Alessandro Baricco lleva años sosteniendo que lo que parece el fin de un mundo suele ser un cambio de forma: una mutación. Lo defendió con el vino, el fútbol y la edición de libros en “Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación” (2006), y con el impacto totalitario de internet en “The Game” (2018). “Breve historia herética de la Música Clásica” (“Breve storia eretica della Musica Classica”, 2025; Feltrinelli, 2026; traducción de Xavier González Rovira) aplica esa idea a una tradición que acostumbramos a tratar como un monumento intocable.
Nació como lección-concierto en el Festival de Spoleto, en 2024, tuvo versión de pódcast y se presentó en una discoteca de Jesolo, con el escritor turinés subido a la cabina del DJ. Está hecho para decirse en voz alta, y se nota: frases cortas, imágenes nítidas y mucho ritmo.
El autor de “Seda” (1996) nunca ha sido solo novelista. Empezó escribiendo sobre música en 1988 con un libro sobre Rossini no editado en castellano. Y en 1992 publicó “El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin”, un ensayo sobre qué le ocurrió a la música culta al encontrarse con la modernidad. Allí no perdonaba a nadie, ni al público pedante de los conciertos ni al devoto de lo último. Aquel era un ensayo de sospecha; este prefiere la aventura y cuenta lo antiguo como si hubiera sido nuevo. Porque también lo fue, en algún momento.
Fuera de su obra, la referencia más evidente es la serie de libros de Alex Ross, que desde “El ruido eterno. Escuchar el siglo XX a través de su música” (2007) recorre la música culta con paciencia de archivista: partituras, escenas, retratos de compositores, hasta la huella política de Wagner. Baricco abarca mucho más tiempo en mucho menos espacio y prefiere la imagen al dato. Tim Blanning se aproxima a su tesis desde otro ángulo. En el monumental “El triunfo de la música. Los compositores, los intérpretes y el público desde 1700 hasta la actualidad” (2008) cuenta cómo el músico dejó de ser un empleado de cortes e iglesias para convertirse en un artista con público. Su interés está en la posición social del músico; Baricco examina cómo se fue imponiendo una voluntad de dominar los sonidos.
El autor italiano ordena su interpretación en tres categorías: la Primera Música, la Música del Desorden y la Música Clásica. Con ellas cuenta el paso de una concepción de la música como reflejo de la armonía de la naturaleza a otra en la que el ser humano se apropia de los sonidos y aprende a transformarlos. La música clásica culminaría ese proceso con sus propias reglas y una determinada visión del mundo.
Son categorías suyas, y admite que podemos reconocernos en ellas o tomarlas por falsas. El lector tiene margen para discutir su interpretación. Convierte decisiones que parecían puramente técnicas, como la adopción del temperamento igual en la afinación del piano, en elecciones históricas. Dividir la octava en doce semitonos iguales facilitó la modulación entre tonalidades y redujo las diferencias de afinación que caracterizaban a otros sistemas. Una solución que hoy parece natural fue el resultado de experimentos, preferencias y renuncias. Los músicos que participaron en ese proceso difícilmente podían imaginar el lugar que sus decisiones acabarían ocupando en la historia.
El título promete una herejía de mayor alcance. El recorrido conserva la cronología habitual, de los griegos a Stravinski y Schönberg. Baricco cuestiona la idea de que la historia musical haya sido una sucesión inevitable de perfeccionamientos técnicos y muestra cómo la historiografía de los siglos XIX y XX interpretó buena parte del pasado desde la noción de progreso y dominio. Sin embargo, su propia explicación termina dependiendo de una idea igualmente dominante: a partir del siglo XVIII, la música parece avanzar movida por una misma voluntad humana de conquistar los sonidos. Las diferencias entre obras y épocas encuentran poco espacio en ese esquema.
El romanticismo, cuando la música adquirió los atributos de una religión laica, pasa demasiado deprisa. Chopin, Schubert, Schumann, Chaikovski, Liszt y Paganini quedan despachados en una línea. Habría sido útil saber qué papel desempeña cada uno en la transformación que Baricco describe. Sus aportaciones fueron demasiado diferentes para reunirlas bajo una misma fórmula.
La parte final introduce una dificultad que afecta a todo lo anterior. Después de contar la música desde el siglo XVIII como un asalto progresivo de los sonidos, cuestiona la mentalidad que hizo posible esa conquista. Durante siglos, Europa atribuyó al ser humano una posición central y el derecho a dominar la naturaleza. Esa confianza en el progreso, sostiene, ha entrado en crisis. También se ha vuelto difícil identificarse con una historia protagonizada casi exclusivamente por hombres y ligada al poder de las élites.
Baricco presenta esta última cuestión como un detalle “que en realidad no es un detalle”, cuando apenas queda un suspiro para terminar la lectura. Hasta entonces ha contado la historia de esos mismos protagonistas sin detenerse en las condiciones sociales y políticas que determinaron su posición. ¿Por qué esperar hasta el final para cuestionar unas jerarquías que han organizado todo el relato? Una historia verdaderamente herética podría haber incorporado esa discusión desde el principio.
El método contribuye a esa impresión. Baricco avanza por destellos: una escena, una imagen, un salto de siglo. La narración adquiere velocidad, aunque a veces resulta difícil seguir los procesos que conectan unos períodos con otros. El lector reconoce los grandes cambios y puede perder de vista cómo convivieron las formas antiguas y las nuevas. Es una limitación llamativa en un escritor tan interesado por las mutaciones culturales.
Esa preocupación estaba ya en “Los bárbaros”, donde examinaba cómo las nuevas formas de consumir cultura desplazaban los hábitos de la tradición burguesa. La velocidad y la circulación de experiencias ganaban terreno frente a un ideal cultural basado en la profundidad y el esfuerzo. En este libro, Baricco sitúa un cambio semejante en el siglo XX: la música clásica perdió su condición de lenguaje compartido del presente, los compositores siguieron caminos cada vez más diferentes y el público se refugió en el repertorio histórico. Las grabaciones ampliaron enormemente el acceso a esas obras. Los conciertos sobrevivieron y hoy serían, según su expresión, una forma en agonía lenta y espléndida.
Las composiciones continúan interpretándose y conservan su prestigio, aunque su función cultural haya cambiado. Las instituciones sostienen un repertorio que nació en unas circunstancias históricas muy distintas de las actuales. Baricco apunta hacia esa transformación y pasa enseguida a otra cosa. Me habría interesado que se detuviera algo más.
En las últimas páginas confía su despedida a la elegancia y la audacia de los músicos del futuro. La exhortación desentona un poco después de haber cuestionado una historia construida alrededor de grandes figuras y victorias individuales. Tampoco responde a las preguntas que acaba de plantear sobre el poder y la herencia musical. El libro termina con un mensaje alentador donde había abierto un conflicto bastante más difícil.
Se lee de un tirón. Baricco disfruta contando y consigue transmitir su entusiasmo. Quien haya crecido rastreando discos con curiosidad de detective reconocerá ese impulso, venga del rock o del pop. La curiosidad, el placer de escuchar y la necesidad de compartir un hallazgo resultan familiares incluso para quien nunca se ha acercado a la música clásica.
El libro deja una idea que merece acompañarnos cuando volvamos a escuchar a Bach o Beethoven. Hubo un tiempo en que aquellas obras aún no formaban parte del canon y muchas de sus soluciones musicales estaban por inventar. Baricco consigue devolver algo de esa incertidumbre al pasado. Su historia deja preguntas abiertas sobre cómo hemos construido esa tradición, quiénes participaron en ella y qué hacemos hoy con una herencia cuya belleza convive con las relaciones de poder que contribuyeron a crearla. ∎