Álbum

Black Duck With Elena Setién

Black Duck With Elena Setién › Thrill Jockey, 2026
En Black Duck las melodías rara vez permanecen donde empezaron, y ahí reside el interés de su encuentro con Elena Setién. Un grupo acostumbrado a que los instrumentos ocupen el lugar de la voz se asoma a la canción sin abandonar la improvisación; una cantante llega con sus teclados y sus melodías y encuentra a tres músicos que participan de ellas sin limitarse a acompañarla. Cada uno conserva su personalidad, aunque el resultado modifica discretamente el lenguaje de todos.

Douglas McCombs –su bajo es un pilar fundamental de Tortoise, de los esenciales Eleventh Dream Day, aquellos nobles émulos de la vibración abrasiva de Crazy Horse, y de las evocaciones cinematográficas de Brokeback– lleva más de tres décadas explorando las posibilidades del rock instrumental. También colabora con BASIC, el proyecto del guitarrista Chris Forsyth y el percusionista Mikel Patrick Avery, que este año ha publicado un notable segundo álbum, entre ritmos motorik e improvisaciones hipnóticas. Black Duck, el trío que completan el guitarrista Bill MacKay (Ryley Walker, Nathan Bowles) y el batería Charles Rumback (Colorist), se mueve por un terreno más abierto, donde el blues, el jazz y cierta americana experimental dejan amplio margen a la improvisación.

Este segundo disco, después del debut homónimo de 2023, incorpora a Elena Setién, cantante, compositora y multinstrumentista vasca, con una trayectoria que incluye bandas sonoras, álbumes en solitario y colaboraciones con Mary Lattimore, Glenn Kotche y Steve Gunn. “Unfamiliar Minds” (2022) y “Moonlit Reveries” (2024) ya apuntaban a canciones de estructura esquiva. El encuentro surgió durante una gira española a principios de 2025, cuando comenzaron a intervenir en los conciertos de los demás. Meses después grabaron en Palisade, Chicago, con el ingeniero Nick Broste, tras apenas unas horas de ensayo. Setién ha descrito el disco como una prolongación de aquella gira, aunque las grabaciones adicionales y los arreglos revelan una elaboración mayor de la que aparenta.

La incorporación de una voz a la música de McCombs tiene antecedentes sugerentes en Brokeback. En “Looks At The Bird” (2003), Laetitia Sadier y Mary Hansen, de Stereolab, aportaban tarareos y vocalizaciones sin palabras que acercaban el jazz instrumental de Chicago a la bossa nova y al pop orquestal de inspiración cinematográfica, entre Henry Mancini y Burt Bacharach. Hansen interpretaba “Pearl’s Dream”, adaptación de una pieza de Walter Schumann para “La noche del cazador” (1955), con una dulzura sonámbula que prolongaba el clima de la película y elevaba la sensibilidad de ese disco. Aquellas voces eran apariciones puntuales. Setién ocupa ahora un lugar más amplio: canta, aunque las letras aparecen solo en unas pocas piezas, toca piano y sintetizadores, intercala algún recitado y participa en la composición. Su inglés de acento marcado añade una inflexión áspera que favorece el carácter descentrado de sus melodías.

“Explain”, de MacKay, abre el disco casi como una sintonía, con un melotrón inquietante que impulsa la pieza. “Land Of The Many Eyes”, una de las pocas canciones con letra, permite escuchar cómo funciona la integración de Setién. Un piano de aire pastoral establece una melodía sobre un ritmo cercano al jazz. McCombs responde con contramelodías de bajo y MacKay intercala acordes eléctricos de discreta elegancia. Setién canta con una mezcla de distancia y determinación, entre una suerte de folk excéntrico de los Apalaches y una canción de autor que parece descubrir su forma mientras avanza. Los instrumentos se aproximan a la melodía y vuelven a separarse, dejando espacio a los demás.

“Funeral In My Brain” introduce una gravedad inesperada. Setién adapta “I Felt A Funeral, In My Brain”, un poema de Emily Dickinson que imagina un funeral dentro de la propia mente como representación de la pérdida progresiva de la razón. Setién lo interpreta con una intensidad de resonancias góspel, sobre unos teclados que prolongan la inquietud del poema. Su voz adquiere una gravedad casi ceremonial, mientras su inglés introduce una distancia peculiar respecto a los versos de Dickinson. El resultado conserva el desasosiego del original y lo traslada a un terreno musical inesperado: errático.

La gravedad reaparece en “War Zone”, donde la violencia adquiere una dimensión íntima a través de una interpretación contenida, acompañada por las inflexiones de la guitarra de MacKay. “Behind The Door” prolonga esa atmósfera sombría mediante una melodía de contornos inciertos. Ambas revelan una intensidad emocional poco habitual en el repertorio anterior del trío.

Los instrumentales recuperan una ligereza que constituye uno de los mayores atractivos del álbum. “Sunshine Unlimited”, de MacKay, tiene el empuje de una improvisación de blues eléctrico, con acordes de guitarra contundentes, el bajo firme de McCombs y una batería que sostiene su avance sin restarle libertad. El piano de Setién introduce pequeños motivos melódicos entre las guitarras. Hay una energía despreocupada en la manera en que los cuatro músicos desarrollan la pieza, dejando que las intervenciones individuales amplíen su impulso inicial.

Todavía mejor funciona “Connects By Water”, de McCombs, quizá la composición que mejor resume el carácter del proyecto. Una sencilla figura melódica, acordes de piano y una batería discreta dejan paso a las voces sin palabras de Setién y a un solo de guitarra abrasivo. El feedback convive con las notas limpias sin hacer desaparecer el motivo inicial. Sus tres minutos y medio bastan para una pequeña aventura de aire psicodélico tatareada, próxima al Brokeback más melódico, que transita de la placidez a la fricción eléctrica con absoluta naturalidad. Y a mí me llevan a pensar en The Free Design.

Las improvisaciones colectivas “I Am On The Other Side” y “Cactus Mirror” se internan en terrenos menos definidos: raros, alucinados. Voces manipuladas electrónicamente, guitarras que tantean motivos y una percusión de gestos mínimos abren espacios de interés tímbrico, aunque sus hallazgos duran menos que los de las composiciones estructuradas. El vals final “Duck Walk”, de Rumback, sinuoso y algo travieso, recupera el humor con acordes abruptos, notas sostenidas de sintetizador y pequeños desplazamientos sobre el compás de tres tiempos.

Ahí están la virtud del disco y su límite. Sus mejores momentos llegan cuando la improvisación encuentra una forma reconocible, como en “Funeral In My Brain”, “Land Of The Many Eyes” y “Connects By Water”. En otros, la exploración se agota antes de desarrollar sus posibilidades. Queda un álbum de hallazgos melódicos, notable ligereza y una espontaneidad que el estudio ha sabido preservar. Cuatro músicos que se escuchan con tanta atención que, sin forzarlo, dejan de sonar como antes. ∎

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