La palabra “criollo” ha cambiado de dueño varias veces en Luisiana, colonia francesa y española hasta que Napoleón se la vendió a Estados Unidos en 1803. Viene del portugués crioulo, el nacido en la colonia, y la usaron primero los colonos blancos de Nueva Orleans para distinguirse de los estadounidenses que llegaban del norte. Después la hicieron suya los gens de couleur libres, negros y mestizos que nunca habían sido esclavos y que en la ciudad formaban una clase media de artesanos, comerciantes y músicos de habla francesa. Cuando la esclavitud se abolió en 1865, el sur impuso la segregación y muchos blancos de origen francés dejaron de llamarse criollos para que nadie los confundiera con los mestizos. Dawn Richard se queda con la palabra y con todo lo que arrastra. Desde “new breed” (2019) presenta sus discos sobre Nueva Orleans bajo un alter ego, King Creole, una reina con nombre de rey que reconstruye la ciudad a su medida, y “creole culture” cierra esa trilogía. “King Creole” en 1958, una película en la que Elvis hacía de cantante en un club de Nueva Orleans: el nombre que hoy lleva una mujer negra de la ciudad lo estrenó un blanco de Memphis. En “creole culture” se oye hablar kouri-vini, el criollo de Luisiana, una lengua en la que hoy se expresan menos de diez mil hablantes. Un criollo es una lengua nacida de la mezcla de otras que una generación acaba hablando como lengua materna, y el disco funciona igual: Richard pasa del bounce al jungle, del góspel al reggae y del amapiano sudafricano al garage londinense como quien habla un único idioma.
Richard se fue de Nueva Orleans en 2005, como tantos, cuando el Katrina la empujó hasta Baltimore. La ciudad tenía unos 326.000 habitantes negros antes del huracán y 233.000 en el censo de 2020, un 29% menos, porque los blancos volvieron en mayor proporción que los negros. Esta trilogía es la vuelta de una exiliada, y cada entrega recupera a un miembro de la familia: en la segunda puso a su madre a hablar entre canción y canción; en esta samplea a su padre. Frank Richard fue el cantante de Chocolate Milk, la banda que sustituyó a The Meters como grupo de estudio de Allen Toussaint y cuyo “Action Speaks Louder Than Words” (1975) tiene unos compases de batería que Eric B. & Rakim samplearon en 1987 para “Move The Crowd”. “groove city”, una canción que Chocolate Milk publicaron en 1979 y que cantaba su padre, reaparece aquí rehecha: Richard conserva el estribillo original, con la voz de Frank troceada y repetida como un sample, la monta sobre breaks de jungle y le añade una estrofa rapeada nueva. “They told us we was nothing, now we moonwalking through it. Turn pain in the power, now we two step fluent”, rapea hablando sobre esa ciudad a la que dieron por perdida en 2005: el moonwalk de Michael Jackson, que avanza mientras parece retroceder, y el two-step, el paso básico de cualquier pista negra estadounidense, son aquellos que utiliza para regresar a la ciudad.
Las canciones se encadenan con codas e interludios, y dentro de cada una pasan tres o cuatro cosas: “chuuuuurch” arranca con gente charlando en criollo, coge un ritmo marcial, lo convierte en amapiano y acaba en un góspel con coro y órgano. “enough” es un reggae cálido con el “Bam Bam” de Sister Nancy de fondo; “only fans” es UK garage con una batería desplazada; “pilates”, una bossa nova soul; “baby, can we?”, un dúo con Durand Bernarr que pide escaparse a algún sitio donde nadie los conozca, con “Day Dreaming” de Aretha Franklin asomando por debajo. Big Freedia, la reina del bounce, coescribe y grita en la canción que abre el disco, en la que las dos presumen de ciudad.
Richard empezó su carrera en la televisión. En 2005 pasó el casting de MakingThe Band, el reality de MTV en el que el rapero y empresario Sean “Diddy” Combs fabricaba grupos delante de las cámaras, y salió de allí con Danity Kane, un quinteto de chicas que colocó dos discos en el número uno de Estados Unidos antes de romperse. Cuando el grupo se deshizo, Combs se quedó solo con ella para Diddy - Dirty Money, el trío con el que grabó “Last Train To Paris” (2010), y en 2013 Richard dejó aquel sistema para editarse los discos ella misma, con un presupuesto mucho menor y total libertad. Desde entonces ha hecho R&B electrónico, discos de cámara y hasta una serie de animación, y en la intro de este álbum presume de haber jugado con la industria como con una máquina recreativa. Ahora parece que llega con mucho que contar y prisa por contarlo, y en eso “creole culture” se parece al kouri-vini que suena entre sus canciones: una lengua hecha de muchas, una urgencia por recuperar el tiempo perdido en pos de ser una misma. ∎