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YOUSSOU N'DOUR, El griot escarmentado

El griot de Dakar vuelve a casa.

Foto: Véronique Rolland

 
 

ENTREVISTA (2007)

YOUSSOU N'DOUR El griot escarmentado

Youssou N'Dour, grande de África. Cantante de voz de oro, enjaulado en producciones descafeinadas durante más tiempo del deseado, en la última década volvió a rugir como en sus mejores días. Demostró haber aprendido la lección en “Nothing’s In Vain (Coono du réér)” (2002) y “Egypt” (2004), y con el vibrante “Rokku Mi Rokka (Give And Take)” (2007) nos anunció que, igual que ocurre con los verdaderos nombres de referencia de la cultura pop occidental, él también estaba dispuesto a grabar sus mejores discos después de treinta años de carrera. Nando Cruz entrevistó al León de Dakar cuando se confirmaba su vuelta a las raíces.

“Rokku Mi Rokka (Give And Take)” (Nonesuch-Warner, 2007) es una gran noticia. No solo para el admirador del senegalés Youssou N’Dour, sino para el seguidor de la música africana. Es la constatación definitiva del cambio de actitud que han experimentado las músicas del mundo tras unos años noventa de producciones desnaturalizadas. Es mucho más que una reivindicación de la riqueza cultural de su país. Es la mejor forma de aclarar que N’Dour, como tantos otros africanos, ya solo va a hacer las cosas a su manera.

No hay más que repasar las discografías de las estrellas africanas de los últimos treinta años. En los ochenta, Europa descubría la música del continente verde y se dejaba deslumbrar por su frondosa frescura. En los noventa se decidió que para hacerla más rentable comercialmente había que introducir algunas modificaciones en su sonido. Actualmente, vistos los tristes resultados de la estrategia occidentalizadora, asistimos a un segundo redescubrimiento de la música de raíces. Sincera o mezquina, esta nueva actitud (algo paternalista y prepotente, como siempre) nos permite, por lo menos, disfrutar de esos grandes discos que hace una década nacieron maniatados.

“Habíamos perdido un poco de vista las raíces de la música africana intentando crear esas músicas del mundo. Por eso ahora creo que es el momento de volver a nuestras raíces”

Youssou N’Dour, testigo de primer orden y víctima directa de tantas idas y venidas, tiene su visión de la jugada: “Desde luego, la relación entre Occidente y la música africana ha ido a mejor. Yo la veo más natural ahora. Los proyectos de música africana que se realizaban hace quince años quizá eran demasiado… franceses. Ahora los grandes sellos ya se han relajado. Antes estaban obsesionados con la idea de que era el momento de la música africana, que aquello iba a explotar y África sería el centro de la música. Ahora que las cosas se han calmado, lo que proponemos los artistas es incluso más africano y menos a la moda”.

De todos modos, el griot de Dakar introduce un significativo matiz al completar su teoría sobre la evolución de lo que en Occidente conocemos como world music: “Hace quince años desarrollamos un proyecto al que yo no llamaría música africana. Aquello fue un encuentro entre músicos africanos y occidentales del que surgió una música que yo denomino world music. Y ese movimiento incluyó distintos estilos. Pero en esos últimos quince años habíamos perdido un poco de vista las raíces de la música africana intentando crear esas músicas del mundo. Por eso ahora creo que es el momento de volver a nuestras raíces”.

Si le pregunto cuándo sintió que había llegado la hora de emprender el camino de vuelta a casa, no sabe fecharlo. Pero en el año 2000 ocurrió algo. En Estados Unidos apareció una edición distinta del álbum “Joko” que, lejos de ser un capricho de su nuevo sello, Nonesuch, ya daba pistas del cambio de rumbo que quería imprimir a su carrera una vez desligado de su contrato con Sony. El norteamericano “Joko (The Link)” (Nonesuch, 2000) no tenía más cortes que el europeo “Joko. From Village To Town” (Sony, 2000), sino menos. Se eliminaron el dúo con Sting, las aportaciones de Wyclef Jean y cuatro títulos más, reemplazados por las africanísimas “Mademba” y “Miss”. Además, varias de las canciones que coincidían en los dos discos presentaban en el segundo retoques en la producción que reforzaban la percusión orgánica en detrimento de las programaciones. Aunque parezca el mismo álbum, la impresión final es muy otra.

 
YOUSSOU N'DOUR, El griot escarmentado

Recuperación de la identidad sonora y lucha por recobrar la libertad. Foto: Véronique Rolland

 

Con el nuevo milenio, Youssou N’Dour empezaba a andar justo en la dirección opuesta a la anunciada en el subtítulo original de aquel disco: del poblado a la ciudad. Y desde allí planeó su radiante regreso al reino mbalax de “Nothing’s In Vain (Coono du réér)” (Nonesuch, 2002) y el ilustrado “Egypt” (Nonesuch, 2004), un homenaje a la cultura musulmana que entró en Senegal desde oriente. “Rokku Mi Rokka” sigue buscando la inspiración en su entorno más cercano. “Las melodías vienen del norte de Senegal, en la frontera con Mauritania y Malí. Y los ritmos son mucho más simples que el mbalax: a veces son ritmos yela, widi, wango...”, informa N’Dour.

Este proceso de recuperación de la identidad sonora lleva paralela una lucha por recobrar su libertad. Hace casi una década, N’Dour ya declaró su intención de desligarse del contrato multinacional para grabar en su país y entregar el disco acabado. “Cuando empecé en esto mi margen de libertad era pequeño. Ahora todo depende de mí. Puedo hacer cualquier cosa que sienta”, reconoce. Le cuesta un poco, pero suelta, entre risas, que acabó harto de teclados y sintetizadores. Primero lo dice flojo: “No me arrepiento de aquello, pero ahora prefiero hacer cosas más tradicionales”. Luego lo dice algo más alto: “Lo que hice en el pasado está muy bien. Fue una época muy excitante para mí, pero lo que hago ahora es… mejor, tal vez”. Hoy lo tiene claro: “Si necesito marcar un ritmo, prefiero hacerlo con una percusión real antes que con una batería”. Muy claro: “Sé que esto es lo que voy a seguir haciendo y noto que la gente también espera de mí algo más natural”.

“Gracias a mis colaboraciones y experiencias he desarrollado un estilo que ha recorrido un largo camino. Y desde esa distancia he descubierto cosas que tenía cerca: músicas tradicionales que representan a África y sus raíces. Conocía el mundo, pero sentía que no había tocado otras músicas que me eran muy cercanas”

“Ahora me siento más cómodo y seguro de lo que hago. Y, sin duda, más libre para hacer lo que quiero”. Lo remarca por si no queda claro, pero no es necesario. La tranquilidad, la convicción y la libertad se perciben en todos los rincones de “Rokku Mi Rokka”. N’Dour suena alegre como un niño con zapatos nuevos cuando, de hecho, está bailando con los más viejos: “Hace muchos años que conozco instrumentos acústicos como la kora, el ngoni y la guitarra africana, pero es ahora cuando realmente me estoy acercando a ellos, y creo que he aprendido a mezclarlos con otros más modernos de un modo adecuado, lo cual es muy complicado”.

Espléndidamente reubicado en lo musical, N’Dour también piensa en sus conciudadanos a la hora de escribir las letras. “Escribo sobre lo que pienso, lo que me ocurre y lo que ocurre a mi alrededor. Pero mi entorno, claro, está más próximo al sentir africano”, aclara. “4-4-44” es un canto a la unidad familiar. En “Pullo Àrdo” retrata al pastor que es feliz solo con su ganado. En “Sama Gàmmu” critica la envidia. En “Sportif” habla de la necesidad de erradicar la violencia de los campos de fútbol. En “Baay Faal” y “Dabbaax” ensalza a dos héroes senegaleses. En “Bàjjan” reivindica el rol fundamental de la hermana del padre en la estructura familiar africana.

Pero, contra lo que puedan sugerir sus versos, “Tukki” no aborda la emigración masiva y desesperada de los senegaleses hacia Europa, sino que habla de “lo bonito que es viajar y conocer mundo”. “La canción se dirige más a los africanos que viven fuera de África que a los que no han salido del continente. Y les recomiendo que si tienen ocasión viajen a su país y lo conozcan”. Sí, el líder africano, una de las 100 personas más influyentes del globo según la revista ‘Time’, escurre el bulto. Él es un poco así: se presta a tocar en el Live Earth sabiendo que su presencia maquilla el ninguneo a que fueron sometidos los artistas africanos, acepta rebautizar su disco “Egypt” (en principio se llamaba “Allah”) para no buscarse líos con los integristas del “eje del bien” y su naturaleza pacífica le impulsa a declarar que “es mejor tener un gobierno ilegal que una guerra civil”.

Diplomático por cargo (Embajador de Buena Voluntad de Unicef) y por carácter, Youssou N’Dour hace balance positivista del camino andado. “Gracias a mis colaboraciones y experiencias he desarrollado un estilo que ha recorrido un largo camino. Y desde esa distancia he descubierto cosas que tenía cerca: músicas tradicionales que representan a África y sus raíces. Quizá esto sea una respuesta a mi experiencia: conocía el mundo, pero sentía que no había tocado otras músicas que me eran muy cercanas. De no haber tenido las experiencias que me llevaron tan lejos, quizá no hubiese fijado mi vista en los sonidos que tenía a mi alrededor”. Sea como sea, el griot se queda en casa. Y esa es la mejor noticia.

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