El ámbito de estudio del investigador académico Thomas Metcalfe es el período comprendido entre 1990 y 2030. Concretamente está interesado, obsesionado, en un episodio literario que gira alrededor de un poema perdido, “Una corona para Vivien”, que el insigne poeta Francis Blundy escribió para el cumpleaños de Vivien, su esposa. Se lo leyó y entregó, rodeados de amigos, una noche de 2014 que la historia ha descrito como la Segunda Cena Inmortal. Esta cena es una ficción de Ian McEwan (Aldershot, 1948), pero alude a otro momento literario real, la denominada Cena Inmortal, que reunió en diciembre de 1817 a los poetas John Keats, William Wordsworth y Charles Lamb en casa del pintor Benjamin Robert Haydon. Metcalfe está interesado en lo que ocurrió más de un siglo atrás, ya que él vive en un futuro imperfecto, en el año 2119, aunque la acción se extiende hasta 2121. Como le sugiere todo el mundo, está anclado en ese tiempo y no consigue superarlo, incluso cuando un grupo de estudiantes le dicen a él y a su esposa Rose que están hartos de la nostalgia por el pasado que evidencian los profesores y quieren que solo les hablen de su futuro; nada de nostalgia descontrolada.
El caudal de experiencias, juegos literarios y mutaciones genéricas de la última novela de McEwan, “Lo que podemos saber” (“What We Can Know”, 2025; Anagrama, 2026; traducción de Eduardo Iriarte), es impresionante. No es un ensayo, pero ensaya sobre la poesía y la literatura. No es un relato de aventuras, pero tiene pasajes en costas marinas ariscas, colinas enlodadas y mansiones abandonadas que conllevan el placer de la lectura de un Robert Louis Stevenson. No es una novela de intriga, pero sus acontecimientos intrigan como los que más. No es exactamente un libro distópico y posapocalíptico, pero describe con quirúrgica precisión lo que nos puede ocurrir más pronto o más tarde: en la década de 2030 el cambio climático pasa a ser El Desarraigo; 2042 es el año de la gran inundación; ciudades como Glasgow, Nueva York y Lagos desaparecen; la Gran Rusia se anexiona una Alemania destrozada; la tecnología de internet está controlada ahora por el imperio nigeriano; todo lo que estuvo encriptado ha sido desvelado; la IAN (Inteligencia Artificial Nacional) no ha servido para nada, y América está controlada por señores de la guerra. La esperanza de vida en 2119 es de 62 años y la Tierra ha pasado de 9000 millones de habitantes a 4000 millones.
Claro que McEwan no deja de lado la realidad: Metcalfe sabe que a partir de 2015 las redes sociales empezaron a impregnarse de rumores fantásticos, malévolos o ridículos, que la nueva edad oscura comenzó en 2022 con la invasión rusa en Ucrania y después llegó un conflicto entre la India y Pakistán. El autor es preciso en la descripción de este mundo pasado que es aún nuestro presente: “Fue como si las crédulas masas medievales se hubieran trasladado en tropel a la modernidad irrumpiendo en el teatro o decorado equivocados”, escribe para explicar la era de los fakes e influencers.
La novela tiene constantes ramificaciones, saltos y perspectivas. Porque Metcalfe no es el único protagonista o el protagonista absoluto. Tampoco lo es Blundy, ese poeta que han comparado con Thomas S. Eliot –y convencido de que “Una corona para Vivien” es comparable a “La tierra baldía” (1922) de Eliot–, cuyo carácter es a ojos de McEwan como una cebolla que va desprendiéndose de sus muchas capas hasta que llegamos a conocer de él lo que nunca hubiéramos sospechado. Es difícil decir, sobre todo cuando el libro se rompe delicadamente en dos, quién asume el principal protagonismo en este relato que tampoco es coral. Aunque todo esto pueda parecer intrincado, el autor de “Chesil Beach” (2007; Anagrama, 2008) escribe de nuevo con pasmosa fluidez. Las palabras nos devoran mientras la novela avanza, inflexible, hacia el más inteligente de los desenlaces.
No es un relato con fugas, sino que cada bloque, cada voz, responde a una idea muy orgánica. La cruda descripción del proceso de degeneración de un personaje de ese pasado, enfermo de alzhéimer. El encuentro de Metcalfe con alguien real, el reputado biógrafo Richard Holmes. Lo que piensan cada uno de los asistentes a la Segunda Cena Inmortal mientras Blundy lee su poema, utilizado casi como un MacGuffin, pues nos importa más bien poco conocerlo o no: de repente, McEwan se detiene en el recuerdo que tiene uno de ellos de una pareja de ancianos y una culebra herida a la que curó. Nada se desgaja, todo forma parte de un conjunto en precisa progresión yendo hacia atrás y hacia delante, del tiempo del poeta al del investigador académico; de las relaciones de Blundy con su esposa y las de Metcalfe con la suya; de la evocación del primer esposo de Vivien, un lutier que cae bien desde el principio entre otras cosas porque también le diseñó una guitarra eléctrica a un integrante de Radiohead, a disquisiciones sobre los triángulos y relaciones amorosas, ya que su inicio implica un futuro destinado a ser más poblado y menos hechizado. Los recuerdos de aquella segunda cena son distintos en función de cada personaje porque “la memoria es selectiva a propósito”. Otro de los grandes ejes de la novela: la memoria.
Pasado real. Presente ambiguo. Futuro literario (y muy posible). Metcalfe piensa que el pasado ha sido despojado de su intimidad y asume que la investigación histórica prolongada a través de los años es un baile con desconocidos que ha llegado a querer. Incluso los quiere más que a los conocidos que habitan su tiempo. Es consciente de que el pasado se ha convertido en una obsesión, pero ¿acaso las películas, novelas e historias de carácter histórico no expresan las ansias de que el pasado siga con nosotros?, se interroga el personaje. La primera parte del libro tiene 21 capítulos. La segunda, más corta, no tiene ninguno. Avanza por sí misma y nos hace entender mejor las diversas gradaciones de la primera. Es precioso el corte entre las dos partes, lo que ocurre al final de una y cómo empieza la siguiente. Da un sentido a aspectos que habíamos entendido de forma unívoca. Es como si la lectura a partir de distintos puntos de vista de la primera parte no hiciera otra cosa que prepararnos para la naturalidad expositiva en primera persona de la segunda. No es exactamente un diario, pues escribe McEwan: “Un diario fija los acontecimientos cual cuentas de un collar”. ∎