También hubo una época en la que los videojuegos directamente nos ponían a interpretar la música, aunque fuera aporreando botones de colores o cantando a gritos en el salón.
“SingStar” (2004-2017) convirtió el karaoke doméstico en una competición entre amigos, con repertorios capaces de hacer convivir a Nirvana y Franz Ferdinand con Madonna o Mecano.
“Guitar Hero” (2005-2015) hizo que una generación se familiarizara con el virtuosismo guitarrero de DragonForce, el
loud-quiet-loud de Pixies o el rock expansivo de The Who a base de intentar sacar adelante canciones imposibles con un periférico de plástico.
“DJ Hero” (2009-2010), por su parte, trasladó la fantasía a los platos, cruzando hip hop, electrónica y cultura del mashup en una época en la que mezclar a Daft Punk con los Beastie Boys podía parecer una idea perfectamente razonable. Y
“Brütal Legend” (Tim Schafer, 2009) construyó todo un universo de fantasía metalera alrededor de una selección que iba de Motörhead y Judas Priest a los sonidos más extremos de la escena. En estos juegos, la música no era un acompañamiento: era el motivo para encender la consola. Y, de paso, una forma bastante efectiva de descubrir grupos, aprenderse canciones y acabar discutiendo sobre qué debía entrar en la siguiente partida.