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Síntesis. Reflexiones sobre la creatividad › Caja Negra, 2026

Si algo tienen en común las personas que se dedican a profesiones tan ingratas como la música o las tareas del hogar es que en algún momento desean poner en práctica lo de las santas escrituras. Compartir los trucos que los ayudaron a sobrevivir a la crucifixión, expandir sus consejos, para que les repitan el mantra. A veces toman el nombre del recetario de la abuela, otras el del manual del productor, pero la intención viene a ser la misma: dar fe de sus fórmulas infalibles, aunque estén entre terrenos tan antagónicos como la disciplina y la magia. Solo una mano mañosa podrá aplicar la cantidad justa de ambas y que obre el milagro, pero que la falta de precisión no nos prive de creer en el testimonio.

En los evangelios de la creación musical están Rick Ross, Questlove, David Byrne, Ian Svenonius…, pero ha habido otros. Pero pocos manuales han congregado tantos adeptos afines a una misma práctica como “Síntesis. Reflexiones sobre la creatividad” de Atom™. Desde Lassigue Bendthaus a Erik Satin, Lisa Carbon, Señor Coconut o ASA, cuya mitad eran los españoles Esplendor Geométrico; la lista podría congregar a más de un centenar, si obviamos la situación de que todos ellos son heterónimos de Uwe Schmidt (Frankfurt, 1968), el mismo Atom Heart, Atom™. Deja claro que si un artista ha sido capaz de multiplicar sus personalidades –y mantenerlas– ejecutando las mismas prácticas, sus consejos están convalidados por una constelación de escenas.

Bajo una división tan quirúrgica como sujeto, herramientas, objeto y proceso, hay un despliegue para alabar también lo invisible del momento de la creación. Sean herramientas intangibles, como la intuición y el accidente, las transformaciones que operan en el sujeto a la par que en el objeto si una actividad es relevante, o psicotecnologías como la restricción o la conceptualización, que ayudan a abarcar lo concreto dentro de lo abstracto. Trata el trabajar desde las propias fronteras y pensar junto a la arquitectura interna que permiten las máquinas. Habla del error como marca de estilo, si se repite, y de cómo una triangulación puede ayudarnos a entender de dónde viene una opinión y si nos interesa seguirla. Pone en evidencia cómo los formatos no son más que categorías para comercializar la música y tiene otras sentencias que opacan a la vez que iluminan, como cuando a Descartes le llegó el racionalismo a través de un ángel que lo visitó en sueños, poniendo en relevancia lo irracional del raciocinio. Dice que “la negligencia es un acto extremo” según “Hagakure”, la guía espiritual para el guerrero. Todo lo que pudiera ser metódico se convierte en extraordinario, y también puede andarse este camino en viceversa.

Pero, aparente caos a parte y siendo Atom™ un alemán amante del orden, no todo aquí son enseñanzas cortas con finalidades disruptivas. También hay mucho cotilleo sobre las carreras de sus extensos alias y algunas bromas para músicos si, como él apunta, pudieran considerarse los baterías –su primera inclinación– como parte de la profesión. Cuenta como en su álbum “Templates” (1999), firmado como Flanger junto con Burnt Friedman, incluyeron ritmos tan insólitos, emulando movimientos corporales imposibles, que tocarlos requeriría una gimnástica aún por inventar. En todo el abanico de posibilidades, si se quiere ser generoso, se tiene también que compartir, por supuesto, las malas ideas –léase como genialidades–, que son las que finalmente desbancan la normalidad y dan lugar a las otras posibilidades para la creatividad. Se podría concluir que si la música no ha sido pensada como un juego, ¿qué otro sentido tendría que los verbos que la acompañan sean siempre play y spielen en alemán y en inglés? ∎

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