Bienvenidos al teatro de Alejandro González Iñárritu, bienvenidos a la película más divisiva del año. Resulta por lo menos sorprendente el camino emprendido por Iñárritu tras besar el olimpo de Hollywood con “Birdman” (2014) y “El renacido” (2015) de forma consecutiva. Tras un amplio paréntesis de siete años, el cineasta mexicano decidió destetarse del reinado hollywoodiense volviendo a su México natal para rodar una inesperada película de bajo perfil –pese a la financiación de Netflix– como “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades” (2022). Su estilo pomposo y grandilocuente quedaba congelado hasta nuevo aviso. Cuatro años más tarde regresa a suelo estadounidense con otro osado cambio de ritmo. Este “Digger” (2026; se estrena hoy) que con su elevado presupuesto –125 millones de dólares–, y pese al tallaje de las estrellas convocadas, podría convertirlo en un autor proscrito si recibe un revés en taquilla. Lo que no ha perdido el autor de “Amores perros” (2000) es la capacidad de generar opiniones divididas, tanto para el público como para la crítica.
Aquí el autor mexicano plantea una sátira política sobre nuestro presente. Una de brocha gorda alrededor de un millonario del sector petrolífero apodado Rockwell que, por su ambición desmedida y su falta absoluta de valores, conduce a la especie humana a un cataclismo climático de consecuencias devastadoras. Es la señal de preocupación por parte de un especialista en seguridad medioambiental (Riz Ahmed), quien da la voz de alarma, lo que precipita el argumento: este multimillonario decide convocar a los altos cargos de los Estados Unidos en un ritual circense cada vez más desatado y con claras reminiscencias a “¿Teléfono rojo?: Volamos hacia Moscú” (Stanley Kubrick, 1964).
El guion a ocho manos entre el propio Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman castiga sin rodeos la actual deriva política y medioambiental (como si se pudieran separar), procesando la pérdida de control y liderazgo de la primera potencia mundial. No hay que ser muy avispado para encontrar reflejos de Donald Trump en el presidente al que da vida John Goodman. Son varias las secuencias homologables con la contemporaneidad: la oración en cadena con el presidente, el visionado reservado para los altos cargos, que el yacimiento petrolífero esté en Groenlandia, la comparecencia de Rockwell en una especie de senado-teatro europeo que termina con caos y la confrontación entre europeos. Varias de estas pullas quedan alojadas en esta parodia en la que el director de “Babel” (2006) vuelve a contar con el director de fotografía Emmanuel Lubezki “El Chivo” para darle forma: planos ligeramente contrapicados, grandes angulares y deformidades a la hora de seguir a estos personajes extravagantes y pintorescos, desnutridos de pigmento facial y transeúntes en sus propias burbujas. Son los espectadores, los de la película y los de la diégesis, quienes pueden ser testimonios trágicos de su catastrófico proceder empresarial y político. Su problema es que como sátira se queda corta ante los acontecimientos actuales. Se sostiene en reproducir el memorándum habitual de la Casa Blanca para terminar cayendo en una suerte de espiral reiterativa. Ni guarda la ironía afilada del Armando Iannucci de “In The Loop” (2009) ni alcanza la extravagancia icónica de los personajes de los hermanos Coen: aparecen habituales de su cine como John Goodman y Michael Stuhlbarg. En realidad, se queda más en una sátira inane de Adam McKay.
Pero, como ocurriera con “Birdman”, Iñárritu no queda satisfecho con el relato de apocalipsis medioambiental que maquinan los propios pirómanos. Necesita subir de nivel, perfilar el asombro en la ruptura del simulacro, en la revelación del artificio que sostiene el relato. De nuevo, es el dispositivo lo que cobra protagonismo, más que la propia narración. Coincide cuando la obra vira hacia la representación de una obra teatral en el futuro. En una suerte de matrioska, se descubren las interioridades de aquello que, hasta el primer giro, veíamos en pantalla. El artesano descubre sus trucos. Pero no hay mucho hincapié dramático en estos bastidores como para alargar el interés en esa estructura, más allá del alarde de la pericia técnica que su principal artífice aplica en esas fases y, especialmente, en sus transiciones.
Sin embargo, esa forma desnuda adquiere una dimensión cohesiva con un final que resulta lo más gratificante del filme, el que acompañan los instantes previos a esos títulos de crédito que dialogan con “Hijos de los hombres” (Alfonso Cuarón, 2006). Es cuando se baja el telón, la función termina y los espectadores –los del relato, pero nosotros con ellos– abandonamos la sala, cuando el filme cobra su pleno sentido y libera su reserva dramática. Como si Iñárritu hubiese construido todo para ese impacto dramático con el que se despide. “Digger” resulta de este modo el relato de un tiempo pasado, el de un mundo que se nos escapó ante nuestras narices. El cinismo tiñe la pantalla después de las risas. A la salida de la sala, aguarda la más cruda de las realidades mientras sigan gobernando estos peligrosos dementes. Estamos en Nivel 4. ∎