No hace tantos años, en la década anterior, hubo un colectivo francés de realizadores, conformado por Charles Brisgand, Clément Gallet, Léo Berne y Raphaël Rodriguez, que logró asentarse como una de las firmas visuales más prestigiosas de su tiempo. Bajo el nombre de Megaforce diseñaron trabajos memorables para Rihanna, Is Tropical, Madonna, Tame Impala, Two Door Cinema Club o Metronomy, entre muchos otros.
De su notable catálogo sigue brillando sin mácula de depreciación su asociación con los neoyorquinos Yeah Yeah Yeahs. Una colaboración que se saldó con una extraordinaria muestra audiovisual en que se lograba aunar una narración insospechada con una factura cinematográfica impecable y un fondo político que reforzaba las cavidades de su relato. En “Sacrilege”, el trabajo toma apariencia de cortometraje con entidad dramática propia y viene configurado por una narración a la inversa como la que utilizaron los hermanos Pastor en el cortometraje “La ruta natural” (2004). Así, el clip se enciende con un atroz castigo, el que incumbe a una chica sollozando entre llamas y observada por hombres de una misma comunidad. Esta escena con claras referencias a la quema de brujas en períodos más salvajes sirve como potente punto de ignición dramático a un relato que empieza con su desenlace para, a partir de ahí, retroceder cronológicamente. Un retroceso ingenioso que prescinde de la cámara hacia atrás para, en su lugar, articularlo a través de una edición fragmentada que va saltando, pasito a pasito, hacia la sucesión de acontecimientos que desembocan en ese trágico desenlace.
En ese montaje es donde estriba uno de los principales logros del trabajo. Una edición ligada a esta peculiar arquitectura narrativa que en lugar de desajustar el misterio, lo potencia con esos pequeños saltos que van desvelando la cadena de acontecimientos y el sacrilegio al que alude la canción. Así, estas impactantes imágenes desvelan, con pequeños giros a la inversa, todas las licencias extraconyugales que distintos miembros de una comunidad mantienen con la chica de la hoguera. Los mismos sujetos que observan con satisfacción cómo sus inconfesables secretos quedan devorados por las llamas.
Su ambientación en un pueblo estadounidense recóndito –como el que servía de marco para “Arde Mississippi” (Alan Parker, 1988) y otras películas que realizan un retrato de pueblos cerrados, con su imprescindible galería de arquetipos: el sheriff, el cura, el alcalde o político, el mecánico, etc.– subraya esa hipocresía alojada en esos espacios, esa doble vara de medir la moral sexual cuando se trata del hombre o la mujer y esa terrible forma de expiar los propios pecados contra una mujer convertida en chivo expiatorio.
Una caza de brujas moderna que logra, alterando el orden natural de los hechos, una increíble progresión dramática en la que el espectador asiste a los secretos más oscuros de una comunidad rural intolerante, violenta y misógina, como muchas en los Estados Unidos. ∎