediados de los sesenta, ha convertido la otrora inocua música popular en impulsora de avances artísticos y sociales, disolvente de morales imperantes e ideologías caducas. Entre 1965 y 1966 se cruza en varias ocasiones con Paul McCartney al instalar un estudio de grabación para sus experimentos lingüísticos en el apartamento del Beatle, en el londinense barrio de Marylebone. La anécdota queda fijada en la abigarrada portada de “Sgt. Pepper’s” (1967), donde el autor estadounidense aparece como parte del agnóstico santoral que unos Beatles en plena eclosión psicodélica proponen a sus oyentes.

El nuevo orden musical no tardará en ver aflorar nombres que desvelan atónitas lecturas del mayor formalista de la beat generation, su integrante más denodadamente escéptico. La banda progresiva británica Soft Machine se bautiza con el título de la novela homónima publicada en 1961. Por su parte, “El almuerzo desnudo” estimula la imaginación de dos grupos neoyorquinos, The Insect Trust y los más conocidos Steely Dan, cuyo nombre es el de un consolador sexual en dicha novela. Años después, el ex Hüsker Dü Grant Hart apodará a su grupo Nova Mob, inspirado en la novela “Nova Express” (1964), y disfrutará de la amistad del viejo Bill. Por su parte, los californianos Thin White Rope usarán el eufemismo con que Burroughs se refería a la eyaculación.

A mediados de los setenta, temiendo por su salud, Allen Ginsberg logra que Burroughs se traslade a Nueva York, donde acepta un puesto de profesor en la universidad. Durará seis meses en el empleo docente, detestando la experiencia de empeñar tanto esfuerzo en alumnos que no ofrecen nada a cambio. Instalado en el mítico Bunker, antiguo gimnasio en el Bowery reconvertido en fortaleza, Burroughs, junto a su secretario James Grauerholz, oficia de anfitrión para un creciente círculo de admiradores, bienintencionados o morbosos. Entre estos, Andy Warhol, Mick y Bianca Jagger, Lou Reed, John Giorno, Patti Smith y Susan Sontag. A menudo es Victor Bockris, inveterado fisgón del demi-monde neoyorquino, quien oficia estos encuentros.

Uno hilarante con Lou Reed sucedió a finales de los setenta, coincidiendo con unos conciertos en el Bottom Line. Un embriagado Reed prueba sonido en el local próximo a Washington Square y, botella de whisky en mano, se persona en el Bunker con su séquito. Entra intempestivo y cortante, pero Burroughs se mantiene tolerante, incólume cual esfinge, ante el entonces treintañero poeta y músico, que le inquiere acerca de Hubert Selby Jr. y Jack Kerouac, le pregunta si en el mundo literario los jóvenes escritores deben acostarse con sus editores para ser publicados y pide detalles sobre una técnica que consiste en inyectarse heroína con un imperdible.

Es en esta época cuando Grauerholz, que ha sido mánager de grupos rock, le consigue una columna en la revista musical ‘Crawdaddy’, en la que en 1975 entrevista a Jimmy Page. Grauerholz planea asimismo las giras de lecturas en locales no académicos con que Burroughs se mantendrá económicamente las siguientes décadas. Más parecidas a la actuación de un grupo rock o a la función de un monologuista que a una conferencia universitaria, sus alocuciones –entonadas en severa amonestación, impasivamente crítica con el estado y su maquinaria represiva– lo descubren ante un público joven que lo ve, pese a su edad, próximo a sus inquietudes. Esta faceta pública producirá una serie de grabaciones spoken word –la primera, “Call Me Burroughs” (The English Bookshop, 1965)– que pronto contarán con añadido musical, en un fascinante híbrido que lleva su aciago universo a otra dimensión.

 
  • Con David Bowie.

  • Con Kim Gordon y Michael Stipe.

  • Con John Giorno y Laurie Anderson.

  • Con Lou Reed.

  • Con JImmy Page.

  • Con Patti Smith.

  • Con Kurt Cobain.

La inteligencia del rock se acercó a Burroughs: amistades, influencias, colaboraciones.

 

En su papel de rapsoda ominoso, Burroughs participa en varios de los discos publicados por el sello Giorno Poetry Systems. En “The Nova Convention” (1979) comparte surcos con John Cage, Frank Zappa y Philip Glass, entre otros; en “You’re The Guy I Want To Share My Money With” (1981), con el propio John Giorno y Laurie Anderson. Con esta última colabora en “Sharkey’s Night”, tema del álbum “Mister Heartbreak” (1984), y en la película-concierto “Home Of The Brave” (1986). Aparece también en largometrajes como “Drugstore Cowboy” (1989) de Gus van Sant ejerciendo de leyenda viva que asombra por su estoica presencia de veterano drogadicto, dependencia que lo acompañará el resto de sus días. A su muerte, seguía en un programa de metadona.

Los años del grunge traerán nuevas muestras de reconocimiento. En 1992 se publica el EP “The ‘Priest’ They Called Him”, donde Burroughs lee su relato homónimo mientras el mismísimo Kurt Cobain conjura capas de guitarra distorsionada y sobreamplificación eléctrica. La grabación se realiza por poderes, pero al año siguiente Cobain le visita en su domicilio final, en Lawrence, Kansas, donde comparten unas horas de docencia opiácea y creativa. Al marcharse Cobain, Burroughs le comentó a Grauerholz: “Hay algo malo en ese chico: frunce el ceño sin razón aparente”.

William S. Burroughs & Kurt Cobain: “The ‘Priest’ They Called Him”.

Una visita similar sería la de Michael Stipe, Thurston Moore, Kim Gordon y Lee Ranaldo en mayo de 1995, durante una gira de R.E.M. en la que Sonic Youth ejercían de teloneros. Cinco años antes, Sonic Youth habían participado en el álbum “Dead City Radio” (Island, 1990), urdido por Hal Willner alrededor de los recitados de Burroughs; un año después este leerá la letra de “Star Me Kitten” en una versión alternativa del tema de R.E.M., incluida en “Songs In The Key Of X. Music From And Inspired By The X-Files” (1996), un proyecto lanzado por Chris Carter, el creador de “Expediente X”, que propuso a artistas fans de la serie que compusieran canciones inspiradas en la producción televisiva. En las fotos del encuentro, los músicos atienden con solemnidad a las palabras del anciano gurú; la abismal diferencia estriba en que ninguna de esas figuras del rock alternativo ha vadeado la experiencia vital del incorregible sodomita y heroinómano aficionado a las armas de fuego.

¿Se ha desvanecido esa reverencia, dieciséis años después de su muerte? No del todo. En su álbum de debut homónimo de 2013 junto al grupo Chelsea Light Moving, Thurston Moore lo invoca en “Burroughs”. Y uno siente punzante añoranza, pues no parece haber hoy personalidades tan inspiradoras en su sesuda disconformidad, tan secamente incapacitadas para encajar en el rebaño. La de Burroughs era una mente única en su alienación, que postuló esta irrebatible perla sobre la condición humana: “Si pudieses elegir, ¿qué preferirías ser, una serpiente no venenosa o una venenosa?”. Finalmente, en este simulacro que es la realidad, todo se reduce a la supervivencia.

 

Una nación de soplones

“Gracias por los pavos salvajes y las palomas mensajeras, destinados a ser cagados a través de saludables entrañas norteamericanas / Gracias por un continente que expoliar y contaminar / Gracias por los Indios, que aportaron una módica dosis de retos y peligros...”, arranca uno de los hits de Burroughs. Dedicado a John Dillinger “en la esperanza de que siga vivo”, fechado el Día de Acción de Gracias de 1986, es recitado en tono deliciosamente sardónico en “Dead City Radio”, óptima tarjeta de presentación para degustarle en su elemento. Desgraciadamente, no se incluye la transcripción de los extractos declamados.

Prosigue el antihimno con creciente rechifla: “Gracias por el Sueño Americano, que todo lo vulgariza y falsea hasta que relucen sus manifiestas mentiras / Gracias por el Ku Klux Klan / Por los representantes de la ley que matan negros y cuentan las muescas / Por las mujeres beatas y decentes, con sus rostros mezquinos, torvos, amargados, malvados”. Y unos versos más adelante: “Gracias por las pegatinas de ‘Mata a un maricón por Cristo’ / Gracias por el sida de laboratorio / Gracias por la Ley Seca y la guerra contra las drogas / Gracias por un país donde a nadie se le permite ir a lo suyo / Gracias por una nación de soplones”. Concluyendo: “Gracias por la más grande y definitiva traición al definitivo y más grande sueño de la humanidad”.

“A Thanksgiving Prayer”, con música de Frank Denning y con la NBC Symphony Orchestra: “Gracias por la más grande y definitiva traición al definitivo y más grande sueño de la humanidad”.

Este y otros sarcasmos ficcionados resuenan históricos cuando yace bajo tierra quien repitió incansable que la única verdad es que “estamos aquí para marcharnos”. Son valiosos recordatorios para quien discrepe de la imagen falsamente homogénea, insultantemente optimista, que proyecta el imperio estadounidense. Debemos a Hal Willner, que acababa de grabar a Allen Ginsberg cuando decidió afrontar a su reflejo opuesto, que estos textos revivan entre un solemne, elaborado fondo musical para el que, una vez más, usó su nutrida agenda. Como es habitual, rehusando los lugares comunes: la citada “A Thanksgiving Prayer” tiene como contrapunto a la orquesta sinfónica de la NBC.

Así, John Cale puntúa con lirismo “No More Stalins, No More Hitlers” y “Love Your Enemies”. Lenny Pickett aparece en varias piezas, Donald Fagen solo en “A New Standard By Which To Measure Infamy”. Chris Stein pone música a “The Lord’s Prayer” y Sonic Youth hacen chirriar “Dr. Benway’s House” en esta sesión de insumisión radiofónica que culmina en la desafinada interpretación del añejo estándar “Falling In Love Again”, ¡en alemán!, canturreado por el genio.

    

Hipster, bebop, junkie

 
WILLIAM S. BURROUGHS, Opiáceos y rock’n’roll
 

La experiencia vital del incorregible sodomita y heroinómano aficionado a las armas de fuego.

 

La intersección de Burroughs con el rock no se limita, como hemos visto, a Bowie y Cobain. En 1985, su amistad con el cineasta Gus van Sant produjo un hipnótico EP, “The Elvis Of Letters”, donde el viejo cabrón recitaba las salmodias “Word Is Virus”, “Millions Of Images” y “The Hipster Be-Bop Junkie”, con fondo de guitarra eléctrica tratada.

En 1992, graba con Ministry –el proyecto electrónico-industrial de Al Jourgensen– la viñeta yonqui “Quick Fix”, incluida en el single “Just One Fix”, publicado con grafismo del propio Burroughs en portada, quien aparece en el vídeo correspondiente. Un año después, colabora con The Disposable Heroes Of Hiphoprisy en el álbum “Spare Ass Annie And Other Tales” (Island, 1993). El dúo hip hop (integrado por Michael Franti y Rono Tse) conjura el acompañamiento musical para los monólogos del autor, que carraspea extractos de sus libros.

William S. Burroughs & The Disposable Heroes Of Hiphoprisy: “Spare Ass Annie”.

En 2000, el álbum “Oddities” de Spring Heel Jack remezclaba “Road To The Western Lands”, corte original de Material –incluido en el álbum “Seven Souls” (1989) del conjunto de Bill Laswell– donde la discretamente abrasiva voz de Burroughs se proyecta al éter. Ese mismo año, la tecnología propicia la espectral unión de dos mitos contraculturales. El anciano lee poemas del chamán Jim Morrison sobre música de los miembros supervivientes de The Doors y registros del epicúreo mártir, que gime y aúlla estentóreo. La pieza se publica en el álbum tributo “Stoned Immaculate”.

Por último, Burroughs aparece al final del videoclip de “Last Night On Earth”, el tema de U2, empujando un luminoso carro de compra. Un primer plano de sus ojos finaliza el cortometraje del arribista cuarteto irlandés.

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