Canción del día

Yaeji

ddr › 2026
Frenesí rítmico. Foto: Giseong Jun
Frenesí rítmico. Foto: Giseong Jun

Aquello de “si no puedo bailar, no es mi revolución”, atribuido a la activista Emma Goldman aunque nunca lo dijera exactamente así, lleva más de un siglo dando vueltas. Y la música de baile lleva medio siglo tomándoselo al pie de la letra. La música disco ya había convertido los clubes de Nueva York en refugios para las comunidades negras, latinas y queer –vuelve a escuchar, por dios, “There But For The Grace Of God Go I” (1980), de Machine, una cruzada disco contra los prejuicios que parece no querer terminar nunca– cuando buena parte del mundo todavía consideraba sospechoso que alguien se divirtiera demasiado.

Así que cuando Yaeji propone una pequeña revolución a ritmo de baile en su nuevo single, “ddr”, conviene recordar que la insurrección tiene unos cuantos años, abundantes bajas por agotamiento y una discografía formidable. Yaeji lo sabe, o lo intuye. La productora estadounidense de ascendencia coreana lleva años cultivando el contraste entre una electrónica de bajos contundentes y ritmos que reclaman el cuerpo entero, y una voz íntima, casi ausente, como si cantara para sí misma en medio de una discoteca abarrotada.

En “ddr”, producido junto con Enayet y K Wata, recurre al footwork de Chicago, aquel frenesí rítmico que exige a los bailarines piernas de futbolista y reflejos de piloto de combate. Lo interesante es con qué lo mezcla. Si hace veinte años Vampire Weekend metían guitarras africanas en el pop universitario y aquello parecía el descubrimiento de un continente, o eso insinuaba la intelligentsia, Yaeji prefiere viajar por un pasado más cercano. El footwork irrumpe en el universo de “Dance Dance Revolution” (1998-2024) y su primo coreano “Pump It Up” (1999-), aquellos videojuegos que convirtieron el baile en una sucesión de flechas, contorsiones y humillaciones públicas en los salones recreativos.

En “ddr”, la percusión sincopada convive con una dulzura próxima al shibuya-kei, melodías que parecen rescatadas de una sintonía televisiva japonesa y esa voz suya, melosa y sonámbula, que contempla el alboroto como si la fiesta se celebrara en casa del vecino. Pero la verdadera sorpresa es el bajo de Rough Talker, sensacional, esponjoso y metálico, en algún lugar de la encrucijada entre Jaco Pastorius y Squarepusher. Tiene algo de animal inquieto que se ha colado en una tienda de porcelanas: se retuerce, golpea y amenaza con llevárselo todo por delante. Y de paso le da a la canción una contundencia que sus melodías parecen empeñadas en disimular.

Yaeji cuenta que la idea surgió una noche en Nueva York, preguntándose cómo sería un mundo menos asfixiante. Su respuesta no pasa por tomar el palacio de invierno: imagina una pista de baile donde reine el respeto mutuo, ese credo de convivencia queer que aquí presenta con un entusiasmo algo escolar. Después de la rabia de “With A Hammer” (2023), parece haber encontrado una revolución más amable, aunque resulte descorazonador que comportarse con cierta decencia se haya convertido en una aspiración subversiva.

El excelente videoclip de Giseong Jun expresa esa idea con bastante más gracia que cualquier discurso. Yaeji sigue a una desconocida desde el metro hasta una fiesta clandestina donde el footwork se cruza con las coreografías de las máquinas recreativas. Una pequeña aventura nocturna con algo del espíritu emocionante de “¡Jo, qué noche!” (Martin Scorsese, 1985), aunque aquí los encuentros fortuitos conducen a la felicidad compartida y no a una pesadilla urbana. Entre tantos ritmos cruzados, videojuegos y aspiraciones revolucionarias, queda lo esencial: una pista de baile y las ganas de perderse en ella. La revolución ya estaba inventada. Lo bueno es que todavía se puede bailar. ∎

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