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WIND ATLAS, La otredad permitida

Raúl Pérez, Sergi Alejandre, Andrea Pérez y Raul Q. de Orte: ritual de cambio. Foto: Òscar Giralt

 
 

ENTREVISTA (2018)

WIND ATLAS La otredad permitida

¿Qué son Wind Atlas? ¿A qué suenan? Cada álbum suyo despedaza al anterior para dejar paso a una nueva identidad sobre la que se construye la banda. Esta vez, para el ritual de “An Edible Body”, se trasladaron a Nueva York y regresaron con la intención de compartir su festín darkwave, mitad sobreingesta gótica consciente y mitad efluvios mágicos y sintetizados a lo Dead Can Dance. Aïda Camprubí compartió mesa con ellos.





“Nos guiamos mucho por nuestra intuición y no queremos descubrir qué somos. Nos sentimos bien en ese estado de búsqueda constante. No hay nada más liberador que no ponerse límites
(Sergi Alejandre)

Era el febrero de la gran nevada en Nueva York, la de 2017. Wind Atlas llegaban desde Barcelona para reunirse con Sean Ragon de Cult Of Youth, al que habían conocido en su anterior visita y con el que habían tocado en la sala Apolo en 2015. Se reunían de nuevo, invitados por él, para grabar su tercer largo, “An Edible Body” (Burka For Everybody-Hidden Track, 2018), en su estudio. “Es una habitación oscura, en un sótano de una zona de polígonos en Queens –nos sitúa Sergi Alejandre, guitarrista de la banda–. El lugar tiene una magia increíble. Sean solo graba a grupos que le gustan o a amigos; le sirve para sus proyectos, básicamente. Hacía mucho frío, incluso dentro del edificio, pero el espacio era tan inspirador que nos daba igual. Tiene muchos sintetizadores clásicos y cajas de ritmos que pudimos utilizar. Nosotros viajamos sin instrumentos. Yo grabé con una guitarra que me prestó el guitarrista de Psychic TV. El estudio estaba lleno de libros sobre música industrial, noise y power electronics. Había un altar con huesos humanos que Cult Of Youth utilizaron como percusiones en su último disco. En los ratos que no estábamos grabando, escuchábamos la colección de cintas de Sean o leíamos la Biblia Psíquica”.

El cuarteto, completado por Andrea Pérez (voz), Raul Q. de Orte (sintetizadores) y Raúl Pérez (batería y percusión), viajaba en busca de la otredad, es decir, componer lejos de los límites que se impone uno mismo, algo que se nota en la versatilidad de sus tres discos. Para llegar a ello, hay que cruzar también barreras físicas; en este caso, el Atlántico. “Nos guiamos mucho por nuestra intuición –continúa Sergi– y no queremos descubrir qué somos. Nos sentimos bien en ese estado de búsqueda constante. No hay nada más liberador que no ponerse límites”. “Por decirlo de alguna manera –lo complementa Andrea–, si tuviéramos un centro, estaría definitivamente desdibujado y sería movible”.

 
WIND ATLAS, La otredad permitida

“Por decirlo de alguna manera, si tuviéramos un centro, estaría definitivamente desdibujado y sería movible”. Foto: Òscar Giralt

 






“‘An Edible Body’ (‘Un cuerpo comestible’) tiene mucho que ver con ingerir de manera extrema e intensa, física y figuradamente. Aceptar la sobreingesta, en oposición al ayuno, también físico y figurado, que parece que prima estos días. También quería oponerme a la búsqueda de una pureza que no me interesa en absoluto”
(Andrea Pérez)

El cambio en el núcleo de la banda también ha sido motivado por factores estructurales: “Coincidieron varias circunstancias desde que publicamos nuestro segundo álbum“Lingua Ignota” (Burka For Everybody, 2015)–: la marcha de Iván Montero, el guitarrista; la posibilidad, por primera vez, de grabar las demos en casa, en el estudio que nos estábamos construyendo, y un mayor conocimiento sobre sintetizadores, cajas de ritmos y producción. El camino fue difícil y tuvimos que reaprender mucho y anteponer lo que iban necesitando las canciones a lo que se suponía que era nuestra función en este grupo”. Del proceso ha nacido también un concepto interesante, casi canibalístico, para el título del disco, “An Edible Body” (“Un cuerpo comestible”). “Tiene mucho que ver con ingerir de manera extrema e intensa, física y figuradamente –explica Andrea, quien, además de cantar, genera gran parte de la ideología de la banda–. Aceptar la sobreingesta, en oposición al ayuno, también físico y figurado, que parece que prima estos días. También quería oponerme a la búsqueda de una pureza que no me interesa en absoluto”.

Lo suyo es un desafío a la ortodoxia que legitima el atrevimiento. Por ejemplo, mezclando un tipo de cante –que puede parecer jondo– con la darkwave de las bases de “Desertor”, la canción que introduce el disco. “La idea era hacer una especie de ‘glitches’ con la voz. Quería expresar una sensación de error o fallo. Había estado leyendo mucho sobre la experiencia del exilio y los desiertos, y me salieron la melodía y la letra a la vez. Es una pieza importante para mí por varios motivos, uno de los cuales es que es la primera canción en castellano que surgió de manera natural y totalmente inesperada para Wind Atlas”. Un trabajo que se podría describir como un cántico de la era posindustrial, articulado en varias lenguas, pero también mediante la glosolalia. El lenguaje corporal también ha ganado relevancia, y si antes eran estáticos, ahora invitan a la danza: “Bailar es una manera de reconocer el propio cuerpo y una actividad que practico mucho en mi vida diaria –cuenta Andrea–, además de una parte crucial de esta nueva deriva que hemos tomado”.

La sobreingesta de información de la que hablaban en la elección del título no solo se traduce en el vocabulario utilizado por la voz o la pluralidad de su sonido; se palpa en sus directos, donde pasan de los trances meditativos a la synthwave catártica que conduce al baile. También se nota en su cantidad de referentes, de Clarice Lispector a Leopoldo María Panero, sin olvidar a San Juan de la Cruz: “La llaneza con la que habla de la incapacidad del lenguaje es preciosa y estimulante”. En vez de sentirnos incomunicados, Wind Atlas apuestan por acomodarse en el ostracismo, y su música suena cálida, como el momento justo posterior al deshielo.

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