“Ahora me siento más cómodo y seguro de lo que hago. Y, sin duda, más libre para hacer lo que quiero”. Lo remarca por si no queda claro, pero no es necesario. La tranquilidad, la convicción y la libertad se perciben en todos los rincones de “Rokku Mi Rokka”. N’Dour suena alegre como un niño con zapatos nuevos cuando, de hecho, está bailando con los más viejos: “Hace muchos años que conozco instrumentos acústicos como la kora, el ngoni y la guitarra africana, pero es ahora cuando realmente me estoy acercando a ellos, y creo que he aprendido a mezclarlos con otros más modernos de un modo adecuado, lo cual es muy complicado”.
Espléndidamente reubicado en lo musical, N’Dour también piensa en sus conciudadanos a la hora de escribir las letras. “Escribo sobre lo que pienso, lo que me ocurre y lo que ocurre a mi alrededor. Pero mi entorno, claro, está más próximo al sentir africano”, aclara. “4-4-44” es un canto a la unidad familiar. En “Pullo Àrdo” retrata al pastor que es feliz solo con su ganado. En “Sama Gàmmu” critica la envidia. En “Sportif” habla de la necesidad de erradicar la violencia de los campos de fútbol. En “Baay Faal” y “Dabbaax” ensalza a dos héroes senegaleses. En “Bàjjan” reivindica el rol fundamental de la hermana del padre en la estructura familiar africana.
Pero, contra lo que puedan sugerir sus versos, “Tukki” no aborda la emigración masiva y desesperada de los senegaleses hacia Europa, sino que habla de “lo bonito que es viajar y conocer mundo”. “La canción se dirige más a los africanos que viven fuera de África que a los que no han salido del continente. Y les recomiendo que si tienen ocasión viajen a su país y lo conozcan”. Sí, el líder africano, una de las 100 personas más influyentes del globo según la revista ‘Time’, escurre el bulto. Él es un poco así: se presta a tocar en el Live Earth sabiendo que su presencia maquilla el ninguneo a que fueron sometidos los artistas africanos, acepta rebautizar su disco “Egypt” (en principio se llamaba “Allah”) para no buscarse líos con los integristas del “eje del bien” y su naturaleza pacífica le impulsa a declarar que “es mejor tener un gobierno ilegal que una guerra civil”.
Diplomático por cargo (Embajador de Buena Voluntad de Unicef) y por carácter, Youssou N’Dour hace balance positivista del camino andado. “Gracias a mis colaboraciones y experiencias he desarrollado un estilo que ha recorrido un largo camino. Y desde esa distancia he descubierto cosas que tenía cerca: músicas tradicionales que representan a África y sus raíces. Quizás esto sea una respuesta a mi experiencia: conocía el mundo, pero sentía que no había tocado otras músicas que me eran muy cercanas. De no haber tenido las experiencias que me llevaron tan lejos, quizá no hubiese fijado mi vista en los sonidos que tenía a mi alrededor”. Sea como sea, el griot se queda en casa. Y esa es la mejor noticia. 