Un mago. Un trovador. Un pequeño genio. A Jens Lekman (Gotemburgo, 1981) lo conoce una magra parroquia de fieles en todo el mundo. Muy inferior en número a lo que merece. Lo creo en firme. Pero quienes le profesan devoción son incondicionales. Si las redes sociales son un buen termómetro, el porcentaje de corazoncitos sobrepasa en mucho a los pulgares cada vez que publico algo sobre él en el viejo Facebook, ese reducto de cebolletas nostálgicos de otra era. Quizá porque muy pocos le cantan al amor y al desamor como él. Con ese punto de ingenio, sensibilidad, humor y perspicacia.
Mi media hora de charla con él a través de la pantalla del PC (me atiende desde su casa en Gotemburgo) tiene una excelente excusa: “Songs For Other People’s Weddings” (Secretly Canadian- Popstock!, 2025), quinto álbum en 25 años de carrera, 17 canciones en 80 minutos. Una suerte de ópera pop –ha mencionado el “Watertown” (1970) de Frank Sinatra como referencia temática en alguna entrevista previa– inspirada en su experiencia como cantante en bodas de amigos, conocidos y fans, que contratan sus servicios desde ambos lados del océano. Un trabajo diríase que de aliño, que a él le viene muy bien para pagar sus facturas, pero que en absoluto redunda en un disco circunstancial, sino en uno de sus mejores álbumes, publicado en paralelo a una novela escrita junto a su amigo David Levithan (Nueva Jersey, 1972), ducho en radiografiar las relaciones de pareja, y que se llama “Songs For Other People’s Weddings. A Novel” (2025).
Han pasado ocho años desde tu anterior álbum, “Life Will See You Now” (Secretly Canadian, 2017). Es el mayor lapso sin trabajos de canciones enteramente tuyas en estos más de veinte años de carrera, porque desde entonces solo habías publicado “CORRESPONDENCE” (Secretly Canadian, 2019) junto a Annika Norlin. ¿Sentiste bloqueo creativo?
Creo que la creatividad para mí es algo que va y viene. Antes me generaba ansiedad, pero ahora lo entiendo como parte del proceso. Vivimos una época en la que se supone que el artista ha de estar publicando canciones continuamente. Creo que Spotify tiene gran parte de culpa. Pero yo me siento más como el cineasta sueco Roy Andersson, no sé si lo conoces. Solía hacer una película cada doce años, más o menos. Prestando siempre mucha atención a los detalles. De forma obsesiva. Me siento más cercano a él.
¿Pensaste alguna vez que una canción como “If You Ever Need Someone To Sing At Your Wedding”, de 2004, sería la semilla de todo esto, que daría para tanto?
Escribir canciones te puede llevar a lugares que nunca imaginaste. Y esa es precisamente una de las razones por las que toco en bodas. Cuando escribí aquella canción fue porque uno de mis amigos me dijo que lo mío sonaba a “música cursi para bodas”. Y pensé: “Eso me gusta”. Porque me gusta mucha música suave, romántica. Creo que mucha gente pensaba que todo lo que yo oía era Belle And Sebastian o The Magnetic Fields, pero no era así: me tiraban más los crooners y el soft rock de los setenta. Todo eso. Lo que te puedes encontrar en las cajas de discos a un dólar de los mercadillos callejeros, que es donde compraba. No tenía expectativas.
Puede que esas comparaciones, como las que te asociaban con Jonathan Richman o incluso con Morrissey, vengan más por tu voz.
Creo que sí. Pero seguro que ellos, Stephin Merritt o Morrissey, también escuchaban a crooners como Bobby Goldsboro, por ejemplo.
¿Qué vino antes, el libro o las canciones del disco? ¿Proceden las canciones del disco o es al revés?
Uf, ¿por dónde empezar? Todo comenzó hace ocho años, cuando empecé a escribir para un programa de televisión a propuesta de un realizador norteamericano. Me preguntó si tenía alguna idea, le contesté que tenía una carrera paralela como cantante de bodas. Le pareció interesante planificarlo como si cada episodio estuviera dedicado a una boda. Escribí material para siete capítulos, sin tener ni idea de cómo resultarían en la tele. Pero no vieron proyección comercial y decidieron no hacerlo. Se quedó todo en el tintero, durante años. Hasta que pensé en recuperar la idea y hacer algo con David Levithan. Al principio, yo escribía canciones sobre parejas ficticias y se las enviaba a él, y él escribía los capítulos en base a ellas. Eso eran las canciones y el libro. Y eran ligeramente diferentes a las que han aparecido en el disco. Una vez me di cuenta de que esas canciones no iban a tener sentido como un álbum, empecé a ver la posibilidad de que obedecieran a un concepto narrativo al hilo del libro. Capas y capas y capas de metaficción: eso es lo que es, básicamente.
Los personajes son J y V, un hombre y una mujer. Entiendo que en J hay mucho de ti, y también de V en alguien a quien conoces. ¿Los utilizas como una coartada para no estar tan emocionalmente expuesto como en discos anteriores?
Quería hacer ficción, incluso desde el momento en el que escribía teóricamente para el programa de la tele. Que no fuera autobiográfico. Pero al final estaba basado en un personaje que, básicamente, soy yo. Así que le di el personaje a David Levithan y le dije: “Haz lo que quieras con este tipo”. Perfiló su propia versión de J. Me parecía bien. Pero hay un momento en el que el mundo real y el ficcional comienzan a confundirse. Y empezó a resultarme difícil diferenciar ambos personajes. “Yo nunca diría algo así”, le decía a David cuando alguna frase no me cuadraba. Pero al final tampoco se puede decir que sea una autobiografía, sino un diálogo sobre una relación amorosa entre dos personas solteras que rondan los 40. Y en cierto modo, esto es más personal que si me hubiera basado en mi propio diario. Siempre he visto así la ficción: nuestras fantasías, y el modo en el que reconstruimos la realidad, dicen más sobre nosotros que lo que hacemos en la vida real.
Es también un homenaje a la música, ya desde el momento en el que los dos personajes coinciden en una boda en la que han de vestir como canciones: “Raspberry Beret” (Prince) él y “Crazy In Love” (Beyoncé) ella. Ni siquiera la IA ha podido replicar la magia de la música en directo.
Vi hace unos años un concierto con robots programados con ordenadores, así que es posible que la IA se las ingenie para ejecutar música en directo. Pero fue horrible. Sin alma. He dicho en alguna ocasión que este disco es un tributo a la música porque, durante la década de los 2010, la música empezó a convertirse en un telón de fondo, algo para sonar en cafés. Incluso mi sello discográfico me propuso hacer versiones instrumentales de mis canciones para que pudieran sonar en algunas playlists tipo “Capuccino Sunday” o como quieran que las llamen. Y eso lo odio. Es como si la música hubiera perdido su importancia. Su significado. Y escribiendo esta historia, sobre todo por la forma en la que David formula el proceso de escritura, y la forma en la que la música funciona en estas bodas, dio sentido a por qué toco en ellas. Una de las razones es porque le da sentido de nuevo a la música: cuando una pareja escoge una canción tuya para su gran día no puede haber nada más opuesto a la música ambiental.
Para ti debe ser emocionante también. ¿Hay alguna lección importante que hayas aprendido de esta experiencia, como músico y como persona?
Hace diez o quince años creía que aprendería algo sobre el amor a través de estas bodas. Incluso cuando empecé este proyecto la idea era explicar o decir algo sobre el amor o el matrimonio. Pero no puedes aprender nada de eso en una boda. Aunque sí creo que una de las razones por las que canto en ellas es porque, en unos tiempos como los que vivimos, la idea de decirle a alguien “quiero vivir contigo para siempre, hasta que la muerte nos separe” es algo muy loco. Va en contra de todo lo que nos están enseñando hoy, que es pensar solo en nosotros mismos, ponernos a nosotros mismos como prioridad: por eso admiro la locura de quienes se casan. Creo que esa es la principal lección que extraigo de todo esto.
¿Tienes esa sensación que muchos tenemos acerca de lo que van a durar casados? Hay bodas en las que no das un duro por ese matrimonio, te hueles que va a ser un fracaso, y otras en las que te ocurre todo lo contrario, ¿no?
Oh, sí. Al igual que el personaje de J en el libro, me gusta tener una entrevista previa con la pareja antes de la boda para escribirles una canción. Y cuando lo hago inevitablemente tengo mis prejuicios y mis expectativas. Escucho su historia y pienso “ya podéis tener buena suerte con lo vuestro”. A veces me ocurre. Tengo 44 años ahora, estoy en la edad en la que mis amigos casados se están empezando a divorciar. Algunos de ellos. Igual es anecdótico, pero mi experiencia me está enseñando que aquellos matrimonios que duran son los mismos por lo que nadie hubiera apostado, esos a los que les dábamos seis meses. Persisten, por alguna razón. Y los que parecen perfectos sobre el papel se están divorciando. Y eso dice algo sobre el amor y las relaciones de pareja. El amor es caos: es un desastre. Y ahí es cuando funciona. Tiene que ver con fuerzas que desconocemos.
Matilda Sargren es una absoluta revelación en este disco: su voz y cómo interpreta las canciones y los textos que corresponden al personaje femenino. ¿Cómo diste con ella?
Hice una gira con orquestas juveniles hace unos tres años, cuando tuve que regrabar algunos de mis álbumes antiguos, y quise que fueran músicos jóvenes quienes interpretaran aquellas canciones. El último concierto fue en Hammarkullen, el barrio de Gotemburgo donde crecí, una zona socialmente muy desfavorecida, y todo cuadró para que fuera la joven orquesta local de allí la que me acompañase. Matilda había cantado con ellos desde los 11. Tenía 21, creo, cuando toqué con ellos. Su voz me voló la cabeza por completo. Le pedí que cantara en las maquetas del disco, pensando en remplazarla luego por alguna cantante que fuera algo más conocida, que me ayudara a que el disco se venda (risas). Pero luego me di cuenta de que había escrito todas esas letras para ella sin ni siquiera pensarlo. Había escrito un personaje para una voz a su medida, con lo que al final era imposible remplazarla. Tenía que ser ella.
Mi canción favorita del disco es “On A Pier, On The Hudson”, en la que ambos os lucís en la que creo que es tu primera aproximación a la música house. Leí a alguien que bajo el enlace del clip en YouTube decía que le recordaba mucho a “Hold On”, del añorado Romanthony.
Sí, alguien me la envió justo después de publicarla como sencillo. Siempre tomo melodías y otras cosas de aquí y de allá. Sé que en algún momento escuché esa canción antes, pero no fue mi intención tomarla como modelo.
Es como un punto de inflexión dentro de la historia, aunque mejor no desvelarlo para no hacer spoiler. Aunque en todas tus canciones de desamor siempre hay un punto de sentido del humor, muy de reírte de ti mismo, que me parece algo muy sano.
Soy un gran fan del stand up comedy. De la comedia en general. Tengo muchos amigos monologuistas. He aprendido de ellos que basan sus textos en lo que nos avergüenza; ellos lo ponen sobre la mesa.
En “Just For One Moment” cantas sobre una situación que no sé si es real: estar en un bar con un amigo y que suene una canción que no reconoces como tuya, aunque te gusta como empieza, hasta que tu amigo te recuerda que es tuya.
Sí, me ha pasado tres veces, siempre con la misma canción. Es muy extraño. Como una experiencia sobrenatural. Pero me pone muy contento, porque cuando empiezo a escucharla me pregunto: “¿De quién es esta canción tan clásica? ¿De Bob Dylan o Van Morrison? Es algo que conozco muy bien”.
¿Qué canción es?
Una de las primeras que grabaste, en 2004. Algunas de las expresiones que has acuñado en tus canciones me parecen memorables, como “You don’t get over a broken heart, you just learn to carry it gracefully” (“No te sobrepones a un corazón roto, simplemente aprendes a llevarlo con gracejo”), de tu canción “The World Moves One”, por solo mencionar una.
Muchas gracias. Me gusta eso, porque es el tipo de frases con las que me cuesta mucho dar. Años. Y creo que es una expresión o un estado de ánimo que subyace en este nuevo álbum, aunque mucha gente no lo aprecie. Así que me alegra que la menciones.
Curiosamente, lo has presentado antes en Estados Unidos –donde tocaste en noviembre y principios de diciembre– que en Europa.
Mi sello es norteamericano, Secretly Canadian. De todos modos, nunca he podido decidir por dónde girar. Mi sello y mi agencia de contratación me buscan las fechas pensando en que funcionen. Mi agencia me dijo que tras la pandemia todo está patas arriba, y que has de reservar las fechas para las giras con más de un año de antelación. Desde diciembre de 2024 han estado trabajando para las fechas que tengo por Europa a partir del próximo mes de febrero.
La gira no pasará por España...
Es difícil, por alguna razón.
¿Cómo fue tu experiencia de presentar el libro junto a David Levithan en librerías por Norteamérica durante agosto y septiembre pasados?
Muy diferente a una gira normal. Creo que nunca había ido de gira acostándome antes de las diez de la noche cada día. En librerías y ferias del libro, fundamentalmente. Lo disfruté. Toqué algunas canciones, sobre las que David leía. Funcionó.
¿Sientes que tiene una parroquia de fans americanos distinta en sus preferencias a la europea?
En los Estados Unidos les gustan mucho “Your Arms Around Me”, “A Postcard To Nina” y “How We Met, The Long Version”. Y en Europa gustan más “You Are The Light (By Which I Travel Into This And That)” o “What’s The Perfume That You Wear?”. Pero también depende de la ciudad. Cuando toco en Denver me siento como una gran estrella: todo el mundo está metidísimo en el concierto. Es como si les tocara alguna fibra. Aunque también pudiera ser que estuvieran muy colocados, porque el consumo de hierba está ahí por las nubes (risas). No sé por qué algunas canciones son mejor recibidas que otras según el lugar. Me gusta ser como un one hit wonder pero con diferentes canciones en distintas partes del mundo. ∎