Después de varias bandas sonoras conmovedoras, el compositor anglo-alemán publica ahora los inquietantes sonidos apocalípticos de “While The Flood Rages”, su visión personal de la trilogía de novelas distópicas de la escritora canadiense Margaret Atwood –“Oryx y Crake”, “El año del diluvio” y “MaddAddam”, que completó entre 2003 y 2013– y que compuso para un ballet en tres actos creado en 2020 –y estrenado en 2022, por culpa de la también distópica pandemia– con el título de “MaddAddam” por el coreógrafo británico Wayne McGregor, con música compuesta exprofeso por Richter.
McGregor y Max Richter han trabajado juntos en varias ocasiones desde que en 2008 iniciaran su colaboración con “Infra” (2010). Quien solo lo conozca por obras como “The Blue Notebooks” (2004) o “Sleep” (2015) se sorprenderá de lo “arisco” que, en comparación, puede sonar “While The Flood Rages”, que supone un ejemplo fantástico de la versatilidad del compositor. En este caso, el ballet se creó en tres movimientos, uno por cada libro de la trilogía. En los libros se habla de un “diluvio seco” sin agua, una metáfora de un apocalipsis provocado por la codicia empresarial, el colapso ecológico y las epidemias que conducen a la creación, mediante la bioingeniería, de una nueva forma de vida.
En el disco se suceden el sonido etéreo de las bandas sonoras de una de sus películas con las repeticiones minimalistas de la música electrónica y esa profunda melancolía que conoce cualquiera que se haya quedado despierto solo por la noche. A veces se trata de una calma hipnótica y otras de una inquietud casi eléctrica: un registro impresionante que el rey indiscutible del neoclásico evoca aquí con piano, cuerdas y sonidos electrónicos. Pero, según leo, ya que no he tenido oportunidad de asistir a la representación del ballet, “While The Flood Rages”, el disco, no es la grabación de la partitura creada para “MaddAddam”, sino una obra con un pulso propio en la que Richter ha adaptado y modificado la partitura original, destilando su esencia en una composición de una hora y once minutos de duración que nos lleva al mismo destino por una ruta distinta, usando solo sonido. Según afirma Richter, “hay música en el disco que no está en el ballet y hay cosas del ballet que no están en el disco porque tenían una función específica sobre el escenario”.
El sonido procesado del agua es casi una constante en la obra. La pieza con la que se abre el álbum, “Wave After Wave”, comienza con lo que parece el glitch de un ritmo cardíaco, cuando, en realidad, se trata de una grabación manipulada electrónicamente del sonido/ruido del océano. Richter manipula conscientemente todo tipo de sonidos orgánicos para dotar al conjunto de un carácter mecánico e industrial, que alcanza su cenit en “The City Was A Chaos” y “Data Ballistics”, las piezas de mayor violencia sonora que yo recuerde en una composición de Richter, con ritmos generados con sonidos manipulados de disparos auténticos. En cada momento, la belleza orquestal choca con los palpitantes sonidos industriales de tonos sombríos generados electrónicamente o modificados a partir de grabaciones del pulso electromagnético del estudio que Richter tiene en su hogar, en los Cotswolds del condado inglés de Oxfordshire. En otras ocasiones, los estériles/asépticos tonos sintéticos se combinan con cálidas melodías de piano. La pieza que da título al álbum la define como “el ojo del huracán”, ese espacio de insospechada calma rodeado de la más aterradora devastación. En “A Sweet Air” o “Tell The Bees” lo que pretenden ser, respectivamente, el murmullo del viento y el zumbido de las abejas están texturizados para que los sonidos de ellos que guardamos en la memoria nos parezcan reliquias de una época pasada, en la que aún teníamos la oportunidad de escuchar la naturaleza en toda su belleza. Se podría decir que “While The Flood Rages” nos hace echar de menos, con cierta dolorosa nostalgia, algo que aún no se ha ido. Richter ha captado las advertencias de Atwood sobre la humanidad y sus perspectivas de futuro y él también nos advierte. Con una música que no se olvida fácilmente y que en algunos momentos, más que a otros nombres de la escuela neoclásica o posminimalista, recuerda a… ¡Pink Floyd! ∎