Aunque Cameo ha vendido más de veinte millones de discos a lo largo de una carrera que ya consta de doce elepés, la verdad es que de Larry Blackmon (su productor, compositor, arreglista, cantante, percusionista, bajista y, por supuesto, líder; ahora con el proyecto de un LP en solitario) poco, o nada, se sabía de él en Europa hasta hace bien poco: solo las referencias de sus últimos “She’s Strange” (1984) y “Single Life” (1985) –a partir de aquí la banda queda convertida en trío–.
Cameo arranca en NYC (1974) y de allí pasa inmediatamente a Atlanta para seguir manufacturando un lujoso combinado de R&B impregnado de dosis de un eclecticismo muy resultón: funk-jazz ralentizado, trallazos de HM funk, aderezos de jazz travestido de reggae e impulsos de rap al uso. Y es que para ello Bob Marley, Kool & The Gang, George Clinton, Afrika Bambaataa y Earth, Wind & Fire han sido siempre algunas de sus influencias más señaladas.
Eso se aprecia en unos temas largos que han ido perdiendo paulatinamente la obstinación medio sinfónica de sus inicios para ceder a una proyección más contemporánea de entender la música negra: hay sintetizadores, sí, pero ahora sujetos a una inspiración pop mucho más evidente, la misma que se paladea en el tono de las voces.
Continúan, no obstante, las claves de su repertorio de siempre: melosidad sexual bien templada, onomatopéyicos silabeos, voces chasqueantes, midtempos de progresión entrecortada, puntos de jazz a los que se incorporan unos vientos mercenarios, teclados moldeadores, guitarras sintetizadas que no se andan con remilgos y, por fin, un fascinante sentido de la melodía que ha convertido este “Word Up!” (sobre todo su cara A –“Word Up”, “Candy” y “Back And Forth”– y el tema que cierra el disco, “You Can Have The World”) en algo especialmente chispeante dentro de la música de baile actual. Un hit recomendabilísimo que hace honor a su clase desde el mismo diseño de la carpeta; curiosamente, como en los casos de Prince (“Parade”), Anita Baker (“Rapture”), Janet Jackson (“Control”) o Run DMC (“Raising Hell”), los reyes actuales de la música negra (residuos de un 86 que todavía colea), todos ellos, al parecer, proponiéndose esquivar el horterismo al que acostumbran los maquinadores de ritmos oscuros, ellos mismos en definitiva. Pero mientras ventas y calidad –o, en su defecto, curiosidad motivada por la innovación– vayan a la par, no hay mayor problema que el de la popularidad excesiva y eso, en definitiva, ni tan siquiera es un problema. “La música negra es la base de todo”, repitámoslo todos trescientas treinta y tres veces. ∎