Tres años marcan la diferencia entre el álbum precedente,
“Isn’t Anything” (1988), y esta esperada continuación del arrebato sónico progresivamente modelado por
My Bloody Valentine, y ahora definitivamente asentado. Las razones del largo lapsus las sabrán ellos, pero lo cierto es que el coste final del trabajo en estudio –se manejan cifras astronómicas para una banda indie
– ha llegado a poner en serios aprietos económicos al sello de Alan McGee. Desde aquí se aprecia un gusto por ir madurando los pasos hasta dar la forma definitiva a lo que en principio fue solo una nebulosa: renuncian a sus primeros maxis y grabaciones diversas, y solo aprecian su etapa Creation.
En este intervalo ha habido pistas para crear la expectación, confirmando que lo que se apuntaba en aquel primer álbum de forma un poco inconexa y brumosa iba cogiendo tremendo poder: dos epés, “Glider” y “Tremolo”, con ocho porciones de una nueva forma de tratar el pop, buscando la hipnosis y la deformación del original a través del tratamiento sónico; dos magistrales adelantos que los seguían manteniendo al margen de su generación, sin dejarse contaminar por ninguno de los ismos en boga. La fórmula “dulzura más ruido” no es nueva. Los grupos que la utilizan se encuentran por docenas. Pero My Bloody Valentine van más allá. Desdibujan la canción hasta convertirla en una pura masa sónica, una especie de oleada subyugante, un fluido continuo de los sonidos de los diferentes instrumentos, mezclados hasta fundirlos literalmente en uno solo. Todo a base de una peculiar utilización de la mesa de mezclas, las cintas y vaya usted a saber qué técnicas.
Todo eso ya se apuntaba antes. Pero solo en este
“Loveless”, en el que el concepto que empuja al grupo está más completo que nunca, alcanza el equilibrio. No existen las oscuridades abismales de algunos momentos de “Isn’t Anything”, cada canción tiene razón de ser en un desarrollo continuo, con todos los temas entrelazados. Lo bueno es que esta experiencia técnico-conceptual no ahoga para nada la simple virtud de la canción pop, inocente e intrascendente, que sirve de sustrato. El grupo prevalece como tal por encima de los demás, puesto que los instrumentos son casi indistinguibles, las guitarras forman un zumbido uniforme y la batería y la voz, elementos que habitualmente se colocan en primer plano, están aquí sumergidas al fondo. Lo que prevalece es un sonido único y unas melodías sencillas y magníficas. Se repiten un par de temas de los epés precedentes,
“To Here Knows When” y
“Soon”. El disco se abre con un arrollador y electrizante
“Only Shallow” y va llegando a su final con melodías tan dulcemente corrosivas como las de
“Sometimes” o
“What You Want”, que junto a
“I Only Said” están entre lo mejor de su repertorio. My Bloody Valentine siguen teniendo los mismos componentes, con Kevin Shields tomando un mayor protagonismo. Ya no solo firma la mayoría de las canciones, sino que produce y mezcla todo el disco, eso sí, con una pequeña ayuda de los demás: Bilinda Butcher, que solo canta en un tema, Debbie Googe y Colm Ó Ciosóig, que tiene un pequeño fragmento en solitario, con una exótica sinfonía de sonidos distantes. De cualquier modo, “Loveless” es un disco entero, indivisible, cuya portada ya es suficientemente elocuente del contenido. ∎