“Lo que no os dicen, niños, es que llega un momento en que un año más, otro cumpleaños, no significa nada, no añade nada, ya habéis tenido suficiente”. La reflexión pertenece a una anciana que necesita consultar su pasaporte para recordar cuántos años tiene. Es la protagonista de “Pasaporte”, el último relato de “Doce cuentos de posguerra” (“Twelve Post-War Tales”, 2025; Anagrama, 2026), y resulta curioso que Graham Swift (Londres, 1949) cierre su libro con alguien que necesita un documento para reconocerse cuando lo había inaugurado en “La segunda mejor opción” con un joven empeñado en averiguar, también a través de documentos, qué fue de sus familiares desaparecidos durante la Segunda Guerra Mundial. Entre una búsqueda y otra han transcurrido varias décadas, suficientes para que Inglaterra cambie de arriba abajo y sus habitantes acumulen guerras, desgracias y cumpleaños.
Traducido por Antonio-Prometeo Moya, el volumen supone el regreso de Swift cinco años después de “Bueno, aquí estamos” (2020; Anagrama, 2022), su última novela. El autor de “El país del agua” (1983; Anagrama, 1992) y “Últimos tragos” (1996; Anagrama, 1997; ganó el Premio Booker) reúne doce historias –algunas publicadas anteriormente en cabeceras como ‘The New Yorker’, ‘The Atlantic’ o ‘The Telegraph’– que se extienden desde las heridas de la Segunda Guerra Mundial hasta la pandemia de COVID. Sus protagonistas han visto transformarse radicalmente el país donde nacieron y, sin embargo, Swift parece especialmente interesado en nuestra propensión a recordar lo que creíamos olvidado, el miedo a perder a quienes queremos o el anhelo de libertad a cualquier edad.
Lo fascinante es cómo consigue contarlo con una delicadeza extraordinaria. Una conversación entre cuatro viejos amigos en un pub, los preparativos de un funeral o una excursión al zoológico pueden revelar mucho más de una existencia que sus acontecimientos supuestamente decisivos. Sus personajes conservan recuerdos de una precisión casi absurda: objetos, gestos, frases escuchadas hace medio siglo, pequeños detalles que permanecen intactos mientras otros mucho más trascendentes se han evaporado. La memoria tiene estas cosas. A veces se comporta como un archivero meticuloso y otras como un completo sinvergüenza.
Los relatos también permiten observar cómo han cambiado las preocupaciones de la sociedad británica. “Fuegos artificiales” nos traslada a la crisis de los misiles de Cuba, cuando una familia prepara una boda mientras el mundo parece a punto de saltar por los aires. En “Negro”, uno de los cuentos más absorbentes, una mujer recuerda cómo desafió los prejuicios raciales al sentarse junto a un soldado negro estadounidense en un autobús, mientras contempla por televisión la huelga minera de 1984. Durante la guerra trabajaba en una fábrica de paracaídas que acabarían utilizándose en una desastrosa operación militar en Holanda. Aquel gesto de rebeldía, pequeño a ojos de cualquiera y enorme para ella, dice mucho de su educación sentimental y política, pero también de una Inglaterra obrera que empezaba a resquebrajarse, o mejor dicho, irse al garete.
Especialmente conmovedor resulta “Belleza”, donde un hombre de 68 años visita la habitación universitaria en la que se suicidó su nieta. El relato introduce un elemento incómodo: la atracción que siente por la mujer que lo acompaña. Swift permite que el deseo aparezca en mitad del duelo, con toda su inoportunidad y su desconcertante vitalidad. Sus personajes pueden estar atravesando momentos terribles y continuar siendo contradictorios, carnales, incluso un poco ridículos. En “Sonrojo”, un médico jubilado vuelve al hospital durante la pandemia y recupera recuerdos de su infancia. “Zoo” enlaza la ocupación japonesa de Filipinas con los atentados del 11 de septiembre de 2001 a través de una cuidadora y un niño estadounidense que pasan el día viendo animales. Los conflictos históricos se suceden, pero también aparecen otras inquietudes actuales: el suicidio juvenil, la salud mental, la soledad, los nuevos modelos de familia y las dificultades para entenderse entre generaciones.
Otra gran virtud del libro está en su atención al lenguaje. Los personajes recuerdan expresiones familiares, se entretienen con dobles sentidos y descubren que las palabras adquieren significados inesperados con los años. Volviendo al inicio, en “La segunda mejor opción”, un funcionario alemán que aprendió inglés durante la guerra se divierte con expresiones como play your cards right (“juega bien tus cartas”) o “face the music” (“afronta las consecuencias”). Pero hay una que adquiere especial significado: “head-on”, (“sin rodeos”). Es lo que recomienda a quienes buscan noticias de sus familiares desaparecidos. Recordar puede ser doloroso, como también lo es pasarse la vida esquivando ciertas preguntas. Y Swift, que de memoria sabe un rato, prefiere afrontarlas con sutileza. Porque la memoria será una sinvergüenza, pero de tonta no tiene un pelo. Tampoco vamos a decir que estos doce cuentos le cambien la vida a nadie, y algunos tienen bastante menos chicha que otros. Pero no todos los libros están obligados a dejarnos patas arriba. ∎