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ZA!, Más drone y menos Prozac

Edi & Pau en el Mundo Estrella. Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2013)

ZA! Más drone y menos Prozac

Como Ruben Pujol comprobó en esta entrevista, no hay modelo de análisis posible para Za! ni estrategia de aproximación que no culmine con la rendición total ante el poder atávico de su música. Cuatro discos después, el dúo catalán consolidó su no-lenguaje como un plano de comunicación superior, al tiempo que expandió su lógica instintiva y aplastante para las relaciones humanas en la escena. La cuestión no es qué significa “Wanananai”, sino qué significa para ti. De momento, para nosotros, el mejor álbum nacional de 2013, como se comprobó en el Rockdelux 324, con todas las listas del año a tu disposición.

“¿Qué tipo de música?”. (Spazzfrica Ehd)u Pou: “Ruidosa”. (Papa Du)Pau Rodríguez: “Un poco rara”. Existe una limitación en el lenguaje que impide a los Za! explicar con exactitud a la propietaria del restaurante chino donde tiene lugar la entrevista qué clase de música hacen, y no se trata de una cuestión idiomática. El huracán de rock progresivo y patafísica, sudor eléctrico, alaridos, fanfarria wagneriana, golpes de riñón y sampler que crea el dúo –que como todo el mundo sabe se compone de dos personas y muchos instrumentos procedentes de Kalon Jah y Tewra-ssah– se sitúa fuera del alcance de las palabras, más allá del poder de la metáfora meteorológica. Otro ejemplo paradigmático: “En ningún momento nos hemos planteado qué significa, aunque sabíamos que al final alguien nos lo preguntaría”, contesta Edi cuando le interrogo por el título de su cuarto álbum, “Wanananai” (Gandula, 2013). Así funcionan Za! Y les funciona.

“Nosotros hacemos las cosas... no diría que a bote pronto, pero nos hacemos nuestras pajas mentales y, después, cuando ya ha pasado, viene el ‘Ah, vale, era eso’. En el momento en que está pasando, lo vivimos de una forma más urgente, más acelerada. Y al cabo de un tiempo, decimos: ‘Ah, este es el sentido’”
(Papa DuPau)

Pau se esfuerza por explicármelo: “Tenemos dos versiones. La primera tiene así como un sustrato literario: ¿cómo entendería el ‘Wannabe’ de las Spice Girls un negrata jamaicano que hace dancehall? Nos interesa mucho cómo se escucha la música desde lejos”. Jamás llegaré a escuchar la segunda versión, en parte por la facilidad que muestran los Za! para el pensamiento lateral, en parte por la fascinación que uno experimenta al ver funcionar esas dos mentes mágicamente hiperconectadas a una frecuencia muy loca. Asistir a sus divagaciones ante un plato de sopa de marisco se parece mucho al espectáculo que es verlos en directo o imaginárselos en el estudio: un intercambio delirante que se produce a gran velocidad en un lenguaje privado, basado en sobreentendidos, onomatopeyas y muchos tú-ya-sabes-a-lo-que-me-refiero; una especie de química única con un propósito oculto pero jubiloso. Edi: “Trabajamos mucho sin pensar en lo que hacemos. En ese sentido van bien estas entrevistas porque nos obligan a reflexionar”. Pau: “Son un ejercicio de autoobservación. No tengo la sensación de que tenga que justificarme, pero sí que me ponen en una situación en la que debo buscar el porqué de las cosas”.

Es un feo vicio, eso de tratar de racionalizar todas las cosas, un trabajo sucio que, además, se ha demostrado poco útil. Za! son una máquina de movimiento perpetuo, pero, aunque no sea sencillo explicar su enigma, eso no significa que, como dijo Shakespeare, no haya método en su locura: “Es el efecto Doppler aplicado a la música”, dice Pau. Y necesito que me explique que se refiere al aparente cambio de tono de una onda, por ejemplo la sirena de una ambulancia, en función del movimiento relativo de la fuente respecto a quien la escucha. “Nosotros hacemos las cosas... no diría que a bote pronto, pero nos hacemos nuestras pajas mentales y, después, cuando ya ha pasado, viene el ‘Ah, vale, era eso’. En el momento en que está pasando, lo vivimos de una forma más urgente, más acelerada. Y al cabo de un tiempo, decimos: ‘Ah, este es el sentido’”. Edi: “Sí que hay cosas que surgen de la inmediatez, del error o de la casualidad. Pero a partir de eso solemos obsesionarnos mucho hasta que sale algo que nos gusta. Hay mucho trabajo. Probablemente, lo que no hay es esa reflexión del porqué”. Pau: “El proceso que seguimos a la hora de componer las canciones también es hiperracional. Marcando los tiempos, un, dos, tres, hasta aquí, improvisación, hasta la señal...”. Edi: “Muchas canciones me las imagino geométricamente. Los tiempos, los compases... A veces no sé por qué, pero sabes que ha de ser así”. Pau: “Y luego la gente viene y dice: ‘Eso es improvisado, ¿no?’. Y nosotros: ‘No, tío. ¿No lo ves? Pero si está clarísimo: veintitrés compases, tío, ¡veintitrés compases!’”.

 
ZA!, Más drone y menos Prozac

“¿Qué tipo de música? ¿Música de moda? ¿Rock de ahora?” No, quizá “Ruidosa. Un poco rara”. A preguntas necias, oídos sordos. Foto: Óscar García

 

Ese efecto Za! lleva de cabeza a la audiencia. Y como el observador intentando averiguar por dónde se acerca la ambulancia, uno no puede evitar sentir que siempre habrá algo del fenómeno Za! que no podrá atrapar. Un significado último para el que no hay mapa dibujado ni gramática escrita. Que por más instrumentos que se vean obligados a tocar, por más que expandan el Mundo Estrella en una miríada de relaciones personales y mantengan proyectos paralelos como La Orquesta del Caballo Ganador, la entrada en el círculo final de los Za! es imposible porque no ha sido diseñada. “Cuando se marchó Alberto lo pensamos; de hecho, teníamos un par de personas en mente con quienes barruntamos que nos podríamos entender”, explica Edi en referencia a Happy A, el bajista que dejó el grupo después del segundo disco, “Macumba o muerte” (Acuarela, 2009), para irse a Camboya. “Pero en el segundo concierto como dúo fue como un ‘shock’ muy bestia, de darnos cuenta de que funcionábamos muy bien así. Soy consciente de que sería muy difícil”.

Los dos somos tíos nerviosos, ansiosos. Nos gusta hacer muchas cosas, y en ese sentido la música es nuestra terapia, nuestro gimnasio, nuestra meditación zen, nuestro ir a jugar a fútbol con los colegas. Para mí, todo eso está en la música. Y al final lo acabas transformando en rabia positiva. El día que esté de mal humor, pues tocaré con más mala leche y me quedaré enganchado en ese drone durante diez minutos”
(Spazzfrica Ehd)

Difícil o imposible, tanto da, porque, aunque no lo entiende, la gente se va incorporando a ese lenguaje privado que no es un lenguaje, o un no-lenguaje que es todos los lenguajes. Pau: “Yo tengo la sensación de que, a base de ir tocando, la gente disfruta de una forma que sintoniza bastante con la forma que yo tengo de disfrutar de la música. Y eso me hace sentir muy feliz. Eso es el éxito”. Edi: “Lo más heavy es notar que el círculo se amplía, el de gente con la que te sientes afín. Que te puede pasar en Alemania, en Rusia o en el Liceo Mutante de Pontevedra”.

Y si, como dijo el filósofo, los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, es evidente que el mundo de Za! no conoce fronteras. “No es intencionado”, dice Edi. “Al final siempre escapamos de la literalidad, simplemente porque no nos sale. No tenemos ninguna intención de pontificar sobre nada”. Y de la filosofía a la antropología, les sugiero que, de alguna manera, el arrebato rítmico de Za! y su regreso a las formas animales de la comunicación apelan al cerebro primitivo y a la función chamánica y tribal de la música. “Las personas tenemos dos funcionamientos diferentes –explica Pau, que no puede evitar hacer evidente su formación clínica–. Uno racional, el que se centra en el neocórtex, que nos obliga a reflexionar, a planificar nuestra conducta, a frenar los impulsos. Y después tenemos el cerebro emocional, regido por el sistema límbico. Si no hay una palabra, si no hay un lenguaje, no usas el cerebro estructurado. No has de procesar una narrativa, sino captar las sensaciones. En este sentido, a lo mejor nosotros, a la hora de tocar... Yo qué sé... Me lo estoy inventando ahora...”. Edi: “Al final todo depende de las limitaciones y del error. Cuando hemos intentado hacer una cosa más narrativa, lo más que nos ha salido es ‘Súbeme el monitor’, que igual tiene cinco frases”. Pau: “Ya tenemos narrativas en nuestro día a día suficientemente duras para tenerlas que explicar cuando a mí lo que me apetece es pisar cuantas más distorsiones mejor, pegar un grito y mover la melena”. Edi: “¡Terapia!”

Pau: “Es una cosa que tenemos en común Edi y yo. Tenemos mucha facilidad para expresar emociones positivas. En cambio, nos cuesta más expresar sentimientos negativos. En la música no puedo expresarlo. En este disco pensábamos hacer una canción tranqui, y al final ha salido una canción de follar”. Edi: “Los dos somos tíos nerviosos, ansiosos. Nos gusta hacer muchas cosas, y en ese sentido la música es nuestra terapia, nuestro gimnasio, nuestra meditación zen, nuestro ir a jugar a fútbol con los colegas. Para mí, todo eso está en la música. Y al final lo acabas transformando en rabia positiva. El día que esté de mal humor, pues tocaré con más mala leche y me quedaré enganchado en ese drone durante diez minutos. Son cosas que notas en ti mismo y las notas en el otro. Hay días que lo ves y dices: ‘Hoy está tocando con rabia’. O bien: ‘Hoy está tocando sabrosón’. Y tú escuchas, te adaptas y tratas de darle respuesta”. Pau: “Sublimamos mucho. Es para lo que sirve la música. Todo el mundo debería tener un grupo.”

“¿Música de moda? ¿Rock de ahora?”, acaba preguntando la propietaria del restaurante.

 

Un Mundo Estrella gobernado por la Energía Subnormal

Se desarrolla en una dimensión secreta y, aunque se expande con cada concierto, con cada viaje, no rigen reglas y responde a “una cuestión puramente vivencial y aleatoria”. Es el Mundo Estrella, un término robado a Super Mario World, un atajo que te llevaba directo a la pantalla final donde debías derrotar al monstruo. “Es la gente con la que conectas a la primera. Son Les Aus, Joan Colomo y la peña de Sant Celoni”, explica Edi. “Son Betunizer, Negro y todo lo que hagan los hermanos Junquera, es La Orquesta del Caballo Ganador, claro, y son Capillary Action o Agent Ribbons en Estados Unidos, pero también L'Hereu Escampa, Picore y la gente de la sala Arrebato de Zaragoza, Lisabö... En cambio, hay otros músicos con los que en teoría te deberías entender, pero con los que después no hay química”.

Es el mapa de flechas y vínculos que preside “Megaflow” (Acuarela, 2011), el regreso a la música como aglutinador de la comunidad, a una forma primitiva de entenderla y organizarse en torno a ella. “Yo he llegado a la conclusión de que tenemos poca capacidad de decisión sobre con quiénes nos identificamos –opina Pau–. Se trata de coincidir en la forma de hacer, más que en el contenido”. Y continúa: “Y el Alfons. Mister Reality. Hay que decirlo, el Alfons Serra de Gandula. ‘Mr. Reality’, la canción, es suya. En serio, es suya, los derechos y tal... Está todo registrado”. Un Mundo Estrella donde por toda ley hay un baile imposible: la Energía Subnormal. Pau: “Es esa música sincopada y armónicamente disonante, que cuando la intentas bailar tienes la sensación de estar fraccionado. Rollo angular, energético y absurdo”.

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