Quien piense que la historia solo puede leerse en las páginas de los libros está perdiéndose el colosal placer de la tradición oral transmitida en espacios comunales. Porque hay comunidades que no han tenido el privilegio de que su existencia fuese reflejada en las páginas oficiales de la historia; de ahí el empeño actual, por ejemplo, en recuperar y resignificar la narración de lo femenino y lo disidente. Un esfuerzo megalómano por lo que tiene de lucha contra siglos y siglos en los que esa misma narración se ha visto sistemáticamente aplastada por la fuerza de lo masculino y lo hegemónico.
Esto es algo que los maricones aprendemos desde el momento en el que ponemos un piececito en cualquiera de los espacios de la comunidad LGTBIQ+, especialmente en los bares gais. Estos son unos lugares transversales e intergeneracionales en los que no solo conviven personas de todas las edades, sino en los que además estas diferentes generaciones disfrutan enormemente de lo que pueden aportar las unas a las otras. De hecho, los más viejos del lugar suelen destacar por su calidad de cuentacuentos escandalosos y plumíferos que transmiten a los recién llegados un fascinante corpus de leyendas mariconas imposibles de encontrar en libro alguno. Ni en peli alguna. Ni, sobre todo, en ninguna serie de Netflix. Porque los tiempos han cambiado, pero no tanto como podría parecer.
Los bares gais son una pieza crucial en el puzle de la identidad maricona, y Jeremy Atherton Lin (Saratoga, 1974) por fin ha escrito el libro que hace justicia histórica a estos espacios. “Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas” (“Gay Bar. Why We Went Out”, 2021; Capitán Swing, 2026; traducción de María Porras y, en el caso del subtítulo, no hace justicia al original, ese “Por qué salíamos”) es un documento inaudito, libre, fascinante y, sobre todo, bellísimo que se niega a conformarse con ninguna etiqueta (¿ensayo?, ¿autoficción?). El autor se apoya en una libertad literaria absoluta a la hora de superponer diferentes capas a veces desordenadas, nunca caóticas, que retratan la vida, la cultura y la identidad gay durante los últimos siglos.
La primera de esas capas es la historia de los bares gais de las diferentes ciudades en las que Atherton Lin ha vivido, como Los Ángeles, San Francisco o Londres, ya sea en solitario o en compañía de su eterno novio-escudero: Famous, sobrenombre que le viene de la icónica canción “Famous Blue Raincoat” de Leonard Cohen. La historia de estos bares concretos le sirve al autor para hablar de la historia de los bares gais en general y de su importancia en la articulación de la identidad homosexual. Esta es, de hecho, la segunda capa del texto: la historia sobre cómo la identidad gay ha ido evolucionando a lo largo y ancho del tiempo condicionada por los espacios sociales y políticos, pero también físicos: el bar, el club. Estas dos capas se entretejen con un tercer estrato de autoficción en el que, de nuevo, lo que viven Jeremy y Famous en concreto es un reflejo de la deriva de la identidad gay general desde los años noventa en adelante.
“Gay Bar”, sin embargo, se abre en el mejor espacio posible: el cuartucho consagrado al sexo de un sórdido bar del Londres actual. Desde ahí, Jeremy Atherton Lin constata lo innegable: los maricones salimos para follar, y aquí está la importancia del subtítulo original, ya que el autor se dedica constantemente a responder a la pregunta “¿Por qué salíamos?”. El libro se escribe desde un presente en el que el uso del antiretroviral PrEP ha devuelto a la comunidad gay a los tiempos de promiscuidad previa al sida, pero ya en el segundo capítulo se sube a lomos de un salto temporal que, desde el Los Ángeles de los noventa, se enfrenta a la gran pregunta que todos los gais nos hacemos cuando empezamos a movernos en nuestros espacios de comunidad: ¿qué tipo de gay soy?
Atherton Lin no era el gay Calvin Klein que abundaba en aquella época, sino una nueva tipología que empezaba a despuntar: el gay indie pop que, de la misma forma que el posgay del cambio de siglo, surgió como superación del GAY (en mayúsculas) como estándar socioeconómico y cultural de los noventa. Jeremy descubre junto a Famous el Popstarz, la mítica fiesta londinense en la que los maricas bailaban britpop. Juntos, se mudan a una San Francisco con superávit de gais clónicos que no los representan, pero junto a los que acaban desparramando y, sobre todo, con los que aprenden a abrazar esa mariconería de la que han huido durante demasiados años. Es en San Francisco donde descubren el gusto por los bares gais que huelen a hombre, sudor y semen. Y donde se entregan al club como espacio de pérdida absoluta: pierdes inhibiciones, amigos, posesiones… Incluso te pierdes a ti mismo.
Jeremy y Famous acaban mudándose a Londres porque Gran Bretaña legaliza el matrimonio entre personas del mismo sexo, lo que facilita que el primero normalice sus papeles. Y, aunque la pareja sigue gozándolo en los bares, se topan con la realidad de un Shoreditch de los primeros dos mil rebozado en la tensión violenta del choque entre la comunidad gay y la comunidad musulmana. El principio de un proceso de degradación que llega hasta un presente en el que el autor ya es un daddy que se descubre sin nada que ofrecer a unas nuevas generaciones que pasan de las lecciones de los más viejos.
Y esto resulta especialmente interesante porque, trenzado con todo este periplo personal en el que cualquier gay que ronde los 40-50 se va a ver irremediablemente espejado, “Gay Bar” firma un buen puñado de lecciones bien elocuentes. Aquí y allá, el libro habla de cómo la comunidad gay tiene una cualidad inherentemente “sucia” porque solo en espacios “sucios” (urinarios, por ejemplo) podríamos encontrarnos los unos con los otros a salvo del ojo público y de la ley. Habla sobre cómo cada tipo de gay está convencido de que son los otros tipos de gais los que dan mal nombre a la comunidad. Habla de Sylvester como azote de los “clones” hipermasculinos y de la necesidad del pensamiento crítico contra el dólar rosa. Habla de lo preocupante de la relación de la gente con los espacios físicos en un mundo que se dirige hacia la totalidad de lo virtual. Habla de que los gais tenemos nueve vidas-etapas-identidades. Habla de cómo el gay se apropia de los códigos de aquello que lo amenaza –los skinheads, por ejemplo– y de la homofobia que surge en reacción a la capacidad del maricón de camuflarse, apropiarse de la masculinidad y subvertirla. Y, sobre todo, “Gay Bar” habla de la cultura gay como palimpsesto que requiere de la arqueología para acceder a las capas inferiores y ocultas del territorio-memoria.
Todo para llegar a un colofón en el que Jeremy coge a Famous y se planta en Blackpool, donde todavía existen múltiples bares a la antigua usanza en los que constatan que la cultura gay se ha convertido en el entretenimiento de la heteronorma. Ahora, las mujeres se han apropiado de “Drag Race” y los locales maricones se ven asaltados por despedidas de solteras: Atherton Lin es consciente de la misoginia de esta apreciación, pero no la elude. La bandera de arcoíris en la puerta de un local ya no es símbolo de la comunidad que acoge, sino de las actitudes que quiere dejar fuera. Desde este presente, Atherton Lin se lamenta de que estos nuevos “espacios seguros” matan por completo el riesgo que flotaba en el ambiente en décadas pasadas. Si anteriormente no se le han caído los anillos a la hora de afrontar cierta tensión con la causa femenina-feminista, “Gay Bar” se cierra encarando la tensión entre lo gay y lo queer: porque, tal y como dice el autor, los maricones no salimos para sentirnos seguros. Salimos a la caza de ese punto de inseguridad, de peligro, que espolea nuestro deseo y lubrica nuestro morbo. ∎