Antes de su éxito global con Black Pumas, Adrian Quesada ya ensanchaba el mapa musical de Texas desde Austin, con Grupo Fantasma, Brownout, Ocote Soul Sounds, The Echocentrics y Spanish Gold. Guitarrista, productor, dueño de Electric Deluxe Recorders y criado en la frontera de Laredo, su carrera sin barreras funde dos idiomas, dos culturas, hip hop de los noventa, rock alternativo, cumbia, bolero y rancheras.
Tras ocho nominaciones al Grammy –de Grupo Fantasma a Black Pumas– y una candidatura al Óscar por “Like A Bird” –incluida en “Las vidas de Sing Sing” (Greg Kwedar, 2023)– junto con Abraham Alexander, el texano se refugia ahora en el minimalismo. Este verano visitó Madrid en su gira europea presentando “Trio asesino” (ATO-[PIAS] Ibero América, 2026), un trabajo de formato instrumental que condensa jazz, cumbia, soul, boom bap y noir desértico. Charlamos con él cara a cara justo antes de su concierto, donde apareció por sorpresa Natalia Clavier, presente en sus aclamados “Boleros psicodélicos” (2022) y “Boleros psicodélicos II” (2025).
¿Qué energía dirías que define el directo de “Trio asesino”?
Siempre he tocado en bandas grandes, de siete, ocho, nueve o diez integrantes. Incluso más: a veces éramos diez o doce personas. Y siempre había tenido ganas de probar algo así, un formato de trío. En aquella época estuve escuchando mucho jazz, muchas bandas sonoras de películas y quería hacer algo instrumental. Los Hermanos Gutiérrez me propusieron montar un grupo más reducido para abrir su gira por Estados Unidos, lo que me llevó a activar mi idea de formar un trío. Es instrumental, con influencias de jazz, cumbia, música psicodélica, spaghetti wéstern, Ennio Morricone… Ahora mismo somos cuatro: Joshy Soul, que toca con The Teskey Brothers y Curtis Harding; Jay Mumford de The Du-Rites; Terin Ector, que acompaña en directo a Black Pumas, y yo. Con ellos ya había trabajado antes en otros proyectos.
Habiendo alcanzado esa química en formato pequeño, ¿qué te llevas de tu experiencia en una banda tan multitudinaria como Grupo Fantasma?
Era muy joven cuando me fui a vivir a Austin y fue la primera banda que empecé. Tocábamos cumbias, salsas y funk, y a veces éramos doce o trece. Lo que me fascina de esa música afrolatina es que, en bandas tan grandes, todos los instrumentos tienen una conversación. Si empiezas a gritar o tocas demasiado fuerte, todo cambia. Así que en cualquier banda siempre tengo eso en mente: los instrumentos tienen que mantener una conversación para crear un sonido bonito.
En “MF AF” de “Trio asesino” te acercas más al jazz. ¿Cómo encajaste el arpa y la trompeta sin romper el minimalismo del trío?
Siempre he sido muy fan. De hecho, mi primera banda en Austin a los 18 años era un grupo de jazz, Blue Noise Band. Cuando hicimos este disco queríamos tener esa influencia, por eso llamé a Keyon Harrold a la trompeta. Queríamos hacer un homenaje al jazz, pero que todavía se pudiera bailar. Lo del arpa vino porque Joshy sintió algo como de Alice Coltrane y también pensamos en Dorothy Ashby, que tocaba jazz con un punto funky y psicodélico. Pusimos el arpa y luego Keyon trajo toda su parte.
Has defendido grabar en cinta, pero también usas samples. ¿Qué encuentras en la cinta?
Un amigo mío que estudiaba música en México me contó que una vez un músico le dijo: “La gracia es hacer ruido”. Sea como sea. Así que no soy purista de nada. Si solo tuviera este teléfono para grabar, grabaría una canción con el teléfono. Sé que mucha gente no tiene acceso a una máquina de cinta: es caro, se rompe, cada rollo puede costar como 400 dólares. He escuchado música hecha con portátiles, iPads o teléfonos que me encanta. Pero para mí, si tienes esa opción, te juro que suena mejor. Además, con la cinta tienes que tocar bien. No piensas: “Luego vamos a Pro-Tools y lo arreglamos”. Cada vez que grabo con una banda, si hay cinta, todos tocan mejor.
En la pista “Contra el sol” hay más hip hop y sintetizadores. ¿Cómo mezclas esos elementos con ese sonido orgánico?
Cuando era joven, mi música favorita era el hip hop de los noventa, cuando se usaban muchos samples. El hip hop tiene mucho que ver con hacer música con lo que tienes. Lo que me encanta es que dicen que el hip hop no inventó nada, pero reinventó todo. Fue a través del hip hop como empecé a escuchar jazz y soul, porque quería saber de dónde salían esos samples. Ahora no quiero que alguien diga: “Esto es vintage, esto es viejo”. Quiero que suene a música de este año, pero que me dé la misma emoción que me daba aquella música.
La última, “Italy”, me emocionó especialmente. ¿Te sorprende ese poder cinematográfico de la música instrumental?
Eso es lo que más me gusta de la música instrumental. Como no hay palabras, no te estoy contando una historia de forma cerrada. Bueno, sí te estoy contando una historia, pero también puede ser tu historia, lo que tú sentiste en ese momento. Cuando hay letra, estás pensando en la letra que yo escribí. Pero con la música instrumental puede tratarse de un amor que tú tuviste, de algo triste, de algo feliz… No sé. Eso me encanta. “Italy” la grabamos en directo en un estudio en México. También escribimos una que se llamaba “España” y otra “Turquía”. Ojalá algún día podamos sacarlas.
Cuentas que la canción “Esclavo y amo”, de los peruanos Los Pasteles Verdes, te encendió en su momento una chispa. ¿Por qué te sorprendió tanto?
Iba conduciendo por Austin y de repente empezó a sonar en una emisora de radio AM local y me voló la cabeza. Ese estilo de balada, bolero psicodélico o como quieras llamarlo, con esas guitarras con fuzz y ese sonido tan crudo no lo había escuchado nunca así. Tuve que parar el coche a un lado de la carretera y llamar a la emisora de radio para preguntarles qué canción era esa y de quién. Yo soy de la frontera, de Laredo. Tenía familia en México y en Estados Unidos, y por eso de joven sentía que no era de ninguna parte, que no hablaba inglés bien ni español bien. Había boleros por todas partes en mi infancia, pero yo no quería tener nada que ver con eso; escuchaba hip hop, rock y también Nirvana, Soundgarden o Pearl Jam. Pero cuando escuché esa canción, me di cuenta de que esa música la llevaba en la sangre y que tenía que hacer algo con ella.
En “Boleros psicodélicos II” trabajaste con Alex Goose. ¿Qué aportó?
El primero lo hice prácticamente solo, durante la pandemia. Tenía el estudio en mi casa y dije: “Por fin voy a grabar este disco”. Era más bien un tributo a ese estilo de música. Pero con el segundo quería probar algo nuevo. Conocí a Alex por Aaron Frazer y me fascinó lo que estaba haciendo: cogía lo que Aaron había grabado y lo trataba como un sample, lo cambiaba, lo movía de sitio, añadía otros samples. Le puse a Alex lo que estaba grabando y le dije: “Haz lo que quieras”. Era como hacer un disco de hip hop, pero con samples de mi propia música. Me encantó porque hicimos algo nuevo en lugar de quedarnos en algo tan tradicional.
Vamos ahora con Black Pumas. Eric Burton y tú pasasteis de repente a llenar recintos, salir en televisión y recibir nominaciones. ¿Has podido procesarlo?
De vez en cuando sí lo pienso. A veces me acuerdo de algo y digo: “Guau, fue muy rápido y loco todo lo que pasó”. Pero siempre sigo ocupado. Incluso con Black Pumas estaba grabando otra música, así que nunca paro mucho a pensar en lo que ha pasado. Hace dos semanas estaba en Nueva York, pasé por el Radio City Music Hall y me acordé de que habíamos tocado allí. Y en Londres pensé: “Ay, también tocamos en el Royal Albert Hall”. Es una locura. Fueron tiempos increíbles.
Pero luego llegó el agotamiento y se cancelaron conciertos. ¿Aprendiste a poner límites?
Sí, aquello se puso muy intenso porque pasó todo muy rápido. En los primeros dos años ocurrían tantas cosas buenas y tan deprisa… Nunca parábamos de girar. Llegábamos a casa dos días y enseguida: “Ahora os vais otra vez aquí, y luego allí”. Con el segundo disco le dijimos al mánager: “Tenemos este año para promocionar el disco, y luego ya está”. Porque, si no, nos tienen cinco años de gira y todo el mundo acaba volviéndose loco.
Quiero recordar tres momentos emblemáticos en tu carrera. El primero es cuando grabasteis “Fast Car”, incluida en la edición deluxe de “Black Pumas”, que salió en 2020. Tracy Chapman, la autora de la canción, os otorgó la licencia, algo que solo ha hecho un par de veces en su historia. ¿Sabéis si llegó a escucharla?
Nos contaron que sí, que le gustó. Tracy Chapman es una persona que no sale mucho en público, no dice demasiadas cosas públicamente, pero nos contaron que le había encantado. Es todo lo que sabemos.
El segundo hito es tu nominación al Óscar por “Like A Bird” junto con Abraham Alexander, que te llevó a la gala. ¿Cómo lo viviste?
Cuando me pidieron hacer una canción para esa película, no había nada. Ni siquiera tenía distribución. Me mandaron un tráiler, unos cinco minutos, y empecé a llorar. Se lo mandé a Abraham y le dije: “A ver si no lloras”. Me llamó a los cinco minutos: “Estoy llorando, no puedo”. Hicimos la canción sin hablar de Óscar ni de nada parecido. Luego la película empezó a ir a festivales, con ovaciones en pie y premios. Una vez me llamaron para decirme que la canción tenía posibilidades. Fue la primera vez que pensé: “Ah, vale, a ver qué pasa”. Pero seguía pareciéndome una locura. Yo he ido varias veces a los Grammy, pero los Óscar son otro nivel. Había noches en las que no podía dormir. Todo eso se te mete mucho en la cabeza.
Y por último, Prince, que dijo aquello de “real musicians playing real music” sobre Grupo Fantasma. ¿Qué recuerdos te trae aquello?
Lo de Prince es una de las cosas que más cambió mi creatividad y mi visión artística. Éramos jóvenes y nunca habíamos estado en algo de ese nivel. De repente, a Prince le gustó lo que hacíamos y nos dijo: “Veniros conmigo”. Aprendí muchísimo. Me acuerdo de cada minuto que pasé con él, de cada cosa que dijo, de cada palabra, de cada ensayo. Cada palabra que nos dijo nos ayudó mucho. Nos dio mucha confianza. Fue algo muy importante.
Tu música cruza idiomas y culturas. ¿Crees que de alguna manera puede ser un bálsamo para el “Estados Unidos de ahora”?
En Laredo puedes entrar en un restaurante, pedir en inglés y que te contesten en español, o hablar en español y que te contesten en inglés. Por eso, viendo ahora cómo están las cosas en Estados Unidos, eso de “tienes que hablar inglés” me resulta extraño. De ahí que sea tan importante para mí hacer un proyecto en inglés, como Black Pumas, y luego algo como “Boleros psicodélicos” en español: enseñar que tenemos muchísimo en común. En inglés existe “the narcissism of small differences”, el narcisismo de las pequeñas diferencias. Yo siempre he estado entre dos países, dos culturas y dos idiomas. Un amigo mío lo dijo mejor que yo: “Hay que hacer más puentes y menos muros”. ∎