Libro

Eduardo Jordá

Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible › Libros del Asteroide, 2026

La bibliografía sobre Bob Dylan empieza a parecer un caso de síndrome de Diógenes literario: casi dos mil volúmenes acumulados alrededor de una sola persona. Entre los dedicados a rastrear sus sucesivas mudanzas de piel y hasta quien ha rebuscado literalmente entre sus desperdicios, resulta lícito preguntarse si queda algo de oxígeno en el asfixiante cuarto de la dylanología. Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956), ensayista con debilidad demostrada por los tótems de mal carácter –“Van Morrison” (Cátedra, 1990) y “Hank Williams” (Cátedra, 1992)–, decide sumar su propia pieza al bloque con “Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible”. Se trata de un opúsculo de apenas 120 páginas cuyo motor arranca con una anécdota fundacional: aquel viaje en coche en el que Dylan le concedió a Leonard Cohen el trono del número uno, reservando para sí el cero. Una ocurrencia a la que Jordá concede inmediatamente unas dimensiones casi cosmológicas.

Y es justo ahí donde Jordá empieza a pedirle demasiado al cero. Su empeño por explicar lo inexplicable acaba jugando a favor del propio misterio: cuanto más intenta acotar a Dylan, más grande parece hacerlo. Dylan acaba convertido en una criatura capaz de contenerlo todo: Homero y Mozart, entre otros, de modo que cualquier apunte casual se dispara hacia el infinito y cada contradicción se celebra como un nuevo estrato del genio. Quienes no toleren bien semejante sobredosis mitómana podrían sentir cierta fatiga. Afortunadamente, habrá quien disfrute dejándose arrastrar por esa mística y quien simplemente necesite tomar distancia, una perspectiva que el propio Jordá sí establece cuando logra separar a la persona del artista.

Porque el libro tampoco esconde que un creador mayúsculo podía ser, en el plano humano, lo que popularmente definiríamos como un “chungo”. Jordá relata episodios difíciles de olvidar –Dylan obligando a su mujer, Sara, a esconderse en un armario para que unos periodistas no supieran que estaba casado o despreciando públicamente a Joan Baez delante de sus amigos–, aunque la admiración que recorre el libro los termina amortiguando más de lo que quizá merecen.

Lejos del plomizo tono enciclopédico, el ensayo ofrece también reflexiones sobre la poesía, con referencias que van de Keats a Mandelstam. Aunque Jordá tampoco se contiene demasiado aquí: parte de Keats –“el poeta es la más antipoética de todas las criaturas de Dios”; “el poeta no tiene yo, es el todo y la nada”– para concluir que en esas once palabras está contenido nada menos que “todo el método compositivo de Bob Dylan”. Otra vez el cero haciendo horas extras. Mucho más convincente resultará cuando describe esa “voz astillada” del cantante, escoltada por una armónica que gime y chilla. También se agradecen los chispazos de humor, como ese impagable momento en que interroga a la mismísima inteligencia artificial –Chat GPT Plus, nada menos– sobre cuál es la mejor canción de Dylan. El algoritmo, halagado porque le pidan una opinión “personal” e intentando explicar lo que se siente “en los huesos”.

Poner en duda la grandeza de Bob Dylan puede parecer un sacrilegio imperdonable. A estas alturas, pocos discutirán el lugar de quien reventó las costuras de la música popular del siglo XX inyectándole urgencia, surrealismo y descaro. Otra cuestión es cuánto misterio necesita añadirse al que ya trae de serie. “Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible” es una lectura ágil, bellísima por momentos y un refugio seguro para los acólitos de la religión dylaniana. Para quienes prefieran mantener alguna distancia ante el altar, deja también preguntas bastante saludables: si una contradicción puede ser simplemente una contradicción, una ocurrencia solo una ocurrencia y si hasta Bob Dylan puede permitirse no estar simbolizando algo a todas horas. ∎

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