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YO LA TENGO, La historia de Yo La Tango

La pareja Ira y Georga, en 1991, en la grabación de “May I Sing With Me” (1992), quinto álbum de Yo La Tengo.

 
 

BIBLIOTECA POP (2014)

YO LA TENGO La historia de Yo La Tango

Lean aquí un extracto del libro “Big Day Coming. Yo La Tengo y el auge del indie rock” de Jesse Jarnow. Publicado originalmente en 2012, llegó a España en 2014 vía Libros de Ruido, con traducción y epílogo de Ignacio Julià. Se trata de la crónica del grupo Yo La Tengo y de la escena indie que lo amamantó. Presentamos la introducción de esta cuidada obra de más de trescientas setenta páginas que convencerá a todos los seguidores del indie rock con denominación de origen.

La primera errata apareció en la segunda o tercera nota impresa: “Wo La Tengo”. Y fue además en un anuncio del Maxwell’s, el club de Hoboken donde trabajaban –y prácticamente vivían– los dos principales miembros del grupo. Habían debutado allí dos meses antes, en diciembre de 1984, ofreciendo dos pases durante una fiesta en la sala de atrás, y que escribiesen mal su nombre era en realidad el menor de sus problemas.

Arrancaron su actuación con un instrumental –“Surfin’ With 
The Shah”, de la banda de la UCLA (University Of California) los Urinals– que sonó bastante bien. El guitarrista era un veinteañero con cara de niño y que parecía que se había peinado metiendo los dedos en el enchufe. Cuando llegó el momento de ponerse a cantar, de su boca no salió ni una palabra.

“No quedó muy claro si había alguien en el grupo que supiese tocar su instrumento”, observó un crítico de la época después de sus primeras actuaciones. Pese a ser un trío, el guitarrista no hizo ningún solo, y la batería –una chica tímida de mejillas redondeadas y con una de esas sonrisas capaces de iluminar una habitación– no cantó, ni aquella noche ni en muchas de las que estaban por venir.

Aquel nombre mal escrito perseguiría a Ira Kaplan y Georgia Hubley durante casi toda su carrera, una ironía que no se les escapaba a dos personas que solían trabajar como correctores de textos. De hecho, llevaron la cuenta de todos los errores.

En 1995 dieron un concierto con el ya habitual “Yo La Tango”. “El Masquerade de Atlanta siempre fue como un segundo hogar para nosotros –explicaron años más tarde–. Eso sí, un hogar en el que 
tu familia no sabe escribir tu nombre y coloca un escenario sobre un abrumador sistema de sonido para música techno”. El Florida Theater, en Jacksonville, le dio un toque francés al asunto al llamarlos “Yo Le Tengo”. En Australia, el encargado de un club se marcó un triple al errar en cada palabra: “Ya Lo Tango”. Nueve años después de su primer concierto, cuando estaban a punto de aparecer por primera vez en televisión, Conan O’Brien miró de soslayo una tarjeta y anunció alegremente a los siguientes invitados musicales de la noche: “¡Yo Lo Tengo!”.

No siempre habían tenido un nombre tan problemático. Al principio, se hacían llamar A Worrying Thing (Una cosa preocupante). Al igual que el nombre que acabaron adoptando –Yo La Tengo–, lo habían sacado de un libro sobre béisbol.

“Lo que lograste ayer ya no importa –le había dicho el lanzador de los Cleveland Indians al periodista Lawrence Ritter–. Eso ya es historia. Lo único importante es el mañana. Esa es la razón de que uno siempre esté preocupado. Es algo incesante. Dios, el béisbol es una cosa preocupante”. Cuando fueron sus propias preocupaciones las que los empujaron a buscar otro nombre, Kaplan y Hubley desecharon otra expresión propia del béisbol, “The Bad Hops”, pues buscaban algo que fuese lo bastante insignificante para que el público potencial pudiese identificarse con él. Ganó “Yo La Tengo”.

Este apelativo procedía de una anécdota de los New York Mets, el equipo de los amores de Kaplan desde sus días de juventud en el valle del Hudson. El joven Ira, que había nacido solo cinco años antes de que se fundasen los Mets, durante la expansión de la National League en 1962, se enamoró de aquella panda de patanes que acababa de completar la peor temporada en la historia del béisbol moderno: perdieron ciento veinte de ciento sesenta partidos.

Una de las razones de todas estas derrotas era que el exterior central, Richie “Whitey” Ashburn, solía chocar con el parador en corto venezolano Elio Chacón, uno de los primeros jugadores latinoamericanos en jugar en las Grandes Ligas, mientras la pelota volaba por el aire. Este nunca entendía el grito de Ashburn: “I’ve got it!”. Un compañero de equipo que hablaba español le dijo a Ashburn que la próxima vez que una pelota volase en su dirección intentase chillarle: “¡Yo la tengo!”.

Ashburn así lo hizo. Chacón frenó en seco, pero esta vez fue el exterior izquierdo Frank Thomas, que iba con el pelo rapado, quien chocó con Ashburn.“¿Qué es un ‘yellow tango’?”, le preguntó.


 
YO LA TENGO, La historia de Yo La Tango

Georgia Hubley, en 2003.

Foto: Jack Chester

 

Kaplan y Hubley no las tenían todas consigo a la hora de tocar música en público, y la imagen de una bola perdida les provocaba unos terrores un tanto infantiles. Al igual que la errata de su nombre, esta idea los perseguiría como si fuese un error que se repite una y otra vez. E incluso así, cuando por fin comenzaron a ver su nombre bien escrito, había mucha gente que seguía preguntándose si aquel grupo tocaba música latina. Durante años, el célebre locutor de radio de Nueva York, Vin Scelsa, se empeñó en pronunciar su nombre con un marcado acento español.

El nombre siguió siendo por lo general impronunciable, incluso cuando mejoraron musicalmente. En 1993, su discográfica, Matador, vendió el cuarenta y nueve por ciento de sus acciones a Atlantic Records, lo que potenció la distribución de todos sus productos (incluyendo el último disco de Yo La Tengo); los sacaron de la trabajada red de cultura alternativa y los metieron de lleno en el mercado norteamericano destinado al gran público. Como parte de este flirteo con el mainstream, el sello publicó la banda sonora de “Amateur”, la aventura cinematográfica del director independiente Hal Hartley con la multinacional Sony. En ella figuraba el grupo estrella de Matador: Yo La Tango.

En 2006, con más de veinte años de carrera a sus espaldas, el grupo se apropió de aquella errata para el título de su canción “The Story Of Yo La Tango”, la canción de doce minutos que cerraba su nuevo álbum, “I Am Not Afraid Of You And I Will Beat Your Ass”. El título del disco, otro ejemplo de ordinario lenguaje deportivo, era una señal de confianza en sí mismos difícilmente imaginable un cuarto de siglo antes.

Como cierre de sus conciertos, “The Story Of Yo La Tango” no parecía ser más que un solo de guitarra: un largo y desbocado camino hacia el momento en que Ira Kaplan se descolgaba su instrumento,
 lo hacía girar violentamente por los aires, como si quisiera destrozarlo, y en el último momento lo cogía de nuevo con un juego de muñeca. Entonces, para dar paso al último segmento de la canción, pegaba un salto un tanto teatral, propio de un verdadero guitarrista de rock –las rodillas flexionadas hacia adelante, el cuerpo echado hacia atrás–, como si aquella fuese la única conclusión posible a cualquiera que fuese la locura en la que se había metido.

Sin embargo, la letra de la canción, sepultada bajo toda aquella distorsión, los gestos bravucones y aquel divertido título, no expresaba ninguna certidumbre sobre el proceso mismo del rock’n’roll más allá de la que habían demostrado en su primera actuación. De hecho, las palabras revelaban aquel recelo con bastante claridad: “We opened our hearts, it’s true, but not to any of you” (Hemos abierto nuestros corazones, es verdad, pero no ante ninguno de vosotros), cantaba Kaplan desde el interior de aquel estruendo, con la misma sencillez con la que estaba escrita la errata en el título de la canción.

Cumplidos ya los cincuenta años, Kaplan y Hubley siguen pareciéndose mucho a la pareja que habían sido dos décadas antes. Aunque manifiestamente más a gusto en el escenario, los dos miembros de
 Yo La Tengo se comportan con la misma modestia de siempre. Siguen viviendo juntos y a un paseo en bici del Maxwell’s, el punto de encuentro del barrio y donde siguen tocando a menudo. Visten con camisetas y sudaderas con capucha, calzan unas Converse All Star y siguen pareciendo los mismos de siempre: una pareja rocanrolera por la que no pasa el tiempo y que sigue queriéndose, unidos en un matrimonio de lo más alternativo.

Sin embargo, el grupo se tomaba lo que decía aquella canción casi al pie de la letra. Lo cierto es que al mundo le había llevado tiempo llegar a reconocerlos. También los miembros del grupo –en especial ellos– habían tardado lo suyo en asimilar lo acontecido, aun siendo conscientes de que Yo La Tengo siempre había mostrado unas cualidades particulares. Sonic Youth eran más ruidosos y tenían en sus filas a una pareja mucho más segura de sí misma, la que formaban Thurston Moore y Kim Gordon, iconos de la imagen cool y atractiva salida del centro de Manhattan. R.E.M. eran más conocidos si cabe y, cuando
 Yo La Tengo debutaron, ya gozaban de un éxito rotundo. Los Feelies 
y los dB’s, los grupos que tanto les habían influido, disfrutaban de una mejor situación en la escena local. Y, en lo referente a erratas tipográficas, Antietam, Mofungo y los dB’s les hacían la competencia; de hecho, estos últimos solían incluir en los riders de gira que enviaban a los clubes una multa –que nunca ejecutaron– por escribir mal su nombre.

Así pues, cuando finalmente Yo La Tengo obtuvieron cierto reconocimiento, prefirieron mantenerse a una distancia prudencial del resto del mundo. Las mentiras que ocasionalmente les soltaban a los periodistas eran mentiras sin importancia; en ocasiones ni siquiera podían considerarse mentiras. Cuando un miembro del grupo le seguía la corriente a un crítico que estaba mal informado o no respondía con total claridad a una pregunta, el embrollo que causaba no estaba, ni de lejos, al nivel de cuando Bob Dylan afirmó que de adolescente había viajado con feriantes. No eran gestos de mala fe, ni siquiera provocativos o premeditados en busca de crear una cierta mitología, sino puramente defensivos, con los que intentaban proteger algo demasiado escaso y precioso como para compartirlo a la ligera.

 
YO LA TENGO, La historia de Yo La Tango

Ira Kaplan, en 2003.

Foto: Jack Chester

 

Ira y Georgia habían empezado a salir antes de fundar el grupo, pero desde el principio su relación se había alimentado de música.
 Se habían conocido asistiendo a actuaciones de otros grupos. “Algunos de aquellos grupos no eran muy populares, no tenían mucho público –recordó años más tarde Georgia–. Era inevitable que acabaras conociendo a todos los asistentes”. Las sesiones a tres dólares de los miércoles que Ira ayudó a programar en el Gerde’s Folk City de Manhattan se anunciaban, irónicamente, como Music For Dozens.

Más tarde, sus letras suscitarían elucubraciones acerca de lo que parecían desvelar sobre los entresijos de la relación entre Kaplan y Hubley. Pero quizá es la intensidad de su amor por la música el tema unitario en sus vidas, desde antes de la adolescencia y hasta la creación de sus obras de madurez.

Mucho antes de su primer concierto, y alimentados por una fascinación similar, Kaplan y Hubley se habían involucrado en el mundo musical que los rodeaba, un patrón seguido también por el bajista James McNew, diez años más tarde, en su Virginia natal. Aunque en momentos diferentes, los tres trabajaron en prácticamente todos los niveles de la escena musical: como periodistas, representantes, cineastas, fanzineros, técnicos de sonido, músicos de acompañamiento, promotores, grabadores domésticos, productores, publicistas, porteros, roadies y propietarios de sellos.

Es cierto que Kaplan y Hubley se mostraban tímidos en escena, pero no eran ni mucho menos unos ineptos en sus relaciones sociales. “Están excepcionalmente bien posicionados”: así iniciaba el crítico Robert Christgau, en 1989, una reseña muy positiva en el semanario ‘Village Voice’. En 1981 Ira apareció en una lista (junto a Christgau) entre los diez críticos de rock del país que más atención prestaban a los sellos independientes norteamericanos, una densa escena que pronto aumentó su visibilidad y tamaño.

Esto no quiere decir que los tres componentes del grupo fuesen lo que se suele llamar “líderes natos” –si es que había algo que liderar–, pero tampoco se mostraban totalmente pasivos. No conocían a toda la gente dentro del mundillo musical en el que se movían, todavía en plena expansión, pero sí a muchos de sus integrantes. El conjunto de todas sus historias –las de Yo La Tengo, las de sus amigos y las de muchos otros– no es más que un intento por crearse un tránsito lo más humano posible a través del capitalismo de finales del siglo XX (y, quizá, de la locura del nuevo milenio) y en el que poder existir tranquilamente como músicos; una tercera vía entre la anarquía existencial del hazlo-tú-mismo y el ocio convencional y socialmente aceptado.

Aun así, hubo ocasiones en las que se vieron arrastrados por la corriente. Durante un tiempo, esta corriente se llamó “college rock”, a raíz del ‘College Music Journal’(CMJ), fundado por Robert Haber
en la primavera de 1979, época en la que Ira se mudó a Nueva York. O simplemente se llamó “nuevo”, como el New Music Seminar, convención celebrada en junio del año siguiente y a la que acudieron doscientos músicos. Robert Christgau acuñó el término amerindie, que tuvo una vida muy corta.

Por rebeldía o por accidente, Kaplan y Hubley se mantuvieron fuera de las tendencias de un underground que les habría deparado una mayor atención. Les gustaban demasiado el folk y los Kinks, y eran demasiado mayores para el hardcore; sus modales parecían excesivamente suaves para el post-punk, y nacieron demasiado tarde para formar parte de la explosión inicial de bandas en Hoboken ocurrida a principios de los años ochenta. Eran demasiado sencillos para ser new wave y demasiado modestos para convertirse en estrellas de los videoclips. Se preocupaban demasiado por todo. Armados de paciencia, siguieron tocando.

En 1985 llegó su consolidación como grupo con el folk-rock de “The River Of Water”, un primer single autoeditado que los llevó a reinventarse y añadir un tercer miembro al grupo, pedales de distorsión, una evidente fascinación por el rhythm’n’blues, el free jazz y la exotica, unas exquisitas armonías a tres voces, bandas sonoras para dibujos animados y documentales submarinos franceses, una singular conexión con el mundo de la comedia, y la colaboración durante décadas con espíritus afines que tocaban en grupos procedentes de Nashville o Nueva Zelanda. Han producido asimismo un canon de grandes éxitos, no incluidos en las listas habituales, pero éxitos al fin y al cabo, y que son reconocibles para cualquier fan de Yo La Tengo (o por cualquier aparato de medición de aplausos): “Autumn Sweater”, “Sugarcube”, “Mr. Tough”, “Tears Are In Your Eyes”, “The Summer”, “Stockholm Syndrome”, entre muchos otros.

Finalmente, fue la etiqueta indie rock la que cuajó. Y, aunque el término acabó incomodando a Yo La Tengo, seguro que no era la palabra “independiente” la que los hacía sentir así. De hecho, los padres de la batería Georgia Hubley, Faith y John, eran dos de los más famosos cineastas conscientemente autogestionarios de los años de posguerra.

“Siempre hubo un fuerte sentido moral en nuestra familia –recordó en una ocasión el hermano pequeño de Ira, Neil, para ‘The New York Times’–. Si crees en algo, actúas en base a ello”. Neil, que entonces tenía 37 años, había frustrado recientemente un atraco en un túnel de metro en el East Side, y acabó padeciendo tres horas de microcirugía para suturar la herida de cuchillo que le había seccionado un tendón de su muñeca izquierda.

 
YO LA TENGO, La historia de Yo La Tango

James McNew, en 2003.

Foto: Jack Chester

 

Lo cierto es que no debería verse la independencia de Yo La Tengo como el resultado de un conjunto arbitrario de ideales. A medida que su música iba expandiéndose, aquellos mismos rasgos (personalidad obstinada y libertad de pensamiento), firmemente asentados sobre la mente de Ira, una trampa implacable, y sobre su memoria, prácticamente infalible, no dejaban de manifestarse, una y otra vez, en cada uno de los integrantes del grupo. Y no solo en ellos, sino también en las decisiones cotidianas que tomaban acerca de sus vidas personales, creativas y empresariales, que eran, al fin y al cabo, lo que conformaba Yo La Tengo. Pese a tener un comportamiento básicamente razonable, a veces podían resultar seres muy difíciles de tratar.

“En algunos aspectos, eran personas de lo más exigente –ha observado Bob Lawton, su agente de contratación desde hace años
 y compañero ocasional de Ira en el grupo Double Dynamite–. Se esforzaban por que todo saliese perfecto y podían cogerse un cabreo considerable cuando no era así, fuese lo que fuese lo que ‘perfecto’ significase para ellos: un equipo de sonido, un técnico de monitores molesto, un club sin calefacción en pleno febrero... las cosas habituales de las que se quejan los grupos. ‘¿Por qué hemos conducido doce horas hasta este tugurio de mala muerte? Podríamos habernos tomado el día libre y haber llegado a Minneapolis un día antes’”.

Para cuando la palabra “indie” se puso de moda, la definición que se le daba era cualquier cosa menos útil. No obstante, si uno echaba un vistazo a Yo La Tengo, podían encajar perfectamente en alguna de las versiones del arquetipo indie: llevaban Converse All Star, se enzarzaban en ruidosas improvisaciones, a veces no se les oía cantar, publicaban singles de siete pulgadas, sonaban en las radios universitarias y grababan para un sello independiente. Con el paso de las décadas, no obstante, el término fue difuminándose.

En el núcleo del indie rock, sin embargo, se había establecido un circuito de clubes bien amortizado y había publicaciones, sellos, emisoras universitarias, tiendas de discos y otras instituciones, fundadas a finales de los años setenta y principios de los ochenta por un colectivo de fans voluntariosos. Circulaba por aquellos locales un tipo específico de grupos, nacidos a partir del desarrollo del rock underground posterior a la Velvet Underground –con Yo La Tengo como alumnos aventajados–, que intentaban crear una música más humana y alejada del sonido mainstream dominado por la MTV.

Como le sucedió al béisbol, un deporte al que se jugó por vez primera en su versión moderna en el mismo terreno donde se asienta actualmente el Maxwell’s, el indie rock no se inventó en un lugar concreto. Pero, también al igual que el béisbol, si tuviésemos que elegir un lugar donde colocar una placa conmemorativa, este bien podría
 ser Hoboken. Allí se encuentran las raíces de Yo La Tengo. Hoboken, una ciudad deprimida donde a mediados de los setenta el alquiler de un apartamento de seis habitaciones podía costar solo sesenta y cinco dólares mensuales, era un marco tan bueno como cualquier otro para que floreciese la utopía; y si no, el billete de metro hasta el West Village costaba solo treinta y cinco centavos. Fue allí donde los miembros del grupo se vieron a sí mismos, no sin cierta reticencia, reflejados en el indie rock, una escena que comenzaba a invadir la corriente principal de la cultura norteamericana y que, finalmente, se convertiría en algo a lo que Yo La Tengo no se parecía en nada.

“Ten cuidado con lo que deseas”, han dicho los miembros del grupo a menudo en referencia al modesto pero innegable éxito que han alcanzado: lo bastante grande para mantenerse en activo, pero no lo suficiente para retirarse a vivir de las rentas. Entre tanto, han logrado mantener en equilibrio un matrimonio, una empresa y una seria voluntad artística.

La relación de Kaplan y Hubley, ninguno de ellos interesado en tener una vida pública, ha sido una valiosa fuente de creatividad, y durante el mismo proceso se han convertido en excelentes músicos y compositores. “Fue un modo de escribir sobre y para Georgia”, así definió Ira una de las canciones más queridas del grupo, “Tom Courtenay”, del álbum “Electr-o-Pura”, que convirtió a los protagonistas de las películas británicas favoritas de Hubley en una fantasía privada.

Se trataba de una intimidad que el grupo compartía con su público y que a la vez mantenía celosamente en privado. De ese modo, se habían constituido como una de las sociedades más singulares del rock’n’roll y la encarnación de un natural y dulce icono romántico con una trayectoria extensa y en constante renovación, algo que los situaba en el panteón del rock junto a los más desenfrenados e irresponsables, junto a los visionarios y conceptualistas, junto a los cantautores más etéreos y junto a otros cientos de arquetipos más. Conformaban un mito poderoso y casi totalmente real. Yo La Tengo eran exactamente quienes parecían ser. E incluso cantaban sobre ello.

El nombre que habían elegido en 1984 iba a serles de lo más efectivo en años venideros. Ya estuviese bien o mal escrito, con significado aparente o sin él, “Yo La Tengo” les iba a proporcionar un blindaje duradero.

(Se puede leer la crítica del libro aquí)

Publicado en la web de Rockdelux el 16/6/2014
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