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XAVIER BARÓ, Independiente(mente)

Trovador de la tierra.
Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2017)

XAVIER BARÓ Independiente(mente)

El ilerdense nos presentó el excelente “I una fada ho trasmuda” (2016), una obra menos austera que las últimas suyas, con los arreglos más presentes, y donde también delegó la producción. Quería cambios. En la conversación con Miguel Martínez desgranó esa y otras circunstancias, algunas inevitablemente relacionadas con su involuntaria cualidad de cantautor de minorías, de trovador sin atril y con memoria que se niega a claudicar.

Sábado de noviembre. Cae la noche en la calle Verdi del barcelonés barrio de Gràcia. Ante la indiferencia general y frente a la librería Taifa, con la funda de la guitarra en el suelo por si llueve alguna moneda, un cantante callejero entona en su inglés nativo “(Looking For) The Heart Of Saturday Night” de Tom Waits, y lo hace con aquella calidez de taberna amable del Ronnie Lane de “Anymore For Anymore” (1974). Es música desnuda que abriga, pero solo dos personas, padre e hijo, se paran y escuchan. Entre escaparates y teléfonos móviles, el resto de transeúntes le hacen el vacío. Ni lo ven, ocupadísimos en sus misiones comerciales, confundiendo cantidad con abundancia. “Siempre fui un cantante y tal vez nada más que eso. En algunas ocasiones no basta con saber el significado de las cosas; en algunas ocasiones hemos de saber también lo que las cosas no significan”, decía Jack Fate, interpretado por Bob Dylan, en la escena final de “Anónimos” (Larry Charles, 2003). Pero todos sabemos qué significa esa escena del músico callejero invisible, y nos basta con eso. También lo sabrá Xavier Baró, porque esa escena casi es la metáfora de su carrera.

“La tradición se ve como algo que debe permanecer encerrado en un museo, expuesto ahí dentro, algo que está formado solo por ideas congeladas. Es contra lo que choco, pero también me rebelo, constantemente. Porque, en realidad, me veo como un cantante de folk futurista. La tradición es solo la cuerda a la que estoy agarrado. Pero, cuando toco canciones tradicionales, siempre lo hago como si las hubiera compuesto yo, y es entonces cuando cogen influencias contemporáneas”

El trovador ilerdense tiene un nuevo disco, “I una fada ho trasmuda” (Satélite K, 2016). Y un hada lo trasmuda. Vuelve a ser un trabajo lleno de piel y huesos, con once canciones que en su fondo han viajado lejos y han vivido duro. Pero esta vez, en la forma, las presenta más arregladas que en las últimas ocasiones. “Alguien dejó la puerta abierta y entraron los perros equivocados”, se escucha en la película “Infierno de cobardes” (Clint Eastwood, 1973). Aquí pasó lo contrario: por la puerta del estudio entraron unos arreglos fetén, los perros buenos. “Es algo premeditado, lo tenía en mente hacía tiempo. Desde hace cinco años –con “La màgica olivera” (Khlämor, 2011)– todo ha sido autoproducido, controlándolo yo casi todo. Esa etapa ha estado bien, por la introspección, pero notaba que tenía que acabar. No quería repetirme, prefería incorporar otras voces, que alguien se metiera en mi sonido”. El elegido, Víctor Ayuso, productor, arreglista e instrumentista (guitarras, bajo, batería, voces; también guitarrista y productor de Renaldo & Clara), lo ha grabado, mezclado y producido. “La parte sonora, puesta en sus manos, ha quedado onírica, limpia. Estoy muy contento con el resultado. Es uno de mis mejores discos”. Sí, lo es. Un cósmico plenilunio.

Trasmudar, llevar de un sitio a otro, mudar o convertir algo en otra cosa. Baró trabaja en un área que podríamos decir que empezó con los trovadores del sur de Francia del siglo XII, aquellos que agarraban personajes prohibidos, de los que se suponía que no podía hablarse, y los escondían en sus canciones: los trasmudaban en ataques al poder y en afirmaciones de amor romántico que se daban, también, claro está, entre gente de clases diferentes. Es en ese reino donde el de Almacelles –allí nació en 1954– conjuga su presente de indicativo. No necesita refugiarse en el pretérito indefinido. “La tradición se ve como algo que debe permanecer encerrado en un museo, expuesto ahí dentro, algo que está formado solo por ideas congeladas. Es contra lo que choco, pero también me rebelo, constantemente. Porque, en realidad, me veo como un cantante de folk futurista. La tradición es solo la cuerda a la que estoy agarrado. Pero, cuando toco canciones tradicionales, siempre lo hago como si las hubiera compuesto yo, y es entonces cuando cogen influencias contemporáneas”. A saber: estamos en [La 2] de Apolo de Barcelona, el 7 de octubre de 2016. Xavier anda interpretando el tema “Per les aigües de Dublín”, de su nuevo disco, cuando me susurran: “Esto podrían ser The Pogues”. Y sí, podrían haberlo sido, en formato de dúo y con un arrebato de nostalgia, mar y tempestad clavado en el pecho. Le comento la anécdota a Baró y no le disgusta, lógicamente. “Es una balada de taberna, la historia real de un viaje que hice. Fue un viaje de iniciación, así que es una canción iniciática. Va de una mujer que era como una diosa. Porque para mí Dios es una mujer”.

 
XAVIER BARÓ, Independiente(mente)

“La música de verdad no es algo ligero. Dylan no es ligero. Tom Waits no es ligero. Jaume Arnella, tampoco”. Foto: Óscar García

 

Los mejores momentos de su actuación de aquella noche de octubre, insertada en un cartel doble del festival Connexions que compartió con sus jóvenes paisanos Renaldo & Clara –con quienes en 2016 firmó a medias un 7” que salió a la venta el último Record Store Day–, por intensos, por un magnetismo difícil de ignorar, fueron precisamente los que protagonizaron sobre el escenario el dúo formado por Baró a la voz y guitarra y el pianista Víctor Verdú –con quien colabora desde “Flors de joglaria” (Quadrant, 2006); ha sido también el teclista de “I una fada ho trasmuda”–, sin más compañía. “Siempre he tenido una tendencia al minimalismo. Te aleja de la retórica y te acerca al corazón de la canción. En ese sentido, ahora me gustaría condensar en directo, como en momentos de aquel concierto, el dramatismo del piano con el del trovador, pero un trovador también de guitarra eléctrica, por supuesto”. Eléctrica, ha dicho. Recuerdo una conversación con él, hace años, en la que afirmaba que a la carrera de Bob Dylan le habría dado un mayor meneo, más intríngulis redentor, juntarse en la segunda mitad de los sesenta con Creedence Clearwater Revival y no con The Band. O, al menos, como plan B, haberlo hecho con Television al final de los setenta.

“Hasta ahora la poesía ha sido parte de la cultura literaria, de la alta cultura. Y a la cultura popular se la ha considerado de segunda. Así que este premio que le han dado a Dylan pienso que se lo dan también un poco a todos los que han hecho cosas en y desde las canciones populares, a los cantautores anónimos de esa tradición oral que ha alimentado a Shakespeare, Bach y Stravinsky. Dylan es un cerebro viviente que busca en el pasado, hace suyo lo que encuentra, lo convierte en contemporáneo y lo lanza al futuro”

Se nos aparece Dylan por lo del Nobel (la entrevista tiene lugar durante esos días de polémicas, sabiondos, ofendidos y lo contrario) y porque sí, porque si se afina el oído, John Wesley Harding, Frankie Lee y Judas Priest, con su carga simbólica, conviven en el cancionero de Baró con el Cap de Creus, una historia del Montsec y la caída de Lleida del 24 de julio de 1643. Tan tranquilamente. “Hasta ahora la poesía ha sido parte de la cultura literaria, de la alta cultura. Y a la cultura popular se la ha considerado de segunda. Así que este premio que le han dado a Dylan pienso que se lo dan también un poco a todos los que han hecho cosas en y desde las canciones populares, a los cantautores anónimos de esa tradición oral que ha alimentado a Shakespeare, Bach y Stravinsky. Dylan es un cerebro viviente que busca en el pasado, hace suyo lo que encuentra, lo convierte en contemporáneo y lo lanza al futuro. Yo mismo, para el disco ‘La màgica olivera’, me inspiré en las canciones que me cantaba mi abuela. Igual por eso nunca salgo al escenario con atril; me gusta aprenderme las canciones de memoria”.

Ha citado a su abuela como fuente de inspiración. La naturaleza que lo rodea es otra, bien constante, lluvia que no cesa. “Lo es, primero, porque vivo en Almacelles, un mundo verde. Mis elementos metafóricos están ahí. Si viviera en Barcelona, serían los semáforos, el asfalto, las turbulencias urbanas. Pero me gusta vivir en un espacio abierto. Creo que la vida se puede explicar con la naturaleza y sus ciclos. No distingo entre música urbana y música naturalista, porque si hablas del ciclo interior de la persona eso es independiente de la naturaleza. La ventaja es que en la naturaleza puedo ver mis visiones, que tengo muchas, en pantalla grande”. ¿Qué hace alguien que habla así en un mundo de plataformas como Spotify, donde la gran mayoría de sus canciones ahí colgadas no llegan a las mil reproducciones? (Mientras escribo esto, 1 de diciembre, ninguna de su último disco ni del penúltimo). “Escuchar música es un arte. De las tecnologías estoy al margen. No porque tengas más audiencia eres mejor. Mira a Hitler, mira al PP. Hay que tener mucho cuidado con las masas. Me fío más de las minorías”. Esa última y otra frase que suelta, “no hay nadie más independiente que yo”, saben a carne magra de autodefinido.

Para acabar, palabras de un amigo tras una semana enganchado a “I una fada ho trasmuda”. “Muy bueno, realmente, el nuevo de Xavier Baró. Una vez más. Podría ser un disco pre-Elektra, por ejemplo del sello Vanguard de mediados de los sesenta. Es difícil barajar palabras románticas, rondallas e ideales de juventud sin que las rimas chirríen o te hagan sonrojar, o que al cabo de tres canciones terminen agotando, o resulte empalogoso. Él sale victorioso. Entre el sol de la tarde y la niebla matinal, además de su oficio artesano, tiene ese fluir natural, ese don de contador de antiguas historias vigentes, de soñador que sabe tocar con los pies en la tierra para jugar esas cartas y cautivar”. Se lo comento a Baró: “No creo que sea un disco de historias antiguas vigentes, este no. Pero me gusta lo que dice. Mmm... Elektra, Vanguard... ¡qué sellos!”.

 

De Uc a The Impressions, pasando por Los Coyotes

La carrera de Xavier Baró tiene dos fases diferenciadas. Una, de acento rockero, formando parte de grupos como Yerba, Tagomago, Primavera Negra y Los Tormentos o presentándose con su nombre (así firmó tres discos entre 1993 y 1997), con el castellano como lengua básica de expresión. La otra, de acento folk, la inició en 1998 y dura hasta nuestros días. En esta el idioma es el catalán. Fue un giro que le reconectó con sus inicios, cuando, antes de adentrarse en el rock, estuvo desde 1973 y hasta bien entrada la segunda mitad de los setenta militando en el grupo de folk Camps de Cotó.

Esas idas y venidas quedan reflejadas, a su manera, en la selección de cinco temas que hizo a finales del pasado noviembre para el programa ‘Els experts’ de la radio por internet iCat.cat, una especie de autorretrato con pinceles ajenos: “Salt Of The Earth” (The Rolling Stones), “Com voleu germans que canti” (Uc), “Substitute” (Sex Pistols), “Mira cómo tiemblo” (Los Coyotes) y “People Get Ready” (The Impressions).

Y, ya que estamos con la radio, esto piensa sobre por qué sus canciones no suenan o suenan poquísimo a través de las ondas hercianas. “Si resulta que la música es solo para levantarse por la mañana con una sonrisa y ‘be happy’, eso es esconder lo que está pasando en el mundo. No creo que lo mío sea tan dramático para no poder sonar en la radio. Es una exploración de los sentimientos, de los claroscuros. De la parte oscura, la que te enfrenta contigo mismo. La música de verdad no es algo ligero. Dylan no es ligero. Tom Waits no es ligero. Jaume Arnella, tampoco”.

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