Las fotografías del ayer. La culpa, casi siempre, es de las fotografías del ayer. Retratos pretéritos en los que nos vemos (obviedad) más jóvenes, más atractivos, con más confianza, acompañados de Carlos (qué guapo y fascinante era Carlos) y de todo aquellos que creíamos que nos acompañarían durante el resto de nuestras vidas.
Todo (o casi todo) era mentira, pero entonces no lo sabíamos (y tampoco nos importaba: ¿por qué plantearte el futuro si tienes todo el futuro por delante?) y, ahora, aunque conscientes de la falacia, seguimos tragándonos el sapo, cayendo en la absurdidad de la nostalgia y el FOMO de aquel pasado en el que nos citábamos en lavabos mientras sonaban canciones que iban a salvar el rock. “Rosemary, heaven restores you in life. You’re coming with me, through the aging, the fearing, the strife. It’s the smiling on the package. It’s the faces in the sand. It’s the thought that moves you upwards”.
El pasado siempre fue mejor mientras fue presente, nos repetimos mientras nos miramos al espejo y el reflejo de lo que vemos nos pesa una tonelada. Como tenemos más experiencia (y presumiblemente somos algo más sabios), hemos perdido confianza, pero joder, no, lo que vemos en el espejo no está tan mal. No somos tan jóvenes, porque 25 años pasan muy rápidos, this is it, pero, si el devenir no nos ha castigado o no hemos propiciado que nos castigue, mantenemos el atractivo, añadiendo matices que propician que resultemos interesantes, aunque desde perspectivas diferentes.
La fotografía del ayer es “Turn On The Bright Lights” (2002). El retrato pretérito es “Antics” (2004). Y claro, joder, cómo superar esa antigua versión plena, casi perfecta, de ti mismo. No solo no se puede, sino que intentarlo es nocivo y dañino. Hay que aceptarlo y seguir el camino. Las putas comparaciones siempre estarán ahí, por lo que hay que olvidarse de ellas. Hay que probar cosas nuevas, pero siendo conscientes de cuál es tu sitio. Sobre todo no hay que caer en el ridículo. Interpol nunca han hecho el ridículo. Cómo se puede caer en el ridículo cuando siempre has sido el más elegante de tu promoción. El más raruno, críptico y oscuro de tu generación.
Dice la info que “This Mirror Weighs A Ton” es el primer disco que la banda de Paul Banks edita con Partisan Records, sello que puede presumir de publicar a nombres como Geese, IDLES, Ezra Collective, PJ Harvey y a infinidad de peña cool más. Que lo ha producido Andrew Wyatt, tipo que ha modulado trabajos para infinidad de peña cool como Charli XCX, Miley Cyrus, Dua Lipa o nuestra Rosalía. Que es el primer trabajo en un montón de años que han grabado en su Nueva York. Que es el primer LP en el que Brad Truax, bajista que viene acompañándolos en directo desde 2011, ejerce como miembro de pleno derecho. Y, aunque me imagino que la suma de todos estos elementos ha acabado aflorando de alguna manera en el resultado final del octavo largo de Interpol, la verdad es que son datos que me importan entre poco y nada. Lo que realmente me excita es que hay canciones. Canciones buenísimas. Que nos regalan una de sus mejores obras, puede que la mejor desde de su tríada inicial.
“This Mirror Weighs A Ton” es un disco en el que, con Paul Banks buscando el sentido de lo humano en la era de lo digital, resultan plenamente reconocibles. Ese post-punk de líneas de bajo que te golpean el alma, de bellas melodías parduzcas que te arañan allí donde escondemos los sentimientos modela cortes como “See Out Loud”, “Wings On Fire” o “Bird And The Serpent”. Sencillos totales, imbatibles, pero que no marcan el pulso de un disco (o lo marcan parcialmente) en el que Interpol han querido expandir su sonido arrastrándose hasta parajes de electrónica volátil, orquestaciones envolventes, sintetizadores vaporosos...
No es una experimentación exagerada ni extravagante. Es un querer crecer cuando ya estás crecidito que encaja perfectamente en su línea hélice del ADN. No sonroja, no te preguntas qué mierdas están haciendo. Es sutil, se percibe, se escucha en la inicial “This Mirror Weighs A Ton”. Continúa en “Iron City” y “So Rides The Reindeer” y concluye en ese maravilloso cierre, cinematográfico, minimalista, que es “Sudden”.
Me gustaría vivir un rato largo en esas canciones mirando fotografías del pasado para regocijarme en el reflejo que ofrece el espejo del presente. ∎