A estas alturas, el pedigrí experimental de Julia Holter está más que acreditado. Desde que diera el golpe en la mesa con aquel magnético “Ekstasis” (2012), pasando por su cumbre más accesible en “Have You In My Wilderness” (2015), el misticismo caótico de “Aviary” (2018) o su delicado trabajo para el cine en “Never Rarely Sometimes Always” (2020) –y esto es solo rascar la superficie de un catálogo mucho más amplio–, la compositora siempre ha jugado en una liga propia. En 2024, Julia Holter nos abrió las puertas de un refugio sanador y uterino con “Something In The Room She Moves” (2024). Como ella misma explicaba entonces en estas páginas al desgranar el disco, la crianza la había obligado a vivir en el momento presente, dando lugar a un álbum de sonoridad orgánica con el que sentía que muchos podrían “relacionarse a través del dolor”.
El primer asalto llega con “The Laugh Is In The Eyes”, una inmersión a pulmón en un paisaje de jazz noir. Aquí la familia de los vientos rompe la baraja con unos pasajes sedosos que lo envuelven todo. La voz de Holter se desliza inalcanzable, como si paseara por un laberinto del que solo ella guarda el mapa, con la percusión centrando el tiro. El invento acaba convertido en un rompecabezas rítmico que avanza con esa lucidez onírica tan suya: “I need to learn to make the sweetness stay”. Le sigue “My Lost One”, que va acumulando capas hasta desembocar en un trance casi etéreo. Un saxofón serpentea entre el bajo filtrado y las texturas sintéticas. El corte fluye hipnótico hasta un desenlace en el que Holter repite en bucle “I leave my dove, my lost one”, una letanía que termina funcionando como el mantra que la canción parecía estar buscando.
Lo vemos también en “Fantasy”, armada al pescar un riff aislado de la tremenda improvisación que es “My Twin”. El tema va ganando cuerpo hasta que, a mitad de camino, empieza a abrir huecos en todo lo que había levantado, invitándonos a recrearnos en el puro placer de los sentidos. La jugada brilla también en la fugaz “Clepsydra”. Su título remite a la clepsidra, el antiguo reloj de agua, y sus poco más de dos minutos la sitúan entre los momentos más entregados a la improvisación de todo el álbum. Las voces aparecen deformadas y multiplicadas hasta confundirse con la propia instrumentación, construyendo una pequeña miniatura de synthpop. Llegados a este punto del álbum, ya han ido asomando ecos familiares de Terry Riley, Peter Gabriel, Brian Eno o la eterna Laurie Anderson.
La conexión con el álbum anterior se hace explícita en “Materia 2” y “Materia 3”, dos nuevas transformaciones del tema incluido en “Something In The Room She Moves”. La primera incorpora bajo, clarinete y caja de ritmos, ampliando su esqueleto; la segunda ralentiza la toma original, llevando la voz de Holter hacia un registro mucho más grave y dejando al Wurlitzer todavía más expuesto. Antes de que llegue “Materia 3”, aparece “My Twin”, el corte más largo y uno de los centros de gravedad del álbum: más de diez minutos construidos a partir de una improvisación, después ampliada con voces y otros detalles electrónicos. La pieza va cambiando de forma sin perder continuidad mientras Holter canta: “There’s a long road / At night alone / I drive down to find me sleeping / Headlights on a new head of mine”.
El propio título del disco termina de cerrar el círculo. La ya nombrada “Materia” original nació de un experimento con melodías inspiradas en Hildegarda de Bingen (1098-1179) y en sus inusuales saltos melódicos, que Holter combinó con armonías de raíz jazzística. Después descubrió que la palabra abría todavía más puertas: materia, material, madera, maternidad, fisicidad. Un campo de asociaciones que, curiosamente, no queda tan lejos de aquella otra “La materia” (2024) de Alondra Bentley, también atravesada por la maternidad y por una reflexión sobre lo material y lo esencial. “Materia” confirma que Julia Holter sabe reconocer cuándo una idea todavía tiene vida por delante. Ha cogido parte de las raspas que quedaron sobre la mesa de mezclas, las ha mezclado con material nuevo y se ha montado un festín que ya quisieran muchos para su plato principal. ∎