En cualquier programa de producción hay dos botones que se contradicen. Quantize mueve cada golpe a la rejilla hasta que la secuencia suena perfecta y muerta; Humanize hace lo contrario, desplaza unas milésimas cada nota y le quita un poco de volumen a alguna para que parezca que la ha tocado alguien. Del segundo salió el título de “HUMANiSE” (2025), el disco en el que HAAi, la australiana Teneil Throssell, llenó de coros y voces invitadas un álbum sobre lo que queda de humano en una vida mediada por pantallas. “DIGITiSE” toma el nombre del proceso contrario, digitalizar, convertir algo humano en datos, y ahí está el toque de humor del título: lo que Throssell mete en la máquina es precisamente lo que un ordenador no sabe producir. El disco abre con “RE-HUMANiSE”, una pieza en la que Kaiden Ford, poeta y colaborador habitual, habla durante varios minutos sobre volver a juntarse en una pista de baile mientras un ritmo va creciendo por debajo, y cierra con un coro de niños de Medellín. Entremedias, las canciones se fueron ajustando según la reacción de la gente que las escuchaba en sus sesiones de DJ, así que el público también ha dejado su huella en la grabación. Y el vínculo con el disco anterior también es cohesivo a nivel sonoro: “HUMANiSE” terminaba con un coro, y la nota con la que ese coro se apagaba es la primera que se oye aquí, de modo que los dos discos se encadenan como dos partes de una misma sesión.
Throssell es DJ antes que productora, y ese primer oficio explica cómo está hecho este disco. Cada tema pasó por sus sesiones antes de darse por terminado. Si un breakdown se hacía largo, el público lo decía antes que cualquier productor. Es la misma costumbre que los DJs del sound system jamaicano, y después los del UK garage y el dubstep, tenían con los dubplates: acetatos de una sola copia que se pinchaban en la sala para ver cómo respondía la gente antes de editar nada. De ahí sale también el orden del disco. La primera mitad es rara y la segunda son cuatro bombas seguidas. Así se construye una noche entera, no un álbum, y HAAi está acostumbrada a las noches enteras: el 18 de octubre pinchó diez horas en Refuge, en Brooklyn, y el 31 cierra el EartH de Londres de apertura a cierre.
Lo más interesante del álbum está en esa primera mitad, en las piezas cortas donde Throssell se permite jugar con el diseño de sonido. “Printerlude” convierte una oficina en una batería: teclas, el tono de un módem de los noventa, mensajes de centralita y una impresora, troceados hasta formar un ritmo. Luigi Russolo pedía en 1913, en “El arte de los ruidos”, hacer música con el estruendo de las fábricas, porque ese era el sonido del trabajo en una ciudad moderna. Un siglo después, la fábrica ha cerrado o se ha ido a otro continente, y el trabajo que queda aquí suena a oficina, Excel y sonidos digitales. “Depth Perception” es post-dubstep con bajos que ondulan y voces habladas y chopeadas; “Ignition”, con Echonomist, rehace “Go”, del disco anterior, como un garage que va creciendo hasta sintetizadores de estadio. La segunda mitad apunta más al directo: “THANK U” es trance nocturno de cuatro por cuatro y pocos elementos, “HUMANiSE Radio” recupera los ritmos rotos con los que se dio a conocer, y “I Wanna Feel Like Someone”, con James Massiah, monta un ritmo motorik, el pulso constante de Neu! y de Kraftwerk, debajo de una letra sobre la pista como refugio.
El cierre lo canta Cantoalegre, un coro infantil de Medellín. Lo fundó en 1984 Tita Maya, una pedagoga formada en Austria en el método Orff, dentro de la escuela de música que había creado su madre, y por él han pasado seis mil niños desde entonces. En “Talking Walls”, producida con Skybreak, esas voces retoman el estribillo de “Voices”, del disco anterior, sobre las voces que uno lleva dentro, y lo cantan encima de un dubstep que se va abriendo hasta el coro. Muchas gargantas cantando a la vez es lo único de este disco que ningún botón puede fabricar. ∎