Salón de masajes. Foto: Rosario López
Salón de masajes. Foto: Rosario López

Concierto

Jungle: jukebox de solarium

En algo más de una década de trayectoria, Jungle ha experimentado un crecimiento exponencial, como atestigua su reciente paso por la península en recintos de gran formato. Tras la buena entrada en el Movistar Arena de Madrid el lunes, ayer fue turno para el Palau Sant Jordi de Barcelona, donde defendieron, con su habitual (y discutible) eficiencia, un repertorio que suma, desde el pasado agosto, su quinta referencia discográfica. “Sunshine” fue un aporte de vitamina D para la mayoría de los presentes. Aunque el dispositivo con el que irradian su buena onda expansiva tenga poco de orgánico.

La primera vez que un servidor contempló el directo de Jungle fue el 1 de octubre de 2014 en Warsaw, pequeña sala de Greenpoint, Nueva York, un espacio que prevalece pese al embiste de la gentrificación. Esa incursión vino motivada por las primeras señales sonoras que el por entonces misterioso dúo desparramaba por internet y que la blogosfera –importante fuente de conocimiento en aquel tiempo– acogía para ofrecerle el necesario volumen mediático. Justo habían publicado su primer álbum, donde con mucho tino regurgitaban el soul de aroma clásico con un barniz moderno y sofisticado. Doce años más tarde, el dúo londinense es un trío –tras la incorporación de Lydia Kitto como vocalista principal de los últimos dos discos–, sus temas aparecen con asiduidad en la reproducción aleatoria de YouTube –contabilizando millones de reproducciones– y raramente se les verá actuando en un recinto de pequeñas dimensiones. Ahora la marca global juega para los estadios y los festivales. Y, en cierto modo, su espectáculo se ha adaptado a ello, convergiendo para las grandes audiencias como una forma de evasión lícita. Pero tanto brillo impoluto termina pesando en una sensación de experiencia encorsetada y hasta vacua. Un hedonismo de diseño prefabricado.

Previo a su momento, irrumpieron sobre el escenario Rio Kosta. Otro dúo –en este caso, de Los Ángeles– que recicla el sonido del pasado. En compañía de otros músicos, aprovecharon su rol como teloneros para hermanar, con buena percusión e instrumentalización, una propuesta en línea tanto con Hermanos Gutiérrez como con Santana.

Tom McFarland, Josh Lloyd-Watson y Lydia Kitto siempre en primer plano, la encarnación actual de Jungle, salieron con diez minutos de retraso al escenario. Los acompañaban dos baterías, eléctrica y acústica, un bajo y los coros. Sin tiempo para el acomodo, buscaron la recepción efusiva instantánea con “Smile” y el incunable “The Heat”, recursos valiosos de sus dos primeros trabajos. Con cierta movilidad sobre el escenario, Tom y Josh intercambian posiciones en los teclados, la guitarra o lanzando bases y sonidos pregrabados desde sus pupitres. “Heavy, California” procuró subir los ánimos de los presentes en una jornada sumamente triste. La tragedia ferroviaria de Urda –la tercera más mortífera de la historia española– pesaba en cierto modo sobre el ambiente, por mucho que la banda londinense ni hiciera una sola mención, y eso que ya habían pasado por Madrid.

Bola de espejos. Foto: Rosario López
Bola de espejos. Foto: Rosario López

Al público le costaba conectar con plenitud. Puede que influyese esa precipitación de ir encadenando temas sin respiro, pero sin tiempo para la degustación emocional. Un primer tramo donde despachaban las canciones, sin ningún tipo de fricción ni de contratiempo ni de parlamento, como un circuito musical cerrado que satisface y seduce por su radiante estética, pero que no emociona o emociona a corto plazo. Su música transita como un jukebox funcionando a pleno rendimiento que se sabe de antemano no va a quedarse trabado. Es una sensación que se alargaría durante la mayor parte de la velada.

En “The Wave” cedieron el protagonismo vocal a Lydia. Su entrada aporta ganancia al conjunto, es una incorporación necesaria. Ganaron profundidad cromática respecto a su último paso en la península en el contiguo Sant Jordi Club, y el motivo principal hay que buscarlo en su voz atemporal. Un sample del “Satisfaction” de Benny Benassi precedió a “Keep Me Satisfied”. Siguieron enfilando por los cortes del último trabajo con una de las más elegantes, “Somewhere, Someday”. Todo brillando, todo en su proceder excesivamente calculado. Su fórmula de disco-funk expresiva siguió llegando a todos los rincones del Sant Jordi sin llegar nunca a caldear el ambiente como en citas recientes, más elásticas.

Acuciante sensación de estar abducidos por un empaquetado moderno y sofisticado, que no da espacio para entrever qué se esconde en su interior. No hay espacio para la improvisación, el quiebro o la extensión. Como demuestra la puesta en escena de “I’ve Been In Love”, en la que la aportación vocal de Channel Tres se lleva a cabo pinchando un vídeo en la pantalla que preside el escenario. Puede que sea osado pensar en la fórmula de Jungle como un eslabón hacia directos exclusivamente sintéticos, con hologramas y música prefabricada. En unos tiempos donde el error cobra nuevo significado para el marco dubitativo que induce la inteligencia artificial, el trío londinense podría considerar salirse del guion en alguna ocasión y validar así su carácter humano.

Jugando bonito. Foto: Rosario López
Jugando bonito. Foto: Rosario López

“Dominoes” desató por fin los ánimos y, de nuevo, la contribución vocal llegó vía vídeo por la pantalla del escenario. Poco o nada importa cuando sueltan “Casio”, otro de esos temas que endulzan el paladar de los presentes. Fueron ganando transmisión humana con sus breves mensajes al público. En uno de estos le recordaron a un fan, vestido con la camiseta de The Strokes, su afinidad con la banda neoyorquina que había pisado el mismo escenario una semana atrás.

De nuevo, un tema de otro tiempo, el neosoul de “Drops” les hizo ganar corporeidad, acercándolos a esa versión mejorada en que aúnan los recursos electrónicos sin perder el aspecto humano de la ecuación, como bien sabe James Blake. Se dio así entrada a una fase más articulada por el house, más atronadora y acelerada, con temas como “What D’You Know About Me”. Le siguió “Time”, con ese falsete Bee Gees acentuado con el que irrumpieron en la esfera musical. Potencial dilapidado con la encadenación de dos temas que parecían trasladar la noche a una fiesta en Ushuaïa, Ibiza. Bajos atronadores, los protagonistas en calidad de DJ, bolas de plástico volando, un capacitado bailarín... ¿dónde estaba la espuma? Absorbían sin pudor tanto el sonido Motown como a Daft Punk y a The Avalanches (en “Don’t Play”).

Tras la salida en falso, volvieron con el contractual bis. “Keep Moving” y “Busy Earnin’”, de ese primer álbum que sigue siendo el más compacto de todos. Fin de función marcado por un guion rígido, el mismo que en Madrid y, unos días antes, en Lisboa. Y casi con total probabilidad, el que desplieguen dentro de dos días en Bélgica. Porque esa es la especialidad del combo británico. Dibujar sonrisas e incitar al baile con un repertorio tan engrasado y definido que no deja espacio para que la sorpresa brote o para incluso mover y trocear su repertorio. Dominan una de las muchas formas de evasión que existen estos días. Y, por las caras satisfechas a la salida, en una jornada marcada por una tristeza inconsolable, su visita se tomó como una cuestión salvavidas. ∎

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